Antonio García Vargas. Ecos y retruécanos

ECOS Y RETRUÉCANOS


(Pasado y presente de una cultura milenaria)

¿Quién eres tú, que llegas arañando mis costillas,
traspasando vísceras y huesos como un grito?
Te conozco.
Puede que algún día la piel vacíe la memoria
y podamos dormir confiados, cerca del fuego, hermano.

Tus olas traen murmullos sempiternos
de caracolas lúnidas y noches lánguidas,
desmenuzando voces y silencios andaluces
que retoman los ecos antiquísimos, multiplicándose.

Al-Mariyya,
extraños sones surgen de las rocas, lamentos de musgos,
marejada de algas y cangrejos que pulsa bullanguera
la geometría hipnótica de las playas, encallando canciones
y salmos procedentes de aquellas viejas voces que te habitaron.

Doscientos escalones llevan al secreto néctar protegido
por la rueda del tiempo y brotarán cuando lluevan sudarios
por la grieta que acogió al primer huésped.

Hoy llegan a tus costas
los hijos modernos de aquellos que te engrandecieron.
Vestidos de miseria,
buscando cobijo en el trozo de hierba que plantó su padre,
sin más equipaje que recuerdos desnudos,
vidrios sin brillo en tierras de hambre,
hileras caminantes entre edificios hostiles,
esperando heredar la espesa lluvia.
No caben lamentos,
ni prolongar errores en la recreación de la derrota antigua.

¿Bajo qué recóndito árbol enterrarán mi piel?
Se rebela el aire huyendo del órdago
y quedan sólo manchas del desierto,
rechazando la faz bajo el turbante
la gula del cordero insaciable.



ENEAS CON ANQUISES SOBRE SUS HOMBROS



Todos los hombres nacemos, morimos, crecemos y amamos.
¿Somos esclavos del viejo big bang que impulsara el demiurgo?
¿No te rebela pensar que eres página en blanco de un libro
desconocido, que escribe en tu vida con letras ya impresas?

¡Ah, mi albedrío!
Doquiera que estés. ¡Necesito respuestas!
Quiero sembrar mi palabra. Escribir con mis letras.
¡Saberme! Ser algo más que una prosa.
¡Ser verso de luz! ¡Ser poema!
Mas no es posible escapar del estrecho confín de la Nada.
Sobre los hombros llevamos la carga heredada de un padre,
peso que impide la marcha normal en el cuerpo cansado.
Pero después se constata que el peso se vuelve liviano
hasta que apenas notamos al hombro presencia latente
y comprendemos, con harto pesar, que cargamos un muerto.
Nos despojamos del cuerpo, tiramos los restos inermes,
fardo pesado, dejamos sus huesos pudriéndose al sol
para trepar de inmediato a los hombros de nuestro retoño.
¿Pudo el hexámetro ser confluencia entre Homero y el mito?
¡Vengan a mí los anfíbracos, dáctilos, ven anapesto!
¡Dadme en los metros divinos respuesta! ¡Versadme con tiento!
Sobre los hombros llevamos, Eneas, la cruz y el flagelo
para después, en los hijos, posar la corona de espinas
en un intento fallido de hallar la imposible respuesta.
Siento que giro
en la noria de un tiempo que ignora que existo.
¡Ah, existencia fallida!
¡Esclerosis de un alma inventada!
¿Soy consecuencia
de un bucle carente de fin?
¿Sin principio?
¿Simple ecuación metafórica?
¿Una jovial pedorreta?

(Reflexión en hexámetros dactílicos puros españoles de cintura quebrada.
Representa un soliloquio imaginado de Eneas, huyendo de Troya
con su anciano padre, Anquises, sobre sus hombros)

Antonio García Vargas

Los colores del mundo. Fernando de Villena

El granadino Fernando de Villena es sin duda alguna uno de los poetas españoles más relevantes del siglo XX y XXI. Su producción literaria es tan extensa como deslumbradora. Doctor en Filología Hispánica ha sido galardonado recientemente con el Premio Andrés Bello, por su labor Lingüística y Filológica, como también con el premio Andalucía de la Crítica de narrativa 2009, por su libro El testigo de los tiempos. El motivo que nos convoca en esta ocasión es la publicación del libro Los colores del mundo, integrado por cuatro poemarios ya publicados con anterioridad (Conticinio, Por el punzón oscuro, La década sombría y La hiedra y el mármol) y otros cuatro inéditos (Cinematógrafo y otras elegías, El palacio íntimo, Repúblicas del ensueño y Una oscura gaviota). Será de estos últimos poemarios los que ocuparán mi atención en esta reseña crítica. El poemario Cinematógrafo y otras elegías atrae por ese aire nostálgico que nos envuelve en ese recorrido por los cines granadinos de la infancia (Cine Olimpia), adolescencia (Cine Gran Vía) y juventud (Cine Cartuja). Fernando de Villena nos descubre y revive el miedo a la soledad: «¡Qué congoja sentí en aquel instante, / sentado entre mis padres, / con miedo de perderlos algún día / y hallarme ante la vida, / tan brumosa, / nadando como un náufrago / sin tabla donde asirse, / sin islas a la vista», también el tiempo y sus heridas: «Y tan lejos estaban / el lunes y la angustia de las clases, / las bofetadas crueles / de aquellos reprimidos sacerdotes / con caspa en las sotanas y en las almas». Cada cine es una remembranza de esa película inolvidable, de ese mundo de los sueños donde el poeta se acomoda y refugia ante la acechanza continua de los muchos abismos existentes, pero igualmente esperanzador si el amor se muestra: «Desde entonces luché por que en mi vida / el amor siempre fuese / una apuesta total de eternidad». Con versos endecasílabos, mayoritariamente, construye Las otras elegías, a excepción de la decimosexta (Plaza de Mariana Pineda) que lo hace en alejandrinos. En el siguiente poemario, El palacio íntimo, el poeta esculpe el más grande y hermoso monumento a la amistad, dedicando algunos poemas a personas como Antonio César Morón, Encarna León o Juan J. León, o a figuras como Jacinto López Gorgé o José Heredia Maya, sonetos casi siempre, los contenidos en este libro. Pero Fernando de Villena es un poeta de mirada limpia y abierta, sobre todo a la Naturaleza, de ahí que declare no ser un poeta urbano: «Existe desde luego una belleza / concreta de lo urbano; / pero dejadme a mí / las rubias alamedas en otoño, / la gran Sierra Nevada / en días soleados del invierno, / las muchas rosaledas / que ornan la primavera / cuando no los jazmines en verano / y, en cualquier mes, dejadme, sobre todo / nuestro Mediterráneo». 
En Repúblicas del ensueño el poeta nos invita a viajar por el tiempo de los sueños y las tierras de conquista: Marraquech, Bogotá, Buenos Aires, Uruguay o hacia la India, y así se escribe: «…pienso en todas las tierras / que a través de los años visité, / en todos los horizontes, / en los rostros que vi sólo un instante / y eran de gentes / con vidas e inquietudes / iguales a las mías… / Y pienso en los caminos recorridos / y en cuanto de valor saqué de ellos». Mas el poeta no puede sino regresar a su Mediterráneo (Grecia, Túnez, Balcanes), tantas veces cantado, y amado hasta el dilirio: «Soñé que te veía / como un gran río de ceniza o lava seca. / Pero no escribiré tu epitafio, / mar de mis ensueños, mar sagrado». El último libro de este libro de libros lo titula el poeta Una oscura gaviota y los temas tratados van desde el amor (Amor), el paso del tiempo (Arrugas), la preocupación social (Mísera España o La nochebuena del mendigo) a lo más cercano, la familia, con el poema A mi esposa e hijos, en el cual el poeta resume su propia vida: «Empezar otra vida diferente / a pesar de mi edad; / no ser este Fernando de Villena / que tanto daño ha recibido, / que tan cansado está, / que apenas ya comprende / el mundo que lo cerca. / Empezar otra vida…Sí; de acuerdo, / pero siempre a tu lado, a vuestro lado». Así es el poeta universal Fernando de Villena.

Título: Los colores del mundo
Autor:Fernando de Villena
Edita:Carena (Barcelona, 2014)

Lección Inaugural. Luis Cortés Rodríguez

LECCIÓN INAUGURAL


Se tiene la impresión, de forma generalizada, de que la Universidad está divorciada de la sociedad, también en el caso concreto de Almería podríamos decir lo mismo. Y lo que es peor aún, que no se percibe signo alguno que nos haga cambiar de opinión. La Universidad no es un ente superior, sino un eslabón más de la cadena; una institución imprescindible si se quiere, porque representa el saber y la investigación, la libertad de pensamiento. Ese divorcio existe, un caso reciente lo avala, por su actualidad, en el más reciente, que ha pasado desapercibido, una vez más limitado a la comunidad universitaria. Me refiero al discurso pronunciado por el catedrático de Lengua Española, Luis Cortés Rodríguez, como Lección inaugural del curso académico 2014-2015, bajo el título Que trata de los consejos que dio don Quijote a Sancho sobre cómo ha de hablar un gobernador, tan de extraordinaria oportunidad en los tiempos que corren por el abandono y maltrato de nuestra lengua, pilar básico de comunicación entre las personas. Dicho discurso tendría que haber trascendido al resto de la sociedad almeriense por cuanto su contenido nos descubre los yerros que se cometen al hablar y cómo corregirlos.

El mayor tesoro de una sociedad que se precie es el idioma, la lengua, patrimonio a conservar por todas las generaciones como el más grande legado. El profesor Cortés construye un acertado diálogo entre Don Quijote y Sancho, a través del cual aquél instruirá y aconsejará a éste en las maneras del bien hablar. Señalará cómo «el eufemismo en el discurso político es un arte de hechicería por el que se distorsiona la realidad», lo que demuestra con fragmentos discursivos de políticos de la talla de Doña Zoraida de Nuestra Señora, el licenciado Rodrigo Remendón, Doña Fátima de San Juan del Puerto, El Caballero de los Bonsáis, el bachiller Sansón Nazar o el hidalgo Don Sigiloso de Pontevedra. «Nuestra lengua –dirá don Quijote- lejos de ser pobre es tan hermosa y pulcra como la que más; lo que ocurre es que estos gobernantes tienen aviesos intereses y se convierten en prestidigitadores que venden sus mercancías y quieren encontrar en la lengua el bálsamo de Fierabrás que cure todo». La verdadera lección del profesor Cortés consiste en considerar que: «Una lengua descuidada es una lengua empobrecida y una lengua empobrecida palidece, a su vez, el mundo de ideas que sustenta. Defender lo contrario es entroncar con esa sociedad que no queremos, la que no prima el saber, sino la ignorancia y la vacuidad».

Sáez de la Rosa. José Antonio Garrido Cárdenas

Cuando los Sáez de la Rosa llegaron a Tablas de Madil, con el escaso bagaje de un pasado que olvidar y unos pocos objetos que cabían todos en un zurrón de piel de oveja, el pueblo les recibió con la frialdad con la que se reciben las noticias presentidas. Hoy, varias generaciones después y merced al buen ojo mercantil de Ernesto Sáez de la Rosa –además de a su total ausencia de escrúpulos-, se habían hecho con un nombre respetable y una fortuna considerable que parecía custodiada con celo tras la enorme verja de hierro de “La poderosa”.

La noche cubría prácticamente la ciudad y la luz del ordenador centelleaba en el dormitorio. A Jaime le gustaba trabajar de noche y ella, Mónica, se había acostumbrado a dormirse con el teclear convulso de su marido como canción de fondo. Estaba a punto de finalizar su último libro, y asumía la llegada de otra noche con la apatía que su protocolo invariable le infundaba. Mientras, ella envolvía su cuerpo como un ovillo sobre la sábana de la cama, acomodándose a cada recodo de su soledad.

Por fin había acabado la guerra, y la vuelta de Roberto Sáez de la Rosa, el primogénito de la cuarta generación asentada en el pueblo, estaba anunciada para aquel día de junio, donde un sol que cuarteaba la piel de Damián, abuelo y ahora patriarca de la familia, parecía brillar en honor de un regreso triunfal. Damián se despertó temprano, mucho antes de que aquél sol de justicia gobernara el cielo para su familia, y se vistió con su traje blanco. “Te hace parecer más joven” recordaba que le decía Lucía mientras se abotonaba la camisa y sentía el dolor de los años en su zona lumbar. A regañadientes había desayunado algo (el rabioso aguardiente que venía tomando cada mañana desde que su padre le dijera que le pondría voz de hombre), y desde bien temprano había tomado lugar en la mecedora que gobernaba el balaustrado porche de madera.

Enfrentarse cada noche a la página en blanco no era fácil a pesar de su experiencia, y una especie de ansiedad contenida se le agarraba a la altura de la garganta, como las ocho patas de una araña que le estrangulara, hasta que había sido capaz de escribir los primeros cuatro o cinco párrafos. Después, como quien clasifica tornillos, todo parecía dispuesto por la rutina, y las páginas fluían con la constancia con la crece la hierba en la cuneta de la carretera.

A eso de las doce del mediodía, cuando el sol amenazaba con quebrantar la intimidad de “La poderosa”, cuyas puertas permanecían abiertas de par en par, como muestra de desafío al mundo, vio Damián perfilarse a lo lejos la figura de su nieto mayor. Le pareció gobernado por un andar anárquico y despreocupado impropio de un héroe de guerra, aunque seguramente el calor también había de afectarle al mismísimo triunfador de mil y una batallas. El anciano se puso de pie y fingiendo un gesto de alta nobleza que llevaba tiempo ensayando, se dibujó apoyado en una de las columnas del porche como la estatua de un César desmejorado.

Ella había asumido su papel en su matrimonio y había sido capaz de aceptar, para afuera, su ministerio con la fe de un monje tibetano. Pero en sus adentros, cuando le tocaba enfrentarse consigo misma, cuando su despiadada soledad le exigía rendir cuentas con una vida que se le escapaba entre las manos como una pastilla de jabón, en ese momento sólo sabía compadecerse.

Le hubiera gustado gritar que ya estaba allí Roberto, que su nieto preferido había vuelto de la guerra. Pero su papel de hombre sin sentimientos, inventado hacia ya demasiados años, le impedía mostrar el estremecimiento que la visión de éste, como la de un fantasma plañidero, había causado en su lastimado estómago. “Hijo mío, me siento muy orgulloso de ti. Bienvenido a casa”, le dijo mientras lo abrazaba sin excesiva efusividad. Roberto, que no esperaba mayores muestras de afectividad, se asió al cuerpo de su abuelo (bastante más corpulento que el suyo), más por la necesidad de no sucumbir que por cariño.

Zape, el gato persa que comprara Mónica para disimulo de su soledad, también le había fallado. Éste había adquirido hábitos nocturno, y mientras pasaba el día arrinconado en un colchón ovalado convertido en su refugio, la noche la consumía arrastrándose entre las piernas de Jaime, buscando el roce de sus vaqueros o el tacto amable de la pelusa de sus piernas. Al principio el dormitorio había sido un territorio vetado para él, pero con el tiempo y puesto que se había convertido el animal en el extraño lazo que unía al matrimonio en sus diferentes soledades, había hecho de aquél su particular guarida al caer el día.

Ya está aquí Roberto”, anunció mientras entraba a la casa, rompiendo el aire de misterio y recogimiento en la que ésta parecía sumida y dando paso a un tiempo de alegría y vehemencia. De repente, todos los Sáez de la Rosa y buena parte del servicio, como las hormigas dislocadas ante la sorpresa de la tormenta, parecían recorrer el mismo camino que llevaba inequívocamente a los brazos del triunfal combatiente. “Qué alegría hijo mío”. “Bienvenido hermano”. Repetían unos y otros como con miedo a romper un guión impuesto por un director obsesivo. “¿Y tú no piensas decirme nada?”, le preguntó a la joven Ana Isabel mientras la cogía por la cintura y la besaba como sólo se besa a una amante.

Jaime se servía, cada noche, un Jack Daniels en vaso ancho, de cristal persa con rugosidad ribeteante en su base y con una docena de pequeños hielos con forma de pez. Ésta era una costumbre que adquiriera al principio para mantener la vigilia, pero con el tiempo se había convertido en una ceremonia ineludible mientras cobraba vida la pantalla del monitor. Jaime consumía con parsimonia su brebaje establecido, y observaba en cada sorbo cómo los pececitos empequeñecían con la noche. Al final de ésta, los restos acuosos del último trago tenían un extraño sabor clorótico que era indicio para su paladar de la llegada de la madrugada.

Ana Isabel le correspondió con la mayor ilusión que fue capaz de fingir. “Te he echado mucho de menos”, le dijo ante la expresión de ternura impostada del resto de la familia. “Seguro que no más que yo a ti”, contestó él, dejando reposar en el aire la dicotomía interpretativa de aquella afirmación. “Fabián, lleva la maleta al cuarto de Roberto y Ana Isabel. Dorita, prepárale a mi nieto un baño caliente. Ramona, ve preparando la mesa…, y saca la cubertería nueva. Esto hay que celebrarlo”, disponía Damián como si fueran los miembros del servicio las piezas monocrómicas de un ajedrez que dominara con total resolución.

Mónica se revolvió entre sueños, y esto llamó la atención de su marido. Él la observó, como se observa un mar embravecido, con una mezcla de miedo y admiración, y por un segundo se sorprendió queriéndola. Pero ya nada era igual… Jaime era consciente de que había descuidado su matrimonio, y que éste había quedado reducido últimamente al cumplimiento de unas normas básicas de comportamiento y poco más. “Cuando acabe con esto prometo dedicarte más tiempo” le repetía cíclicamente ante las periódicas reclamas de ella.

Durante todo el día centró Roberto la atención de “La poderosa”, asistiendo todos con complacencia al baño de gloria del que éste disfrutaba. Damián lo organizaba todo como el maestro de ceremonias a cuyo papel se había acostumbrado, mientras Vicente, su hijo, y a la sazón padre del heroico pródigo, observaba con sumisión a la espera de la alternativa que la vitalidad del patriarca parecía negarle. Pero al llegar la noche, en esos momentos en que los quehaceres maritales le exigían rendir cuentas con su querida Ana Isabel, las trincheras y las primeras líneas de fuego de poco le valieron.

Jaime se deslizó suavemente sobre las ruedas de la silla de su escritorio y se acercó a la cama. Reparó en que llevaba Mónica las uñas de los pies pintadas y la imaginó dedicada, mientras él dormía, al cuidado de una imagen en la que ya no se fijaba. Observó sus tobillos finos y la caña pulimentada de su espinilla. Le pareció una imagen tremendamente literaria y lamentó que ya no le resultara sensual. Ni siquiera era capaz de acordarse de la última vez que hicieron el amor y le entraron ganas, probablemente por demostrarse que aún era capaz, de poseerla con pasión mientras la acariciaba en sus sueños, pero había algo irrecuperable en su relación y ya no tenían sentido arrebatos como aquél.

Ellos se habían casado, a la espera de que los lazos legales sustituyeran a los sentimentales (a los que nacen del roce), en cuanto fue consciente de que debía alistarse en el frente. Ni siquiera las influencias del abuelo le valieron para evadirse de unas obligaciones patrióticas que no entendían de amiguismos intencionados ni de intereses subversivos. “Te esperaré”, le dijo Ana Isabel el día que tuvo que enrolarse a sabiendas que no le sería posible cumplir su palabra. Damián no le dijo nada y dejó que el silencio y el último beso que le diera desde su corazón (a menudo pensaba que también el primero…) sustituyera a reclamos amatorios frente a los que ella no sabría corresponder.

Así que se limitó a acariciarla como se acaricia lo desconocido. Jaime cerró los ojos y deslizó su mano suavemente (no sabría cómo reaccionar si ella se despertaba) por la piel extraña de su mujer. Ella lo recibió, en su inconsciencia, como se recibe el roce de un extraño en el vagón de metro, y rehizo con delicadeza su postura alejándose de su alcance. Él se preguntó si habría sido su reacción la misma ante su roce extemporáneo de haber estado despierta y prefirió no contestarse.

Ana Isabel se había convencido de que lo mejor sería hacer el amor fingiendo un deseo que había desaparecido el mismo día que anunció su regreso, y dibujar en el aire suspiros y quejidos con sabor a otra boca. Él no le reclamó durante todo el acto el amor que no fue capaz de ver en sus ojos y se dejó llevar por su más puro instinto animal para golpear con fuerza, con menos medida que pasión, las caderas usadas de su mujer. Al finalizar, como el cadáver del hombre con el que se casó, él quedó tendido en la cama, junto a Ana Isabel, dejando que el aire de la habitación, testigo de traiciones pasadas, inundara el silencio queriendo testificar en su contra.

Jaime volvió a colocarse bajo la falda de su teclado, las únicas que ya era capaz de vencer, y retomó la escritura. Le ponía nervioso el parpadeo constante del cursor en la pantalla y prefería buscar la inspiración en la decoración de su alcoba. La ventana quedaba justo a su altura, y la abrió mientras encendía el penúltimo cigarro (siempre era el penúltimo). Aspiró con fuerza dos veces ante la llama del encendedor y sintió cómo el ascua enrojecía parte de su cara reflejada en el monitor. Sabía que a Mónica no le gustaba que fumara en el dormitorio, pero hacía tiempo que no tenían en consideración lo que al otro pudieran importarle sus actos.

Te quiero” le dijo, disfrazando de desfachatez una actitud que apenas conseguía engañarla siquiera a ella misma. Roberto quedó en silencio, desvelando con su mutismo lo que ella trataba de ocultar con sus palabras. “Te quiero”, le volvió a decir. Tras unos segundos, Roberto le replicó: “¿Quién es él? ¿Jonás, mi hermano?”. Ana Isabel se puso en pie, guiada por la vergüenza, y se anudó con calma la bata a su cintura púber, dando la espalda a la cama donde todavía él reposaba. Tras unos segundos, durante los cuales no fue capaz de mirarle a la cara, ella se dirigió a la puerta, cumpliendo el rito para el que tres años de infidelidad le habían preparado, y abandonó la habitación en dirección a la de Jonás.

Estaba a punto de acabar pero no encontraba la inspiración. Esas caprichosas musas de las que él renunciaba y a las que quería ocultar a menudo con el oficio, no obstante, debían ocultarse en algún lugar de la casa. Jaime se levantó y abrió la puerta del frigorífico; la madrugada despertaba su apetito. La luz cansada del interior le respondió dubitativa, y cobraron vida docenas de piezas de fruta y la extensa gama de vegetales que conformaban la dieta de su mujer. Cada vez que se enfrentaba a aquel espejismo de su cocina tenía la misma sensación de extraña saciedad y acababa decidiendo volver a intentarlo más tarde.

Ana Isabel se detuvo a mitad del pasillo, como intentando sopesar en su soledad el precio que tendría que pagar por dejarse llevar por sus instintos, y estuvo a punto de regresar a la habitación. Después de todo, seguía siendo su esposa y Roberto era un hombre comprensivo. Quizá si le dijera que aún lo amaba y que el refugio de los brazos de su hermano no había hecho sino acrecentar el amor que hacia él sentía, fuera capaz de olvidarlo todo… ¡Pero qué demonios! ¡Por qué tenía que seguir engañando a todo el mundo y jugando a desempeñar el papel de esposa ideal! Cuando arrancó decidida a sucumbir a los brazos de Jonás, un golpe seco, como de mueble cayendo al suelo, vino desde la alcoba en la que acaba de fingir lo infingible. Al entrar, Roberto yacía sin vida, sin pena y sin dolor, con una bala incrustada en la cabeza y con un gesto amable dibujado en sus labios.

Esa extraña sensación óptica de la madrugada en la que los objetos tienen forma pero carecen de color, se empezaba a diluir con los primeros fulgores del amanecer. El reloj marcaba las siete y cuatro minutos y Jaime empezaba a sentir el peso del trabajo entre la nuca y la espalda. Pero esta vez aquella sensación era diferente. Como le había prometido a su editor acabaría aquel último capítulo esa misma noche, y un gozo lánguido le estremecía como una caricia; como la caricia que ya no tenía. Mónica aún dormía sobre una cama demasiado grande para una sola persona, ajena al tímido placer de su marido, mientras otra noche moría en los huecos de su habitación.

José Antonio Garrido Cárdenas.

Abraham Ferreira. Indicios


INDICIOS
Porque buscar indicios
es caer en los acantilados de las ausencias y volver a alzarse con las plumas
de un soplo enamorado.
Caer eternamente, huir de la tiniebla;
abrirse paso en una jungla de párpados sumisos
a la inquietud de los que beben,
a la inacción de los que palpan
el hambre redentora de los mitos.
Porque avistar el faro
del suplicio inmediato es resignarse a transitar por esas costas
donde promesas surgen
al levantar la leve inmesidad de alguna roca,
al penetrar nosotros, perdidos, curiosos y alocados,
en alguna gruta para quedar cautivos
como moluscos ínfimos en la piedra.
Y allí nos recluirán estas ausencias,
estos oleajes que van estremeciéndonos
como si algún relámpago surcara
aquellos cuerpos y espíritus extintos.
Y extintos nos juzgamos, sin más músicas.
Perderse nuestras manos en la sal
del horizonte absorto;
hablarse con los cánticos del faro
que siempre nos congrega y, a la vez, nos distancia.
Y extintos nos juzgamos.
Porque buscar indicios
es caer en los acantilados de las ausencias y volver a despertarse
con las plumas de un soplo enamorado.
Así te habré soñado en esas costas del ímpetu sublime;
así me habrás huido como ave migratoria.
No anidas en mis rocas, pues las sientes endebles.
No picas en mi espíritu, pues lo auguras volátil y demente.

Entrada al paisaje. Rubén VEDOVALDI

Llueve. Afuera es noche y llueve tanto.
Silvia bebe té de manzanilla con miel y da leche tibia a sus gatitos, enciende el hogar y nos abre la puerta a su interioridad en tensión poética.
Su vida, como su obra, es un paisaje sin terminar, sed de luz en marco de oscuridad, sed de belleza y reconciliación, sed de paz hecha de verdad y justicia.
Paisaje donde recordar, como dice Eduardo Galeano, es volver a pasar por el corazón.
Versos que abrevan en el mester de juglaría de sus ancestros españoles, pasando por el son cubano y aquellos poemas de Lorca y Rubén Darío en boca de su abuelo, o su abuela, guitarra en mano, cantando nanas, boleros y danzones. Gesto de vida en cantar de gesta, lirismo y memoria, filosofía, tedio y esperanza; budismo-nudismo y amor-clamor.
“Estoy harta- dice- del poeta como ente aparatoso que viene de las estrellas y duerme en colchón amplio, harta de pececitos de colores y la caravana de Ambrosio.”
Yin-yang entre el mañana y el ayer, contrapunto entre la ternura y el abandono, el amor y el poder, masculino y femenino, la lengua de Shakespeare y la de Cervantes. Conflicto entre soledad y solidaridad,  el pragmatismo ciego y los principios providentes,  la opulencia concentrada y la miseria dispersa.
Tensión entre el facto y el juri, el ideal y la realidad. Contraste entre aquel barrio habanero con olor de aguacate y suavidad de mango y el muro global de Coca Cola, Mc Donald y CNN; el largo lagarto verde y la superpoblada e inhóspita Grand Central Station. Profecía de la nueva tierra y el eterno play-back del World Trade Center en llamas.
Paisaje de piano, trompetas, bongó y tumbadoras donde Vivaldi, Gershwin, Bach y Lecuona armonizan, y Walt Whitman, Van Gogh y José Martí son hermanos, aunque allá afuera, lejos, en la noche de lluvia inclemente, todavía duele el eco de una niña desflorada en la flor de su inocencia.
Anímico paisaje-retrato que terminarán tus ojos, querida lectora, querido lector, soñando y ejerciendo la convivencia más allá de todo.
Al final, una galaxia muere, se convierte en agujero negro,
La muerte baila un guaguancó con Proust.”
Afuera llueven las siete plagas.
Silvia propone una síntesis superadora: “el planeta es la patria, y el amor pasaporte.”
“La lluvia baña los últimos cadáveres y los perfuma, penetra todos los secretos y los suaviza en humedad sagrada.”

                                         Rubén VEDOVALDI 
                            Finales de otoño 2004  ARGENTINA

EL TALLER DEL POETA

Fernando Luis Pérez Poza

publica en papel el libro

Paisajes sin terminar

Depósito Legal: PO-350-04
ISBN: 84-96073-50-5

poemario de:  Silvia Brandon Pérez   .- (USA)
compañera de las listas literarias con dedicatoria de Rubén Veovaldi (Argentina)
y portada de Fernando Luis Pérez Poza

Miguel Álvarez Morales. La gula


\”La alacena de Miguel\”
 es una página web dedicada a la poesía, artículos de opinión, afinidades como el ajedrez, .., un autodidacta que dice de sí mismo: 
Pues soy cabezón, arrogante, prepotente, una persona normal que gusta de leer, escribir, el ajedrez, el cine, el vino, los amigos...

Gula


El tiempo; nublo y álgido.
La casa.
Un salón diáfano.
Un sofá negro.
Una manta.
Las horas pasan.
Una tele plana.

Una peli.
Una idea.
Otra idea.
El aburrimiento.
Me levanto.
La cocina.
Hay comida.

Sólo un poco, pienso.
Pan.
Chorrizo.
Jamón y queso (yuxtapuesto).
Vino.
Vuelvo.
Nuevamente el sofá negro.
Anuncios.
Aburrimiento.
Recuerdo y pienso.
La despensa.
Me paro frente la puerta.
Chocolate.
Licor.

Vuelvo al sofa.
Ya no veo la tele (sólo la mesa)
Pan.
Chorizo.
Jamón y queso.
Vino.
Chocolate y licor.

Sólo un poco (pensé).
El anuncio ya termina.
Veo la tele.
¿Y la mesa?
¿Qué mesa?
Nada había, nada queda.

La Alacena de Miguel

laalacenademiguel.blogspot.com/

20/10/2014 – Miguel Alvarez Morales. Pues soy cabezón, arrogante, prepotente, una persona normal que gusta de leer, escribir, el ajedrez, el cine, el vino, …


Sueños encadenados. Francisco Cañabate Reche


        Tomo prestadas unas palabras del profesor José-Carlos Mainer, de su libro La escritura desatada, publicado por la editorial palenciana Menoscuarto, relativas a la utilidad de la literatura: «Es mentira que los libros enseñen a vivir, si por vivir entendemos la claudicación resignada ante las exigencias de la realidad, porque la obligación de las novelas es enseñarnos a soñar con otras cosas, ser ámbitos de libertad de donde se sale y se entra con la más absoluta impunidad». He aquí la palabra mágica: soñar. Por esta y no otra razón, tal vez, el título de la última novela del escritor y galeno, Francisco Cañabate, sea, precisamente, Sueños encadenados. Soñar no es otra cosa que despegar las alas de la imaginación y transportarse a lugares desconocidos, ahondar en la presencia de lo mágico y refugiarse al calor de su luz emisora. Sueños encadenados no es sino el sueño de otros sueños, como si se tratara de una suerte de alquimia en la cual cada uno de los personajes que la componen viven en los sueños de los otros, o, al menos, parecen entrecruzarse una y otra vez. Ciertamente la literatura posibilita la invención de mundos y universos diferentes, tantos como desee el escritor, desde la más absoluta libertad. Sueños encadenados comienza con un viaje al pasado; corre el año 1906, nos hallamos en los Jardines Imperiales, en Tokio, con Liu San, su jardinero. A partir de este momento las historias se entrecruzan, al igual que los personajes. El hilo conductor de unas y otros será el hallazgo de El libro de la luna, «un libro perseguido y secreto en cuyas páginas podían hallarse los más profundos misterios de la cábala, los cálculos exactos. […] Un libro maldito sobre todos los libros porque todos aquellos hombres infortunados que intentaron descifrar sus entrañas y llegar al secreto acabaron muertos o desaparecieron». Cañabate Reche se nos muestra tal es, sin aditamentos ni disfraz que disimule o desfigure su creatividad y capacidad narradora, su singular voz, que puede distinguirse por las formas oracionales y su sentido filosófico de la vida.       Como trasunto de la narración, las ciudades: Tokio, Viena, Praga, Sarajevo, Granada, Berlín, Nápoles, Boston o París, lo que da un matiz universalista al texto, encadenando a su vez las diferentes historias de los personajes. Multiplicidad y heterogeneidad del discurso narrativo que fluye acompasado. No falta el elemento descriptivo, en el cual la naturaleza y el hombre –antagónicos- están presentes: «El bosque en su profundidad, con su espesura densa que sofoca la luz y que la apaga, el mundo vegetal en su expresión más pura, sin senderos ni marcas que indique a los otros la continua presencia opresiva de los hombres» -y una orquídea en el centro del cosmos-, como tampoco el filosófico al que hemos aludido con anterioridad y que se concreta en las continuas preguntas que se hace el narrador omnisciente, en esa desesperada búsqueda de la verdad –su verdad-: «¿Ser los sueños de otro, la sustancia diáfana de la que están compuestos, eso tiene remedio?», también de las respuestas: «Sin nada que nos una, sin que exista un motivo que permita explicar esta extraña cadena, nos encadena un sueño que está dentro de otro». Tal vez sea esta la clave de esta novela que nos envuelve en un mundo misterioso y secreto –¿cabalístico?: «Las diez emanaciones de Dios a través de las cuales se creó el mundo»- y en el cual la vida («Siempre la vida, Siempre. Repetida, distinta, confusa, indiferente, brutal, suave, profunda, superficial, exacta, dispersa, interrumpida a menudo asesina. También incomprensible. A veces nada que pueda parecerse a la vida. Pero siempre, la vida.» y la muerte («Cada noche me enfrento con un sueño extraño, en el que sé que hay muerte y odio y rabia») se muestran como caras de una misma moneda. Cañabate ha construido un texto polifónico con el cual seduce al lector y estimula su curiosidad. Cañabate sabe bien que «El mundo está repleto de historias diminutas» y este es el reto que acepta con cada obra que inicia, de lo pequeño a lo grande, creciendo y decreciéndose, como el ciclo natural de la vida. Así es, sin más, Sueños encadenados,  de Francisco Cañabate Reche.
Título:  Sueños encadenados
Autor: Francisco Cañabate Reche
Edita: Alhulia (Granada, Salobreña, 2014)
SALÓN DE LECTURA _______Por José Antonio Santano
SUEÑOS ENCADENADOS

Antonio García Vargas. Grandes de la poesía de todos los tiempos.

GRANDES DE LA POESÍA DE TODOS LOS TIEMPOS
Taller Internacional de Formas Métricas Clásicas y Contemporáneas

Antonio García Vargas. 

Revisión métrica y estética:
Poema (soneto) de Octavio Paz
En mi interés por el desarrollo de la Métrica a través de los tiempos, me dedico a ratos, por puro entretenimiento, dejando a un lado la formalidad de mi labor investigadora y divulgativa, a analizar textos poéticos intentando buscar fórmulas «raras» que puedan estar escondidas en los poemas de los que considero grandes figuras del conocimiento métrico-poético (¡Ay, qué poquitos, Señor!). Me agrada saber hasta qué punto escondían sus trampitas a la hora de hacer sus aparentemente sencillas composiciones .
En este curioso e interesante poema que analizaré, de Octavio Paz, descubrí que, casi inadvertidamente, mezcla el soneto clásico en lengua española con el soneto clásico anglosajón sin que apenas nos demos cuenta, en un juego delicioso que denota un gran talento en el Arte Métrico de medio alcance.
Veámoslo:
Los dos primeros cuartetos son clásicos, con rima ABBC, ambos.
Los dos tercetos también parecen formar parte de un soneto clásico al uso pero si miramos con atención descubriremos (camuflados artísticamente) que se descomponen, tanto en dos tercetos de rima CDC DEE (no ortodoxo pero sí correcto) como en una estrofa de serventesios por un lado, CDCD y, como punto final, un pareado, EE.
Es decir, que lo que estamos viendo es un soneto clásico normal por un lado y, al tiempo, un híbrido entre clásico castellano y soneto inglés (isabelino) por otro, con solo sumar (detraer del 2º terceto) el verso número 12 al primer terceto, conformando con ello una estrofa en serventesios y dejando, flotantes, los dos versos del pareado isabelino final.
Fantástico el dominio de la métrica (sin alardes) del maestro Paz. Solo dos ritmos fijos en las 11 sílabas del verso. Lo básico, digamos, pero con arte. Fantástico asimismo, el preciosismo con que maneja lo esencial de la poesía (lenguaje y ritmo), fantaseando con figuras y formas —burlándolas a veces— y gozando del juego de «ir más allá» en la preciosidad del tropo y del imaginario, como si de un adolescente se tratase. Genial en suma.
He aquí el poema a que me refiero:
INMÓVIL en la luz, pero danzante,
tu movimiento a la quietud que cría
en la cima del vértigo se alía
deteniendo, no al vuelo, sí al instante.
Luz que no se derrama, ya diamante,
fija en la rotación del mediodía,
sol que no se consume ni se enfría
de cenizas y llama equidistante.
Tu salto es un segundo congelado
que ni apresura el tiempo ni lo mata:
preso en su movimiento ensimismado
tu cuerpo de sí mismo se desata
y cae y se dispersa tu blancura
y vuelves a ser agua y tierra obscura.
Poema de Octavio Paz

Los siete pecados capitales. Fernando Savater y Dante Alighieri


Los Siete Pecados Capitales
Autor: Savater Fernando
Editorial: DEBOLSILLO
160 paginas, 100 gramos, 

encuadernación rústica.
Edición: 2006 |

Idioma: Castellano
Colección: BEST SELLER
ISBN: 9789875661820

Con su habitual inteligencia e ironía, el filósofo donostiarra reflexiona en estas páginas sobre los pecados capitales, sobre si en la actualidad siguen siendo un referente moral y ético para las complejas sociedades occidentales. Savater analiza con mordacidad y rigor las siete categorías contraponiéndolas a las virturdes cardinales: el resultado es un personal retrato de los nuevos usos y costumbres en una sociedad de honda tradición judeocristiana.

En la línea de Los diez mandamientos en el siglo XXI, un libro para el gran público con argumentos comprensibles al hilo del cambio de comportamiento de las sociedades modernas.

Los Siete Pecados Capitales son una clasificación de los vicios mencionados en las primeras enseñanzas del Cristianismo y Catolicismo para educar e instruir a los seguidores sobre la moral. La Iglesia católica romana divide los pecados en dos categorías principales:

Pecado venial aquellos que son relativamente menores y pueden ser perdonados a través del sacramento. Pecado mortal los cuales, al ser cometidos, destruyen la vida de gracia y crean la amenaza de condenación eterna a menos que sean absueltos mediante el sacramento de la penitencia, o siendo perdonados después de una perfecta contrición por parte del penitente.

Comenzando a principios del siglo XIV, la popularidad de los Siete Pecados Capitales como tema entre los artistas europeos de la época eventualmente ayudó a integrarlos en muchas áreas de la cultura y conciencia Cristiana a través del mundo.

En el libro \”los Siete pecados Capitales\” Fernando Savater explica:

Según el historiador inglés John Bossy, \”los siete pecados capitales son la expresión de la ética social y comunitaria con la cual el cristianismo trató de contener la violencia y sanar a la conflictiva sociedad medieval. Se utilizaron para sancionar los comportamientos sociales agresivos y fueron, durante mucho tiempo —desde el siglo XIII hasta el XVI—, el principal esquema de penitencia, contribuyendo en modo determinante a la pacificación de la sociedad de entonces\”.

En un principio, los pecados eran una advertencia respecto de cómo administrar la propia conducta. No se trataba como en los diez mandamientos de ofrecer las tablas de la ley, sino de mostrar los peligros higiénicos que podrían asechar a las almas. Se trató de un listado de advertencias sobre los peligros que puede acarrear la desmesura frente a lo deseable. Hoy existe una versión más simplona de esas advertencias, que son los libros de autoayuda, donde encuentras unas fórmulas para no engordar y otras para ser feliz en tres lecciones.

Según Bossy, la suerte de estos pecados terminó en la época moderna, cuando la penitencia dejó de ser la forma de resolución de los conflictos sociales para transformarse en algo psicológico e interior a la conciencia de cada individuo. Fue el momento en que se abandonaron los siete pecados capitales para pasar a los diez mandamientos, que privilegiaban una relación vertical de cada individuo respecto de Dios, en vez de la horizontal entre los hombres, lo cual favorece la introspección personal. Bossy interpreta el paso del Medioevo a la Edad Moderna como un pasaje de lo social a lo individual.

Los pecados adquieren la categoría de capitales cuando originan otros vicios. Santo Tomás describe: \”Un vicio capital es aquel que tiene un fin excesivamente deseable, de manera tal que en su deseo un hombre comete muchos pecados, todos los cuales se dice son originados en aquel vicio como su fuente principal…\”.

Para el especialista en temas islámicos Ornar Abboud \”el pecado no es algo inamovible. Varía de acuerdo con el punto de vista del observador y en referencia a la evolución del contexto social y cultural. La mayoría de las acciones consideradas como pecado hace dos siglos —un periodo ínfimo en la historia de la humanidad— hoy no tienen entidad pecaminosa. En el Islam no tenemos la visión del pecado original, lo que sí existen son definiciones sobre lo que es lícito o no. Llamamos haram a aquellas cosas que están vedadas y halal a las que están permitidas\”.

LOS SIETE PECADOS CAPITALES

SOBERBIA    

Ser soberbio es básicamente el deseo de ponerse por encima de los demás. No es malo que un individuo tenga una buena opinión de sí mismo —salvo que nos fastidie mucho con los relatos de sus hazañas, reales o inventadas—, lo malo es que no admita que nadie en ningún campo se le ponga por encima.

En general, podemos-admitir que tenemos cierto lugar en el ranking humano, y que hay otros que son más prestigiosos. Pero los soberbios no le dejan paso a nadie, ni toleran que alguien piense que puede haber otro delante de él. Además sufren la sensación de que se está haciendo poco en el mundo para reconocer su superioridad, pese a que siempre va con él ese aire de \”yo pertenezco a un estrato superior\”.

GULA    

El pecado de la gula es el ansia inmoderada de comer, de beber, ese afán de asimilarse Codo el universo por la vía digestiva. Es un pecado que nos deja un poco perplejos en este mundo dietético en el que estamos, choca tanto con la ética como con la estética y quizá tengan más contra él los médicos que los propios clérigos.

A mi juicio, el problema de la gula es mucho más una cuestión de higiene que de moral. Se trata de ver cómo administramos nuestros placeres y cómo podemos comer para vivir satisfactoriamente. No debemos obsesionarnos con vivir para comer, ni con vivir para evitar las calorías. Lo peor de la gula hoy es que, mientras algunos tenemos la suerte de poder comer y ayunar a nuestro albedrío, muchas personas están privadas de lo imprescindible y no pueden siquiera alimentar a sus hijos con lo mínimo necesario.

La gula se transforma en pecado cuando ofende el derecho y las expectativas del otro al comer lo de los. demás, acaparar y dejarlo con poco o nada. Olvidar eso sería el peor pecado o la peor forma de gula en nuestro tiempo.

AVARICIA    

El pensador alemán Arthur Schopenhauer decía que el dinero es felicidad abstracta. Ser feliz porque tienes una gran cuenta en el banco, o porque guardas un gran saco con oro debajo de la cama, es algo completamente imaginario.

Comprendo que alguien se sienta feliz porque tiene en sus brazos a una mujer hermosa, en su mesa una comida estupenda y una botella de vino incomparable. Yo no termino de entender a aquellos que se sienten felices cuando ven un cheque, míe. sólo son unas palabras y algunos números.

Lo que da fuerza al dinero es la necesidad de intercambio, que los seres humanos requieran cosas unos de otros. Si no se deseara nada, no habría tenido sentido inventar el vil metal. El dinero permite generar un elemento que te da acceso a algo que tiene otro y tú quieres. De no existir, las variantes serían pocas: el trueque, pero allí necesitas que al otro le interese lo que tú le ofreces, o lisa y llanamente sacárselo por la fuerza, robarle o estrangularlo.

Pero el avaro es el que convierte este acuerdo social en una idolatría, sin entender la utilidad del dinero, que es absolutamente virtual. Si se tratase de cupones que dijeran: \”Vale por un refrigerador\” o \”Vale por una merluza en salsa verde\”, tendría un interés más limitado, ya que si no te gusta la merluza no sabrás qué hacer con ese vale. La gracia del dinero es que tiene un número y no te dice qué puedes hacer con él.

IRA    

La ira, esa pasión arrebatadora, esa furia que de vez en cuando nos convierte en auténticas fieras. En apariencia somos personas como las demás, y ante un pequeño estímulo, o una provocación, nos transformamos en auténticos salvajes.

El pecado de la ira es una cuestión de grados. Es un movimiento, una reacción que puede indicar simplemente que estamos vivos y, por lo tanto, nos revelamos contra injusticias, amenazas o abusos.

Cuando el movimiento instintivo pasional de la ira se despierta, nos ciega, nos estupidiza y nos convierte en una especie de bestias obcecadas. Ese exceso es perjudicial, pero yo creo que un punto de cólera es necesario.

El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique se reconoce admirador de los iracundos \”cuando se ponen rabiosos ante una situación infame por la que callan los demás. El que se rebela, habla, grita y muchas veces se juega el pellejo es muy distinto del que tiene un colerón porque le sirvieron la carne fuera de punto\”.

Como en muchas cosas de la vida, con los pecados primero hay que tener la experiencia. Si eres una persona tan pacífica que nunca te has enfadado, aunque te describan mucho la ira nunca la entenderás. Si eres justo, puedes sentirte arrebatado por la ira. Ahí nos topamos con el pecado.

LUJURIA    

La lujuria es uno de los pecados más escandalosos, y también de los más tentadores. Gracias a ella, todos vinimos al mundo.

¿Pero cuál es realmente la esencia mala de la lujuria? ¿En qué sentido quienes no tenemos especial afán puritano podemos encontrar algo defectuoso en el exceso de la lujuria? Tengo claro que si hay algo bueno en ella es precisamente el placer. Creo que el placer es bueno, sano y recomendable. Si hay algo malo en la lujuria, será el daño que podamos hacer a otros para conseguir goce, al abusar de ellos, aprovecharnos de la inocencia de menores o de gente que por su situación económica tiene que someterse.

No creo que, a pesar de lo que San Agustín y otros santos padres han dicho de la sexualidad, hayamos venido a este mundo a sufrir. La sexualidad no es un instrumento que debamos utilizar casi con repugnancia sólo para la reproducción, sino que es una fuente de relación humana y de contento en un mundo donde las alegrías no abundan.

Pero, como en todos los casos a los que estamos refiriéndonos, el límite de la lujuria desde el punto de vista humanista es causar daño a otro. El sexo con niños es malo por el daño que se les hace. No es malo disfrutar, pero sí es censurable causar mal a otro. Antes se condenaba al placer, ahora al daño y el dolor que se producen. Es la visión progresista de los pecados.

PEREZA    

La pereza es la falta de estímulo, de deseo, de voluntad para atender a lo necesario e, incluso, para realizar actividades creativas o de cualquier índole. Es una congelación de la voluntad, el abandono de nuestra condición de seres activos y emprendedores.

Un viejo cuento narra cómo un padre luchaba contra la pereza de su hijo pequeño, que no quería nunca madrugar. Un día llegó muy temprano por la mañana, lo despertó y le dijo: \”Mira, por haberme levantado temprano he encontrado esta cartera llena de dinero en el camino\”. El niño, tapándose, le contestó: \”Más madrugó el que la perdió\”.

La pereza siempre encuentra excusas. Es perezoso quien renuncia a sus deberes con la sociedad, con la ciudadanía, quien abandona su propia formación cultural. La persona que nunca tiene tiempo para leer un libro, para ver una película, para escuchar un concierto, para prestar atención a una puesta de sol. Aquel que tiene pereza de convertirse en más humano.

El escritor y humorista argentino Roberto Fontanarrosa tiene una teoría: \”La pereza ha sido el motor de las grandes conquistas del progreso. El que inventó la rueda, por ejemplo, no quería empujar y caminar más. Detrás de casi todos los elementos del confort supongo que ha habido un perezoso astuto, pensando cómo hacer para trabajar menos\”.

ENVIDIA    
La envidia, definida como la tristeza ante el bien ajeno, ese no poder soportar que al otro le vaya bien, ambicionar sus goces y posesiones, es también desear que el otro no disfrute de lo que tiene.

¿Qué es lo que anhela el envidioso? En el fondo, no hace más que contemplar el bien como algo inalcanzable. Las cosas son valiosas cuando están en manos de otro. El deseo de despojar, de que el otro no posea lo que tiene, está en la raíz del pecado de la envidia. Es un pecado profundamente insolidario, que también tortura y maltrata al propio pecador. Podemos aventurar que el envidioso es más desdichado que malo.

El envidioso siembra la idea, ante quienes quieran escucharlo, de que el otro no merece sus bienes. De esta actitud se desprenden la mentira, la traición, la intriga y el oportunismo.

La envidia es muy curiosa porque tiene una larga y virtuosa tradición, lo que parecería contradictorio con su calificación de pecado. Es la virtud democrática por excelencia.

\”Los Siete Pecados Capitales\” de Fernando Fernández-Savater Martín (San Sebastián, 21 de junio de 1947) es un filósofo, activista y prolífico escritor español. Novelista y autor dramático, destaca en el campo del ensayo y el artículo periodístico. En 2008 fue galardonado con el Premio Planeta por su novela La hermandad de la buena suerte. En 2012 se le otorgó el Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo.

Otro autor, Dante Alighieri, “La divina comedia”, también nos hablará de los siete pecados capitales,

Los siete pecados capitales son una clasificación de los vicios mencionados en las primeras enseñanzas del cristianismo para educar a sus seguidores acerca de la moral cristiana.

El término «capital» (de caput, capitis, \”cabeza\”, en latín) no se refiere a la magnitud del pecado sino a que da origen a muchos otros pecados. De acuerdo a santo Tomás de Aquino (II-II:153:4).
Un vicio capital es aquel que tiene un fin excesivamente deseable, de manera tal que en su deseo, un hombre comete muchos pecados, todos los cuales se dice son originados en aquel vicio como su fuente principal. […] Los pecados o vicios capitales son aquellos a los que la naturaleza humana está principalmente inclinada.
Tomás de Aquino1

Los vicios pueden ser catalogados según las virtudes a que se oponen, o también pueden ser referidos a los pecados capitales que la experiencia cristiana ha distinguido siguiendo a san Juan Casiano y a san Gregorio Magno (Mor. 31, 45). Son llamados capitales porque generan otros pecados, otros vicios. Son la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza.
Catecismo de la Iglesia Católica, n.º 1866,
artículo 8, «El pecado» (V: La proliferación del pecado).2

El poeta Dante Alighieri (1265-1321) utilizó el mismo orden del papa Gregorio Magno en «El Purgatorio», la segunda parte del poema La Divina Comedia (c. 1308-1321). La teología de La Divina Comedia, casi ha sido la mejor fuente conocida desde el Renacimiento (siglos XV y XVI).

Muchas interpretaciones y versiones posteriores, especialmente derivaciones conservadoras del protestantismo y del movimiento cristiano pentecostal han postulado temibles consecuencias para aquellos que cometan estos pecados como un tormento eterno en el infierno, en vez de la posible absolución a través de la penitencia en el purgatorio.
Pecados capitales
Lujuria
Detalle de la lujuria, en el cuadro El jardín de las delicias, de Hieronymus Bosch. En esta tabla aparecen todo tipo de placeres carnales, que Bosch consideraba pecaminosos.
Artículo principal: Lujuria

La lujuria (en latín, luxus, ‘abundancia’, ‘exuberancia’) es usualmente considerada como el pecado producido por los pensamientos excesivos de naturaleza sexual, o un deseo sexual desordenado e incontrolable.

En la actualidad se considera lujuria a la compulsión sexual o adicción a las relaciones sexuales. También entran en esta categoría el adulterio y la violación.

A lo largo de la historia, diversas religiones han condenado o desalentado en mayor o menor medida la lujuria.

Dante Alighieri consideraba que lujuria era el amor hacia cualquier persona, lo que pondría a Dios en segundo lugar. Según otro autor[cita requerida] la lujuria son los pensamientos posesivos sobre otra persona.
Gula
Artículo principal: Gula
La gula representada por Pieter Brueghel en su obra Los siete pecados mortales o los siete vicios.

Actualmente la gula (en latín, gula) se identifica con la glotonería, el consumo excesivo de comida y bebida. En cambio en el pasado cualquier forma de exceso podía caer bajo la definición de este pecado. Marcado por el consumo excesivo de manera irracional o innecesaria, la gula también incluye ciertas formas de comportamiento destructivo. De esta manera el abuso de substancias o las borracheras pueden ser vistos como ejemplos de gula. En La Divina Comedia de Alighieri, los penitentes en el Purgatorio eran obligados a pararse entre dos árboles, incapaces de alcanzar y comer las frutas que colgaban de las ramas de estos y por consecuencia se les describía como personas hambrientas.
Avaricia/Codicia
Artículo principal: Avaricia
Avaricia representada por Pieter Brueghel

La avaricia (en latín, avaritia) es —como la lujuria y la gula—, un pecado de exceso. Sin embargo, la avaricia (vista por la Iglesia) aplica sólo a la adquisición de riquezas en particular. Tomás de Aquino escribió que la avaricia es «un pecado contra Dios, al igual que todos los pecados mortales, en lo que el hombre condena las cosas eternas por las cosas temporales». En el Purgatorio de Dante, los penitentes eran obligados a arrodillarse en una piedra y recitar los ejemplos de avaricia y sus virtudes opuestas. «Avaricia» es un término que describe muchos otros ejemplos de pecados. Estos incluyen deslealtad, traición deliberada, especialmente para el beneficio personal, como en el caso de dejarse sobornar. Búsqueda y acumulación de objetos, robo y asalto, especialmente con violencia, los engaños o la manipulación de la autoridad son todas acciones que pueden ser inspiradas por la avaricia. Tales actos pueden incluir la simonía.
Pereza
Artículo principal: Pereza
Pereza por Jacob Matham

La pereza (en latín, acidia) es el más «metafísico» de los pecados capitales, en cuanto está referido a la incapacidad de aceptar y hacerse cargo de la existencia de uno mismo. Es también el que más problemas causa en su denominación. La simple «pereza», más aún el «ocio», no parecen constituir una falta. Hemos preferido, por esto, el concepto de «acidia» o «acedía». Tomado en sentido propio es una «tristeza de ánimo» que aparta al creyente de las obligaciones espirituales o divinas, a causa de los obstáculos y dificultades que en ellas se encuentran. Bajo el nombre de cosas espirituales y divinas se entiende todo lo que Dios nos prescribe para la consecución de la eterna salud (la salvación), como la práctica de las virtudes cristianas, la observación de los preceptos divinos, de los deberes de cada uno, los ejercicios de piedad y de religión. Concebir pues tristeza por tales cosas, abrigar voluntariamente, en el corazón, desgano, aversión y disgusto por ellas, es pecado capital. Tomada en sentido estricto es pecado mortal en cuanto se opone directamente a la caridad que nos debemos a nosotros mismos y al amor que debemos a Dios. De esta manera, si deliberadamente y con pleno consentimiento de la voluntad, nos entristecemos o sentimos desgano de las cosas a las que estamos obligados; por ejemplo, al perdón de las injurias, a la privación de los placeres carnales, entre otras; la acidia es pecado grave porque se opone directamente a la caridad de Dios y de nosotros mismos. Considerada en orden a los efectos que produce, si la acidia es tal que hace olvidar el bien necesario e indispensable a la salud eterna, descuidar notablemente las obligaciones y deberes o si llega a hacernos desear que no haya otra vida para vivir entregados impunemente a las pasiones, es sin duda pecado mortal.
Ira
Ira (enojo). Miniatura de Tacuinum sanitatis
Artículo principal: Ira

La ira (en latín, ira) puede ser descrita como un sentimiento no ordenado, ni controlado, de odio y enfado. Estos sentimientos se pueden manifestar como una negación vehemente de la verdad, tanto hacia los demás y hacia uno mismo, impaciencia con los procedimientos de la ley y el deseo de venganza fuera del trabajo del sistema judicial (llevando a hacer justicia por sus propias manos), fanatismo en creencias políticas y religiosas, generalmente deseando hacer mal a otros. Una definición moderna también incluiría odio e intolerancia hacia otros por razones como raza o religión, llevando a la discriminación. Las transgresiones derivadas de la ira están entre las más serias, incluyendo homicidio, asalto, discriminación y en casos extremos, genocidio.

La ira es el único pecado que no necesariamente se relaciona con el egoísmo y el interés personal (aunque uno puede tener ira por egoísmo). Dante describe a la ira como «amor por la justicia pervertido a venganza y resentimiento».

Envidia
Envidia representada por Jacques Callot
Artículo principal: Envidia
Véase también: Schadenfreude

Como la avaricia, la envidia (en latín, invidia) se caracteriza por un deseo insaciable, sin embargo, difieren por dos grandes razones: Primero, la avaricia está más asociada con bienes materiales, mientras que la envidia puede ser más general; segundo, aquellos que cometen el pecado de la envidia desean algo que alguien más tiene, y que perciben que a ellos les hace falta, y por consiguiente desean el mal al prójimo, y se sienten bien con el mal ajeno.

    La envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come.
    Francisco de Quevedo

Dante Alighieri define esto como «amor por los propios bienes pervertido al deseo de privar a otros de los suyos». En el purgatorio de Dante, el castigo para los envidiosos era el de cerrar sus ojos y coserlos, porque habían recibido placer al ver a otros caer.
Soberbia

Todo es vanidad por Charles Allan Gilbert (1873-1929).
Artículo principal: Soberbia

En casi todas las listas de pecados, la soberbia (en latín, superbia) es considerado el original y más serio de los pecados capitales, y de hecho, es la principal fuente de la que derivan los otros. Es identificado como un deseo por ser más importante o atractivo que los demás, fallando en halagar a los otros.

En El paraíso perdido de John Milton, dice que este pecado es cometido por Lucifer al querer ser igual que Dios.

Genéricamente se define como la sobrevaloración del Yo respecto de otros por superar, alcanzar o superponerse a un obstáculo, situación o bien en alcanzar un estatus elevado y subvalorizar al contexto. También se puede definir la soberbia como la creencia de que todo lo que uno hace o dice es superior, y que se es capaz de superar todo lo que digan o hagan los demás. También se puede tomar la soberbia como la confianza exclusiva en las cosas vanas y vacías (vanidad) y en la opinión de uno mismo exaltada a un nivel crítico y desmesurado (prepotencia).

Soberbia (del latín superbia) y orgullo (del francés orgueil), son propiamente sinónimos aun cuando coloquialmente se les atribuye connotaciones particulares cuyos matices las diferencian. Otros sinónimos son: altivez, arrogancia, vanidad, etc. Como antónimos tenemos: humildad, modestia, sencillez, etc. El principal matiz que las distingue está en que el orgullo es disimulable, e incluso apreciado, cuando surge de causas nobles o virtudes, mientras que a la soberbia se la concreta con el deseo de ser preferido a otros, basándose en la satisfacción de la propia vanidad, del Yo o ego. Por ejemplo, una persona Soberbia jamás se \”rebajaría\” a pedir perdón, o ayuda, etc.

Existen muchos tipos de soberbia, como la vanagloria o cenodoxia, también denominada en las traducciones de la Biblia como vanidad, que consiste en el engreimiento de gloriarse de bienes materiales o espirituales que se poseen o creen poseer, deseando ser visto, considerado, admirado, estimado, honrado, alabado e incluso halagado por los demás hombres, cuando la consideración y la gloria que se buscan son humanas exclusivamente. La cenodoxia engendra además otros pecados, como la filargiria o amor al dinero (codicia) y la filargía o amor al poder.

José Antonio Santano. Alejandro López de Andrada

columna para Diario de Almería por José Antonio Santano 

LOS ÁLAMOS DE CRISTO

De una u otra manera el escritor siempre busca un lugar mítico, ese espacio mágico, el territorio en el que la palabra es como el vuelo de los pájaros, la luz que nunca se apaga, su universo. El escritor vive para crear ese universo. Es el caso de muchos, pero en algunos digamos que prevalece esa idea de imaginar el territorio deseado. Pienso ahora en Miguel Delibes, por ejemplo, que recupera para la literatura el mundo rural de la Castilla profunda, mostrándonos así el modo de vida de quienes viven en los pueblos, alejados de las grandes ciudades; también en Luis Mateo Diez y su singular territorio de Celama, hallamos algunas de las claves de su novelística. 

El hombre a solas con su destino, el escritor frente a frente con lo imaginario o irreal. Esto mismo sucede, desde hace décadas, con el escritor y poeta Alejandro López Andrada que, abrasado a la tierra madre, a su Valle de los Pedroches, el más sagrado de los lugares, conforma un mundo propio en el cual los seres humanos cohabitan en sencilla armonía con la Naturaleza. Es la tierra de amarillos otoño y sus silencios los que llenan el corazón de López Andrada. Son los aromas del invierno en las dehesas, la niebla espesa del bosque, la primavera en los ríos y las flores, o el lento caminar entre los álamos y eucaliptos al albur de la palabra amiga que siempre le acompañó por el Valle. Los álamos de Cristo retrata la vida rural de la posguerra, a través de la palabra del cura del pueblo (Francisco Vigara), figura clave de esta particular narración. 

Los álamos de Cristo


Es el pueblo y sus gentes en la voz del sacerdote quienes ocupan el espacio del tiempo: «La vida era entonces un camino siempre abierto que, al salir de mi pueblo, daba al horizonte, a un espacio de luz que latía allá, en lo hondo, donde el azul se fundía con la tierra. Nunca podré olvidarme de esa estampa. Para mí sigue siendo, después de tantos años, la imagen más pura y fiel de la inocencia…». Al igual que Delibes y Mateo Díez, López Andrada es un gran conocedor de la historia de los pueblos, de su abandono y olvido, de sus soledades, pero también de su sabiduría, un saber profundo y enraizado en los hombres humildes que habitan los silencios del Valle. Los álamos de Cristo representa el camino iniciado –descrito en líneas anteriores- por el autor y lo vivido junto al sacerdote que tanto influirá en su propia concepción del mundo. 

El diálogo que entablan ambos irá descubriendo al lector los acontecimientos fundamentales de los años posteriores a la guerra civil. La infancia es el territorio de la inocencia y la libertad por excelencia, y por este motivo tal vez, o quizá por otros menos evidentes, el narrador-autor se desnuda como lo hacen los árboles llegado el otoño, y se deja llevar por un viento de luz y plenitud absolutas. El narrador no puede olvidar su condición de poeta, y así hallamos pasajes de una belleza y lirismo extraordinario: «El reloj de pared da un tenue campanada y el silencio se quiebra como un cántaro de luz, dejando un eco musgoso y afelpado en el corazón cansado de los muebles y en la pared pequeña, familiar, que parece observarnos desde su alma silenciosa (porque las paredes, algunas, tienen alma) a través de los ojos de las fotografías y los rostros ya muertos que habitan los retratos donde sigue atrapado un aire melancólico, el rumor sosegado de mi niñez dormida». López Andrada es ese gran poeta que mira hacia fuera, aunque en la forma de expresarlo pese más esa espiritualidad lírica de la palabra, sin olvidarnos de su más íntima religiosidad, de su idea cristiana del hombre, de la práctica de amar al prójimo por encima de todas las cosas. 

Porque López Andrada, en el fondo de su corazón sigue siendo el niño que conversaba con el cura del pueblo, y que podríamos resumir, sin temor a equivocarnos en este pasaje del libro: «He envejecido por fuera, tengo arrugas y lánguidas cicatrices por el rostro, incluso mi cuerpo se ha deteriorado y ha perdido su antigua frescura juvenil; sin embargo aún me habita, imborrable, la inocencia y siento correr por las calles de mi espíritu a un chaval muy pequeño con los ojos taladrados por el rumor de una tarde de oro y lluvia donde vigilan los álamos de Cristo». Alejandro López Andrada, sin duda, la voz mágica y sonora del Valle de los Pedroches.

Título: Los álamos de Cristo
Autor: Alejandro López Andrada
Edita: Trifaldi (Madrid, 2014)

Josefina Martos Peregrín. Nocturnos

Para Arturo, llave del Reino de la Noche, 

de los planos oblicuos y los puentes secretos

Nació en Madrid en 1954. Allí se licenció en Historia Moderna y Contemporánea (Universidad Complutense) y trabajó en campos muy diversos (traducción, enseñanza, sanidad).
Desde hace años reside en Guadix (Granada) donde se dedica a la literatura como ocupación principal, aunque también se declara apasionada de la pintura, fotografía, viajes… Y del “continuo vicio de estudiar” (botánica recreativa, idiomas, cerámica, por mencionar sólo algunas de sus aficiones).
De su ya abundante obra narrativa, además del libro que nos ocupa, Nocturnos, podemos citar Biomyth, Nudos concéntricos, El toque dramático (finalista premio Antonio Machado de Cuento), Yo soy la que escucha (premio Ciudad Galdós) o Micaela.
Historiadora, profesora y traductora española, Josefina Martos Peregrín ha ganado premios como el Galdós y ha publicado tanto relato como novela, escribiendo en la actualidad su primera incursión en la poesía.
\”La cumbre del silencio\” de Josefina Martos Peregrín:
Dolor, éxtasis, martirio, compromiso, santidad, enajenación, engaño y poder, todo junto en una historia que sucede en la Hispania romana entre el 305 y 306 d. C., ad portas a que Constantino legalice el cristianismo.
Nos adentraremos en los misterios de la conversión de un enano en algo más y seremos testigos de primera mano del diálogo primigenio que lo origina.
\”La cumbre del Silencio\” es una cautivadora novela histórica que nos desvela las dificultades y padecimientos que sufrían los cristianos,  perseguidos denodada y cruelmente por los romanos, quienes los convertían en objeto de diversión en fechas señaladas en sus coliseos.
Editorial Nazarí

ISBN: 978-84-942465-4-8
DISEÑO  E ILUSTRACIÓN DE CUBIERTA
 SANTIAGO CARUSO
Y GRAPHIC DESIGN

\”Nocturnos\”,
lo componen 12 relatos: 

Yo soy la que escucha
De canción 
Un cuento de gatos
Balandra 
De sangre 
Fiel cazador 
La imperdonable neutralidad
Vieja urraca 
De madera
Mares prohibidos 
Danza de escorpiones
Superviviente

de cierta oscuridad tensa, que nos introducen en lo inexplicable, en un orden brumoso y en el mayor de los misterios: la intimidad de los otros. Vivir bajo piel ajena, reencarnas en superviviente singular, en vieja prodigiosa, bebé invisible, amantes subyugados, … Avalancha de lluvia, rama florida, penumbra de cueva ignorada.
Viajar al punto final, a un futuro en que tras los plásticos de los invernaderos arruinados acecha una naturaleza muerta que nadie podrá ya retratar. Al ayer de la posguerra española para descubrir para descubrir la cara oculta de las farolas, la que aman los murciélagos que se toman un mordisco de libertad.
Intimar con animales nimios provistos de alma insondable, sabandijas sabias que nos observan, nos dan la espalda o saltan bajo nuestra ventana.
Y siempre la soledad, el gran páramo amarillo, infinito territorio de melancolía, pero también de magia y conocimiento, el único lugar donde pueden acontecer las aventuras máximas del amor, la transformación y la muerte.
\”Rulfo tenía a su tío Celerino, yo una legión de mosquitos de crianza amaestrados que chupan historias de la sangre de unas criaturas para inyectarlas en la mía, peligrosa y acuciante maña que me apasiona y escuece, me da la vida y permite que el lector disfrute de este trasvase narrativo – sanguíneo sin descomponer su salud, sin tener que rascarse ni estropear un poro de su magnífica piel.\”


Juan Pardo Vidal

 DESMANCADOS

Puede que sea un intento de suicidio, y puede que no. Eso no lo sé yo desde aquí, no veo demasiado bien desde este ángulo. Mi persiana está bajada casi por completo, no más de veinte centímetros me permiten contemplar las botas del vecino en el alféizar de su ventana, tendría que levantarme para saber más, y el hecho en sí no me preocupa tanto como para hacerlo. No sé si mi vecino está dentro de sus botas a punto  de saltar al vacío de mi patio de luces y hacer un estropicio con las cuerdas de tender la ropa antes de matarse de rebote, o está descalzo, repantigado en el sofá de su casa viendo el Canal Plus mientras sus botas se secan en la ventana. Juega el Atlético. Entre una posibilidad y otra va una vida. Se las ve limpias, no hay restos de barro en la puntera, puede que las haya lavado. O puede que no. Puede que haya dicho mi vecino «anda y que os den por el culo», con ese tono enérgico y convencido que tienen los vecinos que se hartan y de repente, se les ilumina el cerebro y dicen «anda y que os den por el culo a todos» y se encaraman a la ventana de su patinillo y calculan, antes de  lanzarse, la forma más digna de marcharse, cómo matarse sin quedar en el suelo en un apostura indigna. Parece improbable suicidarse en mi patio de luces, hace años que nadie vive en el primero del edificio y está todo el suelo lleno de pinzas de la ropa y calcetines desparejados —mi madre diría calcetines desmancados\”, aunque creo que la Academia reconoce, para este significado, el término \”desmanchado\”—. Las pinzas de la ropa dan mucha tristeza cuando vives solo, a mí me gustan mucho las de Ikea, un solitario no tendría reparo en suicidarse lanzándose contra un suelo de colores lleno de pinzas de la ropa de plástico y de madera. Eso seguro. 

Son unas botas altas, color marrón oscuro estrella de levante de barril. Deben de llegarle, calculo yo, tres dedos por encima del  tobillo. Parecen unas botas caras, botas de escalador, aunque él se las pone diariamente para ir a la oficina. Lo sé porque cuando por la mañana coincidimos en el ascensor yo miro siempre hacia el suelo y las veo. En los ascensores soy japonés. Son esas botas, seguro. Quizás quiera ascender en su empresa, llegar a lo más alto, dirigirla y acostarse con su secretaria. Puede que mi vecino haya perdido una oportunidad de ser feliz con su secretaria, o con la secretaria de otro, y haya decidido elegir el camino contrario, el de la caída, el camino de la gravedad, saltar a ver qué pasa, aunque él ya supone lo que va a pasar, los ingenieros saben esas cosas, las han estudiado. Yo no. Yo, como no tengo ni secretaria, ni botas, no me he planteado aún el suicidio. Tomarse tres litros diarios de cerveza no creo yo que se considere un suicidio, si acaso un suicidio estético.
No voy a asomarme a la ventana, voy a llamar directamente a su puerta y si no está a punto de lanzarse al vacío le voy a preguntar que si le apetece que vea el partido con él. Me llevo dos litros de cerveza del Lidl y grasa de caballo. Yo también soy de Atleti.

La rana. Lola Soria, Manuel Lozano y Fernando Rebollo

La rana.




Aquí te envío un relato sobre unas ranas muy peculiares. 
Ha sido elaborado entre Lola Soria,  Manolo Lozano y un servidor
esperamos que te guste.

Un relato que tras estas palabras comienzo a escribir, un relato que habla de un abuelo camino de las parras, camino de la tierra que cultivaba y lo que le sucedió en ese trayecto. 

Beires, otoño en Beires, sentados en la chimenea el abuelo contaba historias a los niños allí congregados. Los troncos ardían impulsados por la leña fina que el abuelo había colocado apenas cinco minutos antes. 
Maribel su nieta le había pedido que le contase alguna historia, venga, abuelo, cuenta abuelo. El abuelo se hizo de rogar un poco pero como los demás niños también insistían al final se decidió. 
\”Pues veréis, una mañana iba al campo con mi azada y una talega donde llevaba la comida, pues muchos días almorzaba yo en el campo, clareaba el día, los gallos cantaban, kikirikí, kikiriki, los perros ladraban a mi paso, guau, guau, guau, pero como estaban encerrados en los corrales no podían hacerme nada. Tres cosechas perdidas, me veía sin fuerzas para cultivar, ésta casi seguro que sería la cuarta.
En las afueras del pueblo se podía observar como el sol no tardaría en salir, aunque todavía había sombras. En los árboles había un poco de rocío en sus troncos y en sus hojas, la hierba estaba mojada y mis botas se mojaban al pisarla, pues bien, cuando emprendía el camino del terreno que iba a cultivar, en un recodo del camino junto a un pequeño lago me encontré una gran rana, de color verde intenso, al mirarla empezó a croar y otras ranas vinieron hacia el lugar donde se encontraba ésta y también comenzaron a croar, jamás había visto tantas ranas juntas.\” 
Tu lector te preguntarás. Qué hace una rana grande, inmensa a estas alturas del relato, si el hombre iba alegre y confiado a cultivar la tierra. Qué culpa tengo yo lector, si al croar de esta vinieron otras y la orilla del camino se convirtió en una procesión de anfibios en la amanecida. Qué culpa tengo yo, qué culpa tiene el abuelo de que en un recodo del camino hubiese un pequeño lago donde las ranas se criaban grandes y hermosas, sigamos pues, que a estas alturas ya tengo curiosidad por saber lo que pasó. 
Giré la vista al camino y la rana grande dejó de croar, las demás se tornaron silenciosas emulando la conducta de su jefa. Proseguí camino hacia la tierra, la rana grande daba saltos y las demás hicieron lo mismo sobre la hierba. Me percaté de esto y de nuevo giré la cabeza para ver que pasaba, en ese momento comenzaron a croar de nuevo, salí corriendo despavorido y las ranas dando saltos y croando me perseguían. Vaya escandalera, yo estaba aterrado, tanto miedo tenía que dejé la talega y la azada en medio del camino, las ranas dejaron de croar, hicieron una gran círculo rodeando lo que se me había caído.


Proseguí camino, no me atrevía a volver al pueblo, miedo tenía que esta multitud de anfibios me persiguieran, todavía me quedaban varios recuerdos como el anterior y temía el mismo encuentro, los mismos sucesos. 
A medida que mis pasos me llevaban a la siguiente charca mis ojos se anticipaban e intentaban intuir lo que allí había, diez metros y ya estoy cerca, el camino y al lado la charca. Agua cristalina que deja ver el fondo y una diminuta rana sobre una pequeña piedra que al verme se sumergió en las aguas. Suspiré aliviado y proseguí camino. 
Tenía que pasar una pequeña corriente, salté sobre las piedras cuidando de no caerme al agua que se remansaba tras su lucha con las ruedas del molino que a escasos cien metros se encontraba. Un, dos, tres, cuatro y ya estoy al otro lado. El sol ya estaba fuera, los primeros rayos atravesaban las aguas, pequeños pececillos en bandada de un lado a otro del pequeño lago y una rana grande sobre una gran laja, de ojos vivos, inmutable ante mi presencia. Muevo un brazo para asustarla y comienza a croar, otras ranas, infinidad de ranas salían de las aguas y se colocaban en la orilla, mil, dos mil, tres mil ranas, grandes, pequeñas croando en las primeras horas día, alrededor de las piedras de paso, por todos los lugares del pequeño lago. 
Huí despavorido, subí la cuesta tras la cual se encontraba el valle en el que estaban los aceituneros, las parras, la alberca, el pozo. 
Tu.
¿yo?
Si tu, escribiente a un teclado pegado, deja al abuelo en paz ¿es que acaso no lo vas a dejar comer hoy?, ¿es que vas a llenar su tierra de anfibios, que de nuevo harán entrar en sus oídos ese ruido maravilloso en bajas cantidades e infernal en muchas?
No lo sé duende, no lo sé, no conozco aún la tierra que hay tras de la cuesta, trece líneas quedan para acabar el folio y ¡hay tantas cosas!, La tierra de Beires es tan fértil en recuerdos, historias, que no podemos más que dejarnos llevar por las aguas, por los vientos, por las ranas, por los viejos molinos. Deja duende que mientras el abuelo se sienta sobre una piedra y divisa el valle, por mis oídos suenen los cascabeles de Rosana, de esta canaria que en el domingo en el cielo a la par que los gorriones me canta lo que me quiere. \”Al son de los cascabeles los domingos en el cielo….\”, muévete chiquilla, alegra esa cara, ese cuerpo, un, dos … \”Al son…\” Ese acordeón, ay, ay,, \”al son..\”
La subida me había fatigado y al final de ella decidí sentarme en una piedra antes de disponerme a bajar al valle, las ranas habían agotado buena parte de las energías del desayuno. Quedé profundamente dormido, aunque el aire estaba un poco frío el sol ya comenzaba a dar en mi cuerpo, el lateral de la montaña me resguardaba de los fríos aires del Norte, ya conocéis ese lugar porque soléis pararos cuando vais a la alberca los veranos a bañaros.
Soñé que miles de ranas, grandes, pequeñas araban la tierra, eliminaban las malas hierbas dando saltos sobre ellas, sacaban agua de los arroyos, de los pozos, de las charcas y regaban las parras, los ajos, las cebollas, el perejil, asustaban con su croar a las alimañas, cuidaban los garbanzos y el trigo, nutrían sus raíces de agua, metían en ellas humus de otras tierras, abonos naturales, abrigaban las raíces de los aceituneros con hojas secas de álamos, convertían aquella tierra en el vergel que hacía cinco años fue. Cuando desperté miré el valle, miré mi tierra y la encontré más verde que nunca, emprendí carrerilla hacia allá ayudado por la bajada. El trigo había crecido, las parras comenzaban a augurar las uvas más jugosas de todos los veranos, los olivos estaban cargados de flores, de futuras aceitunas, ajos, cebollas, perejil frondoso, papas que hacían abombar la tierra de tan grandes que eran. 
Miré al cielo y pregunté que pasaba, había ocurrido un milagro, mi voz rompió el silencio de la mañana, demasiado ocupados debían estar allá arriba pues no hallé respuesta, pequeña voz la mía, para un cielo tan grande.
Me lavé la cara con agua fría del pozo, pues parecía no haberme despertado de aquel sueño, volví a mirar y era real lo que veía, la tierra sabiamente movida, toque las bolsitas de los garbanzos, auguraban una gran cosecha, el trigo estaba hermoso, muy crecido, las parras, los aceituneros, que maravilla…
Volví al pueblo rápidamente, quería contárselo a vuestra abuela, a mis amigos, retorné por el camino. Esta vez no encontré a las ranas en las charcas, el agua había desaparecido de ellas, incluso el arroyo de las piedras había menguado a pesar de seguir corriendo. La azada puesta en pie me esperaba en medio del camino, la talega junto a ella. La recogí y volví al pueblo. Nunca volví a ver a las ranas, las aguas menguaban en los arroyos, aunque no se secaron.
Las cosechas fueron llegando, los garbanzos que nos dieron años y años de pucheros, tiernos y hermosos que se deshacían en la boca, trigo que llenó el almacén, grano grande y fino, las uvas exquisitas, cebollas, patatas hermosas y grandes de las que comimos todo el pueblo, melones, sandías, orzas y orzas de aceitunas para machacar, para aceite.
Cada mañana al amanecer camino de la tierra un maravilloso sonido entra en mis oídos, miles, miles de ranas, con su croar al unísono se cuelan en mi cabeza. Ranas que cultivan la tierra mientras yo duermo. Nunca más las vi, pero sé que están ahí, cuidando de nosotros.

año 1, nº 1- agosto 2000. La voz de la cometa. 
Taller literario. Tu voz en Internet
pág 147- 151

Manuel Lozano

Manuel Lozano



PRIMERA VINDICACIÓN DE LA NIÑA NATHALIE CRANE
Por Manuel Lozano



The waste remains, the waste remains and kills.
William Empson, Missing Dates




TRES POEMAS DE NATHALIE CRANE



TRADUCCIÓN DE MANUEL LOZANO


LA NIÑA QUE ENCEGUECIÓ

En plena oscuridad,
¿Quién me contesta del color de una rosa,
de los atavíos en el mes de mayo
y todas esas peregrinaciones que realiza?
En plena oscuridad, ¿Quién me contestaría -en la oscuridad-
a quién importaría si el olor de las rosas
y las cosas aladas
estuvieran ahí?
En plena oscuridad, ¿Quién meditaría
sobre la sugerencia de una línea,
cuando la oscuridad guarda toda belleza,
toda belleza más allá del pensamiento?
¡Oh, ceguera! Las profecías confortables
acompañan nuestros caminos,
hasta que las manos liberadas al fin
dejan caer la nómina de los días.
En plena oscuridad,
¿Quién contestaría del color de una rosa?
¿Quién, de los atavíos del mes de mayo?
¿Quién, de todas las peregrinaciones que realiza?
En plena oscuridad, ¿Quién contestaría -en la oscuridad-
a quién importaría
si el olor de las rosas y las cosas aladas
estuvieran ahí?

ESTA MUERTE, AUN
Me ha encontrado bajo un sicomoro o un arce, no recuerdo
sino su sombra profunda por la cara.
¿Cómo será de vieja esta costumbre,
con qué cuerpo me inclinaré sobre tu Gólgota?

UN REQUIEM
Tal vez sienta ella aquí
el aliento de los arrodillados,
dispuestos a esperar que todo tiempo pase.
Acaso ella escuche,
sintiendo de cerca a los extraños.
Acaso, Acaso, y si no es aquello,
Acaso.
Tal vez la rosa palpable pueda decirle
sin cuidar sus pétalos, junto a su mejilla,
\”Tardía es la hora\”,
\”Reposas demasiado\”.
Acaso, Acaso, y si no es aquello,
Acaso.
Tal vez los lirios digan a su lado:
\”Despierta, de nuevo convertido,
¿No te levantas?
Ellos no están lejos\”.
Tal vez, tal vez. Deja ahora que sea
Quizás.

MANUEL LOZANO- PRESIDENTE

FUNDACIÓN INTERDISCIPLINARIA DE ESTUDIOS PARA EL DESARROLLO



E-mail: lozanocied@arnet.com.ar

Acaso nunca fue (y es lo más probable, estoy seguro) fotografiada por Cecil Beaton una prematura tarde de otoño en Nueva York, como Mae West o Marilyn Monroe. Quizás, remedando una tradición iniciada con Plotino, no condescendió nunca al hábito vanidoso y paródico de ser reproducida -selfconscius- en más o menos falaces retratos de la noche y del alba. Pero es incontrastable este hecho: Nathalie Crane, hasta estas dramáticas horas de fin de siglo, no gozó de los quince minutos de gloria caritativamente adjudicados por Andy Wharhol a cada ser mortal. Es como si quisiera, íntimamente, hipostasiar ese pobre destino. 1989 fue el año de mi encuentro con Nathalie Crane en una de las bibliotecas de la Universidad de Chile: sólo un nombre y dos fechas, al pasar, como una lápida funeraria, de ésas a las que nos tuvieron acostumbrados los diccionarios y las enciclopedias de la modernidad. Pero debieron pasar tres años para que me encontrase con la luminosa y definitiva escritora. 

A mediados de 1992 fui invitado especialmente por la \”Maison International de la Poesie\”, para participar junto a trescientos cincuenta escritores de todo el mundo de sus conocidas y arduas Bienales de poesía en Liege. No sabía, no podía prever -siquiera vacilantemente- en un nuevo reencuentro con la escritora. La neblinosa ciudad de Simenon me abría las puertas. La prolija ciudad de las horcas (vi una, temerario y asombrado, junto a aparatos de precisión y viejos caleidoscopios en algunos de sus museos), la pequeña ciudad medieval me aguardaba con otros talismanes. Escribo en un texto la palabra \”joya\” e inevitablemente pienso en el Heliogábalo de Artaud. Los insidiosos y breves poemas de Nathalie, ajenos a cualquier ismo o escuela vanguardista de este siglo, son como esas piedras preciosas en las vestiduras del emperador, nunca concebidas como meros accesorios de la tela o renovados ornamentos que dicta la moda. 

Si, como dice Goethe, \”la suprema, la única operación del arte, consiste sólo en dar forma\”, la forma de la joya (la forma del poema) constituyen en Nathalie Crane un principio de identidad que abre un nuevo orbe, pero que también lo clausura. Nunca creí que la edad fuese para un escritor un valor en sí o un disvalor. Podría sostener esta idea con los ejemplos antagónicos de Rimbaud y Sthendal, con el de Whitman y el de Sylvia Plath. Pero no nos termina de asombrar que Nathalie Crane, una niña de apenas ocho años, colabore regularmente con \”The New York Sun\”; o asistiendo a los diez años al nacimiento de su primer libro, \”The Janitor´s Boy\”; o verla publicando sus relatos en las revistas más diversas, durante su permanencia en el Jersey College; o dando a conocer su presagioso \”Lava Lane\”, apenas cumplido los doce; o \”El Cuervo que Canta\”, al año siguiente, junto a \”The Sunken Garden\”; o la trilogía \”Invisible Venus\”, de 1928. No esbozaré la falaz y para mí siempre repugnante hipótesis del niño prodigio. En todo caso, es su obra la que debe mostrarnos las claves, algún señuelo. Pero ¿por qué el silencio de la niña Nathalie Crane, a partir de 1929? Escribo el sustantivo silencio ya que no he hallado, hasta el momento, obras posteriores a esa fecha. 

El silencio ha sido un tema demasiado caro a la literatura. ¿Y por qué no tener derecho a él, como un acto deliberadamente luminoso? Georges Bataille se permite este análisis: \”¿Qué es el silencio? Ante todo, retirarse dentro de sí mismo, la absorción interior. Diríase que la carne entra en un estado de catalepsia, mientras que los nervios (o más bien lo sensible, lo vivo propiamente) revisten la superficie de ese retiro, lo envuelven en una pantalla de espera. El cuerpo paralizado es en ese momento como el crisol del alquimista: puede ser el lugar de la transmutación; puede igualmente no dar más que plomo.\” No es el caso de Crane la de una eremita buscando la Thebaida en el desierto, luego de sumergirse insaciable por el mundo. Pero lo certero es la honda dramatización producida luego de ese corte abrupto al silencio, en donde no fueron ni siquiera posibles el latido o el murmullo. 

En la literatura argentina hemos tenido dos ejemplos arquetípicos, en momentos disímiles: Enrique Banchs (omitiendo algunos lapsus verbae) y la iridiscente Alejandra Pizarnik. Y luego, esa hermosa línea de Poe, repetida tantas veces por Borges: \”Silence, which is the merest word of all\”. Aventurada a regiones que jamás sospechamos, a zonas que estamos sospechando, la vidente Nathalie Crane me sigue esperando desde su ¿involuntario? eclipse. Es una niña que canta. Es una niña que llora, que advierte. Una arúspice desentrañando poesía de la poesía. ¿Habrá dicho at the just point, a la manera de Keats, \”siento crecer las flores sobre mí\”? ¿Quién sino ella misma pudo haber escrito a los dieciséis años su autobiografía, que como toda autobiografía tiene el sabor amargo de las despedidas anunciadas, incompletas? El libro se titula \”Una Extraña desde el Paraíso\”.

A Beires. Alfonso López Martínez

 

A BEIRES

¡Cuantas bellezas sin fin

andando por los caminos

he podido conocer

en los ignorados sitios!

Tierra fértil y de paz,

lejana de los ruidos.

Allí anida el ruiseñor.

Allí canta el jilguerillo.

La parra al pie de la sierra

se abraza con el olivo.

Los almendros solitarios,

solitarios se han perdido.

Beires y sierra de Beires,

han quedado en el olvido.

Qué tristes quedan los pueblos

cuando pierden el camino.

Pueblo sobre roca en agua,

entre barranco y montículo.

La oliva y el trigo verde

bajo el palio del suspiro.

Beires y sierra de Beires

forman parte de mi libro.

Sus acacias y sus olmos

huelen a moros huídos.

La pizarra de su techo

yace sobre los derribos.

¡qué pena que Beires muera

sin que yo pueda servirlo!

En lo más puro del aire

la fragancia del tomillo.

Y en el cristal se ha fundido.

Su mina dormida en llanto,

fuente de hierro magnífico…

Los veteranos pastores

ya viven en los hospicios.

¡Qué pena de aquellos hombres

con sonrisa de chiquillos

que ya no fumen tabaco

de hoja verde en el aprisco!

Repoblación forestal

ignorante de prejuicios,

ha deshecho los rebaños

bajo un ensueño de pinos.

Beires y sierra de Beires

y su arroyo cristalino,

al pie de Sierra Nevada

ofrecen un Paraíso.
AUTOR: ALFONSO LÓPEZ MARTÍNEZ

 

 

 

1. Viajes por Andalucía. Pilar Vinyet Barnolas. (5-7)

Entre sueño y sueño, tendréis mis historias, pequeñas ilusiones, emociones, pensamientos y recuerdos de mi primera pisada por Andalucía. En septiembre seguí la huella de un poeta, ahora tal vez muerto, pero vivo aún en mi corazón. Él fue el inicio de mi contacto andaluz y mi relación poética con vuestra tierra, mía ahora también gracias a vosotros…si es que hay tierras de alguien. A través de mis escritos podréis conocer cómo os veo, qué representa Andalucía para mí, una catalana, a más de mil kilómetros espaciales, aunque no temporales.-

Así podría empezar:


Llegué en ese tren interminable un amanecer en Sevilla, poca ropa, mucha hambre, algunos libros y mi cámara. El taxi me deja en Triana, las calles desiertas, el Guadalquivir canta los reflejos de la Torre de Oro. Una luz cálida me acompaña. Silencio a mi alrededor. Mi cámara empieza a moverse entre mis dedos; quiero captar ese instante de bautizo y de inicio de este viaje poético. Poco a poco va despertando la ciudad….empieza mi sueño. Mi poeta del Puerto de Santa María me indica el camino:


\”El rió Guadalquivir
lleva sus aguas borrachas
y se escapa de verbena
en cuanto llega a Triana.
Sevilla canta\”
Oigo luego otra canción:
\”A la orilla del rió
teje la luna una blusa
con la que quitarte el frío.
Con su ovillito de lana
teje y teje, canta y canta
desde la aurora hasta el alba\”


Recorro la ciudad a veces acompañada de mi amigo artista-pintor, a veces sola con mi poeta soñado. Recito a Bécquer en el parque, busco mi provincia en la plaza de Aníbal González, huelo todo el tiempo esos olores desconocidos para mí, abanicos…colores…mi poeta insiste: 

\”Escribiré en tu abanico:
te quiero para olvidarte,
para quererte te olvido\”.

Llega la noche. En \”La Carbonería\” percibo en mi piel la fantasía e improvisación del cantante de flamenco. Saco mi boli y apunto esas letras difíciles de entender para mí.:

\”Es que ya no puedo más
la fuerza me está faltando
por eso canto llorando\”

Me emociono…lloro…mi amigo pintor me acerca un tinto de verano…: \”un jardinero dormía a pierna suelta y se dejaba la puerta abierta…hasta que un día le robaron la rosa que más quería…\”
Me emociono….rio…mi amigo me trae otro tinto de verano.-

Se hace de día y escribo: Mágica noche, lúgubre día. El amanecer tiembla en mi mano. La noche es día, la estrella sol.

Mi poeta de nuevo aparece:

\”A la orilla del mar
está mi casa,
a la orilla del mar,
junto a sus aguas,
entre verdes pinares
de sombra clara.
En mi corazón
tu casa\”

\”Cartas desde el norte(I)
PILAR VINYET (nick: Belfort.- voladora de sueños)

Ángel Olgoso por José Antonio Santano

UKIGUMO

DIARIO DE ALMERÍA, SALÓN DE LECTURA, 01/06/2014


Ukigumo (Floating Clouds) es el título original de la película dirigida por Mikio Naruse allá por el año 1955, pero también y sobre todo, el título de un libro de poemas Ukigumo (nubes pasajeras), del granadino y una de las voces más destacadas del relato en España, Ángel Olgoso (Premio Andalucía de la Crítica de relato, 2014). Publicado por la editorial Nazarí de Granada (colección Daraxa), en esta ocasión Olgoso cambia de género y se adentra en la poesía con un buen ramillete de haikus que compusiera en la década de los 90 y que ven ahora la luz pública. Nos invita su autor a un viaje por las nubes, en esas donde anida la palabra como único fulgor del poeta-narrador, de la palabra que alumbra los caminos y senderos, los bosques y los ríos, los mares, la tierra entera, de oriente a occidente. En ese universo de silencios y memoria el poeta resurge y observa detenidamente la naturaleza (el haikus ha de contenerla) y toda su plenitud es recreada de forma breve a través de diecisiete sílabas y en tres versos (5-7-5). Olgoso sabe mucho de cercanías, de observación y meditación contenida, de lugares lejanos, orientales, y también de los otros, de los de occidente. En ese entramado de experiencias y lecturas previas ha fundado su mundo ficcional y creativo, y a él se ofrece día a día en cuerpo y alma. El haikus se muestra en toda su sencillez expresiva (otorga la importancia al momento en que suceden las cosas y es captado por el poeta,), y por ello el uso del sustantivo prevalece y nos invita a recorrer un camino donde la realidad y los sentidos se complementan hasta crear un nuevo tiempo, una nueva forma de sentir y de vivir.


Ukigumo se presenta en edición bilingüe español-italiano, con traducción al italiano de Paolo Romerini, lo que sin duda es un acierto más, dada la musicalidad y la fuerza expresiva de la lengua italiana, que provoca en el lector una dulce y sedosa sensación, de mágica armonía y equilibrio. El poemario se divide en tres partes: Kaoru (aroma), Akashi (gema-gemma) y Utsusemi (caparazón de cigarra-guscio di cicala). En la primera de ellas, «aroma», el otoño es protagonista
De nuevo el otoño, plácido y austero.

Al caer la tarde,

pequeños incendios de broza sobre los campos,
o lo que equivale a decir la naturaleza que aviva los sentidos
Suenan al caer,
en las raíces ensortijadas del olivo,
un par de aceitunas,
el tempus fugit
La profunda noche sola

en la casa silenciosa.

El sonido del reloj,
el valor de lo etéreo
Cuando intentes conocerla,
la nube noes más que una nube,
y se disipa
o la vejez en suma
Hoy se ha desprendido,
exhausto, el último clavo negro
del portón centenario.

La segunda parte, gema (piedra preciosa) nos obsequia con verdaderas perlas de haikus:
Acá y allá
sendas de hojas crujientes,
mondos los álamos,
nos alerta de la soledad:
En soledad,
sin el daño del deseo.
Tarde nublada,
la esencialidad poética de la ciudad –su ciudad-:
Seco y maduro,
dulce y amargo fruto:
todo es Granada»,
también el desaliento o la desesperanza, cuando el poeta dice:
Olvida al hombre,
mira la gentil nube,
y entenderás»,
o la constatación de realidades sociales:
Inseparables,
el siervo y el señor.
Avinagrados.
La tercera y última parte (caparazón de cigarra), con dos únicos versos y sin número fijo de sílabas, Olgoso vuelve a indagar y al meditar sobre el mundo que le rodea, sobre hechos y cosas que surgen como realidades o sueños, en los que la palabra en ese juego secreto de la alquimia es trascendida:
La uva no conoce el vino que destilará.
El vino no conoce la uva que habitaba,
y en esa observación de lo vital y cotidiano escribe:

El paseante mira la montaña con veneración.

La montaña mira al paseante con zozobra,


o este otro:

El transeúnte ladra en silencio

por las esquinas de la multitud,

o este que resume toda una manera de pensar y vivir:

El fuego es frío a veces;

lo alto es bajo con frecuencia.

Así respira el narrador y ahora poeta Ángel Olgoso en este libro, Ukigumo,  en el cual las «nubes pasajeras» son como los sueños, pero que en la voz del poeta se perpetúan. Es la luz de la palabra como única patria y paraíso, alma y alimento.

  • LAS UÑAS DE LA LUZ

Buenas tardes a todos. En primer lugar me gustaría agradecer a José Antonio y a Isisdoro que me hayan concedido el honor de inaugurar este insólito, grato y apasionante proyecto editorial, precisamente en un día tan especial -el día de las librerías y de los libreros, resistentes ambos-, y por supuesto agradeceros a todos el interés que demuestra vuestra impagable presencia.


Siempre que vengo a la vecina tierra almeriense no puedo evitar recordar las alegrías que me viene dando desde hace décadas, concretamente desde que en 1991 asistiera a la entrega del Premio Gustavo Adolfo Bécquer por mi primer libro publicado, Los días subterráneos; pasando por el Premio de la Feria del Libro de Almería que en 1994 obtuvo La hélice entre los sargazos; hasta llegar recientemente, en 2009, al Premio Sintagma concedido por la librería de El Ejido a mi penúltimo libro, La máquina de languidecer.


Apenas si suelo reflexionar sobre mi trabajo más allá de alguna entrevista o presentación. Azorín decía -quizá acertadamente- que los autores son los que menos saben de sus propias creaciones. En mi caso, toda energía se concentra en buscar la excelencia de cada relato, en armonizar fondo y forma, en lograr historias intensas y destiladas, en trabajar la prosa a conciencia, en clave de orfebre, en crear el mejor arte que pueda aunque me lleve mucho tiempo conseguirlo.


Aunque realmente escribo lo que me gustaría leer -tal vez como todos los escritores, o como todas las personas hambrientas de ficciones-, es cierto que mientras trabajo noto un latido insistente, un propósito escondido pero poderoso que me arrastra: el de convertir la oruga de la realidad en la mariposa del arte. Porque creo que la función de la literatura es metamorfosear lo real, trascenderlo, enriquecerlo con sueños, experiencias y, sobre todo, con un lenguaje rico y vigoroso para que, en ningún momento, devenga en una mera fotografía. La obra de arte no consiste sólo en transcribir la realidad que nos envuelve, sino en interpretar el mundo, en subjetivar la materia, en consignar los ensueños, para que esa experiencia alcance al lector y pueda servirse de ella con provecho.


Durante treinta y cinco años me he dedicado exclusivamente a una búsqueda solitaria de lo bello y lo inquietante, a cultivar mi pequeño jardín de relatos con una pasión tranquila y solitaria, no por pretensiones de pureza artística -o no sólo- sino porque, en mi ingenuidad, pensaba que un escritor debía limitarse simplemente a escribir y no a perder el tiempo en ruidosas actividades sociales o de promoción: se sobreentiende que los frutos del arte y de la imaginación deben madurar en la penumbra del silencio, de la calma y de la soledad.


En mis primeros libros, como en Los líquenes del sueñoo Cuentos de otro mundo, se acentuaba el humor negro, la ironía, los finales sorpresivos, la experimentación formal; luego vino el descenso alucinado a los infiernos de Los demonios del lugar, la estética concentrada del breviario en La máquina de languidecero el planteamiento poético y lúdico de Astrolabio. Pero, al mismo tiempo, bajo todos ellos permanecía el sustrato de las historias perturbadoras e insólitas, ese antídoto que me permite sobrevivir al veneno de la realidad. En el último libro, Las frutas de la luna(como supo ver muy bien José Antonio Santano en la magnífica reseña que escribió sobre él), hay un aura más melancólica y fatalista, casi de revelación bíblica, de extrañeza metafísica, y también más universal, donde el dolor, la redención, las derrotas o las atrocidades de la vida nos alcanzan como especie. Spinoza decía que el universo consta de infinitas cosas en infinitos modos. Pues bien, en la suma de todos mis libros, en el medio millar de relatos que la componen, hay una pequeñísima muestra de esa diversidad abrumadora, de esos universos vislumbrados, de esa realidad paralela que, de manera distorsionada como una sombra, acompaña a la realidad visible.


Me gustaría pensar que Las uñas de la luz, esta breve selección de relatos que hoy presentamos -y que inaugura una colección de Cuadernos a la que deseo una larga y notoria vida-, no nace sólo para lectores que disfrutan con el primor literario y con una mirada imaginativa, para lectores que aprecian la literatura, la belleza, la inquietud, la exquisita conciliación de las asperezas de la realidad con la idealidad del arte, para lectores a los que sólo lo extraño les es familiar (como decía Carlos Edmundo de Ory) o que desean ver modificada su percepción de la realidad, sino para cualquier persona que sienta un mínimo de curiosidad, para cualquiera que desee dedicar unos minutos a asomarse al interior de un semejante y verse en su reflejo, para cualquiera que necesite un bálsamo contra las realidades del mundo. Porque la literatura, el arte, nos consuelan: en un momento en que los poderes político y económico pervierten a diario las palabras, robándoles su sentido, convirtiéndolas en vaselina de la que se ayudan para hacernos tragar su discurso fascista y mafioso, es responsabilidad del escritor devolverle a las palabras su belleza, su autenticidad, su carga imaginativa, su fulgor genuino. Y en un mundo en el que hemos construido un sistema que nos persuade a gastar el dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos, es hora de abogar por el más noble de los productos humanos, el libro. Según Séneca, con el libro puedes prolongar tu mortalidad, eres libre de las limitaciones de la humanidad, todos los tiempos están a tu servicio como al servicio de un Dios. Para Maquiavelo, los libros eran el alimento para el cual vino a la vida, durante horas se olvidaba del mundo, no recordaba vejación alguna y dejaba de temer la pobreza y de temblar ante la muerte. Iniciativas como la de Cuadernos Metáfora son una hermosa rúbrica de estas palabras, un valiosísimo referente cultural, un lujo de lo más económico, un precioso regalo al que no podemos sino estar agradecidos.


  • LAS FRUTAS DE LA LUNA





Ángel Olgoso, (Cúllar Vega, 1961) Es autor de varios libros de relatos, entre los que destacan Los demonios del lugar (2007) y Astrolabio (2007).           

Desde el mismo título ya se adivina el dominio de la metáfora, la condición de fabulador neto de  Ángel Olgoso, el autor de los relatos contenidos en este libro.


 Publicado en la columna Salón de Lectura de Diario de Almería 28/07/2013.

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