11.- A veces buscan las palabras. María Ángeles Lonardi

A veces buscan las palabras
A veces buscan las palabras
traer a este mundo un poco de sol.
Darle a las bocas la abertura justa
para que no puedan silenciarlas.
A veces buscan las palabras
dibujar el universo en blancas páginas
para abrazar a los niños, a los hombres
a las mujeres, a los seres vivos…
A veces buscan las palabras
enhebrar la aguja de la esperanza
arrancarle al silencio lo que celoso guarda
y plasmar en el mapa de los incrédulos
un grito que desgarra hasta la carne.
A veces buscan las palabras
un signo, un artificio entre las llamas.
Entonces las voces se unen
y aunque los destinos ardan
y parezcan diferentes
siempre habrá quien quiera oír
o quien pueda comprender
simplemente,
lo que buscan las palabras.


María Ángeles Lonardi           agosto 2012

Arcadia desolada. José Antonio Santano

Título: Arcadia desolada

Autor: Pedro Juan Gomila Martorell
Edita: La Lucerna (Palma de Mallorca, 2013)
Me acerco por vez primera a la obra del poeta mallorquín Pedro Juan Gomila y he de decir que quedo gratamente sorprendido. No es frecuente hallar una concepción poética como la suya, tanto desde el punto de vista estético como ético. Gomila es un poeta que bebe de la más pura tradición cultural greco-latina, y por ello, en su poesía está muy presente la mitología, la épica y el simbolismo, además de la experiencia que viene a ser el eje central, el ser mismo como ente primigenio, lo vivido trascendido en emoción siempre, arrebato, asombro continuo. 
El poeta es un buscador de palabras, un loco rebelde que se enfrenta al sistema, porque el sistema oprime y humilla, reduciendo al hombre a mercancía. El poeta nos hablará entonces de sus miedos, certezas y dudas, será su voz un grito contra una sociedad hipócrita y falaz. Mas Gomila se opone a todo tipo de privación, y busca su paraíso, el edén, la soñada Arcadia, tal vez un refugio donde solo habitan los libros, la palabra escrita como única salvación, fulgor entre tanta mediocridad y sombras. Arcadia desolada”, del poeta mallorquín Pedro Juan Gomila es todo eso y más. Dedica este poemario «A todos los que, tentados por la voz del miedo, no sucumben» -¿ha sido el poeta una víctima más de ese miedo que se adentra en las entrañas?-; preceden a los poemas tres citas esclarecedoras y premonitorias de lo que será el contenido, de autores tales como Javier Sologuren, Alberto Escobar y Rimbaud, y que nos hablan del dolor, el amor y el sexo. La palabra fluye y el poeta bucea en sus orígenes y siente al niño que respira sueños en «algunos cromos de parejas célebres / de la Historia Antigua y la Literatura; / masculino, femenino, azul y rosa, / dinosaurios de cartón o bien muñecas, / el patrón original para los niños, / desde aquel Adán primero y su Costilla», los libros como continuada referencia de lo vivido y amado en la fantasía de Julio Verne o el descubrimiento de una sexualidad distinta y oculta:«la beligerancia creciente y alarmante / de mis tensas relaciones escolares / está a punto de prender la de Verdún: / ¿tal vez porque intuyen mi placer oculto, / o acaso perciben de algún modo extraño / cómo el grano de mostaza va creciendo, / penetrando en la ternura de mi corazón, / aunque nunca me han llamado maricón / todavía como burla en plena cara?». El poeta se desnuda ante sí mismo y el mundo en el amor, la única verdad –su verdad-, y así escribe: «Ábreme las puertas, Amor, y no consientas / que usurpe esa calima la cálida morada, / potencia que se place en encarnarse / según la apariencia que invoca el deseo». 
Llama la atención de este poemario su estructura, en la que el tiempo irrumpe a manera de interludio, en un juego de espejos que propician el recuerdo mostrado en las horas del día, dolorosas en el insulto y las vejaciones: «mediodía, la costumbre fija la hora / del paseo por el patio de la cárcel; / se acerca el momento de lapidaciones / con balones de cemento y el milagro / cotidiano, tanto que pierde su misterio, / de los salivazos en mi bocadillo / de jamón, tortilla, mas bien untado / con la miel amarga de las vejaciones».
 Luego, el poeta vuelve al hilo de su discurso poético, a su particular Arcadia, y siente el dolor de nuevo en las risas de sus verdugos, y el miedo vuelve como vuelven los fantasmas en la idea del suicidio: «ni las dagas afiladas contra el César, / ni tampoco la bañera de Petronio; / si no tienes las agallas, o las alas, / de quien salta con desprecio a los vacíos, / no mereces más castigo que el severo / cumplimiento de la dura penitencia / del seguir con esta vida…»; Gomila recupera la dolorosa experiencia de la milicia en los años tempranos: «¡Cien flexiones ininterrumpidas / por cargar, bulto sin nombre, / sobre el hombro equivocado tu fusil! […] ¿De qué te lamentas, pedazo de animal? / ¿Tal vez porque no encuentras en los patios / del Todo por la Patria, placenta de varones, / algún bardaje hambriento que comparta / contigo íntimamente la manta y el jergón?», ese nefasto lugar, casa de locos habitada por la crueldad humana: «me travisto con la piel de los civiles, / y cruzo las puertas de los bedlamitas». Mas el poeta, en su solitario camino, halla siempre esa luz resplandeciente aun a pesar de la desolación, la libertad al fin, la verdad de la existencia –su existencia-, la razón del ser. Sin duda, Pedro Juan Gomila, nos convoca en la verdadera poesía, la que nace del silencio y fluye viva por sus venas.

Obra de Antonio García Vargas.

ENEAS CON ANQUISES SOBRE SUS HOMBROS
Todos los hombres nacemos, morimos, crecemos y amamos.
¿Somos esclavos del viejo big bang que impulsara el demiurgo?
¿No te rebela pensar que eres página en blanco de un libro
desconocido, que escribe en tu vida con letras ya impresas?

¡Ah, mi albedrío!
Doquiera que estés. ¡Necesito respuestas!
Quiero sembrar mi palabra. Escribir con mis letras.
¡Saberme! Ser algo más que una prosa.
¡Ser verso de luz! ¡Ser poema!
Mas no es posible escapar del estrecho confín de la Nada.
Sobre los hombros llevamos la carga heredada de un padre,
peso que impide la marcha normal en el cuerpo cansado.
Pero después se constata que el peso se vuelve liviano
hasta que apenas notamos al hombro presencia latente
y comprendemos, con harto pesar, que cargamos un muerto.
Nos despojamos del cuerpo, tiramos los restos inermes,
fardo pesado, dejamos sus huesos pudriéndose al sol
para trepar de inmediato a los hombros de nuestro retoño.
¿Pudo el hexámetro ser confluencia entre Homero y el mito?
¡Vengan a mí los anfíbracos, dáctilos, ven anapesto!
¡Dadme en los metros divinos respuesta! ¡Versadme con tiento!
Sobre los hombros llevamos, Eneas, la cruz y el flagelo
para después, en los hijos, posar la corona de espinas
en un intento fallido de hallar la imposible respuesta.
Siento que giro
en la noria de un tiempo que ignora que existo.
¡Ah, existencia fallida!
¡Esclerosis de un alma inventada!
¿Soy consecuencia
de un bucle carente de fin?
¿Sin principio?
¿Simple ecuación metafórica?
¿Una jovial pedorreta?

(Reflexión en hexámetros dactílicos puros españoles de cintura quebrada.
Representa un soliloquio imaginado de Eneas, huyendo de Troya
con su anciano padre, Anquises, sobre sus hombros)

Antonio García Vargas

DE ÍCAROS Y POETÍES

Cuando la letra se os caiga y en el tumulto aparezca
el avatar maloliente de vuestra insignificancia,
se revelará el Verbo.
Recitaréis, malditos, el poema de la vida
en los griegos moldes clásicos; mas sin usar impurezas.
¡Qué más da si en versos blancos de dulces pies anapésticos!
Podéis usar la fuerza salvaje de los dáctilos. Mas…
¿por qué no el hermoso anfíbraco?
¿Quién no osó alguna vez simular en la penumbra
la insensata filigrana de la que nacen los pájaros?
Podréis morir, poetas. Fornicar y fenecer
atados al suave cuerpo de las mozas. Una a una.
A solas o en manada podréis medir los sables.
Encontrar incluso el éxtasis en el virgo amodorrado
del punto ge de Selene.
Será vuestro santo y seña por los siglos de los siglos.
Y tomaréis las carnes hasta llegar a los huesos
del esqueleto sintáctico sobre el que encarnar los versos.
Lanzaos hacia la luz de cálamo y pergaminos
donde fecundan las Musas las Cantigas del Misterio.
¡Tomad! ¡Tomadlas desnudas!
¡A todas!
… ¡Salvo a la rosa!
*
ORQUÍDEA PASIONATA

¿Qué puede hacer vibrar a una orquídea
sino la sensación de ser tomada,
elegida, cortada?
¿Qué más da si la cortan por el talle,
por la estrecha cintura
o por la pelvis?
Lo que importa es el tacto de esa mano
que al tomar su inocencia cosquillea
la delicada cítara del pubis.
¡Ah, sublime contacto florhumano!
Ya en lo oscuro, el tacto hecho poema.
se inmola entre sus pétalos
cual minúsculo estambre fitoamante
… que en versos se suicida.
AL-MERIYYA
(Ghazel almeriensí)

La alpujarra es apero de jarcha y morería,
huele la serranía a jarapas y a cuero
desde la noche al día.
De tomillo y romero —hermosa tierra mía—
es tu ser, Almería. Y es tu talle costero…
¡ghazel de Andalucía!

PRIMERA LETRA
Hice una pequeñísima,
leve, presión letráctil sobre tu dúctil seno
y brotaron mil versos en tu desnuda piel.
El rosado pezón, enhiesto y arrogante,
con singular presteza, se me ofreció inédito,
exaltado, incólume, magnífico el alvéolo,
modelando en el miembro la cuadratura cuántica
de la materia oscura.
El tacto inverosímil de la mano, la palma, uñas, dedos,
con que abarcabas toda mi galaxia
cedió a la pasajera confluencia de las sangres. Y al fin,
—pronunciado el big bang originario de las carnes—
se completó el orgasmo en un espacio repleto de moradas
donde albergar el semen literocavernario
de nuestra desmesura.

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