Sabiduría Popular. Nada nuevo bajo el sol. Ángel Simón Collado

Sabiduría Popular



Se nos recomienda leer fábulas, cuentos, anécdotas de la tradición culta o popular, en recopilaciones de toda época y lugar, a fin de adquirir una sabiduría práctica sobre las acechanzas del mundo, una callada suspicacia en prevención de las astucias de los hombres; pero además, añado, podemos llevarnos más de una sorpresa al tropezar con dichos, trovas, e historias que nos contaban y sabíamos desde pequeños, pero aplicados a nuestro pasado más o menos inmediato. Aquello que creíamos ocurrido en nuestros pueblos y ciudades, y nuestros abuelos habían conocido, resulta pertenecer a una tradición mostrenca común a siglos y civilizaciones alejadas. Ojeando las letras de un disco de Purcell, (1658-1695), en que se recogen composiciones bajo el título de “Canciones de taberna y de capilla”, me encontré, inesperadamente, con una de género escatológico, tan caro a la cultura popular, que venía a decir en inglés, pero con un estilo amplificado que le resta contundencia, esto que había oído recitar desde niño hablando sobre el trasero de las mujeres, con perdón de nuestro amado cincuenta por ciento:

“No hay terreno como el culo
para plantar una huerta,
tiene el estiércol seguro
y el agua en la misma puerta.”

No transcribo la composición en inglés porque es un idioma que desconozco y me armaría un lío, pero la traducción que aparece en el cuaderno del disco es ésta:

\»John, el jardinero, se había comprado
un huerto rico y fértil
y alardeaba ante Joan: Terreno
tan rico para melones no existe en la faz de la tierra.
– Eso es una mentira- dijo la joven
– Conozco un sitio que supera a tu jardín-
-¿Dónde?-dijo John.
– En mi trasero, dijo Joan, todo el año hay estiércol y agua.\»

Y no ha sido la única. Oí contar a la generación de los abuelos, que en su pueblo, de cuyo nombre no voy a acordarme, hicieron una imagen con la madera de una higuera crecida al borde del camino y de la que un gitano cogía sus higos. Cuando ya estaba colocada en la Iglesia, el otrora usufructuario, le recitaba esta oración:

“Santo que fuiste higuera
y de tus higos comí.
Los milagros que tú hagas
que me los claven a mí.”

¿En su pueblo? Pues no. Encontré en una colección de cuentos folklóricos del Siglo de Oro el meollo de la anécdota, que en una versión de Fernán Caballero se cuenta así: ”En un pueblo quisieron tener una efigie de San Pedro y para el efecto compraron a un hortelano un ciruelo. Cuando estuvo construida la efigie y puesta en su lugar, fue el hortelano a verla, y notando lo dorado y lo pintado de su ropaje, le dijo

Gloriosísimo San Pedro,
yo te conocí ciruelo
y de tus frutos comí;
los milagros que tu hagas
que me los cuelguen a mí.”
Aunque casi idénticas,
me gusta más la de mi tío-abuelo.



Es curioso leer estos apodos, fábulas, moralejas, etc…, que , como digo, se repiten en lugares y épocas distintas de este mundo mundial; porque nos encontramos también con situaciones, comportamientos y caracteres, que nos parecen de aquí y ahora, y, sin embargo, resultan universales. Por ejemplo: volviendo a la colección mencionada, podemos leer una humorada que denuncia el abandono de los mayores en residencias, tema que nos parece tan propio de ‘esta época egoísta y desenfrenada’. Pertenece al libro de Mal Lara “Filosofía Vulgar” publicado en 1568, e ilustra el refrán: Hijo eres, padre serás: cual hiciere, tal habrás:

“…teniendo un hombre rico a su padre viejo en casa, por quitarse de la pesadumbre que sentía de cuidarlo, y también que su mujer no estaba bien con el suegro en casa, determinó que en un hospital fuese curado y que le proveerían de todo lo que fuese menester. Y así persuadió al padre que bien veía que no podía hacer menos, que se quisiese acomodar en el hospital, y así lo mandó llevar allá, y envió la cama, y con un hijo, nieto del mismo viejo, envió dos frazadas y dos almohadas. El muchacho, o movido por alguna causa secreta o por otro interés, dejó en casa de una parienta suya una de las almohadas y una frazada. Cuando el hijo, descargado del padre, fue a verlo a la cama, preguntó si le había traído el nieto las frazadas y almohadas. Declaró el viejo lo que había traído. Fue mandado llamar el muchacho y preguntándole el padre con gran enojo qué había hecho de la almohada y frazada, respondió pacíficamente:

– Guardado lo tengo-

– ¿Para qué?- dijo su padre

– Padre-respondió el hijo-, para cuando sea viejo y os mande al hospital, porque no quiero gastar mucho sobre vos-“



Y para terminar, un chiste en estado puro de la misma recopilación, extraído de “Buen aviso y portacuentos” (1564) de Timoneda:



Yendo dos señoras por la calle, la una de ellas que se decía Castañeda, soltósele un trueno bajero, a lo cual la otra dijo:

– Niña, pápate esa castaña –

Echándose de ellos por tres veces arreo, y respondiendo la otra lo mismo, volviéronse y vieron un doctor en medicina* que les venía detrás, y por saber si había habido sentimiento del negocio, dijéronle:

– Señor, ¿ha rato que nos sigue?-

Respondió:

– Desde la primera castaña, señoras”

————–



ABSIT A IOCORUM NOSTRORUM SIMPLICITATE MALIGNUS INTERPRES

Marcial

*Nota Bene: ¿Por qué un doctor en medicina y no, por ejemplo, un periodista titulado, un abogado matrimonialista, un psicólogo con gabinete, o, el caso más desesperado, de un filólogo romanista funcionario de Hacienda Local?. Y no me digan que incurro en anacronías. A su modo, estas actividades han existido siempre. Se admite sugerencias en nuestra página güed.

Demasiadas dosis de realidad para un viernes por la noche. Miguel Ángel Sánchez Herrera

[DEMASIADAS DOSIS DE REALIDAD PARA UN VIERNES POR LA NOCHE]

A veces me acostaba tarde. Me quedaba observando el ritmo de la televisión hasta que lentamente los párpados se cerraban. Cabizbajo entonces caminaba hasta la habitación y descansaba en un profundo sueño que se alteraba solo varias veces a lo largo de la noche. Solía repetir este proceso casi mecánico muy a menudo. Sin embargo esta noche ha sucedido algo distinto, ocurrió lo mismo que todos los días, aunque a media noche desperté y encendí un momento la radio, ahí fue donde escuché una extraña historia. Serían las tres de la madrugada y una mujer contaba como su matrimonio no era lo que había esperado, se casó por la necesidad de ser escuchada por alguien, porque le apetecía compartir todo lo suyo con otra persona pero no por amor o al menos eso creía ella. Siempre fue una mujer olvidada, la última del grupo, la que todos los chicos pretendían en último lugar y que siempre por sexo la poseían; y ella no se consideraba fea, probablemente no lo fuera. Pensé que solamente buscaba ser escuchada por alguien, aunque después de casarse decidió irse con otro hombre teniendo ya una pareja de niños. Lo curioso de la historia es que el hombre era sordomudo, no la podía escuchar pero a ella le daba exactamente igual porque se encontraba feliz, porque por primera vez en su vida sentía que significaba algo para alguien. Ante estas historias curiosas me gusta anotar siempre algo, una nota de reflexión. Abrí el cajón de la mesita de noche, saqué mi diario y apunté en sus últimas páginas lo siguiente: \»Procura que sean lícitos y naturales todos tus pensamientos, has de procurar ser siempre tu mismo\». Junto a mi mesita tenía aún la fotografía que me había regalado Candela. Retomaba el significado de la frase, era la vuelta a una situación vital, la búsqueda de la autenticidad del individuo en un mundo déspota en el que sin el menor miramiento suelen manipularte, y no concebía en ese instante a un amigo o conocido o incluso familiar que alguna vez no hubiera influenciado en mi forma de pensar, de observar el mundo o de manipular las formas que a la postre me cambiarían mi capacidad de sentir ¿Pero acaso no todo lo que me rodea es fruto de la experiencia y del aprendizaje mutuo de individuos con los que día a día convivo? La cama es buena, tiene un somier muy tierno. Además de soportar sobre mí todas y cada una de las sábanas, podían acomodarse a mi cuerpo cada uno de sus pliegues sin que nada se lo impidiese. El año pasado compré unas especiales, eran de franela, me proporcionaban mucho más calor en los meses fríos, incluso al propio tacto se podía distinguir su delicadeza como si su suavidad casi aterciopelada te rodeara cada parte del cuerpo por diminuta que fuera. Me encantaba enredarme en la cama, girarme sobre mi mundo y que me volviesen de nuevo a acariciar, era placentero. Abrí los ojos y todo permanecía oscuro, callado, ni un solo susurro que me produjera la más mínima alteración. A veces me levantaba tarde los sábados, solía dispensar todas mis obligaciones para imaginarme en el interior de las sabanas ser el dueño de una casa en la sierra de Cazorla rodeado de pinares y sonidos de insectos y de animales, poder pasear entre ambas orillas de un diminuto riachuelo acompañado de una mujer y sentir el agua como rozaba sobre las rocas, a veces me veía guiando una embarcación dueño de una tripulación y poniendo rumbo a alguna pequeña isla del Mediterráneo o conducir un pequeño deportivo atravesando toda la Península de Sur a Norte. También fue un viernes de madrugada cuando no pude dormir recordando a Candela, como nos conocimos los dos solos intercambiando sueños que parecieron en ese instante ser eternos, nos proponíamos llevarlos a cabo en el rincón del \»Beiral\», miradas inseguras y confidencias personales que nos hacían más vulnerables, los dos a la vez estábamos intentando unir nuestros anhelos solitarios. Nuestros amigos nos dejaron solos, decidimos caminar por toda la ciudad sin rozarnos las manos. La acompañé a su casa en mi coche y ese domingo no pude dormir, las sábanas me parecieron sudorosas y pesadas y sentí en mi interior una sensación de angustia que no desapareció hasta bien entrado el mediodía. Era muy pronto aún para que amaneciese. Recordé que mi tía llamó anoche, quería saber algo de su hermana aunque así con todo apenas si pude contarle nada, no tenía noticia de ella en varios días. Le dije que no tenía conectado el móvil aunque lo cierto es que no la había telefoneado. Me dio apuro decirle la verdad, que debido a mi pereza ni se me había pasado por un solo instante la idea de saber que estaría haciendo ahora. Dudaba si era por la pereza o por la falta de afecto, y esto me preocupaba todavía más. Solía visitarme y de camino hacer la colada varios días a la semana. Era una persona demasiado alterada por el ritmo frenético de la vida, nunca paraba de hacer cosas. El mes pasado el médico le mandó unas pastillas para dormir mejor, eran simplemente unos relajantes, nada demasiado fuerte pero ni siquiera se acercó a la farmacia a preguntar si tenían. ¡Debe cuidarse más y no preocuparse tanto por los demás aunque esto a ella le haga feliz! Algo así fue lo que le conté a mi tía. Mientras pueda soportar todo ese ritmo de vida siempre será la mejor, pues nos cuesta conocer a personas que lo entreguen todo sin esperar nada a cambio. Estoy triste y no lo quiero reconocer, el eje existencialista de Camus, ¿qué es eso de libertad? Acaso no somos todos libres, irremediablemente condenados a ser libres, sin escapatoria y creadores de nuestro destino. El destino está en nuestras manos ¿quien lo diría? Yo mismo lo creé y también lo puedo destruir. Hace frío, suelo dormir con calcetines, es la parte de mi cuerpo que siempre está fría por las noches. También tengo frías las manos, entre mi cuerpo suelen perderse en lugares inhóspitos mucho más cálidos que de donde son oriundas, ahí se encuentran mejor, tranquilas, sin inmutarse del paso del tiempo. También Candela tiene las manos frías. Eso me dijo pero no me atreví a tocarlas a pesar que estaban muy próximas a mí. Sus ojos en cambio como el resto de las veces que salimos presentaban esa misma ansiedad cubierta por una capa de descorazonada soledad, no sabías si te incitaban a besarla o a despreciarte como el más ruín y amorfo de los mortales. En eso nos parecíamos, teníamos las manos frías y no me atreví a enlazarlas con las suyas. Todo está tranquilo y creo ya he conseguido aceptar que no voy a poder olvidarla durante mucho tiempo. Decidí que tenía convivir con ello. No era de las mujeres que te causan sobresalto a simple vista como la camarera del \»Beiral\» o como Carmen, era distinta; la primera vez que la vi estaba entre un puñado de mujeres crecidas en su propia ignorancia fantasiosa, henchidas de un fervoroso y sospechoso éxito juvenil en un bar a la salida del trabajo; no me percaté a primera vista entre este grupo de la existencia de una mirada triste, fuera de lo normal, que parecía convivir con más de un pinchazo en su profundo corazón y que sin poder evitarlo despreciaba a todos y a cada uno de los objetos inertes que le rodeaban. ¿Tenía sin más remedio que despreciar lo que le acordonaba? A veces podemos encontrar en el mundo mujeres que probablemente transformarían nuestra vida por completo y sin embargo no nos percatamos de esa necesidad. El tiempo suele hacerse más lento durante la noche, me habría gustado viajar a alguna parte del sistema solar, huir con una pequeña parte de mi vida a algún sitio donde la realidad fuera más fácil analizar, elegiría el solsticio adecuado, probablemente el de invierno y tomaría dirección a Saturno; desde alguno de sus anillos me detendría a contemplar la tierra y hacer alguna foto, quizá me llegase a gustar la visión limpia solo por ser lejana y por ocultar los fallos del planeta. Permanecería en silencio, callado sin gritar contemplando los colores insonoros que transmitía el Mariner 10 hasta que después, extenuado por lo que me rodeara decidiese volver a lomos de un animal mitológico.

Sería como un viaje astral, una ruptura del cordón de plata que me une a la realidad para poder permitir evadirme, soñar y al final poder descansar en el dominio de mi propia cama de nuevo otra vez sólo. Candela es rubia, de ojos tristes y mirada profunda. En sus ojos se puede contemplar la serenidad del tiempo. Una tarde me llamó para enseñarme las fotos de su último viaje. Había viajado con unas amigas a las playas de Menorca. En ellas salía de nuevo triste ¿qué le pasaba? No le dije nada, pero no lograba descubrir la verdad de su corazón. Tenía la misma mirada y, sin embargo, sonreía por cualquier detalle que nos sucediera a los dos mientras caminábamos, esa extraña sonrisa que disimula e intenta complacer pero que oculta tras de si una misteriosa realidad y que a veces ni uno mismo es consciente de llevarla consigo. A veces la soledad es necesaria, lo he aceptado. Hay tres tipos de tristeza: la que es capaz de amargar durante un par de horas, producida por un hecho aislado y después de este tiempo afortunadamente desintegrarse de igual modo a como fue generada; otra en cambio algo más seria que se apodera lo más profundo del cuerpo y como si de una mala bacteria se tratara pretendiera anidar sin permitir dominar la realidad, pero una mañana te levantarías viendo amanecer frente a la ventana con una cara sonriente impregnada de hermosa belleza por los misterios de la vida; finalmente quedaría la última tristeza, quizá la peor de todas las tristezas, la que puede incluso conducirte a la depresión. El gran error del enamorado se encierra en creer que el amor cuando se encuentra va a ser para toda la vida, no existe nada eterno y por eso se debe aprender que todo tiene un principio, un desarrollo y un desenlace de manera similar a una buena película; se debe conocer que la desaparición es un episodio, un proceso que llega sin más. Suelo tener sed a media noche, solía colocar un vaso de agua sobre la mesita; de manera casi milagrosa nunca vertí la menor gota de agua sobre las sábanas y mi refrigerio me proporcionaba una vuelta a la meditación. La plena oscuridad ocupa todo el campo de visión; un aire frío, entrecortado recorre mi cara salvando los altibajos del relieve. A veces en esta oscuridad suelen aparecer fantasmas que pretenden asustar y escondes sin más remedio la cabeza en el interior de las sábanas hasta dejar de sentir el ritmo acelerado de la respiración contra el pecho. A continuación examinaba las posibles aberturas por las que pudiera colarse alguien hasta que adquieres la total certeza de que no te va a suceder nada, de que todo lo que ha pasado no puede volver a la realidad de nuevo. Es en ese instante donde puedes sentirte de nuevo seguro de ti mismo. Me va a costar olvidarla, tengo que hacer un viaje pero esta vez a un punto real, nada de sueños; de vez en cuando es necesario la fuga para retomar algunas cosas que has olvidado, recapacitar y volver a entrar en el hilo vital. Córdoba me parece una ciudad hermosa y nunca he estado. La oscuridad de la habitación lentamente deja paso a la luz del amanecer, parece que va a hacer un buen día, estoy cansado pero tengo la mente clara. Miro el reloj por primera vez en toda la noche; son cerca de las siete de la mañana, lentamente los colores de la habitación comienzan a aparecer manchados sobre las paredes y yo aún permanezco en el centro de la cama tapado. Un día levanté la mano en medio de la clase y no sabía por qué, pero qué importaba eso, quería hablarle a todos y explicar lo que pensaba. Había estado mucho tiempo reteniendo cosas en la cabeza que no le importaban a nadie más que a mí y sin embargo ese día decidí contarlo en voz alta. Y lo extraño fue que el profesor me contestó como si hubiera alguna relación lógica con el tema de la clase, como si la asignatura y la pregunta estuvieran entrelazadas por un hilo imaginario. ¡Qué absurdo! pensé y sin embargo nadie se extrañó, incluso mis propios compañeros que minutos antes habían estado comentando la película de la noche anterior y que poco después continuarían haciéndolo.

(Miguel A. Sánchez Herrera)

. Miguel Ángel Sánchez Herrera

[DEMASIADAS DOSIS DE REALIDAD PARA UN VIERNES POR LA NOCHE]

A veces me acostaba tarde. Me quedaba observando el ritmo de la televisión hasta que lentamente los párpados se cerraban. Cabizbajo entonces caminaba hasta la habitación y descansaba en un profundo sueño que se alteraba solo varias veces a lo largo de la noche. Solía repetir este proceso casi mecánico muy a menudo. Sin embargo esta noche ha sucedido algo distinto, ocurrió lo mismo que todos los días, aunque a media noche desperté y encendí un momento la radio, ahí fue donde escuché una extraña historia. Serían las tres de la madrugada y una mujer contaba como su matrimonio no era lo que había esperado, se casó por la necesidad de ser escuchada por alguien, porque le apetecía compartir todo lo suyo con otra persona pero no por amor o al menos eso creía ella. Siempre fue una mujer olvidada, la última del grupo, la que todos los chicos pretendían en último lugar y que siempre por sexo la poseían; y ella no se consideraba fea, probablemente no lo fuera. Pensé que solamente buscaba ser escuchada por alguien, aunque después de casarse decidió irse con otro hombre teniendo ya una pareja de niños. Lo curioso de la historia es que el hombre era sordomudo, no la podía escuchar pero a ella le daba exactamente igual porque se encontraba feliz, porque por primera vez en su vida sentía que significaba algo para alguien. Ante estas historias curiosas me gusta anotar siempre algo, una nota de reflexión. Abrí el cajón de la mesita de noche, saqué mi diario y apunté en sus últimas páginas lo siguiente: \»Procura que sean lícitos y naturales todos tus pensamientos, has de procurar ser siempre tu mismo\». Junto a mi mesita tenía aún la fotografía que me había regalado Candela. Retomaba el significado de la frase, era la vuelta a una situación vital, la búsqueda de la autenticidad del individuo en un mundo déspota en el que sin el menor miramiento suelen manipularte, y no concebía en ese instante a un amigo o conocido o incluso familiar que alguna vez no hubiera influenciado en mi forma de pensar, de observar el mundo o de manipular las formas que a la postre me cambiarían mi capacidad de sentir ¿Pero acaso no todo lo que me rodea es fruto de la experiencia y del aprendizaje mutuo de individuos con los que día a día convivo? La cama es buena, tiene un somier muy tierno. Además de soportar sobre mí todas y cada una de las sábanas, podían acomodarse a mi cuerpo cada uno de sus pliegues sin que nada se lo impidiese. El año pasado compré unas especiales, eran de franela, me proporcionaban mucho más calor en los meses fríos, incluso al propio tacto se podía distinguir su delicadeza como si su suavidad casi aterciopelada te rodeara cada parte del cuerpo por diminuta que fuera. Me encantaba enredarme en la cama, girarme sobre mi mundo y que me volviesen de nuevo a acariciar, era placentero. Abrí los ojos y todo permanecía oscuro, callado, ni un solo susurro que me produjera la más mínima alteración. A veces me levantaba tarde los sábados, solía dispensar todas mis obligaciones para imaginarme en el interior de las sabanas ser el dueño de una casa en la sierra de Cazorla rodeado de pinares y sonidos de insectos y de animales, poder pasear entre ambas orillas de un diminuto riachuelo acompañado de una mujer y sentir el agua como rozaba sobre las rocas, a veces me veía guiando una embarcación dueño de una tripulación y poniendo rumbo a alguna pequeña isla del Mediterráneo o conducir un pequeño deportivo atravesando toda la Península de Sur a Norte. También fue un viernes de madrugada cuando no pude dormir recordando a Candela, como nos conocimos los dos solos intercambiando sueños que parecieron en ese instante ser eternos, nos proponíamos llevarlos a cabo en el rincón del \»Beiral\», miradas inseguras y confidencias personales que nos hacían más vulnerables, los dos a la vez estábamos intentando unir nuestros anhelos solitarios. Nuestros amigos nos dejaron solos, decidimos caminar por toda la ciudad sin rozarnos las manos. La acompañé a su casa en mi coche y ese domingo no pude dormir, las sábanas me parecieron sudorosas y pesadas y sentí en mi interior una sensación de angustia que no desapareció hasta bien entrado el mediodía. Era muy pronto aún para que amaneciese. Recordé que mi tía llamó anoche, quería saber algo de su hermana aunque así con todo apenas si pude contarle nada, no tenía noticia de ella en varios días. Le dije que no tenía conectado el móvil aunque lo cierto es que no la había telefoneado. Me dio apuro decirle la verdad, que debido a mi pereza ni se me había pasado por un solo instante la idea de saber que estaría haciendo ahora. Dudaba si era por la pereza o por la falta de afecto, y esto me preocupaba todavía más. Solía visitarme y de camino hacer la colada varios días a la semana. Era una persona demasiado alterada por el ritmo frenético de la vida, nunca paraba de hacer cosas. El mes pasado el médico le mandó unas pastillas para dormir mejor, eran simplemente unos relajantes, nada demasiado fuerte pero ni siquiera se acercó a la farmacia a preguntar si tenían. ¡Debe cuidarse más y no preocuparse tanto por los demás aunque esto a ella le haga feliz! Algo así fue lo que le conté a mi tía. Mientras pueda soportar todo ese ritmo de vida siempre será la mejor, pues nos cuesta conocer a personas que lo entreguen todo sin esperar nada a cambio. Estoy triste y no lo quiero reconocer, el eje existencialista de Camus, ¿qué es eso de libertad? Acaso no somos todos libres, irremediablemente condenados a ser libres, sin escapatoria y creadores de nuestro destino. El destino está en nuestras manos ¿quien lo diría? Yo mismo lo creé y también lo puedo destruir. Hace frío, suelo dormir con calcetines, es la parte de mi cuerpo que siempre está fría por las noches. También tengo frías las manos, entre mi cuerpo suelen perderse en lugares inhóspitos mucho más cálidos que de donde son oriundas, ahí se encuentran mejor, tranquilas, sin inmutarse del paso del tiempo. También Candela tiene las manos frías. Eso me dijo pero no me atreví a tocarlas a pesar que estaban muy próximas a mí. Sus ojos en cambio como el resto de las veces que salimos presentaban esa misma ansiedad cubierta por una capa de descorazonada soledad, no sabías si te incitaban a besarla o a despreciarte como el más ruín y amorfo de los mortales. En eso nos parecíamos, teníamos las manos frías y no me atreví a enlazarlas con las suyas. Todo está tranquilo y creo ya he conseguido aceptar que no voy a poder olvidarla durante mucho tiempo. Decidí que tenía convivir con ello. No era de las mujeres que te causan sobresalto a simple vista como la camarera del \»Beiral\» o como Carmen, era distinta; la primera vez que la vi estaba entre un puñado de mujeres crecidas en su propia ignorancia fantasiosa, henchidas de un fervoroso y sospechoso éxito juvenil en un bar a la salida del trabajo; no me percaté a primera vista entre este grupo de la existencia de una mirada triste, fuera de lo normal, que parecía convivir con más de un pinchazo en su profundo corazón y que sin poder evitarlo despreciaba a todos y a cada uno de los objetos inertes que le rodeaban. ¿Tenía sin más remedio que despreciar lo que le acordonaba? A veces podemos encontrar en el mundo mujeres que probablemente transformarían nuestra vida por completo y sin embargo no nos percatamos de esa necesidad. El tiempo suele hacerse más lento durante la noche, me habría gustado viajar a alguna parte del sistema solar, huir con una pequeña parte de mi vida a algún sitio donde la realidad fuera más fácil analizar, elegiría el solsticio adecuado, probablemente el de invierno y tomaría dirección a Saturno; desde alguno de sus anillos me detendría a contemplar la tierra y hacer alguna foto, quizá me llegase a gustar la visión limpia solo por ser lejana y por ocultar los fallos del planeta. Permanecería en silencio, callado sin gritar contemplando los colores insonoros que transmitía el Mariner 10 hasta que después, extenuado por lo que me rodeara decidiese volver a lomos de un animal mitológico.

Sería como un viaje astral, una ruptura del cordón de plata que me une a la realidad para poder permitir evadirme, soñar y al final poder descansar en el dominio de mi propia cama de nuevo otra vez sólo. Candela es rubia, de ojos tristes y mirada profunda. En sus ojos se puede contemplar la serenidad del tiempo. Una tarde me llamó para enseñarme las fotos de su último viaje. Había viajado con unas amigas a las playas de Menorca. En ellas salía de nuevo triste ¿qué le pasaba? No le dije nada, pero no lograba descubrir la verdad de su corazón. Tenía la misma mirada y, sin embargo, sonreía por cualquier detalle que nos sucediera a los dos mientras caminábamos, esa extraña sonrisa que disimula e intenta complacer pero que oculta tras de si una misteriosa realidad y que a veces ni uno mismo es consciente de llevarla consigo. A veces la soledad es necesaria, lo he aceptado. Hay tres tipos de tristeza: la que es capaz de amargar durante un par de horas, producida por un hecho aislado y después de este tiempo afortunadamente desintegrarse de igual modo a como fue generada; otra en cambio algo más seria que se apodera lo más profundo del cuerpo y como si de una mala bacteria se tratara pretendiera anidar sin permitir dominar la realidad, pero una mañana te levantarías viendo amanecer frente a la ventana con una cara sonriente impregnada de hermosa belleza por los misterios de la vida; finalmente quedaría la última tristeza, quizá la peor de todas las tristezas, la que puede incluso conducirte a la depresión. El gran error del enamorado se encierra en creer que el amor cuando se encuentra va a ser para toda la vida, no existe nada eterno y por eso se debe aprender que todo tiene un principio, un desarrollo y un desenlace de manera similar a una buena película; se debe conocer que la desaparición es un episodio, un proceso que llega sin más. Suelo tener sed a media noche, solía colocar un vaso de agua sobre la mesita; de manera casi milagrosa nunca vertí la menor gota de agua sobre las sábanas y mi refrigerio me proporcionaba una vuelta a la meditación. La plena oscuridad ocupa todo el campo de visión; un aire frío, entrecortado recorre mi cara salvando los altibajos del relieve. A veces en esta oscuridad suelen aparecer fantasmas que pretenden asustar y escondes sin más remedio la cabeza en el interior de las sábanas hasta dejar de sentir el ritmo acelerado de la respiración contra el pecho. A continuación examinaba las posibles aberturas por las que pudiera colarse alguien hasta que adquieres la total certeza de que no te va a suceder nada, de que todo lo que ha pasado no puede volver a la realidad de nuevo. Es en ese instante donde puedes sentirte de nuevo seguro de ti mismo. Me va a costar olvidarla, tengo que hacer un viaje pero esta vez a un punto real, nada de sueños; de vez en cuando es necesario la fuga para retomar algunas cosas que has olvidado, recapacitar y volver a entrar en el hilo vital. Córdoba me parece una ciudad hermosa y nunca he estado. La oscuridad de la habitación lentamente deja paso a la luz del amanecer, parece que va a hacer un buen día, estoy cansado pero tengo la mente clara. Miro el reloj por primera vez en toda la noche; son cerca de las siete de la mañana, lentamente los colores de la habitación comienzan a aparecer manchados sobre las paredes y yo aún permanezco en el centro de la cama tapado. Un día levanté la mano en medio de la clase y no sabía por qué, pero qué importaba eso, quería hablarle a todos y explicar lo que pensaba. Había estado mucho tiempo reteniendo cosas en la cabeza que no le importaban a nadie más que a mí y sin embargo ese día decidí contarlo en voz alta. Y lo extraño fue que el profesor me contestó como si hubiera alguna relación lógica con el tema de la clase, como si la asignatura y la pregunta estuvieran entrelazadas por un hilo imaginario. ¡Qué absurdo! pensé y sin embargo nadie se extrañó, incluso mis propios compañeros que minutos antes habían estado comentando la película de la noche anterior y que poco después continuarían haciéndolo.

(Miguel A. Sánchez Herrera)

Miseria Urbana. Luis García Fernández

Una vez
creí verla oculta entre los coches
abandonados en el cruce,
aparcada,
sola.
Quizás, limpiándoles los cristales
que otros previamente habían ensuciado.
Quizás intentando venderse a sí misma
los mismos pañuelos que más tarde
habríamos de usar cuando nos los
ofrecieran.
Sola.
Como esperando acaso unas monedas,
una mirada, una sonrisa,
una respuesta acertada.
Una vez,
creí verla sola,
sucia,
desaliñada
como un reptil que acaba de mudar su
piel.
Indefensa y
acaso un tanto desprotegida…,
…hubiera apostado
que no era ella, aunque,
como casi siempre en la vida,
la realidad acostumbra a ser
una diabólica mascarada
de su propio reflejo.
luis García Fernández. miseria urbana

El monasterio de los meteoros. Joaquín Escobar Niebla

 

Tras la muerte de mi mejor amigo, recibí, dos días después del funeral, por correo certificado, un sobre lacrado enviado por él. Dentro, en un folio, sólo encontré el desarrollo de una partida de ajedrez. Conociendo sus gustos esotéricos y singulares sería, tal y como después confirmé, una clave.

Los movimientos, errantes y sin sentido aparente, pertenecían a la dama blanca en un viaje en solitario por las cuadrículas del tablero. Cada lance – lo deduje tras horas de barajar posibilidades- era simplemente una letra, y el regreso de la dama a su casilla de salida, un espacio en blanco entre las palabras.

El proceso de decodificación lo basé, evidentemente, en la repetición de determinados movimientos. Los más frecuentes eran vocales. Fue sencillo aislar los artículos y las preposiciones, no tanto los sustantivos.

El mensaje en clave decía lo siguiente:

TESALIA- GRECIA

Monasterio de los Meteoros

Treinta y uno de diciembre del 2.001

16,00 horas

Sólo quedaban tres días escasos para esa fecha. Decidí ir, no sin ciertas reservas.

El viaje por barco no disipó, en absoluto, mis dudas.

Del Hotel evitaré los comentarios.

Recordé aquella conversación que sostuve con mi amigo sobre el nexo de unión entre dos mundos que, según él, existía en determinadas coordenadas del espacio-tiempo.

Según su teoría algunos eruditos desentrañaron este secreto que mantenían en la más absoluta confidencialidad. Éstos se comunicaban siempre por claves que variaban militarmente cada luna llena.

También me comentó paradojas matemáticas sobre la cinta de Moebius, con su única cara; extraños soliloquios sobre los verdaderos constructores de la Tumba de Abusir, arquetipos mencionados por Mircea Eliade y, quizás, suscitados por Borges; el origen de los oráculos sibilinos; la persistente simbología de las creencias mesopotámicas; las inquietantes relaciones entre la Teoría del Caos moderna y los manuscritos hallados al norte de Siam, cerca del monte Zinnalo, aún sin traducir.

Todo ello hábilmente tergiversado y mezclado por una mente enferma sólo conducía a una conclusión todavía más pavorosa, y cito sus palabras de memoria, casi de forma rigurosa:

\» El mundo real es sólo la máscara de un mundo más fértil que, invisible e imponderable, nos invade y nos circunda. La Física Cuántica apenas rodea el perímetro de esta gran pirámide infinita. Algunos pueblos primitivos, por medio de la intuición, vislumbraron parte del enigma pero se difuminaron en el olvido de los siglos.\»

Aquella conversación evocada me hizo consultar el calendario de la agenda y confirmé, no sin asombro, que en la noche designada imperaría la luna llena.

Contribuiría, yendo a esa cita, a su locura póstuma.

——————————————————————

El Monasterio de los Meteoros, iluminado por una débil farola amarillenta, se desdibujaba al final de un camino pedregoso. El sonido de las cigarras, monótono y delirante, ensombrecía aún más mi ánimo mientras caminaba. Cuanto más me acercaba al portón de entrada más serias dudas me acorralaban.

Cuando me quedaban apenas unos cien metros para llegar me detuve en seco y, escondido tras unos arbustos, vigilé  los alrededores. Aunque soy fumador no quise encender ningún cigarrillo. Ignoro el tiempo exacto que permanecí allí agazapado  pensando en mil extrañas apariciones hasta que el chasquido de una rama o más bien el revolotear de un pájaro me hizo retornar a la realidad.

De casi la nada surgió un hombre de mediana edad y aspecto indefinido con un sobre en la mano, apoyó su mano en su frente y oteó un rato en mi dirección sin, aparentemente, ver nada.

Pasaron unos minutos de tensión y el hombre consultó su reloj, oteó de nuevo, y dejó el sobre apoyado sutilmente sobre la puerta del Monasterio, acto seguido se esfumó con la misma presteza con la que había llegado.

Escuché de nuevo aquel sonido sordo como  un chasquido que supuse era de  alguna bicicleta.

Tardé cerca de media hora en reaccionar y darme cuenta que me encontraba sólo en aquel descampado con aquel sobre a cien metros y nadie más en diez kilómetros a la redonda.

Así que opté por cumplir aquella misión que ninguna persona en su sano juicio realizaría a no ser que, como yo, hubiesen conocido y tratado a aquel hombre, ya desaparecido, del que guardo un grato recuerdo.

Como supuse el contenido del sobre era un conjunto de signos cabalísticos que difícilmente podría descifrar.

Aquella noche apenas pude dormir y tan sólo quedé atrapado en una pesadilla reiterativa:

\»Me vi en el centro de un descampado blanquecino rodeado de plomizas nubes grises, allí, justo delante de mí, el hombre de aspecto indefinido me entregaba un sobre. Su rostro hasta entonces encubierto por el contraluz, cobró las facciones de mi amigo muerto días antes. Pero no me habló. Sólo mantenía en el aire, con crispación, aquel maldito sobre. Quería, en sueños, escapar de aquel lugar insalubre, pero estaba paralizado\»

Entonces pensé, ya casi despierto, que quizá perdí la razón y, sólo dormido, mi subconsciente, perplejo, podía razonar con claridad. Sentí la sensación, tan intensa y tangible como era posible sentirla en ese estado de somnolencia, que había estado en ese lugar del espacio donde se confunden los mundos reales y los intuidos. Y, aunque el sueño se disipaba, persistía esa luz que me escocía dentro de la cabeza como un relámpago persistente, como un enjambre de insectos carnívoros…

JOAQUIN ESCOBAR NIEBLA

GOG de Giovanni Papini. Ángel Simón Collado

Ángel Simón Collado


En una de esas lecturas que nos depara el azar y que viene a contarnos algo que llama la atención sobre este o aquel autor que leímos en una juventud dorada, nos apasionó, y después, nadie sabe cómo, ha quedado relegado bajo capas de olvido de muchas modernidades inconsecuentes y muchas pasiones aburridas, di con la narración de los últimos años de Giovanni Papini. Este hombre, del que leímos los jóvenes de mi tiempo, ‘Gog’, ‘El libro Negro’ y ‘El Juicio Universal’, sufrió la decadencia física, que no mental, de la vejez en un sentido demasiado estricto. Progresivamente paralítico, ciego y mudo, no dejó de escribir en un esfuerzo admirable por no inclinar su voluntad a los desafueros del tiempo. En unas escenas que imagino gloriosas en su desolada grandeza, utilizó primero un dictáfono cuando no podía escribir. Más tarde, cuando ya esto no le era, posible dictaba a su nieta, Después, balbuceaba y ella iba interpretando las palabra de su abuelo. Y, por último, cuando no le fue dado ni articular el pensamiento, era ella la que deletreaba letra a letra el alfabeto hasta que Papini asentía. Así, letra por letra, sílaba a sílaba, desentrañaba las palabras, las frases, los libros, que bullían en la cabeza del escritor. El nombre de esta mujer increíble y conmovedora: Ana Paszkowski.-

Si repasamos la biografía del escritor, se nos hace más penosa esta decadencia. Un hombre autodidacta, y de una actividad precoz e incesante. Aún niño escribió cuentos y se molestó en componer revistas manuscritas. Con sólo 24 años publica “El Crepúsculo de los Filósofos”, un repaso a la filosofía reciente de su tiempo. Una actividad sin descanso, literaria (novela, poesía, revistas) y de pensamiento (ensayos, estudios, biografías….) En un resumen telegráfico: 65 libros escritos, más 5 en colaboración; dirigió y colaboró en 5 colecciones editoriales y 9 revistas. Se hace más difícil comprender cómo no doblegó su anciana voluntad ante tal cúmulo de estragos. Un rasgo a tener en cuenta: en 1.924 se ‘convirtió’ al catolicismo; él, ateo militante, y meditador de la desolación en una obra que se hizo polémica: “Un hombre acabado” El caso es que su actividad intelectual se decantó a partir de ahora por la lucha activa en la cultura desde su nueva atalaya de la existencia. Paradójico el destino que le deparó el tiempo; y aún más, que lo vivió si cantar ningún personal De Profundiis, ninguna Lamentación, según veo.

Guardaba mejor recuerdo de “Gog” que de “El Libro Negro”, su continuación. He vuelto a releerlos y a confirmar aquella primera impresión. Gog, editado en 1934, tras los primeros veinte años de vanguardias y salvadores de todo tipo, en vísperas prácticamente de otra locura destructiva, con los bestialidades en puertas o ya reciamente instaladas en muchos lugares y almas, es un repaso más fresco, más directo, más de primera mano, de esa especie de arbitrista de todo género y en todos los terrenos de la vida que se dieron en aquellos años verdaderamente delirantes. Personajes célebres, impresiones del protagonista de este diario ficticio, visitas a visionarios del arte y de la vida, sablistas consumados… En su continuación, se hace más reflexivo, más explicado. Lo que en el primero son retratos fulgurantes de los constitutivos del alma de una época, en el segundo se convierte en razones trabadas y aficiones, a lo sumo, extravagantes. Es menos ácido, más clase media, si cabe la formulación. Uno sintético, el otro analítico. No hay que darle más vueltas al asunto: prefiero Gog, diario de un hombre, que, en palabras del autor, es “un semisalvaje inquieto que tenía bajo sus dominios las riquezas de un emperador… Ignorantísimo, quiso ser iniciado en las más refinadas drogas de una cultura en putrefacción… Quiso proporcionarse todas las formas del epicureísmo cerebral de nuestros tiempos… pero su alma se había vuelto más árida que de sus antepasados…”

Poemas de Ángel Sedano

Respirar el pasado en el presente
sin olor a alcanfor ni a naftalina.
Revivir el color de los cromos de niño,
de los peces y pájaros exóticos,
en las mil y una flores del jardín
que me rozan las manos cuando paso
y me dicen que sí.
Desde el lecho seguir el lento recorrido
de la luna creciente casi llena
a través del ventanal obscuro
para cerrar los ojos después de tal belleza
y dormir y soñar con rebaños de estrellas.
Sorprenderme en la tarde
con bandadas de nubes altísimas y blancas,
como hadas enormes, enormemente buenas y ligeras,
ensayando una danza imposible y eterna.
Despertar a las cinco por el fuerte piar
del cuco y de los pájaros, como un despertar enloquecido,
tratando de encontrar la memoria de un nido.
Abrazar mis propios sueños y recuerdos
sin mirar cuál es cuál, como una encarnación contemplativa.
Sentirme reciente sin serlo ya, viviendo el ayer
y el futuro en una sola vez, inmensa, indefinida e infinita.
Ser yo sin mí.
——
Y pensar sin pensar
en nada
hasta cansar el alma
esperando tocar el infinito
sin tener que esperar
y llenar las palabras
de vacío
para poder hablar
del valor de las cosas
que no pueden volar.
Así los meses
y los días
las sombras entreabiertas
y sin poderte ver, Dios mío.
——
Y pensar sin pensar
en nada
hasta cansar el alma
esperando tocar el infinito
sin tener que esperar
y llenar las palabras
de vacío
para poder hablar
del valor de las cosas
que no pueden volar.
Así los meses
y los días
las sombras entreabiertas
y sin poderte ver, Dios mío.
——-
Cansado por el peso
del pasado
Camino sin afán
arrastrando vacíos
los deseos.
Tengo miedo, Señor,
de no llegar
———————————

Besos. Antonio Mañas



En la primavera de 1766, por Semana Santa, el pueblo de Madrid se alzó contra Carlos III en el llamado \»Motín de Esquilache\». Aunque la protesta iba mucho más allá, el detonante fue la nueva y estricta ordenanza que regulaba el uso de la capa y el sombrero, ideada por el Marqués de Esquilache, ministro de Su Majestad, que palmó su puesto por ella, al intentar poner un poco de orden en una sociedad bruta y pendenciera. La cosa había llegado a tal punto que era imposible andar de noche por un Madrid plagado de \»caballeros\» embozados en grandes capas y amplios sombreros que, amparados en el anonimato, dirimían sus cuestiones, de la clase que fueran, a base de sable y cuchillo. Se hizo pues necesario, para demostrar intenciones pacíficas, ofrecer la mano derecha en señal de que no iban armados de daga o espada. Con el tiempo, desaparecieron las espadas pero quedó la sana costumbre de darse la mano con mejor o peor voluntad y como saludo más común.


Pero no es a este tipo de saludo al que quiero referirme sino al beso; posiblemente, la forma de saludo más antigua, utilizada en casi todas las culturas y plena de significados que dependen del lugar, intensidad y cadencia con que se den.


Los romanos distinguían tres tipos de besos: el osculum, que se da en la mejilla entre amigos; el basium, en los labios; y el suavem, que se dan los amantes.


A estas alturas hemos ido mucho más lejos; besamos a los niños y a los mayores en la frente; a los amigos en la cara; a las damas la mano. Para implorar clemencia se solían besar los pies del tirano y, con veneración, a los Santos se les besa la peana. Los mafiosos condenan a muerte con un beso en la boca. También besamos en el pelo o en las palmas de las manos con ternura y el primer beso en la boca suele desatar los lazos del pudor entre enamorados dejando un recuerdo imborrable que, a la vez, sella un acuerdo tácito que en algunos casos dura toda la vida y en otros lo que dura la pasión.


Lanzamos besos en las despedidas, intentando demorar en lo posible la partida del ser amado o del amigo; también besamos la nómina que llenará nuestras arcas. Los damos en la oreja para excitar, en la espalda para sosegar, en las piernas para relajar, en la nuca para enervar y en lugares íntimos para satisfacer. Cuando niños es imposible dormir hasta que Mamá no reparte el último del día. O sea, que nos pasamos media vida besando o siendo besados.


Digo todo esto porque últimamente he recibido el beso de consuelo de un amigo que, además de sorprenderme, me llenó de satisfacción por el significado de acercamiento que tuvo y porque desde ese beso mi relación con él se ha solidificado en gran medida. Por otro lado, en unas fiestas recientes, con la sana e inocente intención de felicitarle, besé a un amigo al que creía liberal y puesto; desde entonces no me mira directamente a los ojos. Ignoro que conclusiones sacó. Puedo asegurar que solo trataba de mostrarle mi amistad de la forma más humana que conozco: dándole un osculum.


————————-




ODA A LAS TAPAS




Delicioso manjar, pura ambrosía,


sublimación del arte culinario;


de plancha, de fritura, de cocina,


de carne, de verdura, de pescado,


en salazón, chacina o estofado,


obligada colación de cada día.


Tan fino degustar yo nunca viera


ni menú sofisticado, ni dieta


que incluyera ración tan delicada,


ten llena de intención, tan bien pensada,


ni condumio tan barato me encontrara


en el más rico mesón de carretera.


Salutífero yantar, venial pecado,


canapé sin esmoquin ni cumplidos,


de la tierra y de la mar dulce bocado,


envidia de Juan Mari y Arguiñano,


compañero ideal de buenos tragos,


admiración de foráneos y paisanos.


Tapa que no tapa pero abriga


esperanza de futuras comilonas,


y al desconsuelo estomacal rinde tributo


desde su humilde condición de aperitivo,


conviertiendo al enemigo en invitado


sin distinguir si es rico, pobre, listo o bruto.


—————–




MOTEROS




Jinetes sin corcel, jockeys dañinos,


terroristas del descanso vespertino,


mamones endiablados que a deshoras,


cuando reposa en decúbito supino,


de sobresalto casi matan al vecino.


Mil veces maldigo al ingeniero


que inventó tamaño desatino,


al prócer que autorizó tal desafuero


poniendo en manos inexpertas


un potro de tortura tan certero.


Desde aquí os convoco a que pongáis


de inmediato solución a estos pesares,


o que caigan desde el cielo tales males


que el gripado del motor parezca poco


si al punto no arregláis tubos de escape.

Celeste. Carlos Almira Picazo

CELESTE

Cuento Carlos Almira Picazo

Mi primer pensamiento al despertar poco a poco, al salir de un torpor que ya duraba en exceso, fue que hacía demasiado calor y había demasiada luz allí. Luego volví, como el nadador que se empecina en ganar la orilla, a buscar la Polaroid de la que tanto habíamos hablado. Más moderna que la tuya. Me cercioré como pude de que estaba dispuesta correctamente en su sitio. Sólo entonces renuncié a entreabrir los párpados y a descifrar los retazos de conversaciones que aún me llegaban, lejanas, como en una lengua extranjera.

Cuando yo tenía once o doce años mi mejor amiga, Celeste, murió repentinamente de meningitis. Solíamos jugar en un rincón del patio, solas y rechazadas, entregadas a nuestras revelaciones. Nos habíamos jurado que la primera que muriese de las dos volvería para contar sus experiencias, y durante años yo esperé a Celeste sin desmayo. Cuando me establecí como parasicóloga adopté su nombre convencida de que, tarde o temprano, cumpliría la promesa lejana de nuestra infancia.

Nunca he dudado que existe un más allá igual que existe un revés en los objetos o una cara oculta en las personas. Esto no tiene nada que ver con la Religión sino con el sentido común. Del mismo modo que avanza la Ciencia, avanza el conocimiento de Eso, y la gente un día se sorprenderá de no haberlo aceptado antes con toda naturalidad, como cuando Galileo dijo que el sol no se movía contra lo que evidencian nuestros ojos. Dios, repito, no tiene nada que ver, ya sea enarbolado por charlatanes o visionarios, y que exista o no, no cambia un ápice el asunto.

Celeste y yo descubrimos que la mente puede anticiparse a los hechos. El futuro no ya el de las personas sino el futuro del Universo, ya ha pasado o mejor dicho, vuelve continuamente a su origen. Por lo tanto, ha dejado y deja inevitablemente sus huellas, con trazos indelebles. Bajo esta premisa, que entonces por supuesto no podíamos explicar, nos entregábamos a nuestras adivinaciones casi jugando como era propio a nuestra edad. Usábamos medios que hoy nos harían sonreír por pueriles: huesos de fruta, muñecas, guantes, ¿pero qué importa? ¡Cuánto charlatán de hoy, con una baraja de Tarot, se hubiera reído entonces, ávido y práctico como un cura de la Edad Media ante las supersticiones y la fe profunda en la Magia de sus siervos!

Donde los demás veían fenómenos nosotros veíamos imágenes, anticipos. Cerca de nuestra escuela había un río que se secaba a final de Curso. Entonces Celeste y yo veíamos el verdadero camino del agua, aunque no lo comprendiésemos, rozábamos sin saberlo la esencia de Eso.

¡Celeste! ¡Tus doce años y mis sesenta van a reunirse al fin! ¡Tu melena roja, rizada, y mi pelo blanco!¡No importa lo que haya llenado este intervalo, lo que haya sido de nosotras en este interludio; lo que he leído, dónde he acertado y errado, todo lo que he estudiado y vivido, todo carece de importancia ante ese hecho!

Pronto todos van a ver lo que nosotras siempre supimos, lo que hay allí, Eso, ¡sin engaño ni sugestión, con sus propios ojos! Dejarán de reírse, Celeste, ¡te lo aseguro!, incluso Rafael, el mayor error de mi vida, se estremecerá, dejará de pensar por un momento en el dinero que va a ganar con esta fotografía, lo que va a sacar de esta polaroid, en las clientes con las que se va a acostar gracias a Eso, al horror, helado por el terror, por el asco de sí mismo.

Este pequeño artilugio frente a dos siglos de escepticismo.

Me he vuelto a desmayar, ¿por cuánto tiempo? Tendré que hacer un esfuerzo, un último esfuerzo, o perderme el momento decisivo. Siento cómo mi cuerpo se ha debilitado, se debilita poco a poco, como si lo aflojaran por fin. Las voces del principio se han acercado por un momento, sin llegar a hacerse comprensibles, y de pronto se han callado. ¡Qué un frío glacial, Celeste, mi pequeña pelirroja!, ¿te acuerdas cómo te llamábamos? De cuando en cuando siento un balanceo, como el vértigo de una barca suelta en una corriente. Recorro en la oscuridad con las manos, alerta, mientras reconstruyo con la imaginación, la polaroid cuyo dispositivo estará a punto de saltar, si no ha saltado ya en uno de estos desmayos. ¡Cuántas veces te has reído de mi manía por registrar científicamente cualquier evidencia de Eso, lo que tú llamabas mis fenómenos paranormales, mientras tú fotografiabas a tus amantes!

Es curiosa la necesidad humana de explicarlo todo, de rebuscar en cualquier tiempo los motivos, las razones últimas de todo, incluido Eso. Cuando, sólo unos días atrás, me imaginaba este momento -¡siempre he pensado en esta experiencia como un único momento!- no podía figurarme el afán de mi cerebro por reconstruir y analizar, por comprender precisamente estos últimos días. Veo a personas que apenas han pasado por mi vida, caras que ni siquiera podría ubicar en un calle, en una apretura del autobús, como si hubieran sido decisivas para Eso; y a gente que conozco desde hace años como tú, Rafael, apenas logro deslindarlas en una tiniebla borrosa. ¡Qué razón tenían los antiguos alquimistas al ver vivos objetos y minerales, muertos, en medio de su alegría, su fuerza y su movimiento, plantas, animales, seres humanos!

Transcurren, los minutos, ¿las horas?, y me refuerzo en mi convicción de haber acertado esta vez. Mis colaboradores saben cómo me opuse a todo sorteo, a cualquier intromisión del azar. Al fin y a la postre, yo sola debía afrontar mi experimento. ¡Recuerdo cómo sudabas y temblabas en tu chilaba de brujo, cómo se movía tu vientre bajo el sol y la luna y los signos del zodíaco en oro y sedas, ante la posibilidad de que pudieras salir tú, tocarte la china! Después, cuando se decidió que habría un sorteo, sólo tú te opusiste también, con una tenacidad de patio de colegio, a que se eligiera al nauta mediante los dados o las cartas. Optamos por designar a quien sacase la pajita más corta y aún así, y pese a tener sólo una posibilidad contra nueve, sudabas aterrorizado de que pudieras salir tú. ¡Qué poco me conocías! Yo me las ingenié para sacar la más corta, como bien sabes.

Yo gradué la dosis de veneno para estar consciente hasta que la cámara lanzase su foto. Si la cámara fallaba entonces yo la dispararía. Lo que ocurriría después era el destino de todos.

¡Cómo me colmaste de halagos, te ofreciste incluso a sustituirme en el último momento, el de las despedidas, qué empalagoso resultabas cuando proponías, con la voz con que engañas a tus clientes, sabiendo perfectamente que yo no aceptaría, que se olvidase todo, renunciar al experimento, sabías por supuesto que yo no aceptaría!

Al fin, el médico extendió el certificado. Nadie se extrañó de que colocasen en mis manos la polaroid, como otros colocan una cruz, o un retrato.

Siento que me duermo otra vez.

El frío me despierta.

Recorro por enésima vez, los dedos ya agarrotados, la cámara helada en mi regazo, y descubro con estupor tus iniciales grabadas en la tapa del objetivo. RAFAEL. La vuelvo a palpar una, dos, tres veces, por todas las caras. ¡No hay duda!. Las voces, entretanto, se han extinguido a mi alrededor. Los golpes sobre la caja, frenéticos, musicales, deben haber enmudecido hace rato.

Pulso el percutor de tu polaroid, ¡¡¡no!!!, un último fogonazo sacude la oscuridad sin esperanza.

****

De las veinticuatro fotografías reveladas, veintitrés eran de mujeres en posturas sugerentes. La que hacía el número veinticuatro era de una niña pelirroja, de unos diez o doce años.

¿Quién sería?. La observaron largo rato. Al cabo, cansados, la dejaron con las otras, en un cajón. Era la última del carrete.

El experimento había fracasado.

La polaroid estaba inservible (arrancarla de las manos de Celeste les había llevado varios minutos). Era un milagro que se hubiera salvado el carrete y que hubiesen podido revelarlo.

¡Aunque total, para lo que les había servido!.

Celeste.

CELESTE


Cuento de                               Carlos Almira Picazo

Mi primer pensamiento al despertar poco a poco, al salir de un sopor que ya duraba en exceso, fue que hacía demasiado calor y había demasiada luz allí. Luego volví, como el nadador que se empecina en ganar la orilla, a buscar la Polaroid de la que tanto habíamos hablado. Más moderna que la tuya. Me cercioré como pude de que estaba dispuesta correctamente en su sitio. Sólo entonces renuncié a entreabrir los párpados y a descifrar los retazos de conversaciones que aún me llegaban, lejanas, como en una lengua extranjera.


Cuando yo tenía once o doce años mi mejor amiga, Celeste, murió repentinamente de meningitis. Solíamos jugar en un rincón del patio, solas y rechazadas, entregadas a nuestras revelaciones. Nos habíamos jurado que la primera que muriese de las dos volvería para contar sus experiencias, y durante años yo esperé a Celeste sin desmayo. Cuando me establecí como parasicóloga adopté su nombre convencida de que, tarde o temprano, cumpliría la promesa lejana de nuestra infancia.


Nunca he dudado que existe un más allá igual que existe un revés en los objetos o una cara oculta en las personas. Esto no tiene nada que ver con la Religión sino con el sentido común. Del mismo modo que avanza la Ciencia, avanza el conocimiento de Eso, y la gente un día se sorprenderá de no haberlo aceptado antes con toda naturalidad, como cuando Galileo dijo que el sol no se movía contra lo que evidencian nuestros ojos. Dios, repito, no tiene nada que ver, ya sea enarbolado por charlatanes o visionarios, y que exista o no, no cambia un ápice el asunto.


Celeste y yo descubrimos que la mente puede anticiparse a los hechos. El futuro no ya el de las personas sino el futuro del Universo, ya ha pasado o mejor dicho, vuelve continuamente a su origen. Por lo tanto, ha dejado y deja inevitablemente sus huellas, con trazos indelebles. Bajo esta premisa, que entonces por supuesto no podíamos explicar, nos entregábamos a nuestras adivinaciones casi jugando como era propio a nuestra edad. Usábamos medios que hoy nos harían sonreír por pueriles: huesos de fruta, muñecas, guantes, ¿pero qué importa? ¡Cuánto charlatán de hoy, con una baraja de Tarot, se hubiera reído entonces, ávido y práctico como un cura de la Edad Media ante las supersticiones y la fe profunda en la Magia de sus siervos!


Donde los demás veían fenómenos nosotros veíamos imágenes, anticipos. Cerca de nuestra escuela había un río que se secaba a final de Curso. Entonces Celeste y yo veíamos el verdadero camino del agua, aunque no lo comprendiésemos, rozábamos sin saberlo la esencia de Eso.


¡Celeste! ¡Tus doce años y mis sesenta van a reunirse al fin! ¡Tu melena roja, rizada, y mi pelo blanco!¡No importa lo que haya llenado este intervalo, lo que haya sido de nosotras en este interludio; lo que he leído, dónde he acertado y errado, todo lo que he estudiado y vivido, todo carece de importancia ante ese hecho!


Pronto todos van a ver lo que nosotras siempre supimos, lo que hay allí, Eso, ¡sin engaño ni sugestión, con sus propios ojos! Dejarán de reírse, Celeste, ¡te lo aseguro!, incluso Rafael, el mayor error de mi vida, se estremecerá, dejará de pensar por un momento en el dinero que va a ganar con esta fotografía, lo que va a sacar de esta polaroid, en las clientes con las que se va a acostar gracias a Eso, al horror, helado por el terror, por el asco de sí mismo.


Este pequeño artilugio frente a dos siglos de escepticismo.



Me he vuelto a desmayar, ¿por cuánto tiempo? Tendré que hacer un esfuerzo, un último esfuerzo, o perderme el momento decisivo. Siento cómo mi cuerpo se ha debilitado, se debilita poco a poco, como si lo aflojaran por fin. Las voces del principio se han acercado por un momento, sin llegar a hacerse comprensibles, y de pronto se han callado. ¡Qué un frío glacial, Celeste, mi pequeña pelirroja!, ¿te acuerdas cómo te llamábamos? De cuando en cuando siento un balanceo, como el vértigo de una barca suelta en una corriente. Recorro en la oscuridad con las manos, alerta, mientras reconstruyo con la imaginación, la polaroid cuyo dispositivo estará a punto de saltar, si no ha saltado ya en uno de estos desmayos. ¡Cuántas veces te has reído de mi manía por registrar científicamente cualquier evidencia de Eso, lo que tú llamabas mis fenómenos paranormales, mientras tú fotografiabas a tus amantes!


Es curiosa la necesidad humana de explicarlo todo, de rebuscar en cualquier tiempo los motivos, las razones últimas de todo, incluido Eso. Cuando, sólo unos días atrás, me imaginaba este momento -¡siempre he pensado en esta experiencia como un único momento!- no podía figurarme el afán de mi cerebro por reconstruir y analizar, por comprender precisamente estos últimos días. Veo a personas que apenas han pasado por mi vida, caras que ni siquiera podría ubicar en un calle, en una apretura del autobús, como si hubieran sido decisivas para Eso; y a gente que conozco desde hace años como tú, Rafael, apenas logro deslindarlas en una tiniebla borrosa. ¡Qué razón tenían los antiguos alquimistas al ver vivos objetos y minerales, muertos, en medio de su alegría, su fuerza y su movimiento, plantas, animales, seres humanos!


Transcurren, los minutos, ¿las horas?, y me refuerzo en mi convicción de haber acertado esta vez. Mis colaboradores saben cómo me opuse a todo sorteo, a cualquier intromisión del azar. Al fin y a la postre, yo sola debía afrontar mi experimento. ¡Recuerdo cómo sudabas y temblabas en tu chilaba de brujo, cómo se movía tu vientre bajo el sol y la luna y los signos del zodiaco en oro y sedas, ante la posibilidad de que pudieras salir tú, tocarte la china! Después, cuando se decidió que habría un sorteo, sólo tú te opusiste también, con una tenacidad de patio de colegio, a que se eligiera al nauta mediante los dados o las cartas. Optamos por designar a quien sacase la pajita más corta y aún así, y pese a tener sólo una posibilidad contra nueve, sudabas aterrorizado de que pudieras salir tú. ¡Qué poco me conocías! Yo me las ingenié para sacar la más corta, como bien sabes.


Yo gradué la dosis de veneno para estar consciente hasta que la cámara lanzase su foto. Si la cámara fallaba entonces yo la dispararía. Lo que ocurriría después era el destino de todos.


¡Cómo me colmaste de halagos, te ofreciste incluso a sustituirme en el último momento, el de las despedidas, qué empalagoso resultabas cuando proponías, con la voz con que engañas a tus clientes, sabiendo perfectamente que yo no aceptaría, que se olvidase todo, renunciar al experimento, sabías por supuesto que yo no aceptaría!


Al fin, el médico extendió el certificado. Nadie se extrañó de que colocasen en mis manos la polaroid, como otros colocan una cruz, o un retrato.


Siento que me duermo otra vez.


El frío me despierta.


Recorro por enésima vez, los dedos ya agarrotados, la cámara helada en mi regazo, y descubro con estupor tus iniciales grabadas en la tapa del objetivo. RAFAEL. La vuelvo a palpar una, dos, tres veces, por todas las caras. ¡No hay duda!. Las voces, entretanto, se han extinguido a mi alrededor. Los golpes sobre la caja, frenéticos, musicales, deben haber enmudecido hace rato.


Pulso el percutor de tu polaroid, ¡¡¡no!!!, un último fogonazo sacude la oscuridad sin esperanza.


****


De las veinticuatro fotografías reveladas, veintitrés eran de mujeres en posturas sugerentes. La que hacía el número veinticuatro era de una niña pelirroja, de unos diez o doce años.


¿Quién sería? La observaron largo rato. Al cabo, cansados, la dejaron con las otras, en un cajón. Era la última del carrete.


El experimento había fracasado.


La polaroid estaba inservible (arrancarla de las manos de Celeste les había llevado varios minutos). Era un milagro que se hubiera salvado el carrete y que hubiesen podido revelarlo.


¡Aunque total, para lo que les había servido!

Santiago Rodríguez Heredia

Deslizó su lengua muy delicadamente por cada uno de sus blancos y afilados dientes, deleitándose con el jugo que aún había en ellos. Siguió con las comisuras y finalmente, quedó satisfecha, llena de vitalidad. Aunque sabía que estaba muerta, no le daba demasiadas vueltas. Se levantó, con el pálido cuerpo completamente desnudo y caminó de puntillas hacia la ventana de la habitación, mientras jugaba con sus rizos pelirrojos, ni siquiera se limitó a mirar los cuerpos del hombre y la mujer que había en el suelo, tirados de cualquier manera. Estaba empezando a llover y la preciosa luna estaba siendo ocultada por nubarrones negros como la misma noche. \»Hora de marcharse\», pensó. Recogió del suelo unas medias negras, atrevidas, elegantes, que se puso con sumo cuidado de no romperlas con sus largas y cuidadas uñas; después el corsé, del mismo color, que seguía el mismo patrón de bordados; y finalmente se puso el vestido morado, complacida al ver que no tenia ni una pequeña mancha de roja sangre en él.

Con una cálida sonrisa paseaba por la desierta calle, contemplando como caían las diminutas gotitas de cristalina agua de lluvia sobre el suelo empedrado, de color gris mate, sintiendo como caían y se deslizaban por su piel, causándole un leve cosquilleo y obligándola a pestañear para evitar que molestara sus verdosos ojos. Se detuvo al instante y se inclinó en el suelo, posando la palma húmeda de la mano sobre el helado suelo, serena, paciente,… algo se acercaba… Ladeó la cabeza dibujando una sonrisa lobuna en su rostro al contemplar el gato que se acercaba a ella, totalmente blanco, resplandeciente, con el pelaje mojado. Casi no encajaba su pureza en un cuadro tan oscuro. El pequeño gatito se acerco a ella con mucha cautela y emitió un solo y simple maullido, casi gutural en el silencio de la noche, interrumpido solo por el repiquetear del agua cayendo sobre la ciudad. Al instante salió corriendo y se perdió entre los callejones. Como si nada hubiera pasado, se incorporó y siguió su camino hacia la oscura nada, relamiéndose los labios mientras pensaba en los ojos ambarinos del felino, blanco como la nieve. Sin saber por qué apresuró el paso: ¿qué podía temer un ser inmortal como ella en una simple ciudad de nobles? Sonrió ante su lógica, satisfecha de si misma, pero no disminuyó la velocidad de la pequeña carrera…

Sorbió por la nariz y dejó la pluma a un lado con sumo cuidado de no manchar nada, se levantó con intención de estirar los músculos y miró a su alrededor: era noche avanzada y una luna menguante brillaba con fuerza justo arriba suya, apenas habían estrellas en el oscuro e inmenso cielo. Echó una rápida mirada a su alrededor, todo parecía estar en orden en la terraza… su peto, su yelmo, su armadura, su espada y su escudo yacían en el rincón donde él los había dejado, custodiados por un pequeño y oscuro gato de ojos lechosos enfermos y blancos. Le dedicó una pequeña sonrisa, era todo lo contrario al gato que describía en su relato. Se acercó a un extremo de la terraza y se apoyó en la barandilla, contemplando la ciudad que, aun a altas horas de la noche estaba llena de vida y ruidos que provenían de las tabernas locales. \»Pobres… – susurró – ¡Si supieran lo que se les viene encima!\». Volvió y entró en la pequeña y ahora solitaria casa, echó leña al fuego y llamó a la pequeña gatita por su nombre : \»Kat, Kat ven…ya basta de escribir por hoy, estoy agotado y mañana hay que preparar muchas cosas\» Asintió al contemplar que la felina le obedecía y acudía al sillón donde estaba él, cerca de la chimenea. Desde hacia tiempo hablaba con su gata, era lo único que le quedaba y no veía nada raro en ello. Cerró los ojos, intentando conciliar el sueño, pensando en el relato que estaba escribiendo hasta que por fin pudo dormir, escuchando el ronroneo de Kat, su gata ciega…



Pálida, reluciente, hermosa, como todas las noches has salido a dar un paseo nocturno, atraes todas las miradas y por supuesto también la mía, embobado te observo desde lejos aunque sé que nunca podría alcanzarte…me ignoras, nunca me ha importado que lo hagan, pero no puedo darme por vencido contigo, me gustaría olvidarte y no volver a sufrir más observando tu rostro y a la vez me gustaría tenerte solo para mi, dulce tortura de lágrimas en vano, pues nunca nada cambiará, ni siquiera se si lo que siento existe o es todo producto de una locura enfermiza…ojos vidriosos, corazón agitado, palmas sudorosas, síntomas cambiantes que sufro mientras contemplo la preciosa Luna, envuelta en su propia escolta de grisáceas nubes que la esconden y la quieren solo para ellas, me despido de ti, como todas las noches, paciente y esperando que todo esto acabe algún día.

Vagabundo de la noche escribo letras prohibidas a la luna llena, preso de una dulce locura de la que no me quiero separar aun que sé que me está matando poco a poco… Frío, calor, luz, oscuridad…nada tiene sentido ya, he conseguido adaptarme a todas las situaciones con frialdad, y aun así tus ojos pueden hacer que me derrumbe en apenas unas décimas de segundo. Crueldad…sé que soy cruel, a pesar de todo no puedes cambiarme, ojalá pudieras hacerlo…hacer desaparecer con un pequeño chasquido todos estos inútiles sentimientos que nada tienen que ver conmigo y que yo mismo no puedo evitar. Por la silenciosa calle observo el viento pasar, susurrándome al oído lo débil que soy por tu culpa, susurrándome que me aleje de ti de una vez, sonrío y asiento completamente convencido de dejarte marchar, de librarte de mi puesto que solo soy un gran y oscuro problema… pero entonces vuelvo a ver esos pequeños, inteligentes y oscuros ojos…entonces sé que no puedo hacerlo, me doy la vuelta y vuelvo a mi oscuro rincón debajo de la fría nada, maldiciendo al escuchar como el viento susurrante se burla y se ríe de mi…

El Tren. José Jesús Marín

José Jesús Marín

El tren”

Desperté confuso y desorientado, sin recordar el tiempo ni el lugar en que había comenzado mi sueño. El cielo era gris y opaco como la ignorancia que me afligía. Al cabo de unos minutos oí pasos. Un hombre vestido con traje oscuro se sentó a mi lado mientras yo me incorporaba. Miré a mi alrededor y vi que me hallaba en un vasto páramo surcado por unos raíles de ferrocarril a pocos pasos de nosotros.

_ ¿Dónde estoy?

_ No puedo responder a tu pregunta _ su voz era grave y destemplada.

_ ¿Quién puede hacerlo?

_ En realidad, nadie.

Miré la ropa que me cubría y vi que era igual de adusta y oscura que la de aquel sujeto.

_ ¿Hay más personas?

_ En el tren.

Sus párpados caían inertes y hoscos. Se acercó a los raíles y parecía decidido a ignorar mi presencia. Cuando le dije que iría a caminar un poco me advirtió que podría perder el tren.

Miré hacia la llanura y, de espaldas a los raíles, comencé a andar. En lejanía divisé una montaña cónica cubierta casi en su totalidad de un tupido bosque y, al mirarla, un intenso anhelo conmovió mi ánimo. Mis pensamientos oscilaron entre la necesidad de aguardar la llegada del ferrocarril y una apremiante incitación interior a emprender el ascenso de aquella cumbre.

Pronto hube de cerrar mis ojos para hacer más vívida una estampa que en mi imaginación se hacía presente con la consistencia frágil pero cierta de un recuerdo, como una sutil reminiscencia que debe ser acogida con urgencia para evitar su desvanecimiento. En la escena predominaban los tonos azulados y grisáceos. Un caballero con amplios atuendos de corte medieval, cuya figura aparece empequeñecida por la lejanía, camina por un sendero angosto que discurre a través de una llanura. El camino lo lleva a un castillo situado en la cima de una colina cercana.

Las torres y murallas toman un color entre anaranjado y azul, como si el Sol del crepúsculo le ofreciera sus últimos fulgores. Entre el caminante y su destino, la llanura se extiende con verdor brillante, uniforme y horizontal; rompen la monotonía algunos cipreses que bordean el camino. El caballero no parece dudar de su rumbo y algo parece advertir al observador de que la grata llanura dará paso a un aire pleno de indefinida magia, de enigmáticas enseñanzas, cuando el caminante se acerque a la fortaleza. Un pequeño arroyo, cuyas aguas aparecen como plateados reflejos de la luz tenue que domina el paisaje, cruza el sendero a unos pasos del caminante. Todos los elementos de la estampa, cuerpos, colores, sombras, la atmósfera extraña y a la vez esperanzadora, el enigmático castillo, inducían en mí una grata impresión de extrañeza. Me sentía absorto vivenciando la belleza indescifrable de la visión, con la débil convicción de hallarme ante las claves de una realidad más pura y esencial. Y pensé que tal vez la desoladora presencia del paisaje real podría ofrecerme la ocasión de vivir su aspecto menos perceptible, más pleno.

Caminé con menos vacilación hacia la montaña. Dejé de pensar en el origen y la finalidad de la experiencia que vivía y mi paso era armonioso y enérgico, como si intentara mantener a distancia el miedo que me había instigado a creer en la conveniencia de aguardar la llegada del ferrocarril. Tuve la impresión de sentirme movido por algo, de no ser propiamente yo quien caminaba. La presencia de ese algo hacía que todo mi ser se viese situado en un centro de levedad que nunca había conocido.

Cuando me hallé en el pie de la montaña inicié el ascenso, adentrándome por el espeso bosque de encinas que la poblaba y pensé que nada esencial me separaba de las hojas o de los ramajes del aire quieto que mi aliento quebraba o del cadencioso silbo de las aves que permanecían ocultas. A veces me detenía a contemplar una de las dentadas hojas y gozaba al experimentar cómo la imaginación y la percepción se habían convertido en una misma experiencia, en un sólo ensueño. Sin llegar a sentirme ajeno a lo real, podía otorgar formas y tonos diversos a todo cuanto veía. Sonidos, sombras, colores, silencio y luz ofrecían gamas inefables de matices. Diminutos rayos solares se deslizaban entre la fronda; el Sol debía hallarse en su cenit; el tiempo parecía despojarse de los límites que me habían abrumado al despertar. Todo era cristalino y diáfano.

Al cabo de un prolongado caminar a través del bosque, éste comenzó a disiparse gradualmente. Toda la vegetación se fue haciendo más escasa hasta que la roca desnuda, adoptando ciclópeas formas, se erigía ante mí, solemne y firme. Columbré la cima, sobre la cual se hallaba asentada una pequeña ermita, al parecer humilde y vetusta. Vi que descendía un hombre sorteando riscos y malezas y a medida que se acercaba advertí un aire triste en su paso; cabizbajo y grave se acercó a mi cuando llegó a mi altura. Me miraba con fijeza pero parecía temer algo o abrumarle alguna obsesión. Le pregunté si volvía de la ermita y me manifestó que le había faltado un trecho para llegar, que yo también debería dar media vuelta si quería llegar a tiempo al llano. Su voz era opaca, inerte y resignada; me miraba a través de sus párpados caídos. Al instante continuó su marcha sin despedirse ni aguardar a que lo siguiera y yo, durante algunos minutos, dudé y traté de sosegar mi pensamiento, de hallar el equilibrio que me permitiera optar con sabiduría entre la ermita y el tren, o tal vez realizar ambas cosas apurando el escaso tiempo. Pero el dulce abandono de mi paso despreocupado se había desvanecido como la brisa, dejando en su lugar una molesta sensación de fatiga y el efecto cegador del irritante sol, un aire hosco y pesado, y en mi alma el mismo temor denso que me afligió al despertar. Se quebraron los resortes que habían animado mi empuje y di la espalda a la cima que tanto había anhelado, con el grave pesar de quien es testigo de una primera muerte.

En el páramo, de nuevo juntos a los raíles, paseaba inquieto, a pocos pasos de los dos sujetos. Ellos tampoco se comunicaban entre sí. Para apaciguar mi creciente angustia traté de evocar, desde los oscuros dominios de mi ignota memoria, imágenes de todos los trenes y trayectos posibles. Imaginé los herrumbrosos vagones surcando desfiladeros abismales, feraces valles e inhóspitas montañas. Por doquier fluían ríos y torrentes de cristalinas aguas. A veces me veía en el interior de plateadas máquinas que atravesaban nubes de humo grisáceo, hedores inmundos, febriles suburbios donde multitudes humanas se apiñaban y se golpeaban con fiereza. En breve, el paisaje se mutaba en cárdeno crepúsculo, con nubes oblongas de violácea beatitud y el tren marchaba cerca de un mar calmo y reconfortante.

El estrépito del tren real quebró mi ensoñación y lo vi acercarse, vulgar y adusto, férreo y oscuro como la sirena letal que rasgaba el silencio del páramo. Fui guiado a través de los pasillos por un funcionario rudo e inexpresivo que apenas me habló. A través de los cristales de los compartimentos veía rostros que expresaban actitudes diversas. En unos se atisbaba ironía resignada, en otros me pareció entrever sutiles gestos de compasión al observar, casi de reojo y sin comprometer demasiado la inexpresividad sobria que les era común, mi paso advenidizo. Casi todos los viajeros guardaban silencio, miraban al frente y evitaban altivos la imagen del compañero que se situaba frente a ellos. Ninguno de los trenes que había imaginado provocó en mí el amargo malestar que experimentaba, el escalofrío estremecedor de la opresiva atmósfera que se calaba en mis huesos como letal aviso. Durante unos momentos dudé entre aceptar como única realidad mi capacidad de ensoñar o si por el contrario debería rendirme sin condiciones a la situación que me parecía vivir como más tangible, aunque menos alentadora.

En la cabina que me asignó el funcionario había tres pasajeros varones de mediana edad. Me acomodé junto a una ventana tras un vago saludo y miré la sencillez monótona de los campos dorados, la refulgencia del Sol crespuscular sobre las espigas y la presencia poco frecuente de algún pino solitario, de copa umbelar, mudo y contemplativo, como si hubiera optado por hacerse más permeable a la desnuda simplicidad del páramo renunciando a la compañía de otros árboles. Uno de los pasajeros, barbudo y canoso, de ojos ladinos y centelleantes, reinició la conversación que mi entrada había interrumpido.

_ Creo que vosotros también habéis observado lo que os decía. ¿Es así?

Los demás balanceaban sus cabezas con aburrimiento, como si hubieran oído la misma pregunta repetidas veces.

_ La solución, no por acertada deja de ser simple. Las ruedas sustentan y hacen avanzar el tren. Nuestro vagón es el más afectado por ese ruído y más concretamente este lugar sobre el que nos hallamos sentado.

_ ¿Hay una rueda justo debajo de nosotros? _ preguntó otro.

_ Exacto _ continuó el que parecía asumir el liderazgo _ El mal está localizado, sólo basta seguir los oportunos cauces para hallar una solución operativa. Creo que deberíamos dirigirnos al Comité de Bienestar o acaso al Comité Técnico…

Yo no percibía ningún ruido que destacara de la monótono estridencia rítmica. Imaginé que las horas se harían interminables para ellos y habrían desarrollado una hiperestesia especial. Les pregunté si sabían el recorrido y destino del tren y una turbia agitación mudó sus semblantes; el líder apretó su mandíbula y dejó traslucir una tensión casi rayana en la fiereza. Me dijo que eso que yo quería saber no interesaba a nadie y que otros, al interesarse por cuestiones parecidas o acaso menos comprometidas, como por ejemplo el mecanismo que acciona el movimiento del tren o el nombre de la región por la que transitamos, habían propiciado serios conflictos, tanto personales como colectivos. La clave de un viaje sin contratiempos reside – me dijo- en alcanzar el justo interés por un asunto inofensivo, por más que al principio se antoje trivial, que no malogre un trayecto que, en realidad, ha sido trazado por aquellos que nos representan.

Recordé, mientras hablaba, la montaña que no había llegado a ascender y me aterroricé especulando sobre la génesis del pánico que me había inducido a renunciar a ella. Tal vez muchos de los pasajeros no conocían montaña alguna. El cálido ambiente interior de los pasillos y cabinas y la aridez inhóspita de las inmensas llanuras constituían acaso las únicas opciones en una existencia que, para despojarla de su inasimilable contingencia, ornábanla con la quimérica voluntad de unos desconocidos representantes. El pasajero canoso adquiría un líquido brillo en sus ojos, esbozaba una exigua sonrisa y su voz, enérgica y grave, imbuía convicción a sus palabras. “El tren y el paisaje que divisamos a través de las ventanas nos salvan del caos, del vértigo que provoca ser conscientes de nuestra radical orfandad. No debemos, pues, insolentarnos con las moléculas más solidarias de la existencia, aquellas que gracias a la evolución y a un extraño azar, han surgido del caos y se ha ido agregando y organizando, dotándose de vida e inteligencia. Nuestro tejido nervioso contiene las células y las moléculas más útiles para llevar a cabo este tránsito. Confiémonos a nuestro cerebro, a lo que sabemos de esos… neurotransmisores y concedamos plena autoridad a su papel en la explicación de nuestro camino. Renunciemos al absurdo rigor de un viaje personal. Si el conocimiento de nuestro sistema nervioso no nos hubiera encaminado a buscar una solución definitiva, todavía andaríamos por esos campos mendigando certezas y alimentándonos de espectrales fantasías. Se cuenta que nuestros antepasados caminaban a pie. Sucumbían víctimas del odio, el hambre y la tristeza.”

Durante estos días he meditado obsesivamente acerca de esas palabras. No he hallado argumentos sólidos para rebatir su adusta tesis. Pero una sutil y extraña intuición me hace pensar que su visión es extremadamente parcial. Yo he visto ese bosque donde la luz tenía una cualidad indefinible y he sido testigo de ensoñaciones, acaso de veraces reminiscencias del pasado de mis congéneres. Junto a escenas de terror y miseria he visto miradas de inefable beatitud. He soñado los sones inefables de quienes pretendieron el éter de finas cadencias, de belleza sonora que entrelazaba sueños y deseos de buscadores que no se rendían a la inercia de su naturaleza más grávida. Las colosales dimensiones de antiguos templos en que la armonía de sus proporciones y la luz de sus naves expandían el corazón de los hombres y la estilizada verticalidad de sus torres establecía simbólicos lazos con el misterio celeste. La exquisita sencillez de campesinos que labraron y sembraron la tierra y la sacra candidez de su gesto al recolectar los dones que la tierra les otorgaba. Y he oído palabras de poetas que en los cárdenos crepúsculos vieron reflejados los tesoros ocultos de interiores paraísos.

A veces me quedo dormido, mecido por el rítmico vibrar, con la secreta esperanza de que mi sueño me devuelva al origen, a ese ignoto momento anterior a mi despertar junto a los raíles. Pero mis sueños me transportan a galerías laberínticas por las que camino sin reposo, buscando una luz fantasmagórica que acaso sólo existe en mis exiguos recuerdos de uno de los sueños, tal vez del sueño de todos los sueños. Despierto con decepción, de nuevo en mi lugar, frente a los adustos semblantes de mis compañeros de viaje. Y no ceso de lamentarme por estar bajo el dominio de la oscura entidad que doblega a todos los viajeros, la que nos seduce argumentado la comodidad del viaje predeterminado y nos salva de la cruel consciencia de la arbitrariedad y el azar. Los pasadizos por los que transito en mis sueños albergan un aire más fresco, del cual surgen incandescencias que me inquietan y a la vez me impregnan de la misma secreta dicha que a veces siento al contemplar la elegante serenidad de un pino solitario en su silencio humilde y el ascético ramaje de su copa, que parece sonreír compasivo y ver nuestra marcha a través del páramo con la candidez de quien todavía mira hacia lo alto.

Algunos días mi abatimiento me hace dudar de mis intuiciones y me pregunto si es común a todos los viajeros este desamparo o por el contrario, en ellos la aceptación del tren como única opción les libra de la noción del absurdo. Pero a veces, al caminar por los pasillos, he visto algunos semblantes melancólicos, pasajeros que apoyan su frente contra los cristales y durante horas permanecen inmóviles y ausentes, la mirada extraviada en la tiniebla helada del anochecer, como si hubieran sido alcanzados por misteriosas presencias. Nunca me he acercado a ellos a preguntarles nada. Con otros pasajeros sí he hablando y siempre me han contestado con evasivas y miradas recelosas. Y, sin embargo, aunque podría esperar de ellos una respuesta diferente, he decidido no dirigirme a esos enigmáticos viajeros; no deseo velar la incógnita de si realmente son heroicos soñadores de otros parajes. Al pensar en ellos, o al recordar mi subida a la montaña o la escena del caballero en pos de la fortaleza, también yo creo ser partícipe de una espera heroica.

Borrasca de Otoño. Pedro Cabrera Sánchez

Pedro Cabrera Sánchez

De “Borrasca de Otoño”



AUTOEPITAFIO PARA CUALQUIER CIUDADANO


Me creí, como todos, superior a mi prójimo

y fui un hombre normal; feliz no he sido;

(obvia la declaración, pero precisa)

amé a mucha más gente de la que a mí me quiso.

¡Ah, cuentas del amor deficitarias!

Ni siquiera logré el amor de los míos:

es tan difícil que te quieran tus contemporáneos

En nada destaqué, seguí sumiso

las leyes del trabajo y la modestia

que me impuso el mercado imperativo

y la incongénita escasez de genio.

Y de idéntico modo gratuito

con que fui convocado a la existencia,

me llamaron al reino del olvido;

desde allí te dirijo estas palabras

que ojalá no adelanten tu destino.

Liberado de toda servidumbre

ahora, que puedo hacerlo, me sonrío.




RECUERDO DE MI PADRE


Cuando cierro los ojos

la efigie de mi padre

se yergue recortada en el recuerdo,

retumba en mis oídos

el aura de silencio,

la callada burbuja de sosiego

que su quieta presencia suscitaba:

amándonos a todos, lo callaba

y a su vista cedía la virtud del mensaje;

hablar era excusable

en su manera de querer más suya:

mirar, mirar el mundo, silencioso,

amores irradiando su mirada.

Se sentaba las tardes de verano

a contemplar la calle, a presidirla

y al entorno sin techo le infundía

un talante doméstico, un íntimo sigilo

apenas perturbado

por los precoces coches del progreso.

Y un orden aquiescente se instauraba,

un orden implantado por su silla.

Un día calló enfermo, y calló en firme,

dejó de pronunciar ya para siempre

las escasas palabras que solía;

y entonces su silencio fue perfecto

y suma la elocuencia de sus ojos

y tácito su adiós a la existencia:

en medio de su muerte yo callaba.

En las rudas jornadas de ruido

del huérfano presente que me aflige,

cuando mi padre ausente ya no mira

ni calla más que en mi nostalgia herida,

a veces alzo la mirada al cielo

buscando su silencio y su mirada.



SONETO ERÓTICO PARA PROFESOR DE LENGUA



Igual que el verbo núbil transitivo

requiere complemento enamorado

y sueña plenitud de predicado

que mitigue su celo imperfectivo,

con gesto que se ostenta conativo

te invoco y te convoco aquí, a mi lado,

por el tiempo presente y el pasado

con no menor afán copulativo.

Amado a media voz y a grito amante,

a recciones de amor estoy sujeto;

y, pues se sabe que el primer actante

atiende solo a conseguir su objeto,

penetro en tí, mujer determinante.

Somos una oración: estoy completo.



SONETO A ARRIATE

No te importe que vaya poco a verte

ni que, vástago infiel, resida fuera;

no te importe la insólita manera

que tengo de ausentarme y de quererte.

Acepta que los naipes de mi suerte

permitieron que, osado, yo escogiera

llevar una existencia forastera

sin que tengas por éso que ofenderte.

Si pronto abandoné tu vecindario,

no dispuso dejar mi alejamiento

el censo de tu amor empobrecido.

La patria es la niñez y el escenario

donde mago se cumple su portento;

mi patria sois los dos: nunca os olvido.

————————————————————

Triste literatura y una canción para el rey. Agustín Torralba

Agustín Torralba
De “Triste literatura y una canción para el rey”:

DESAMOR

“Es no saber encontrar
el camino de vuelta a casa”
        Antonio Mañas Rabaneda
y deambular, paseando
por los planos de nuestra juventud,
como pasajeros
y descubrir, muy a pesar nuestro,
que no somos despreocupados
sino terriblemente indiferentes

ARREPENTIMIENTO

Pude haber acariciado,
y sin embargo,
en la yema de mis dedos
llevo impreso
todo cuanto un hombre
destroza cada vez
que inicia un gesto.
Pude haber acariciado,
y sin embargo…

VENCIDOS

En calendarios
hace lustros vencidos,
buscamos el espectro de los días
en que tan felices fuimos.
Y no hallamos más
que meses impresos
en hojas de papel quebradizos.

CRUELDAD

Descubrimos
que el alfabeto contaba
con palabras terribles
dispuestas a expresarse
por nosotros.

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