5.- Lectura del Mundo. José Antonio Santano

LECTURA DEL MUNDO

                   Para José Ángel Valente la poesía es «antes que nada y por encima de todo conocimiento, y más concretamente conocimiento “haciéndose”, es decir, la poesía no transmite conocimientos previos, sino conocimientos que “se hacen” a la vez que el poema se hace y que se hacen en cada lectura de un modo nuevo», lo que entronca conceptualmente con el poemario que esta semana reseñamos en este espacio. Nos dice el poeta en el último verso del poemario: «La poesía siempre será lectura del mundo», y así es como ha titulado precisamente Enrique Villagrasa su libro“Lectura del mundo”. Entronca este libro con lo señalado anteriormente respecto al concepto de poesía de Valente, porque en sí mismo el poemario es un único metapoema dividido en trece capítulos, además del introito o proemio y la coda, cada uno dividido a su vez en dos poemas o partes. La metapoesía, si nos atenemos a la definición que Guillermo Carnero da sobre ella, no es sino  «el discurso poético cuyo asunto, o uno de cuyos asuntos, es el hecho mismo de escribir poesía y la relación entre autor, texto y público», de tal manera es así que esta y no otra es la propuesta de Villagrasa, hecho que podemos constatar desde el introito, en el poema titulado “En el quehacer demiurgo”, cuando escribe: «La única poesía es el silencio / revelador, / el espacio ignoto y el tiempo / suspendido» y “En el poema”, al decir: «La memoria del verso / es la voz de la poesía. / A ella le es dada la palabra». La relación autor, texto y público de la que nos hablaba Carnero al referirse a la metapoesía es una constante, es el núcleo, la savia de este poemario, en el cual el poeta creará para crearse y recrearse en la construcción del poema, para ofrecer –ofrecerse- al lector entero a través del poema en sí mismo: «Explicar el poema / no se puede: / es volver a escribir. / Es el lector quien / reescribe, da fe / y el poema es». Pero el poeta indaga, reflexiona sobre el poema en sí, se pregunta y se responde en un soliloquio intenso y filosófico por el cómo o qué es poema: «¿Hasta qué punto es poema el poema, / si el verso es sometido, / a su vez, por la necesidad / poética que tiene de ser verso?». En la búsqueda por la verdad poética el poeta entra y sale en el universo de la palabra, pues es esta la que fundamenta la creación, y juega y niega y afirma en un caos previo a la construcción de su propio universo poético, que no es otro, en este caso que el metapoema. Y vuelve una vez y otra a la poesía, a su alma: «Tal vez la poesía no es geografía / y sí geología que arroja luz, / a lo enterrado y olvidado», apostando así por un tiempo distinto, en ese camino de encuentro hacia “una cuarta persona gramatical”, que señala Siles. Hay, tiene que haber algo más que conocimiento, como dijera Valente, y este “hacerse” quizá debería llamarse, ensoñación, extrañamiento, emoción, deseo: «El poeta escribe y va al encuentro del verso: / deseo y conocimiento; / pues sin la página en blanco, abierta, no hay nada». 

Traza el poeta Villagrasa un camino real del tiempo presente y futuro, en el cual la palabra es la única verdad existente, como lo es también esa vuelta atrás a la memoria o el recuerdo del pasado, al origen del cosmos, al reencuentro con la tierra: «Muerte y vida: origen / infancia en Burbáguena, camino de la viña. / ¡Todo es un juego! Balbuceo del ser / en la página no escrita. ¡Vuelo a ser niño! El poeta se ha convertido ya en esa “cuarta persona” que mira desde fuera y siente muy adentro, como alguien que está en ti pero que te habla del otro lado, como un narrador omnisciente: «No eres de aquí y marchaste de Burbáguena. / Sin pasado, ni presente, ni futuro alguno. / Tan solo un desconocido por descubrir. / La palabra otra leo. Espero que germine». Y ya lo creo que germina, la palabra es la vida del poeta Enrique Villagrasa, y a ella se debe y por ella vive, desangrándose en cada letra que la constituye y abrasa hasta crear un mundo propio, pues «La poesía siempre será lectura del mundo». Sin duda, un poemario para la reflexión y el disfrute de la auténtica poesía.

Título:  Lectura del mundo

Autor: Enrique Villagrasa
Edita: La Isla de Siltolá (Sevilla, 2014)

6.- Una feria para el libro. José Antonio Santano






UNA FERIA PARA EL LIBRO

El domingo pasado se clausuraba la Feria del Libro de Almería 2014. Y, sinceramente, esta feria, que se ubica por segundo año consecutivo en la Plaza Vieja, ha dejado un sabor agridulce no sólo en autores, editores y libreros, sino también en el público asistente. Claro que si miramos la página web del Ayuntamiento las opiniones son frontalmente opuestas. Así, después de decir que la Feria se ha afianzado en su nuevo emplazamiento, cifrar en 5000 las visitas realizadas, vocear más de 40 actividades y la firma de libros de 50 autores, el concejal de cultura afirma que ha sido “un hervidero de público, que se han llenado los conciertos y las obras de teatro, se han visitado los expositores (escasos) y el Centro de Interpretación Patrimonial”, pero lo que habría que decirle a dicho político es que se trata de una feria del libro, donde el libro es el centro, y los editores, libreros y autores también, que por no haber no había ni megafonía para anunciar a los visitantes la actividad que se estuviera realizando en cada momento, y que los diferentes actos no pueden coincidir con algo tan esencial como la firma de libros por los autores, porque al final la actividad ajena engulle la posibilidad de que los autores firmen en la hora de que disponen para ello. El Ayuntamiento sigue propagando las excelencias de esta feria indicando en su página web, con satisfacción y orgullo, que han participado 19 expositores en estos cinco días que ha durado la feria -¿tantos?-. Sin embargo, nada manifiesta del discurso del pregonero de esta feria, para más señas, el académico de la lengua y narrador universal José María Merino, tampoco que el concejal de cultura como el propio alcalde casi se duermen durante su excelente y crítico discurso, o que la Plaza Vieja careció de la iluminación adecuada para la celebración de la Fiesta que ha de ser siempre la Feria del Libro, en cualquier lugar del mundo, y que lo sea, a ser posible durante el mes de abril que es su momento y en espacios abiertos y de paso para la gran mayoría de los almerienses, y que, además, se cuente con la participación de las Asociaciones de Escritores (AAEC y ACE-A) en el ámbito de la comunidad autónoma, hecho que no se ha producido. 
 
Así a bote pronto es lo que se me ocurre, pero tal vez haya algunas otras cuestiones que queden en el tintero. De cualquier manera, una cosa si está clara: a los políticos les importa poco –a no ser por la fotografía con José María Merino- la Feria del Libro, hasta el punto que casi se duermen cuando se habla de ellos, los libros.

Antonio García Vargas. El sistema. Los manipuladores.

EL SISTEMA

Los manipuladores (Fragmento)


1
Vivimos tiempos delicados. Poco a poco, casi sin darnos cuenta, de puntillas, nos están anulando el poco seso útil que nos queda. La feroz manipulación a que nos someten en lo esencial del ser, de nuestro ser, es terrible. En este mundo infeliz basado en el otro Mundo feliz de Huxley pero más a lo bestia, no cabe dormirse en demasía o corremos el riesgo de despertar despojados de la esencia de la libertad: ¡nuestra creatividad!

El poeta ha recibido el regalo de saber mirar más allá del objeto y de la palabra vana. Tenemos —aún— el don de poder escudriñar en el interior de las cosas, de constatar la vaciedad de la frase o la fealdad del hecho mezquino; también captamos la belleza y analizamos la circunstancia desde la mirada profunda que va más allá de la mera presentación o representación de la misma.

Asistimos al desolador espectáculo de la caída en picado de una civilización con pies de barro y cerebro de cálculo que sólo piensa en términos económicos que repercutan en beneficio fácil a costa de LO/QUE/SEA. Beneficio propio, claro, no del conjunto. Y no generalizo al hablar de este tipo de personas sino que me ciño a los que manejan los hilos y sus comparsas entre los que incluyo a los manipuladores poderosos, políticos de transición, autoridades y esbirros de seso estrecho y bolsillo amplio que se sirven de todo tipo de medios para convencernos de que buscan nuestra libertad, que luchan por la democracia y un mayor nivel de vida para todos, pero que en realidad nos usan como  carne de cañón del 18´ para conseguir sus fines que son la desmesura, el propio lucro y la destrucción sistemática de la capacidad individual de razonamiento. Están haciendo del sistema democrático su corral particular donde criar gallinas asilvestradas que se limiten a poner huevos a cambio del pienso diario, si acaso, a veces ni eso. Para ellos la democracia consiste en mover las aguas del río de las mentes para anular el criterio propio y así poder pescar a conveniencia, sin oposición de relieve, incluso con la aquiescencia de los subyugados. Han conseguido hacer que olvidemos —a gran parte de nosotros— que la libertad no consiste en vivir una democracia teórica y con trabas sutiles y no tan sutiles sino en tenerla de verdad; en gozar de verdadera libertad de pensamiento, de convivencia; de opciones y de respeto a los valores de cada cual para enfocar su futuro y el de su familia sin el condicionante de una estabilidad o inestabilidad prefabricada que concede o arrebata esos mínimos espacios de placer y de libertad aparente a la que nos han acostumbrado a base de pequeñas limosnas, como son la posesión ficticia de una casa, coche o piscina con rubia.
Urge vacunarse contra la manipulación pues sólo así podremos ver las cosas de acuerdo a nuestras convicciones y recobrar el perdido sentido de nuestras vidas, el pensamiento mprofundo y el libre albedrío. Debemos decidir por nosotros, sentir, amar o sufrir por lo que verdaderamente importa, no por lo que nos impongan. ¿Qué clase de libertad es esta que no parte de nuestro interior sino de aquello que nos han acostumbrado a “poseer” inducidos por el reflejo materialista de la posesión efímera y momentánea? Está visto que se puede perder todo vestigio de libertad personal en un sistema democrático que permite que el interés desmedido de unos cuantos prevalezca sobre los demás, sobre su ciudad, nación o continente, haciendo de la economía vehículo de un viaje que sólo ellos saben a dónde conduce. Está claro que ellos poseen el poder de manipularnos con sus apetecibles señuelos —o carencia de éstos— pero también está claro que lo seguirán haciendo sólo si se lo permitimos.
Creo, compañeros, que ha llegado el momento de recobrar la poesía del paisaje.

Antonio García Vargas

Noviembre es el mes más cruel. Abraham Ferreira Khalil

NOVIEMBRE ES EL MES MÁS CRUEL


Noviembre es el mes más cruel. Porque las ausencias fúnebres vuelven a repiquetear contra los ventanales de nuestro corazón. Noviembre es la agonía del otoño y, al mismo tiempo, su ciclo más majestuoso. Bullen codo a codo la caída de las hojas y los anuncios del invierno. Y unos corazones se detienen mientras otros se desgastan.


Fue en noviembre cuando el misterio cerró los párpados de mis abuelos, vencidos por la misma tempestad. Primero mi abuelo paterno; después el padre de mi madre. De aquel mi último recuerdo fue el murmullo de los hospitales, las garras de la distancia y la avaricia de aquel nueve de noviembre. De mi abuelo materno viene a mi memoria el arrebato de otra noche mezquina envenenada también por noviembre. Tenía prisa la Parca por cortar dos hilos y destejer sutilmente la tristeza que hasta ese momento habíamos arrinconado. La Parca es presurosa, pero en su templo también habita la misericordia.


La Muerte es un hábito de doloroso realismo. Es, además, la plenitud de la conciencia cautiva en los calabozos de nuestra carne. Duele y deja cicatrices. Sin embargo, es libertadora de quienes aspiran al obsequio de la eternidad. Queremos guardarnos de ella como el niño que teme fantasmas y monstruos nocturnos. Queremos arrinconar su presencia como un libro polvoriento que causa grima abrir. Todos nuestros conatos, pese a todo, se desvanecen al convocarse la última sombra. Y es primero el dolor; luego la calma y, por fin, la esperanza de que mis abuelos han derrotado esta vigilia.


Triste cometido es el de los abuelos. Ellos nos ven desembarcar con regocijo en la primera estación del mundo. Nosotros, en cambio, debemos acudir tarde o temprano a su despedida irrefutable. Al final de tantas risas, caprichos y llantinas, debemos procurar que su memoria se asiente en la nuestra. Y aunque la Parca signifique para algunos espíritus un nuevo principio esperanzador, los corazones se deleitan al reproducir en nuestro pensamiento el pasado, que no se teme tanto como el futuro.


Noviembre es el mes más cruel. Y lo seguirá siendo hasta el instante en que la última sombra acuda a mí en busca de su deuda. Habré de pagarla irremisiblemente. Pero esa deuda acaso es la más gratificante de todas. Habrá un principio y un reencuentro. Un reencuentro y una dicha. Una dicha y un misterio eternizado.


Señor, concédeles el descanso eterno.

Maquetas en formato html. Maribel Cerezuela

  Distintas maquetas en formato html

 o cómo hacer fácil insertar un texto en un blog 

texto tomado para el ejemplo:   La ciudad sin nombre .-.  H.P. Lovecraft

         [Cuento. Texto completo]  


EMPEZANDO POR TABULADOR DE TODO EL TEXTO A UNO,
PARA QUE NO QUEDE PEGADO AL BORDE DE LA PÁGINA.

CÓDIGOS QUE VAMOS A UTILIZAR QUE SON VITALES PARA LA ESTÉTICA DE NUESTRA PÁGINA WEB

SANGRADO IZQUIERDA

Yo debía haber sabido que los árabes tenían sus motivos para evitar la ciudad sin nombre, la ciudad de la que se habla en extraños relatos, pero que no ha visto ningún hombre vivo; sin embargo, desafiándolos, penetré en el desierto inexplorado con mi camello. Sólo yo la he visto, y por eso no existe en el mundo otro rostro que ostente las espantosas arrugas que el miedo ha marcado en el mío, ni se estremezca de forma tan horrible cuando el viento de la noche hace retemblar las ventanas. Cuando la descubrí, en la espantosa quietud del sueño interminable, me miró estremecida por los rayos de una luna fría en medio del calor del desierto. Y al devolverle yo su mirada, olvidé el júbilo de haberla descubierto, y me detuve con mi camello a esperar que amaneciera.




SANGRADO DERECHA
Cuatro horas esperé, hasta que el oriente se volvió gris, se apagaron las estrellas, y el gris se convirtió en una claridad rosácea orlada de oro. Oí un gemido, y vi que se agitaba una tormenta de arena entre las piedras antiguas, aunque el cielo estaba claro y las vastas extensiones del desierto permanecían en silencio. Y de repente, por el borde lejano del desierto, surgió el canto resplandeciente del sol, a través de una minúscula tormenta de arena pasajera; y en mi estado febril imaginé que de alguna remota profundidad brotaba un estrépito de música metálica saludando al disco de fuego como Memnon lo saluda desde las orillas del Nilo. Y me resonaban los oídos, y me bullía la imaginación, mientras conducía mi camello lentamente por la arena hasta aquel lugar innominado; lugar que, de todos los hombres vivientes, únicamente yo he llegado a ver.

Y vagué entre los cimientos de las casas y de los edificios, sin encontrar relieves ni inscripciones que hablasen de los hombres -si es que fueron hombres- que habían construido esta ciudad y la habían habitado hacía tantísimo tiempo. La antigüedad del lugar era malsana, por lo que deseé fervientemente descubrir algún signo o clave que probara que había sido hecha efectivamente por los hombres. Había ciertas dimensiones y proporciones en las ruinas que me producían desasosiego. Llevaba conmigo numerosas herramientas, y cavé mucho entre los muros de los olvidados edificios; pero mis progresos eran lentos y nada de importancia aparecía. Cuando la noche y la luna volvieron otra vez, el viento frío me trajo un nuevo temor, de forma que no me atreví a quedarme en la ciudad. Y al salir de los antiguos muros para descansar, una pequeña tormenta de arena se levantó detrás de mí, soplando entre las piedras grises, a pesar de que brillaba la luna, y casi todo el desierto permanecía inmóvil.


 SANGRADO CENTRADO

Al amanecer desperté de una cabalgata de horribles pesadillas, y me resonó en los oídos como un tañido metálico. Vi asomar el sol rojizo entre las últimas ráfagas de una pequeña tormenta de arena que flotaba sobre la ciudad sin nombre, haciendo más patente la quietud del paisaje. Una vez más, me interné en las lúgubres ruinas que abultaban bajo las arenas como un ogro bajo su colcha, y de nuevo cavé en vano en busca de reliquias de la olvidada raza. A mediodía descansé, y dediqué la tarde a señalar los muros, las calles olvidadas y los contornos de los casi desaparecidos edificios. Observe que la ciudad había sido efectivamente poderosa, y me pregunté cuáles pudieron ser los orígenes de su grandeza. Me representaba el esplendor de una edad tan remota que Caldea no podría recordarla, y pensé en Sarnath la Predestinada, ya existente en la tierra de Mnar cuando la humanidad era todavía joven, y en Ib, excavada en la piedra gris antes de la aparición de los hombres.

De repente, llegué a un lugar donde la roca del subsuelo emergía de la arena formando un bajo acantilado y vi con alegría lo que parecía prometer nuevos vestigios del pueblo antediluviano. Toscamente talladas en la cara del acantilado, aparecían las inequívocas fachadas de varios edificios pequeños o templos achaparrados, cuyos interiores conservaban quizá numerosos secretos de edades incalculablemente remotas; aunque las tormentas de arena habían borrado hacía tiempo los relieves que sin duda exhibieron en su exterior.

Las oscuras aberturas próximas a mí eran muy bajas y estaban cegadas por las arenas; pero limpié una de ellas con la pala y me introduje a gatas, llevando una antorcha que me revelase los misterios que hubiese. Una vez en el interior, vi que la caverna era efectivamente un templo, y descubrí claros signos de la raza que había vivido y practicado su religión antes de que el desierto fuese desierto. No faltaban altares primitivos, pilares y nichos, todo singularmente bajo; y aunque no veía esculturas ni frescos, había muchas piedras extrañas, claramente talladas en forma de símbolos por algún medio artificial. Era muy extraña la baja altura de la cámara cincelada, ya que apenas me permitía estar de rodillas; pero el recinto era tan grande que la antorcha revelaba una parte solamente. Algunos de los últimos rincones me producían temor; ya que determinados altares y piedras sugerían olvidados ritos de naturaleza repugnante e inexplicable que hicieron que me preguntase qué clase de hombres podían haber construido y frecuentado semejante templo. Cuando hube visto todo lo que contenía el lugar, salí gateando otra vez, ansioso por averiguar lo que pudieran revelarme los templos.

La noche se estaba echando encima; pero las cosas tangibles que había visto hacían que mi curiosidad fuese más fuerte que mi miedo, y no huí de las largas sombras lunares que me habían intimidado la primera vez que vi la ciudad sin nombre. En el crepúsculo, limpié otra abertura; y encendiendo una nueva antorcha me introduje a rastras por ella, y descubrí más piedras y símbolos enigmáticos; pero todo era tan vago como en el otro templo. El recinto era igual de bajo, aunque bastante menos amplio, y terminaba en un estrecho pasadizo en el que había oscuras y misteriosas hornacinas. Y me encontraba examinando estas hornacinas cuando el ruido del viento y mi camello turbaron la quietud, y me hicieron salir a ver qué había asustado al animal.

La luna brillaba intensamente sobre las primitivas ruinas, iluminando una densa nube de arena que parecía producida por un viento fuerte, aunque decreciente, que soplaba desde algún lugar del acantilado que tenía ante mí. Sabía que era este viento frío y arenoso lo que había inquietado al camello, y estaba a punto de llevarlo a un lugar más protegido, cuando alcé los ojos por casualidad y vi que no soplaba viento alguno en lo alto del acantilado. Esto me dejó asombrado, y me produjo temor otra vez; pero inmediatamente recordé los vientos locales y súbitos que había observado anteriormente durante el amanecer y el crepúsculo, y pensé que era cosa normal. Supuse que provenía de alguna grieta de la roca que comunicaba con alguna cueva, y me puse a observar el remolino de arena a fin de localizar su origen; no tardé en descubrir que salía de un orificio negro de un templo bastante más al sur de donde yo estaba, casi fuera de mi vista. Eché a andar contra la nube sofocante de arena, en dirección a dicho templo, y al acercarme descubrí que era más grande que los demás, y que su entrada estaba bastante menos obstruida de arena dura. Habría entrado, de no ser por la terrible fuerza de aquel viento frío que casi apagaba mi antorcha. Brotaba furioso por la oscura puerta suspirando misteriosamente mientras agitaba la arena y la esparcía por entre las espectrales ruinas. Poco después empezó a amainar, y la arena se fue aquietando poco a poco, hasta que finalmente todo quedo inmóvil otra vez; pero una presencia parecía acechar entre las piedras fantasmales de la ciudad, y cuando alcé los ojos hacia la luna, me pareció que temblaba como si se reflejara en la superficie de unas aguas trémulas. Me sentía más asustado de lo que podía explicarme, aunque no lo bastante como para reprimir mi sed de prodigios; así que tan pronto como el viento se calmó, crucé el umbral y me introduje en el oscuro recinto de donde había brotado el viento.

Este templo, como había imaginado desde el exterior, era el más grande de cuantos había visitado hasta el momento; probablemente era una caverna natural, ya que lo recorrían vientos que procedían de alguna región interior. Aquí podía estar completamente de pie; pero vi que las piedras y los altares eran tan bajos como los de los otros templos. En los muros y en el techo observé por primera vez vestigios del arte pictórico de la antigua raza, curiosas rayas onduladas hechas con una pintura que casi se había borrado o descascarillado; y en dos de los altares vi con creciente excitación un laberinto de relieves curvilíneos bastante bien trazados. Al alzar en alto la antorcha, me pareció que la forma del techo era demasiado regular para que fuese natural, y me pregunté qué prehistóricos escultores habrían trabajado en este lugar. Su habilidad técnica debió de ser inmensa.
Luego, una súbita llamarada de la caprichosa antorcha me reveló lo que había estado buscando: el acceso a aquellos abismos más remotos de los que había brotado el inesperado viento; sentí un desvanecimiento al descubrir que se trataba de una puerta pequeña, artificial, cincelada en la sólida roca. Metí la antorcha por ella, y vi un túnel negro de techo bajo y abovedado que se curvaba sobre un tramo descendente de toscos escalones, muy pequeños, numerosos y empinados. Siempre veré esos peldaños en mis sueños, ya que llegué a saber lo que significaban. En aquel momento no sabía si considerarlos peldaños o meros apoyos para salvar una pendiente demasiado pronunciada. La cabeza me daba vueltas, agobiada por locos pensamientos, y parecieron llegarme flotando las palabras y advertencias de los profetas árabes, a través del desierto, desde las tierras que los hombres conocen a la ciudad sin nombre que no se atreven a conocer. Pero sólo vacilé un momento, antes de cruzar el umbral y empezar a bajar precavidamente por el empinado pasadizo, con los pies por delante, como por una escala de mano.

Sólo en los terribles desvaríos de la droga o del delirio puede un hombre haber efectuado un descenso como el mío. El estrecho pasadizo bajaba interminable como un pozo espantosamente fantasmal, y la antorcha que yo sostenía por encima de mi cabeza no alcanzaba a iluminar las ignoradas profundidades hacia las que descendía. Perdí la noción de las horas y olvidé consultar mi reloj, aunque me asusté al pensar en la distancia que debía de estar recorriendo. Había giros y cambios de pendiente; una de las veces llegué a un corredor largo, bajo y horizontal, donde tuve que arrastrarme por el suelo rocoso con los pies por delante, sosteniendo la antorcha cuanto daba de sí la longitud de mi brazo. No había altura suficiente para permanecer de rodillas. Después, me encontré con otra escalera empinada, y seguí bajando interminablemente mientras mi antorcha se iba debilitando poco a poco, hasta que se apagó. Creo que no me di cuenta en ese momento, porque cuando lo noté, aún la sostenía por encima de mí como si me siguiera alumbrando. Me tenía completamente trastornado esa pasión por lo extraño y lo desconocido que me había convertido en un errabundo en la tierra y un frecuentador de lugares remotos, antiguos y prohibidos.
En la oscuridad, me venían al pensamiento súbitos fragmentos de mi amado tesoro de saber demoníaco: frases del árabe loco Alhazred, párrafos de las pesadillas apócrifas de Damascius, y sentencias infames del delirante Image du Monde de Gauthier de Metz. Repetía citas extrañas y murmuraba cosas sobre Afrasiab y los demonios que bajaban flotando con él por el Oxus; más tarde, recité una y otra vez la frase de uno de los relatos de Lord Dunsany: «La sorda negrura del abismo». En una ocasión en que el descenso se volvió asombrosamente pronunciado, repetí con voz monótona un pasaje de Tomás Moro, hasta que tuve miedo de recitarlo más:






SANGRADO JUSTIFICADO



El tiempo había dejado de existir por completo cuando mis pies tocaron nuevamente un suelo horizontal, y llegué a un recinto algo más alto que los dos templos anteriores que, ahora, estaban a una distancia incalculable, por encima de mí. No podía ponerme de pie, pero podía enderezarme arrodillado; y en la oscuridad, me arrastré y gateé de un lado para otro al azar. No tardé en darme cuenta de que me encontraba en un estrecho pasadizo en cuyas paredes se alineaban numerosos estuches de madera con el frente de cristal. El descubrir en semejante lugar paleozoico y abismal objetos de cristal y madera pulimentada me produjo un estremecimiento, dadas sus posibles implicaciones. Al parecer, los estuches estaban ordenados a lo largo del pasadizo a intervalos regulares, y eran oblongos y horizontales, espantosamente parecidos a ataúdes por su forma y tamaño. Cuando traté de mover uno o dos, a fin de examinarlos, descubrí que estaban firmemente sujetos. 
 

Comprobé que el pasadizo era largo y seguí adelante con rapidez, emprendiendo una carrera a cuatro patas que habría parecido horrible de haber habido alguien observándome en la oscuridad; de vez en cuando me desplazaba a un lado y a otro para palpar mis alrededores y cerciorarme de que los muros y las filas de estuches seguían todavía. El hombre está tan acostumbrado a pensar visualmente que casi me olvidé de la oscuridad, representándome el interminable corredor monótonamente cubierto de madera y cristal como si lo viese. Y entonces, en un instante de indescriptible emoción, lo vi.

No sé exactamente cuándo lo imaginado se fundió a la visión real; pero surgió gradualmente un resplandor delante de mí, y de repente me di cuenta de que veía los oscuros contornos del corredor y los estuches a causa de alguna desconocida fosforescencia subterránea. Durante un momento todo fue exactamente como yo lo había imaginado, ya que era muy débil la claridad; pero al avanzar maquinalmente hacia la luz cada vez más fuerte, descubrí que lo que yo había imaginado era demasiado débil. Esta sala no era una reliquia rudimentaria como los templos de arriba, sino un monumento de un arte de lo más magnífico y exótico. Ricos y vívidos y atrevidamente fantásticos dibujos y pinturas componían una decoración mural continua cuyas líneas y colores superarían toda descripción. Los estuches eran de una madera extrañamente dorada, con un frente de exquisito cristal, y contenían los cuerpos momificados de unas criaturas que superarían en grotesca fealdad los sueños más caóticos del hombre. 
 

Es imposible dar una idea de estas monstruosidades. Era de naturaleza reptil con unos rasgos corporales que unas veces recordaban al cocodrilo, otras a la foca, pero más frecuentemente a seres que el naturalista y el paleontólogo no han conocido jamás. Tenían más o menos el tamaño de un hombre bajo, y sus extremidades anteriores estaban dotadas de unas zarpas delicadas claramente parecidas a las manos y los dedos humanos. Pero lo más extraño de todo eran sus cabezas, cuyo contorno transgredía todos los principios biológicos conocidos. No hay nada a lo que aquellas criaturas se pueda comparar con propiedad… fugazmente, pensé en seres tan diversos como el gato, el perro dogo, el mítico sátiro y el ser humano. Ni el propio Júpiter tuvo una frente tan enorme y protuberante; sin embargo, los cuernos, la carencia de nariz y la mandíbula de caimán, les situaba fuera de toda categoría establecida. Durante un rato dudé de la realidad de las momias, casi inclinándome a suponer que se trataba de ídolos artificiales; pero no tardé en convencerme de que eran efectivamente especies paleógenas que habían existido cuando la ciudad sin nombre estaba viva. Como para rematar el carácter grotesco de sus naturalezas, la mayoría estaban suntuosamente vestidas con tejidos costosos y lujosamente cargadas de adornos de oro, joyas y metales brillantes y desconocidos. 
 

La importancia de estas criaturas reptiles debió de ser inmensa, ya que estaban en primer término, entre los extravagantes motivos de los frescos que decoraban las paredes y los techos. El artista las había retratado con inigualable habilidad en su propio mundo, en el cual tenían ciudades y jardines trazados según sus dimensiones; y no pude por menos de pensar que su historia representada era alegórica, revelando quizá el progreso de la raza que las adoraba. Estas criaturas, me decía, debían de ser para los habitantes de la ciudad sin nombre lo que fue la loba para Roma, o los animales totémicos para una tribu de indios. 
 

Siguiendo esta teoría, pude descifrar someramente una épica asombrosa de la ciudad sin nombre: la crónica de una poderosa metrópoli costera que gobernó el mundo antes de que África surgiera de las olas, y de sus luchas cuando el mar se retiró y el desierto invadió el fértil valle que la mantenía. Vi sus guerras y sus triunfos, sus tribulaciones y derrotas, y después, su terrible lucha contra el desierto, cuando miles de sus habitantes -representados aquí alegóricamente como grotescos reptiles- se vieron empujados a abrirse camino hacia abajo, excavando la roca de alguna forma prodigiosa, en busca del mundo del que les habían hablado sus profetas. Todo era misteriosamente vívido y realista; y su conexión con el impresionante descenso que yo había efectuado era inequívoco. Incluso reconocía los pasadizos.

Al avanzar por el corredor hacia la luz más brillante, vi nuevas etapas de la épica representada: la despedida de la raza que había habitado la ciudad sin nombre y el valle hacía unos diez millones de años; la raza cuyas almas se negaban a abandonar los escenarios que sus cuerpos habían conocido durante tanto tiempo, en los que se habían asentado como nómadas durante la juventud de la tierra, tallando en la roca virgen aquellos santuarios en los que no habían dejado de practicar sus cultos religiosos. Ahora que había más luz, pude examinar las pinturas con más detenimiento; y recordando que los extraños reptiles debían de representar a los hombres desconocidos, pensé en las costumbres imperantes en la ciudad sin nombre. Había muchas cosas inexplicables. La civilización, que incluía un alfabeto escrito, había llegado a alcanzar, al parecer, un grado superior al de aquellas otras inmensamente posteriores de Egipto y de Caldea; aunque noté omisiones singulares. Por ejemplo, no pude descubrir ninguna representación de la muerte o de las costumbres funerarias, salvo en las escenas de guerra, de violencia o de plagas; así que me preguntaba por qué esta reserva respecto de la muerte natural. Era como si hubiesen abrigado un ideal de inmortalidad como una ilusión esperanzadora. 
 

Más cerca del final del pasadizo había pintadas escenas de máximo exotismo y extravagancia: vistas de la ciudad sin nombre que ahora contrastaban por su despoblación y su creciente ruina, y de un extraño y nuevo reino paradisíaco hacia el que la raza se había abierto camino con sus cinceles a través de la roca. En estas perspectivas, la ciudad y el valle desierto aparecían siempre a la luz de la luna, con un halo dorado flotando sobre los muros derruidos y medio revelando la espléndida perfección de los tiempos anteriores, espectralmente insinuada por el artista. Las escenas paradisíacas eran casi demasiado extravagantes para que resultaran creíbles, retratando un mundo oculto de luz eterna, lleno de ciudades gloriosas y de montes y valles etéreos. Al final, me pareció ver signos de un anticlímax artístico. Las pinturas se volvieron menos hábiles y mucho más extrañas, incluso, que las más disparatadas de las primeras. Parecían reflejar una lenta decadencia de la antigua estirpe, a la vez que una creciente ferocidad hacia el mundo exterior del que les había arrojado el desierto. Las formas de las gentes -siempre simbolizadas por los reptiles sagrados- parecían ir consumiéndose gradualmente, aunque su espíritu, al que mostraban flotando por encima de las ruinas bañadas por la luna, aumentaba en proporción. Unos sacerdotes flacos, representados como reptiles con atuendos ornamentales, maldecían el aire de la superficie y a cuantos seres lo respiraban; y en una terrible escena final se veía a un hombre de aspecto primitivo -quizá un pionero de la antigua Irem, la Ciudad de los Pilares-, en el momento de ser despedazado por los miembros de la raza anterior. Recuerdo el temor que la ciudad sin nombre inspiraba a los árabes, y me alegré de que más allá de este lugar, los muros grises y el techo estuviesen desnudos de pinturas. 
 

Mientras contemplaba el cortejo de la historia mural, me fui acercando al final del recinto de techo bajo, hasta que descubrí una entrada de la cual subía la luminosa fosforescencia. Me arrastré hasta ella, y dejé escapar un alarido de infinito asombro ante lo que había al otro lado; pues en vez de descubrir nuevas cámaras más iluminadas, me asomé a un ilimitado vacío de uniforme resplandor, como supongo que se vería desde la cumbre del monte Everest, al contemplar un mar de bruma iluminada por el sol. Detrás de mí había un pasadizo tan angosto que no podía ponerme de pie; delante, tenía un infinito de subterránea refulgencia. 
 

Del pasadizo al abismo descendía un pronunciado tramo de escaleras -de peldaños pequeños y numerosos, como los de los oscuros pasadizos que había recorrido-; aunque unos pies más abajo los ocultaban los vapores luminosos. Abatida contra el muro de la izquierda, había abierta una pesada puerta de bronce, increíblemente gruesa y decorada con fantásticos bajorrelieves, capaz de aislar todo el mundo interior de luz, si se cerraba, respecto de las bóvedas y pasadizos de roca. Miré los peldaños, y de momento, me dio miedo descender por ellos. Tiré de la puerta de bronce, pero no pude moverla. Luego me tumbé boca abajo en el suelo de losas, con la mente inflamada en prodigiosas reflexiones que ni siquiera el mortal agotamiento podía disipar. 
 

Mientras estaba tendido, con los ojos cerrados y pensando libremente, me volvieron a la conciencia muchos detalles que había observado de pasada en los frescos con un significado nuevo y terrible; escenas que representaban la ciudad sin nombre en su esplendor, la vegetación del valle que la rodeaba, y las tierras distantes con las que sus mercaderes comerciaban. La alegoría de las criaturas reptantes me desconcertaba por su universal distinción, y me asombraba que se conservase con tanta insistencia en una historia de tal importancia. En los frescos se representaba la ciudad sin nombre guardando la debida proporción con los reptiles. Me preguntaba cuáles serían sus proporciones reales y su magnificencia, y medité un momento sobre determinadas peculiaridades que había notado en las ruinas. Me parecía extraña la escasa altura de los templos primordiales y del corredor del subsuelo, tallado indudablemente por deferencia a las deidades reptiles que ellos adoraban; aunque, evidentemente, obligaban a los adoradores a reptar. Quizá los mismos ritos comportaban esta imitación de las criaturas adoradas. Sin embargo, ninguna teoría religiosa podía explicar por qué los pasadizos horizontales que se intercalaban en ese espantoso descenso eran tan bajos como los templos… o más, puesto que no era posible permanecer siquiera de rodillas. Al pensar en las criaturas reptiles, cuyos espantosos cuerpos momificados tenía tan cerca de mí, sentí un nuevo sobresalto de terror. Las asociaciones de la mente son muy extrañas; y me encogí ante la idea de que, salvo el pobre hombre primitivo despedazado de la última pintura, la mía era la única forma humana, en medio de las numerosas reliquias y símbolos de vida primordial. 
 

Pero en mi extraña y errabunda existencia, el asombro siempre se imponía a mis temores; pues el abismo luminoso y lo que podía contener planteaban un problema valiosísimo para el más grande explorador. No me cabía duda de que al pie de aquella escalera de peldaños singularmente pequeños había un mundo extraño y misterioso, y esperaba encontrar allí los recuerdos humanos que las pinturas del corredor no me habían podido ofrecer. Los frescos representaban ciudades y valles increíbles de esta región inferior, y mi imaginación se demoraba en las ricas ruinas que me esperaban. 
 

Mis temores, efectivamente, se relacionaban más con el pasado que con el futuro. Ni siquiera el horror físico de mi situación en aquel angosto corredor de reptiles muertos y frescos antediluvianos, millas por debajo del mundo que yo conocía, y ante ese otro mundo de luces y brumas espectrales, podía compararse con el miedo que sentía ante la abismal antigüedad del escenario y de su espíritu. Una antigüedad tan inmensa que empequeñecía todo cálculo parecía mirar de soslayo desde las rocas primordiales y los templos tallados de la ciudad sin nombre, mientras que los últimos mapas asombrosos de los frescos mostraban océanos y continentes que el hombre ha olvidado, cuyos contornos eran vagamente familiares. Nadie sabía qué podía haber sucedido en las edades geológicas ya que las pinturas se interrumpían, y la resentida y rencorosa raza había sucumbido a la decadencia. En otro tiempo, estas cavernas y la luminosa región que se abría más allá habían hervido de vida; ahora, me encontraba solo entre estas vívidas reliquias, y temblaba al pensar en los incontables siglos durante los cuales dichas reliquias habían mantenido una vigilia muda y abandonada. 
 
De pronto, me invadió nuevamente aquel agudo terror que de cuando en cuando me asaltaba desde que había visto el terrible valle y la ciudad sin nombre bajo la fría luna; y a pesar de mi cansancio, me sorprendí a mí mismo incorporándome frenéticamente, y mirando hacia el oscuro corredor, hacia los túneles que subían al mundo exterior. Me dominó el mismo sentimiento que me había hecho abandonar la ciudad sin nombre por la noche, y que era tan inexplicable como acuciante. Un momento después, sin embargo, sufrí una impresión aún mayor en forma de un ruido definido: el primero que quebraba el absoluto silencio de estas profundidades sepulcrales. Fue un gemido bajo, profundo, como de una multitud lejana de espíritus condenados; y provenía del lugar hacia donde yo miraba. El rumor fue creciendo rápidamente, y no tardó en resonar de forma espantosa por el bajo pasadizo. Al mismo tiempo, tuve conciencia de una corriente de aire frío, cada vez más fuerte, idéntica a la que brotaba de los túneles y barría la ciudad. El contacto de ese viento pareció devolverme el equilibrio, porque instantáneamente recordé las súbitas ráfagas que se levantaban en torno a la entrada del abismo en el amanecer y el crepúsculo, una de las cuales, efectivamente, me había revelado los túneles secretos. Consulté mi reloj y vi que faltaba poco para amanecer, así que me preparé para resistir el vendaval que regresaba a su caverna, del mismo modo que había salido al atardecer. Mi miedo disminuyó otra vez, ya que un fenómeno natural tiende a disipar las lucubraciones sobre lo desconocido. 

 
BLOQUE DE TEXTO CON TRES TABULADORES

Un pozo de tinieblas. negro
tomo un caldero de brujas, lleno
De drogas lunares en eclipse destiladas
Al inclinarme a mirar si podía bajar el pie
Por ese abismo, vi, abajo,
Hasta donde alcanzaba la mirada,
Negras Paredes lisas como el cristal
Recién acabadas de pulir,
Y con esa negra pez que el Trono de la Muerte
Derrama por sus bordes viscosos.


CON UN TABULADOR

«Que no está muerto lo que yace eternamente y

con el paso de los evos, aun la muerte puede morir»




Cada vez entraba con más violencia el quejumbroso y aullante viento de la noche, precipitándose en el abismo subterráneo. Me dejé caer de nuevo boca abajo, y me agarré vanamente al suelo, temiendo que me arrastrara por la puerta y me precipitara en el abismo fosforescente. No me había esperado una furia semejante; y al darme cuenta de que, en efecto, me iba deslizando por el suelo hacia el abismo, me asaltaron mil nuevos terrores imaginarios. La malignidad de aquella corriente despertó en mí increíbles figuraciones; una vez más me comparé, con un estremecimiento, a la única imagen humana del espantoso corredor, al hombre despedazado por la desconocida raza; porque los zarpazos demoníacos de los torbellinos parecían contener una furia vindicativa tanto más fuerte cuanto que me sentía casi impotente. Cerca del final, creo que grité frenéticamente -casi enloquecido-; si fue así, mis gritos se perdieron en aquella babel infernal de espíritus aulladores. Traté de retroceder arrastrándome contra el torrente invisible y homicida, pero no podía afianzarme siquiera, y seguía siendo arrastrado lenta e inexorablemente hacia el mundo desconocido. Por último, se me debió de trastornar la razón, y empecé a balbucear, una y otra vez, aquel inexplicable dístico del árabe loco Abdul Alhazred, que soñó con la ciudad sin nombre: 


«Que no está muerto lo que yace eternamente,
Y con el paso de los evos, aun la muerte puede morir». 

 
Sólo los ceñudos y severos dioses del desierto saben lo que ocurrió en realidad; qué forcejeos y luchas sostuve en la oscuridad, o qué Abaddón me guió de nuevo a la vida, donde siempre habré de recordar, y estremecerme, cuando sopla el viento de la noche, hasta que el olvido o algo peor me reclame. Fue monstruoso, inmenso, antinatural… muy lejos de cuanto el hombre pueda concebir, salvo en las primeras horas silenciosas y detestables de la madrugada, cuando uno no puede dormir. 
 
He dicho que la furia del viento era infernal -cacodemoníaca-, y que sus voces eran espantosas a causa de una perversidad reprimida durante eternidades de desolación. Luego, estas voces, aunque delante de mí seguían siendo caóticas, imaginó mi cerebro enfebrecido que adoptaban forma articulada detrás; y allá en la tumba de unas antigüedades muertas hacía innumerables evos, leguas debajo del mundo diurno de los hombres, oí horribles maldiciones y gruñidos de demonios de extrañas lenguas. Al volverme, vi recortarse contra el éter luminoso del abismo lo que no podía verse en la oscuridad del corredor: una horda pesadillesca de seres que se precipitaban, de demonios semitransparentes distorsionados por el odio, grotescamente ataviados, y pertenecientes a una raza que nadie habría podido confundir: la de las criaturas reptiles de la ciudad sin nombre. 
 
Cuando se calmó el viento, me envolvió la negrura más absoluta de las entrañas de la tierra; porque detrás de la última de las criaturas, la gran puerta de bronce se cerró de golpe con un estruendo ensordecedor de música metálica cuyos ecos ascendieron hasta el mundo distante para saludar al sol naciente, como lo saluda Memnón desde las orillas del Nilo.

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Ejemplos de sangrados.; Copiar y pegar o lee en modo \”HTML\”

EJEMPLOS. sangrado izquierda

erudita y humilde…

ejemplo sangrado derecha

 

Nuestra contemporaneidad 

 

 

EJE. SANGRADO CENTRADO

 

En buena lógica,...
SANGRADO JUSTIFICADO
Un crítico ha definido

BLOQUE DE TEXTO CON TRES TABULADORES

la obra de….

CON UN TABULADOR

El primer libro que leí

de las branquias.

Antonio García Vargas. El hombre celular.

EL HOMBRE CELULAR
de Antonio García Vargas
Reconozco que me da un puntito de envidia, no lo puedo remediar. Veo en la tele imágenes de los atletas de élite, jugadores de fútbol sobre todo, haciendo ejercicios de mantenimiento y de forma para estar a punto en sus distintas competiciones. ¡Qué gimnasios, Dios mío! ¡Qué maquinaria! Una ingente cantidad de ordenadores a su disposición, una maraña de cables que terminan en graciosas ventosas aplicadas a distintas partes de sus cuerpos, midiendo impulsos, controlando constantes, analizando cada una de las pautas segundo a segundo, poniendo y quitando aquí y allá, optimizando la temperatura, incorporando datos sobre alimentación conveniente, esfuerzo físico y psíquico, a tono siempre con los resultados que se pretenden…
Ante tanto cable, medidores de impulsos y agujas protectoras recopilando información sobre necesidades, tolerancia y prestaciones, cabe preguntarse si los chavales son humanos que parecen máquinas o máquinas que parecen humanos.
Está claro que el colosal negocio montado en torno al deporte de competición se ha disparado hasta el infinito. El deporte propiamente dicho ha dejado de serlo para convertirse en santo y seña de “otras cosas”. El despliegue de propaganda en todo tipo de medios ha conseguido resucitar formas de competición a las que no se hacía caso y no es extraño ver cómo se analiza con ojo crítico todo aquello que pueda proporcionar dinero para a continuación darlo a comer hasta en la sopa al radiotelevidente para convertirlo en su prioridad del día a día…
Asistimos a comedietas tales como nombrar conde a entrenadores de fútbol, destinar partidas de dinero importantes para subvencionar al sector privado, divinizar al jugador de turno, a su abuela y a su hámster si eso suma audiencia, a destinar embajadas de personas ilustres, a veces reyes o presidentes de gobierno para acompañar a los cruzados y caballeros de la Patria deportiva que representan y salvaguardan la dignidad nacional en efímeros torneos que mueven ingentes masas de dinero que van a parar siempre —qué casualidad— a los bolsillos de los mismos; de los de siempre.
Me pregunto en qué se diferencia este mundo que gustosamente nos hemos dejado imponer, al que mostraba Huxley hace décadas en su revolucionario y atrevido libro. Lo más curioso es que nos esquilman, modelan y lobotomizan sin el menor atisbo de violencia visible. Somos ovejas que siguen al ovejo líder que se despeña por el barranco; simple masa que se mueve sin necesidad de un silbato; zombis que se tiran por el balcón si pierde su equipo; humanhormigas que al sumarse conforman un monstruo colectivo, destruyen su inteligencia individual para acoplarla a una sed destructora sin precedentes y llegan o pueden llegar hasta lo más bajo y profundo de la especie animal en ese momento de extraordinaria metamorfosis despersonalizadora. Quizás, soy consciente de ello, esta energía generada por un acontecimiento deportivo, tiene momentos o consecuencias positivas en que aflora un sentimiento multitudinario maravilloso que nos reconcilia con nosotros mismos y nos eleva hasta límites insospechados. No puedo, no obstante, pararme a pensar en que esto está bien estudiado por los que mueven los hilos y viene a ser como la zanahoria en la punta del palo; una leve compensación ante tanta incongruencia; una bolsa de caramelos que el tirano concede al marido cornudo tras haber hecho uso del derecho de pernada…
En fin, que yo no quería hablar de tiranos ni de zombis sino de la suerte ¿? que tienen los deportistas de élite al estar tan bien cuidados y controlados para que puedan rendir al máximo. Y pienso qué sería de la literatura por ejemplo si se cuidara a sus “atletas” de forma parecida; hasta dónde podría llegar el creativo nato si estuviese asistido por máquinas que analizaran e intentaran realzar su talento natural; midieran sus posibilidades; alimentaran, mimaran y masajearan convenientemente sus neuronas; penetraran en la célula íntima del creativo y facilitaran aún más la labor oxidativa de las mitocondrias, ayudándolas a producir más energía creadora, separándolas de los restos de procariotas migratorias primigenias que nos atan en parte a la animalidad heredada…
Pienso que del mismo modo que se ha manipulado en parte nuestra herencia a favor de ciertos intereses, bien se podría ahondar en las posibilidades de los creativos en las distintas artes partiendo de la base de que son eminentemente asociativas en lo fundamental, al tiempo que cooperativas y simbióticas en grado sumo. Si en ese gimnasio cultural-mental-espiritual se asistiera al poeta, pongamos por caso, ayudando a buscar, encontrar y mantener una estrecha y equilibrada relación entre cada una de las partes, rescatando centriolos desperdigados y analizando nuestros ADN y ARN para borrar impurezas, se podría establecer un control celular casi completo dando lugar a asociaciones internas y enriquecedoras de todo tipo, regulando sus balances y manteniendo una relación simbiótica tal como la que muestra el rizobio con las raíces de las leguminosas…
Estamos ocupados o poseídos según los científicos (desde que apenas éramos una insignificante célula) por inquilinos estables que no son “nosotros” propiamente dicho sino seres individuales con su propia genética independiente, que nos invadieron y viven en nuestras células regulando su adaptación y particularidades desde el inicio de los tiempos en tanto que nos mantienen como una unidad funcional. Sin ellos —mitocondrias, centriolos, cuerpos basales y probablemente otros pequeños elementos—, no existiríamos y de existir seríamos incapaces de mover un músculo o pensar. Son tan esenciales para nuestra vida como lo es el pulgón en un hormiguero, sin que esto nos llegue tampoco a comer el coco pensando si son ellos o nosotros quienes pasean con nuestra pareja a la luz de la luna o escriben nuestro libro. Si nos sirve de consuelo esto no solo nos ocurre a los humanos, las plantas están en el mismo aprieto, no serían plantas, ni siquiera verdes, sin los cloroplastos que elaboran la fotosíntesis y fabrican oxígeno para nosotros pues los cloroplastos son también invasores, seres ajenos a las plantas, con su propia genética y particularidades…
Volviendo al punto de partida y centrándome en las posibilidades que ofrece el estudio, mantenimiento y control de las energías creativas individuales, y ya que está demostrado, dicen, que nuestra inteligencia intrínseca nada tiene que ver con la inteligencia asociativa de las abejas o las hormigas, debería cuidarse muy mucho la creatividad y tratar de aglutinarla en los que tienen la suerte de poseerla en alto grado, tal y como se hace con la élite deportiva. Es preciso dejar de lado la competitividad tal y como está establecida y pensar que es esencial mantener a punto el conocimiento en general y la capacidad creativa en particular. El conocimiento, porque sin él no habrá progreso, al menos no todo el que sería posible y aconsejable. La creatividad, porque es la vía de salida hacia soluciones distintas que abren un esperanzador abanico de posibilidades al humano en su lucha por superar ciertos límites culturales que dificultan su visión del porqué se nos ha asignado el papel de animal dominante en la Historia. Si al creativo nato se le da el tratamiento y cuidados que recibe el deportista de élite y se llega hasta el fondo en el estudio celular, tanto a nivel individual como asociativo con mentes brillantes en cada materia, alimentando todos los elementos que intervienen en el proceso creativo interno para rescatar cuanta información o capacidades pueda haber en ellos, es posible que la Humanidad dé un salto de gigante hacia adelante en todos los órdenes y disciplinas conocidas y aún por conocer.
No podemos seguir manteniendo a ese monstruo especulativo que nos deglute a diario, mutilando la lógica de la Vida con intereses irrazonables que conducen al desastre cultural e imaginativo en el presente y a la pérdida de identidad a corto plazo. Hay que rescatar a la Humanidad y la humanidad, perdidas en esta absurda actitud que nos degrada en lo íntimo al tiempo que nos aleja de la razón que nos es propia. Si seguimos dejando que unos pocos nos conviertan en hormigas terminarán convirtiéndonos a la larga y no será posible en el futuro que nuestra deficiente composición celular dé vida a un Shakespeare que nos regale un hermoso soneto, a un Mozart que nos deleite los sentidos o a seguir manteniendo intacta la capacidad de mirarnos al espejo y reconocernos desde el libre albedrío.
(Fragmento del ensayo: El hombre celular, de Antonio García Vargas)
En Almería, Andalucía, España, julio de 2011

9.- (II) ¿VENI, VIDI, VICI? Fernando Luis Pérez Poza

(II) ¿VENI, VIDI, VICI?

Crónica de una presentación en Campidoglio (el Capitolio de Roma)

En Vademecum combinaba poemas de la última cosecha de ese año, con otros seleccionados que, por una u otra razón, se han convertido en emblemáticos dentro de mi obra. Algunos eran largos y otros cortos, unos más anchos y otros más estrechos, los de aquí más altos y los de acullá más bajos. En realidad, los había de todos los colores, pues la diversidad es uno de los rasgos que me caracteriza y porque me gusta escribir en todos los registros, aunque prevalezca casi siempre el matiz lírico.

Fue un libro publicado específicamente para esa presentación en Campidoglio (el Capitolio) de Roma, en ese lugar cuyas escaleras, como me ha dicho más de un poeta, conducen al templo de la poesía. Yo no sé si todos los caminos llevan a Roma, como dice el refrán, pero el mío no cabe duda de que la había incluido en el mapa. 


Me acompañaron en el evento dos magníficos artistas, la actriz Gabriella Quattrini y el guitarrista Maestro Lorenzo Loris Zecchin, gracias a los buenos oficios de Fiorella Giovannelli y la Asociación Cultural L@ Nuo@ Mus@. Presentó el evento el poeta y crítico literario italiano Raimundo Venturiello.
Y después de haber estado allí sé cómo se habría podido sentir Julio César si en lugar de emperador hubiera sido poeta. 


Campidoglio, el capitolio de Roma, es un lugar que impresiona, como toda la ciudad. Está situado en pleno centro, en una de la siete colinas, la más pequeña, en la que se levantaron los templos romanos más importantes y donde culminaban las marchas los césares victoriosos, al resto, los que perdían, me imagino, porque sé muy poco de la historia, seguro que los echaban a los leones en el Circo Máximo, ante el cual pasamos de camino al capitolio. La plaza, a la que se llega por una larga escalinata casi en cuesta, está presidida por la estatua ecuestre del emperador y filósofo romano Marco Aurelio, obra de Miguel Ángel.


La organización de la presentación de mi libro Vademécum, en edición bilingüe, español e italiano, me había exigido demasiado tiempo como para que se pudiera torcer. Sin embargo, todo es posible en esta vida. El Ayuntamiento de Roma sólo concede el Salón del Carroccio muy de pascua en vez, para eventos muy especiales, y se reserva siempre, hasta el último momento, la posibilidad de anular la concesión, con lo cual te hace sufrir de una manera indecible hasta que llega la hora y te abren la puerta. Así que Fiorella Giovannelli, mi gran mecenas, y yo, cruzamos los dedos y respiramos a pleno pulmón cuando traspasamos el umbral.


Desde Pontevedra le había cursado invitación a todas las autoridades españolas conocidas y desconocidas, habidas y por haber, de izquierdas o de derechas, residentes en Roma o incluso en Pernambuco, exagerando un poco, pero desgraciadamente muy pocas contestaron. Más de cien cartas enviadas que no sirvieron de nada. Nadie es poeta en su tierra, es una adaptación del proverbio que resulta completamente cierta, porque los que realmente se portaron de maravilla fueron los italianos. Ningún español acudió a la cita. Solamente el gobierno de Galicia me concedió una ayuda con la que pude enfrentarme a la parte menos poética del asunto, la económica.


Tres únicos políticos tuvieron la deferencia de excusar su presencia y por eso merecen una mención, sin que bata palmas con las orejas por ellos. El Presidente de la Xunta de Galicia, Emilio Pérez Touriño; el Consul General de España en Roma, Javier Navarro; y Paco Vázquez, Embajador de España ante la Santa Sede, quien me comunicó que se sentía orgulloso de que un poeta español presentara su obra en Campidoglio. Algo es algo. El resto se pasó la invitación por el forro de cierto sitio, especialmente el Instituto Cervantes en Roma, precisamente el organismo que debería de haber apoyado con más ímpetu mi presencia en la capital italiana y que, curiosamente, estaba dirigido por la poeta Fanny Rubio. Desgraciadamente vivimos en un mundo del revés, desde la cabeza a los pies y el vacío que me hizo me pareció tan mal que hasta propuse su canonización en vida y su elevación a los altares para así dejarle el puesto a alguien más eficiente.


El guitarrista, Lorenzo Loris Zecchin, magnífico. Un gran maestro que no quiso restarme ni un ápice de protagonismo y se mantuvo, por propia voluntad, en un tono discreto, de acompañamiento, lo que realza su categoría no sólo como artista sino como persona. \”Este es tu gran día\”, me dijo. El poeta y crítico literario Raimundo Venturiello demostró la madera de la que están hechos los buenos críticos, es decir, aquellos que penetran en la poesía y le descubren al autor las raíces inconscientes de su propia inspiración.


De la actriz Gabriella Quattrini lo dice todo este poema que le he dedicado y que he incluido en el libro:

A GABRIELLA QUATTRINI

Es la voz atravesándolo todo,
la piel, la carne, el hueso,
vademecum de sensaciones
que se instala en el cuerpo
y ya no retrocede nunca.

Alas en su garganta
hacen volar la poesía,
carnaval de colores
en la epiglotis del tiempo.

Regálame un solo, un solo
poro de tu alma, una ilusión
en cada arpegio, en cada sueño,
en cada rosa de los vientos
que ilumina el futuro.

Es la ecuación resuelta, sin equis
ni y griega, el corazón volcado
en cada cuerda, el bate encendido
de un reloj sin hora, el arco iris suelto
que se evapora sobre la línea recta
de un horizonte incierto.

Regálame un solo, para que yo
pueda estar siempre acompañado
de aquel sitio que se encuentra:
al otro lado
y que, simplemente, no es más que un tú
disfrazado de un yo largo
que nos afecta a todos, incluso a nosotros.

¿Veni, vidi, vici? No lo sé. Para mí fue una emoción enorme. El público expresó al final del acto su opinión sobre mi poesía. Claro que muchos de ellos habían estado en Pontevedra y sé que me aprecian sinceramente. Pero yo creo que sí. Algo me dice que sí, porque esa noche, ya en la habitación donde nos hospedábamos, mi hija que contaba dieciséis años, a la que había llevado conmigo para que se sintiera orgullosa de su padre, se puso ante el ordenador y al cabo de un rato me dejó leer su primer poema. Los pájaros de su cabeza adolescente empezaban a dar paso a las musas, y yo realmente me sentí completamente feliz. Esos eran los mejores laureles que podía recibir.

Septiembre 2007©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España
www.eltallerdelpoeta.com

Web oficial de la Editorial El Taller del Poeta Fernando Luis Prez Poza. Quieres publicar en papel? Quieres…
eltallerdelpoeta.com|De Fernando Luis Prez Poza http://www.eltallerdelpoeta.com

8.- (I) ¿VENI, VIDI, VICI? Fernando Luis Pérez Poza

(I) ¿VENI, VIDI, VICI?


Crónica de una presentación en Campidoglio (el Capitolio de Roma)

Cuenta una leyenda narrada por Valerio Petérculo en el Epitome de Tito Livio y recordada por Apiano, que cuando los romanos intentaron conquistar mi tierra, Galicia, los detuvo un río, el río del Olvido o Lethero, confín del mundo, que actualmente se llama Limia, y en cuyas orillas aún hoy en día se celebra la fiesta del Olvido. Ninguno de los legionarios se atrevía a cruzarlo porque el que lo hacía después no recordaba nada, ni sus orígenes ni a la familia, y se quedaba a vivir con los aborígenes, cuestión que he de confesar no resulta extraña si se tiene en cuenta la calidad de las ostras, los mariscos y la cantidad de baños termales por los que se caracterizan estos parajes. Pero un día, Decio Juno Bruto, procónsul de la Hispania Ulterior, lo cruzó y comenzó a llamar a todos los soldados por su nombre y, éstos, al ver que la memoria no le fallaba, roto ya el conjuro de la leyenda, decidieron seguirle, momento en el que Galicia pasó a formar parte del Imperio romano.

Muchos siglos habían transcurrido desde aquel entonces y mucho había cambiado el mundo, cuando a mí, un gallego, se me presentó la oportunidad de conquistar Roma, presentando mi libro Vademecum en el Salón del Carroccio, Campidoglio, uno de los lugares culturales más emblemáticos de Italia, y así dejar atrás el río del olvido literario y habitar la memoria del tiempo. Fui sin más armas que mi voz y mi poesía, porque la poesía es para mí un modo de vida. 


Me levanto por la mañana y enciendo el poema de la luz al subir la persiana. Abro el verso del agua caliente, lo mezclo con el de la fría para que no se me abrase el alma y disfruto las metáforas aromáticas del gel mientras me ducho. Desayuno la sinéresis de una taza de mate y un par de magdalenas y me enfrento a la pantalla en blanco del ordenador. Unos días se cuela una fábula en mi despacho en la voz de algún poeta amigo que me viene a visitar o algún que otro aforismo de paso hacia las páginas de un libro publicado por mi editorial. Al mediodía cocino y almuerzo unas setas al estilo Martín Fierro o me deleito recitando con el paladar unos suspiros de monja hasta no dejar ni una estrofa en el plato.


Casi todo es poesía. De vez en cuando me distraigo, miro por la ventana y mi mente escribe una oda a la desconocida que pasa ante el taller y de la cual me enamoro y desenamoro furtivamente a la velocidad del pensamiento.


En mi condición de editor, me llegan palabras desde todos los rincones del mundo. Se acercan sigilosas, ocultas en el archivo adjunto de algún e-mail y, de repente, se despliegan ante mí y me golpean la cabeza o se hunden como raíces en el corazón. Al cabo del día las letras bailan en remolino en cada una de mis neuronas pero aún me queda tiempo para abrir la cubierta de un poemario y compartirlo con la almohada antes de escribir un soneto en la pizarra de los sueños que, por ese motivo, siempre permanecerá inédito. 


Algunos adjuntos de los que recibo son crisálidas que se transforman en la mariposa de un libro y vuelan y recorren de ojo en ojo todo el mundo. Otros, por el contrario, sufren la terrible \”delete\” que los condena al destierro, lejos del papel y de la encuadernadora, o al suplicio de sobrevivir en el mundo virtual entre toneladas de versos anodinos. Los menos, como si fueran orugas, se pierden ocultos en el follaje de un buzón electrónico excesivamente saturado de misivas desesperadas en busca del milagro de la publicación.


Así es mi devenir, una mezcla de poeta que intenta revelar pequeños trozos de infinito en la fotografía de sus poemas, y de cumplidor de sueños, los de aquellos que escriben y aspiran a ver publicado también esas pequeñas parcelas astrales de su interior y que en virtud del papel y de la tinta se multiplican hasta dibujar el mapa del territorio poético.

Septiembre 2007©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España
www.eltallerdelpoeta.com

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Suplicio, Abraham Ferreira khalil


SUPLICIO

\”Amor casi de un vuelo me ha encumbrado

a donde no llegó ni el pensamiento\”…

(Fray Luis de León).


No puedo cortar las alas

de tu entronado bullicio

sin que invoque a la memoria

desde su oscuro retiro.


Y ha extendido tu recuerdo,

como el otoño, su hechizo

de soledad y hojarasca,

y nadie podrá impedirlo.


Pensarte será mi hábito,

evitarte un sacrificio.

¡Oh, lluvioso atolladero!

¿a dónde me has conducido?


Por querer cortar las alas

al trono de tus delirios

me he adentrado, temeroso,

en un pasaje de símbolos.


Sin faros que den su aliento,

sin astros, voces e indicios…

Pensarte será mi hábito,

evitarte mi suplicio.
© Abraham Ferreira Khalil

La fatalidad de Fermín López Costero por José Antonio Santano

LA FATALIDAD

El poeta José Hierro, en sus “Reflexiones sobre su poesía”(1983), dejó escrito: «la poesía verdadera, sea cual sea el adjetivo que la matice, no puede prescindir de la belleza de la palabra. Pero no entendemos por belleza recargamiento, énfasis, imaginería, empleo de materias verbales preciosas, sino precisión poética, adecuación de la forma al fondo». Y es exactamente la claridad poética lo que habría que subrayar del presente poemario, “La fatalidad”, cuyo autor es el poeta berciano Fermín López Costero que, si bien no cuenta con una obra extensa –este es su segundo poemario-, sí de calidad –su anterior libro “Memorial de las piedras”, obtuvo en 2009 el premio Joaquín Benito de Lucas-. López Costero dedica este libro a su madre, y tal vez en la figura materna confluyen algunas de sus claves, aunque el tiempo juegue un papel importante en ese constante ir y venir de las percepciones y la experiencia vital del poeta, y en la cual ahonda y profundiza hasta hallar –hallarse- en la penumbra de los días que ejercen sobre él esa constante sensación de desgracia o desdicha. El poemario está estructurado en tres partes bien diferenciadas, aunque sin título que nos advierta de su temática. Es precisamente la primera parte la que contiene el poema que da título al libro “La fatalidad”, pero sorprende que sea “El indigente” el que abre el libro; aquí compromiso y estética se complementan para, desde el silencio y la soledad, rebelarse por entender que hasta lo cotidiano representa en el momento actual un nuevo holocausto: «Perseguí quimeras / que luego se volvieron contra mí / y me devoraron las entrañas […] Y ahora estoy aquí, / al otro lado de las alambradas, / como único superviviente y testigo / del holocausto diario». Es la mirada del poeta que traspasa los silencios y nos alerta de ellos, porque «Nadie aguarda ya la resurrección / de las voces», y nos llama la atención sobre esos extraños seres que «No son conscientes de que entre la inmundicia / sólo germinan las palabras inservibles, / y que en ella fermentan las ideas caducas». López Costero construye así, desde el principio un espacio de la memoria en la que habitan aquellos sueños de antaño en “La casa deshabitada” cuando escribe: «Sopesar el silencio / que colma los recipientes. / Y acariciar la crin del caballo de cartón / que galopa entre mis sienes». La infancia en el poeta, ese mundo onírico que le hace volver sobre sus pasos y detener el tiempo en “El desván de la memoria”: «Oculta tras los visillos del tiempo / entreveo aún tu sonrisa de seda… / Quién sabe si con nuestros silencios / podremos reconstruir el desván de la memoria». La sonrisa de seda de la madre, el desván, como también ese jardín abandonado, decadente, habitado por la soledad, la ruina, quizá el fracaso figurado, la no vida: «Los escombros habían obstruido el estanque / en el que ya no habitan los peces / ni chapotean –como ángeles heridos- / las aves acuáticas». Es la infancia que regresa como voz poética a López Costero, es esa fatalidad que dice los visita todas las noches, pero sobre todo es la manera de sentirla: «La fatalidad también es mi sombra / y la sombra de mis actos». En la segunda parte aflora el amor, y por eso declara el poeta: «…los besos y las caricias son únicos / y morirán conmigo. Aliento de mi aliento, / ceniza de mis cenizas serán», para nunca ya la ausencia, sino el latido amoroso: «La ausencia ya no es ausencia, / sino aleteo de ángeles que se aman […] Juntos recibimos la luz de las estrellas. / Nunca más como ausentes». Pero al cabo vuelve la melancolía, la tristeza del alma: «La tristeza es una nube de cieno, / una pesadilla camuflada en un pastel de cumpleaños, / el imperdible mohoso que fija el alma a mi cuerpo», y todo acaba (tercera parte), tal vez, en la esperanza de hallar la luz: «Y a menudo sueño con el pincel alado / de Fra’ Angelico, impregnado de luz», o al menos, en la luminosa poética de su autor.
Título: La fatalidad
Autor: Fermín López Costero
Edita: Nazarí (Granada, 2014)

Juan Jesús Muñoz García


Juan Jesús Muñoz García


Era viernes. Un agua mineral y un agua con gas junto a libros de la Feria del Libro de Almería 2014. 

Un chico pasea veloz, algo le detiene, se vuelve y nos pregunta si nos gusta la literatura. Hablamos.  

Le compro la edición en papel de su obra \”Desromance, pasión y trance\”.  Se presenta como Juan Jesús Muñoz García. 


Desolado


El amor junto al cariño
se desposó de mí.
Ya no vivo;
no habita aire 
fresco en la mirada;
ahora, sin ti, no respiro.

(Rechazado, olvidado; 
se entierra el sentimiento vivo).

Latir de corazón,
torna al llanto;
lágrimas arrastro.

¡Ámame!;
¡átame!;
no soy el amado;
aun así, enamorado;
pintar celeste, querer tu bálsamo.


22/11/2014

Barberos y guitarras. Estación sur


        El hartazgo de la política es tal que la lectura de libros relacionados con la cultura y sus distintas manifestaciones se hace imprescindible. Cuando esto sucede tiene uno la sensación de haber encontrado un oasis en pleno desierto. Y algo parecido deviene tras el hallazgo, de entre los muchos libros recibidos, de una verdadera joya, titulado “Historia cultural del flamenco. El barbero y la guitarra”, de Alberto del Campo y Rafael Cáceres y magnífica edición de  Almuzara. Algunos se preguntarán qué tienen que ver los barberos con la guitarra y en consecuencia con el flamenco. Pues según los autores de este magnífico ensayo sobre flamenco, mucho. Los barberos están asociados a la música popular y en especial a la guitarra desde el siglo XVI. En cada una de sus páginas, 514 sin contar con la bibliografía utilizada, el lector hallará la información y la documentación necesaria para entender esta novedosa historia del flamenco, cuyo origen hay que buscarlo en los barberos y su particular “rasgado o rasgueado”: «Claro es que algunos barberos sabrían no sólo rasguear sino también puntear la guitarra. Pero la referencia al punteado barberil es casi anecdótica, en comparación con la profusión de barberos rasgueadores de guitarrillas:
Estábase el tal barbero
 empapado en pasacalles,
aporreando la panza  
de un guitarrón formidable»,
como así dice en este poema satírico de Quevedo. Mas no sólo se analiza en este ensayo la relación entre barberos y guitarra, sino que se abren las puertas también a canciones y bailes o danzas populares, de tono jocoso: «Pasacalles y folíais resultaban sus formas musicales prototípicas. Los sones barberiles se asocian a un gusto por lo jocoso y risible, lo brusco y lo rústico, lo vil y callejero», sin llegar a obscenas: «Que no se representen cosas, bailes, ni cantares, ni meneos lascivos, ni deshonestos, o de mal ejemplo, sino que sean conforme a las danzas y bailes antiguos, y se dean por prohibidos todos los bailes de escarramanes, chaconas, zarabandas, carreterías y cualesquier otros semejantes a éstos»,así se decía en 1615. En el siglo XVII «Los jocosos y festivos tañidos guitarrísticos asociados a los barberos cobran especial lógica si nos atenemos a su secular fama de personas dicharacheras y prestas a la sociabilidad, algo connatural a su oficio. Se reconoce que «De majo o no, los barberos siguieron vinculados a la guitarra en el siglo XVIII», como también existió esta relación en el XIX, y así se asevera: «No sólo es que los barberos ejercieran de maestros de guitarra, sino que sus locales sirvieron de punto de encuentro de los flamencos». Sin duda, un excelente libro para este sombrío tiempo en que vivimos.

ANTOLOGÍA POÉTICA. HUMANISMO SOLIDARIO.


Desde \”Humanismo Solidario\” nos complace enviarte la siguiente información acerca de la antología poética que acaba de editar la prestigiosa editotial VISOR y en la que estás incluido, por si consideras interesante su difusión entre tus contactos. Un saludo.

ANTOLOGÍA POÉTICA DE HUMANISMO SOLIDARIO EN EDITORIAL VISOR.

La prestigiosa editorial VISOR (Colección Visor Literario) acaba de dar a luz la antología poética que bajo el título de “HUMANISMO SOLIDARIO. Poesía y compromiso en la sociedad contemporánea” ha prologado, con un amplísimo estudio, la profesora de la Universidad de Granada (España), Remedios Sánchez, llevando a cabo la selección de poetas y poemas la profesora de la Universidad de Bérgamo (Italia), Marina Bianchi.

Este es un nuevo hito en el camino emprendido por esta corriente de pensamiento que inició su recorrido a principios del año 2013 y que sigue ofreciendo propuestas y alternativas ante la actual situación de tránsito en la que se encuentra instalada la humanidad. 
Remedios Sánchez ha indicado que “ésta es una antología donde están todas las corrientes que han afrontado el compromiso real con la poesía y que entienden el Manifiesto de Humanismo Solidario (condición indispensable) como un documento que puede servir de summa general, sin que eso signifique renunciar a las peculiaridades de cada uno ni tampoco a los rasgos que caracterizan a cada grupo poético. Humanismo Solidario no es un grupo, sino una manera de entender la literatura y el arte en general desde el compromiso amplio con el ser humano …/… Todos los antologados han desarrollado su obra en los últimos treinta años, y eso puede servir para que se pueda tener una visión panorámica y amplia de cómo ha sido la literatura comprometida en el ámbito de influencia de la lengua española: la pluralidad de España, la riquísima y poliédrica Iberoamérica o el interesantísimo fenómeno de la literatura hispanomagrebí. Para situar al lector está el estudio preliminar, antecedente necesario de unos poemas que muestra la heterogeneidad del compromiso de la palabra poética, siempre desde diferentes ángulos y perspectivas, de un grupo amplio de escritores. Se verá que muchos tienen poco más en común que ésa responsabilidad con las dificultades del ser humano en el siglo XXI. Por eso esta antología era, aparte de una necesidad en los tiempos que corren, una cuestión de nobleza en el sentido ético de la palabra. Y nobleza obliga.”

SINOPSIS DE LA OBRA:
Los autores seleccionados son:
ESPAÑA:
Juan Carlos Abril, Sergio Arlandis, Alicia Aza, Luis Bagué Quílez, José Cabrera Martos, Isla Correyero, Paloma Fernández Gomá, Manuel Gahete, Luis García Montero, Guadalupe Grande, Pedro Luis Ibáñez Lérida, Raquel Lanseros, Juan Carlos Mestre, Eduardo Moga, José María Molina Caballero, Ángeles Mora, Francisco Morales Lomas, Manuel Moya, Fernando Operé, Julia Otxoa, Benjamín Prado, Josep M. Rodríguez, Daniel Rodríguez Moya, Javier Salvago, José Antonio Santano, José Sarria, Juan José Téllez, Alberto Torés, Fernando Valverde y Javier Vela.
IBEROÁMERICA:
Carlos J. Aldazábal (Argentina), Efraín Bartolomé (México), Mario Bojórquez (México), Piedad Bonnet (Colombia), Alí Calderón (México), Gabriel Chávez Casazola (Bolivia), Eduardo Chirinos (Perú), Andrea Cote Botero (Colombia), Federico Díaz Granados (Colombia), Jorge Galán (San Salvador), Nathalie Handal (Haití-USA), Eduardo Langagne (México), Roxana Méndez (San Salvador), Xavier Oquendo (Ecuador) y Miguel Ángel Zapata (Perú).
MAGREB:

Mohammed Doggui (Túnez), Abderrahman El Fathi (Marruecos), Khédija Gadhoum (Túnez-USA) y Fátima Galia (Sahara Occidental).


En la situación actual de crisis socioeconómica y de valores donde vive inmersa la sociedad contemporánea ha irrumpido con pujanza un pensamiento cultural internacional que defiende, con apasionado entusiasmo y desde la heterodoxia estética, la importancia del compromiso con el hombre, su problemática y sus conflictos. Este libro, desde una postura serena y equilibrada, reúne a algunos de los poetas más relevantes de España, Hispanoamérica y en algunas zonas del Magreb nacidos a partir de 1950 que reivindican con su poesía, partiendo de distintos planteamientos estéticos e ideológicos, la paz y solidaridad universales. Todo ello desde la conciencia compartida e imperiosa de volver la mirada al ser humano sin imposturas, de un deber real, un comportamiento ético y un posicionamiento reflexivo como eje transmisor y preservador de la fraternidad entre los individuos, constantemente manipulada y cercenada en estos tiempos de miseria moral en que los poderes fácticos pretenden degradar a la persona a mero espectador pasivo de su propia existencia
Esta antología, con un minucioso estudio previo en el que se analiza la poesía escrita en español desde los años sesenta hasta la actualidad, revela que el escritor es un ciudadano responsable que, cuando la injusticia y la deshumanización azotan, pone su sensibilidad, su inteligencia y su pluma al servicio de la sociedad plural revelando que es más lo que une a los poetas en lo ético que lo que los separa en lo estético. Porque el hombre y sus urgentes necesidades priman sobre cualquier querella literaria cuando lo que está en juego es el más preciado de nuestros bienes: la libertad.

Ártico de Juan de Dios García por José Antonio Santano

Ya desde el título de este poemario “Ártico”, su autor, el poeta cartagenero Juan de Dios García nos convoca a la reflexión, a indagar en su significado, que viene a ser como ahondar en las particularidades de su poética. Para adentrarnos en ella, la primera pista nos la sugiere Víctor Hugo, cuando dice: «La desgracia educa la inteligencia», cita que precede a los poemas que integran “Ártico”. Ya desde el primer poema “Instrucciones”, el poeta nos invita a dejarnos llevar por el sonido y la fuerza de la palabra, su colorido y aroma penetrante, libre y desnuda: «No tiene que buscar sentido a nada. / Mate la mariposa que ha escondido / dentro de su cabeza», esta es la propuesta al lector, como si se tratara de un simple manual de instrucciones. Pero “Ártico” es mucho más, quizá la solución a todos los fracasos y a las adversidades de la vida, por ello el poeta nos golpea primero con versos contundentes y seguidos del punto y aparte, en un afán descriptivo que se repite a lo largo del poemario una y otra vez, como una leve descarga eléctrica que nos alerta ante las vicisitudes del tiempo que nos ha tocado vivir. Quizá pueda que se trate de una huida, de escapar de la realidad para atender solo a los sueños, porque nada nos ata ya a este mundo que huele a podredumbre: «Escapar antes de que la realidad nos detenga y nos pudra. / Abrir un mapa y comprobar hasta qué punto mienten los cartógrafos. / Contratar un poeta a sueldo. / Seguir leyendo, seguir viviendo». El poeta construye un universo propio, en el cual la memoria de lo vivido y el presente conforman una sola voz, inconformista, que a veces se rebela: «No sé qué significan las palabras / religión, academia o general. / Si me das a elegir, / siempre estaré de lado de los griegos», para culminar el poema con un «Adoro los mercados populares, / el color de las tardes como miel de Cerdeña». En ese deambular del poeta del pasado al presente, y viceversa, el dolor de la muerte también aflora, tal y como ocurre en el poema “Benjamín”, cuando dice: «Venimos de la nada / y a la nada llegamos, / eso dijo mi madre en el entierro. / No lo leí en Albert Camus ni en Sastre, / lo dijo madre, negro riguroso, / mirando un crucifijo tachonado / en el ataúd blanco de mi hermano». 



Escritores y poetas, cineastas, escultores, forjadores de la voz del poeta se reparten por las páginas de “Ártico”, como cuando alude a Valente: «Escribiré un poema después de Auschwitz», a Theo Angelopoulus: «Era extranjero, pero entonces supo: / la guerra está tan cerca que parece estar lejos», a Nancy Spungen: «Sobre el televisor / papel plata, cucharas calcinadas / y comida podrida. / «¿Morirías por mí?», preguntó Nancy», a Jan Arp: «Y de repente para el viento afuera. / Todo esto sucedía terminando / estatuas de mujer. / La casa está encendida, el vino derramado», o al matemático Quételet: «El licenciado Quételet cabalga / definitivamente enamorado». Todos, de una manera u otra forman parte de la experiencia vital del poeta, como lo es también el temblor salvaje y natural del paisaje en el Cabo de Gata: «Coge esa caracola, escucha este equilibrio, / cómo se derrumba un acantilado, / cada piedra ocupando su lugar, / cómo muerde la música del sur, / la conquista de la naturaleza / despeinando las olas y las dunas…». No obstante, destaca el poema narrativo “Proceso”, cuando el dolor por la muerte de su padre oprime el alma del poeta: «Entonces estalló en su plenitud / el dolor comprimido. / Nuestro corazón ártico volvió / a latir con el fuego de su muerte», y cómo no, el que titula “Autorretrato”, que viene a ser definitivo respecto a la comprensión de la poética de Juan de Dios García: «¿Soy real o estoy escrito? / A veces, caminando por la acera / de cualquier ciudad, paro e imagino / convertirme en poema entre la multitud». El poeta ya no es “yo”, sino otredad, afortunadamente.


Título: Ártico

Autor: Juan de Dios García

Edita: Germanía (Valencia, 2014)

SALÓN DE LECTURA  //  José Antonio Santano

Humanismo solidario. José Antonio Santano


 

HUMANISMO SOLIDARIO
            Cada vez es más frecuente oír hablar de “humanismo” como alternativa a la actual crisis de pensamiento. El Nobel de literatura chino Gao Xingjian así lo ha hecho tras exhortar a los creadores a construir un nuevo Renacimiento.  Gao Xingjian ha dicho: «Estamos en una crisis no solo económica y financiera, sino también  social y de pensamiento, porque hemos quedado estancados en las ideologías del siglo XX. […] Los intelectuales de todo el mundo deben abordar la realidad y poner en marcha un nuevo pensamiento, un nuevo renacimiento». Así hablaba en una entrevista realizada por El País hace unos meses. Y no le falta razón al autor de libros como “La montaña del alma” “El libro de un hombre solo”. Este último nos recuerda a ese otro titulado “Un hombre acabado”, de Giovanni Papini, en el que no falta la atenta mirada al pensamiento y la filosofía, a lo humano por encima de otras cosas. Muchas son las voces que en los últimos años vienen abanderando un cambio de rumbo, un nuevo pensamiento, una ideología que se ciña a revitalizar y redescubrir los valores humanos, que aúne estética y ética, fondo y forma. De esta forma, corriendo el mes de febrero de 2013, nacía, aceptando la heterodoxia estética de sus componentes, y desde Andalucía, una nueva corriente crítica e intelectual, bajo la denominación de Humanismo Solidario (www.humanismosolidario.com). En aquella reunión celebrada en Torremolinos (Málaga) se solemnizaba la fundación de esta corriente que, formada por personas libres y desde la heterodoxia estética, asumían el uso de la palabra como obligación social bajo los irrenunciables principios del compromiso y el comportamiento ético, sin estar sometidos a ideología, filosofía, política o religión alguna. La libertad como bandera, sin otro motivo o causa que la de ser y estar, transformando el “yo” por el “nosotros”, conformando un camino nuevo y diferente en el cual los seres humanos sean la verdadera razón de cambio de la sociedad actual. Andalucía se convirtió así en el epicentro de esta corriente que en algo más de un año cuenta ya con una cada vez más sólida trayectoria, tras crear la Asociación Internacional Humanismo Solidario y el Premio Internacional “Erasmo de Rotterdam”, concedido en su primera edición y a título póstumo al escritor y humanista José Luis Sanpedro, y contar con casi 500 adhesiones de creadores e intelectuales de todo el mundo. Un trabajo silencioso y arduo, pero también satisfactorio al comprobar que cada vez son más las personas que apoyan este solidario proyecto, evidenciando así el compromiso del creador con la sociedad y con la historia, o lo que es lo mismo, el compromiso con la palabra y con la vida, con la idea irrenunciable de la fraternidad universal.

ESTACIÓN SUR. DIARIO DE ALMERÍA.

EDITORIAL NAZARÍ. Juan Torres Colomera

El próximo martes 18 de noviembre a las 19:30 horas tendremos el placer de presentar Asesinato en la Alhambra, de Juan Torres Colomera, en el Centro de Cultura Cajamar Puerta Purchena (Casa de las Mariposas), situada en Puerta Purchena 10, en Almería.

Durante la celebración del Festival Internacional de Música y Danza de Granada, un violinista búlgaro es asesinado misteriosamente en el interior de la capilla del Palacio de Carlos V.

La precisión con que se ha cometido el crimen y la aparente ausencia de un móvil hacen que los inspectores Narváez y Molina persigan a un criminal que se ha vuelto invisible y les hace dudar de su existencia.

Sorprendidos por la relevancia internacional que va adquiriendo el caso y el laberinto sin salida en el que se ven atrapados, la captura del asesino se va convirtiendo en una verdadera obsesión para ellos.
Ambientada en el incomparable marco de la Alhambra y en la ciudad de Granada, el autor nos adentra con gran fuerza narrativa en la vida policial, al tiempo que dirige una profunda mirada hacia el interior de los personajes, aunando pasado y presente, historia y leyendas, realidad y ficción.

El autor estará acompañado por Juan José Alonso Bonillo (Teniente de Alcalde del Excmo. Ayuntamiento de Almería), Antonio Torres Flores (Director Territorial de RTVA en Almería) y Paolo Remorini (responsable editorial).

Su impresionante puesta en escena y el rico léxico que envuelve la obra os cautivará. La personalidad de sus protagonistas os seducirá. Los inspectores Naváez y Molina se convertirán en los mejores compañeros de viaje. No te lo pierdas.

Entrada libre hasta completar aforo. Os esperamos.

Reversos. José Antonio Santano

DIEGO RECHE 

REVERSOS

Un nuevo libro de poesía en este espacio dedicado a los libros: “Reversos”, del poeta almeriense Diego Reche, con el que obtuvo el premio andaluz de poesía “Villa de Peligros” en el año 2012, y que viera la luz pública justo un año después. Reche es autor también de los libros “El autobús de septiembre”(2004), “La fuente de la Novia” (Teatro, 2007)), “Didascalia: poesía y teatro para jóvenes” (2009), “Palomas” (2011) y “La aparecida”(2013). Pero no demoremos más el estudio de “Reversos” que, a mi modesto entender, marca un antes y un después en la trayectoria poética de este poeta velezano. “Reversos” está sabiamente estructurado en dos partes o apartados fundamentales: “Reverso del tiempo” y “Versos de amor y literatura”.

 

Para la primera parte abre lúcidamente con una cita del poeta granadino Rafael Guillén –reciente Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca- que nos adentra en el cosmos poético de Reche, en ese tiempo reverso de otro ya vivido, en el cual las vivencias y las percepciones del poeta hallan la luz en el color sepia de unas viejas fotografías, esas fotografías con las que el poeta regresa al territorio de la infancia, de los sueños. Reche acude a la cita sin pensarlo dos veces, sabedor que en aquellos ya lejanos días descubrirá la verdadera razón de la existencia, la esencia del ser y de ser. La mirada del poeta entonces alza el vuelo de los años y recorre los lugares y las esencias de un tiempo huido, que nunca volverá pero que se adentra hasta los huesos y se alimenta de sueños:


«Yo veo tras la foto

los días de septiembre,

la luz entre los álamos trazando diagonales.

Y al hombre que pausadamente elige

el instante fugaz

que se salva del óxido del tiempo».


El poeta se reencuentra con el tiempo –su reverso- y nos muestra su mundo primigenio y nos invita a ser sus huéspedes, mientras un aire de nostalgia visita la casa y los juegos, el cine, la escuela, los senderos:


«Las tapias del colegio y el partido,

los cromos, la merienda, los vaqueros

de plástico, las latas, los senderos

de la rambla, el balón azul perdido».


El tono elegíaco del poema titulado “El almendro”, en versos alejandrinos, es una muestra más del buen hacer de Reche:

«Como ahora tú, madre, allí tras los visillos,

sentada en un sillón, ausente en tu silencio,

creyendo que visitan tu casa los que salen

por la tele y te ríes cuando a veces se ríen,

les aplaudes si aplauden y crees que eres la niña

que corría en las ramblas, libre con pies descalzos. […]

A veces estás triste, tus hijos son extraños /

que te visten, te peinan, te llevan de la mano,

te pasean por frías calles que desconoces.

Todo se ha vuelto anónimo.

Pero si llega el aire

de las sierras, aún sueñas con caminos de almendros».


En “Versos de amor y literatura”, segunda parte de este poemario, el poeta se desnuda y se desdobla, recorre los caminos en amorosa entrega. Su condición de profesor de lengua y literatura marca este tiempo poético. Amor y literatura como dos caras de la misma moneda, anverso y reverso, pero ¿cuál es cada uno? ¿Dos amores en uno, dos vidas en una? El poeta se muestra tal es. Late el corazón acelerado y un temblor recorre el cuerpo entero. Es hora de lo cotidiano, de compartir los días en el amor y la literatura:


«Corrijo por las noches,

y tú estudias inglés.

Si vamos a la playa más cercana

siempre hay alguien que cuenta:

seis hijos, seis. ¡Dios mío! Están locos.

Tendrán una criada, no tendrán

tiempo para aburrirse,

esos no ven la tele…

Que digan lo que quieran.

Yo tengo lo mejor, estar contigo

y compartir los días».


Pero siempre hay una última pregunta, una reflexión final del poeta, como balance de vida:


«Y yo, del otro lado de los años,

poeta, profesor de lenguas vivas,

me pregunto si erré

en la senda de la felicidad».


Feliz, al menos, ha de estar Reche por este poemario.


Título: Reversos

Autor: Diego Reche

Edita: Diputación de Granada, 2013

José Francisco Aguilera López. No te rindas.

NO TE RINDAS

Si me pierdo en el camino, espero que me busques. La soledad no es buena compañía cuando tienes un corazón que late en la distancia. Espero que partas enseguida, que dejes el puchero ardiendo en la cocina, y que cojas tus botas de acampada. El camino puede ser largo, incluso triste, pero sabes que mi corazón merece que lo encuentres. Abrígate bien, seguro que hace frío cuando la noche llegue de improviso. No quiero que te resfríes mientras persigues la estela que dejaron mis ojos cuando miro el camino recorrido. No me importa el tiempo que inviertas, solo quiero estar contigo, y ahora camino solo, dibujando pasos que no hacen un camino, porque para caminar necesito estar contigo. No olvides ponerte ese gorrito que te hacía una cara divertida, cuando te vea quiero que lo lleves puesto, sin él, tal vez, tu sonrisa no sea la misma. Estoy cansado, no me pesa tu recuerdo, pero si tu ausencia prolongada. Llevo pedacitos de tu amor en mi mochila, esquirlas de besos que se funden en mis labios y calman la sed de tus abrazos, pero quiero, necesito que me encuentres, por favor, nunca dejes de buscarme. Corre, que tu aliento se funda con la premura del momento y en la distancia mi figura se haga ascuas y deseo. No olvides la bufanda, caminar sola da mucho frío. Te lo dice alguien que siente el hielo romperse a pedazos en su alma, que siente como la nostalgia se hiela entre las manos. Si me encuentras, no me digas nada, solo abrázame con fuerza ; disfruta el momento, no son necesarias palabras cuando el silencio no se calla. Date prisa, por favor, necesito que me encuentres. Deja las dudas acostadas en la cama; vuela, como si tus anhelos se hiciesen aire y recorriesen la distancia en un instante. Yo te espero. El tiempo se detiene cuando dos corazones se encuentran y comparten fantasías. No tengo prisa, pero por favor, no dejes de buscarme. Sería muy triste saber que te detuviste, agotada, y tus labios olvidaron el significado de mi nombre. Nunca te des por vencida, mi amor vale una vida caminando, y cuando lo encuentres sabrás que mereció la pena cada uno de los pasos que diste para traerme tu sonrisa.

José Francisco Aguilera López

Dos clásicos. José Antonio Santano

Nada mejor, en este tiempo de crisis generalizada, que un buen libro, o mejor dos libros, dos clásicos de la literatura universal de todos los tiempos. Un oasis representan, entre tanta vorágine, los libros “Un hombre acabado”, de Giovanni Papini y “W o el recuerdo de la infancia”, de Georges Perec, dos obras maestras que nos devuelven la fe en la literatura y en el hombre como creador de arte, ideas y pensamiento. Una vuelta a un humanismo depauperado por la desmedida ambición de los poderosos. Publicar en estos difíciles tiempos estos textos viene a confirmar que algunas editoriales: “Cálamo” en el primer caso y “Menoscuarto” en el segundo, apuestan por algo más que el simple beneficio empresarial –único objetivo de los grandes sellos editoriales-, es decir, afrontan el reto de competir en el mercado con productos de verdadera calidad literaria, un riesgo que difícilmente concurre en las más afamadas. “Un hombre acabado” es sin duda la obra maestra de Papini. 

Ha transcurrido mucho tiempo desde su primera edición (100 años), pero aún así es un libro imprescindible para entender la Europa del siglo XX. Papini es ese intelectual inconformista, renovador del pensamiento y las ideas transformadoras, representante de la vanguardia de su tiempo y, yo diría también, de nuestros días; escritor incansable y agitador de conciencias que supo, desde la libertad, crear un universo filosófico propio: «Queríamos trastornar la misma idea de la filosofía y dar al pensamiento las imágenes y el vuelo de la poesía; e inculcar en la poesía de los literatos una levadura, un fermento, una esencia de pensamiento […] y nosotros queríamos que fuera creadora (la filosofía) y que tomase parte en la obra de rehacer el mundo». George Perec es otro genio de las letras universales y “W o el recuerdo de la infancia” es una narración autobiográfica a través de dos relatos convergentes: la de una niño que crea una isla imaginaria llamada “W” y, por otro lado, los recuerdos vividos tras la Segunda Guerra Mundial y su posguerra, por ese mismo niño de ascendencia judía. 

Perec es un referente ineludible, uno de los grandes novelistas del siglo XX, y en este libro está presente como tal en cada una de sus páginas. En ellas sabe combinar las dos voces existentes para trasladarnos a una tierra imaginaria “W” unas veces, y otras, a la cruda realidad de los recuerdos infantiles. Y así, Perec escribe: «Pero la infancia no es nostalgia, terror, paraíso perdido ni Toisón de Oro, sino quizás horizonte, coordenadas a partir de las cuales podrían hallar sentido los ejes de mi vida». Con toda seguridad, dos clásicos de la literatura universal.

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