Todo por la curtura. Seguimos trabajando

En el esfuerzo constante, en la dedicación permanente, en la profesionalidad absoluta, trabajamos y trabajamos sin descanso para que el lector tenga a punto cada cuatrimestre su ansiado número de esta revista de todos y para todos. No hay obstáculo que impida nuestro celo. Vean ustedes si no, la imagen que presentamos. En ella nuestro director, y algunos colaboradores se sumergen en las entrañas del pueblo para recoger allí su alma, su idiosincrasia, su lengua, su intrahistoria, historietas, dichos, anécdotas, refranes, …; en definitiva, su basto eppacio curturá, que mimamos casi tanto como las autoridades autonómicas en tales materias. No todo va a ser alzar el vuelo por las alturas del espíritu, que no hay quien entienda ni jota.


Nada se escapa en esta zambullida en las fuentes primigenias del genio de la raza. Apuntamos, bebemos, investigamos, bebemos, recopilamos, bebemos, etc… etc… etc… Nuestro estudio de campo es agotador y peligroso; más, aunque se revolucione todos los índices de las analíticas, ahí esta el equipo dando el callo, el hígado, el páncreas, el vazo, los euros, y lo que haga falta. Todo sea por ustedes; aunque, la verdad, nos cuesta cada vez más recuperarnos de las intensas jornadas de trabajo.


Y ya que estamos; ¿no podrían pegarse los organismos oficiales o privados un detalle y adelantar alguna que otra colaboración numeraria para llevar a cabo con total éxito el plan que se ha propuesto la redacción para mayor gloria de nuestras realidades diferenciales en materia curturá? Es una idea que se nos ha venido a la cabeza así, a bote pronto, pero que lanzamos a la palestra pública por si suena la flauta y cae la breva. Que por nosotros no quede, amable y paciente lector. Corre la voz.

TODO POR LA CURTURA. SEGUIMOS TRABAJANDO. (pág. 197)

Ángel Simón Collado

El primero. María Luisa Saldaña Lozano

Perdura en mi memoria como si hubiera sido ayer. Tenía nueve o diez años. Sí, ya se lo que vais a decir. A mi también me hubiera gustado que hubiera sido antes.
Todo ocurrió en casa de mi abuela, en su cama. Yo estaba allí tumbada y no hacía mas que mirarlo con la incertidumbre de como transcurriría todo, hasta que me decidí a empezar y alargué los brazos para acercarlo hasta mí.
Reconozco que al principio no me sentía muy convencida. No estaba resultando como yo me había imaginado y estuve a punto de parar. Pero decidí que no era justo dejarlo así. Al fin y al cabo… la primera vez siempre es la que más cuesta.
Así que, seguí descubriéndolo con mis manos. Suavemente. Con calma pero con decisión.
Después de unos cuantos minutos todo cambió y ya no podía escapar. Escuchaba a mi madre y a mi abuela hablando en la cocina, haciendo ruido con los cacharros, pero ya todo me daba igual. Ya nadie era capaz de distraerme. Solo podía pensar en lo que vendría a continuación, en que sería lo siguiente, si seria capaz de sorprenderme como hasta ahora.
Había transcurrido toda una hora en ese estado. Mis manos estaban doloridas y mis ojos cansados, pero yo estaba resuelta y no iba a interrumpirlo justo ahora.
El final se estaba acercando y mi corazón palpitaba excitado de emoción. Ahora todo era más intenso, más rápido, y yo quería más, necesitaba más.
Ya no escuchaba el ruido, ni la charla de la cocina. Todo se había disipado a mi alrededor. Solo existíamos él y yo. El empapado del sudor de mis manos. Yo desbordada por todo lo que él me había obligado a aprender.
Y entonces llegó el clímax. Un momento que me dejó increíblemente satisfecha y a la vez horriblemente vacía y desesperada de necesidad.
Ese fue el momento en el que lo supe. Me había convertido en una yonqui de la lectura.
Entendí que yo nunca podrí vivir sin tener un tomo entre mis manos, un volumen descansando en mi mesita de noche. Comprendí que acababa de convertirme en una pequeña rata de biblioteca. Hechizada por el color de las tapas y por el tacto del papel satinado.
Nunca olvidaré aquel primer libro. Ni todos los que llegarían después
APARTADO V: MISCELÁNEA
MARIA LUISA SALDAÑA LOZANO

 EL PRIMERO

Los toros. Una fiesta del pueblo. Juan José de Torres López

No se trata aquí de defender sin más las corridas de toros sino de contar algo que es desconocido incluso por los propios aficionados.
Y es que, como decía D. Enrique Tierno Galván: “Ser indiferente ante un acontecimiento social de tal índole supone la total extrañeza respeto del subsuelo psicológico común. Al coso asiste la mayoría del pueblo, sin que falte ningún estrato social. La plaza de toros resulta el lugar físico, social y psicológico en que la totalidad del pueblo convive intensamente una misma situación psicológica en que las actitudes profundas son substancialmente análogas”. Y añade: ¿Con qué otro acontecimiento ocurre esto?
Se trata, por tanto, de acercarse a la Fiesta de los toros desde un punto de vista intelectual y descubrir que debajo late el alma de un pueblo.
Decía Ortega y Gasset, quizás el más grande pensador de este siglo, que no se podía entender la historia de España desde 1650 en adelante sin el estudio de las corridas de toros. Afirma Ortega que: “la historia de las corridas de toros revela algunos de los secretos más recónditos de la vida nacional española durante casi tres siglos. Y no se trata de vagas apreciaciones, sino que de otro modo no se puede definir con precisión la peculiar estructura social de nuestro pueblo durante esos siglos.”. “Lo que llamamos corridas de toros apenas tiene nada que ver con la antigua tradición de las fiestas de toros en que actuaba la nobleza. Precisamente es en esos momentos  del siglo  XVIII cuando el pueblo español se decide por primera vez a vivir de su sustancia, cuando aparece el vocablo “torero”. Es en la cuarta década del siglo cuando aparecen las primeras cuadrillas de hombres que recorren villas y aldeas. El efecto que esto produjo en España fue fulminante y avasallador. Pocas cosas a lo largo de nuestra historia han apasionado tanto y han hecho tan feliz a nuestro nación como esta fiesta. Ricos y pobres, hombres y mujeres dedican una buena porción de cada jornada a prepararse para la corrida, a ir a ella, a hablar de ella y de sus héroes. Y no se olvide que el espectáculo taurino es sólo la faz o presencia momentánea de todo un mundo que vive oculto tras él y que incluye desde las dehesas donde se crían las reses hasta las botillerías y tabernas donde se reúnen las tertulias de toreros y aficionados.”
A comienzos de los años 30, Ignacio Sánchez Mejías va a New York a buscar a Federico García Lorca para que le ayude en un espectáculo que preparaba para la “Argentinita” que se llamará “Las calles de Cádiz”. Federico le ayuda y a cambio consigue que Ignacio de una conferencia en la Universidad de New York –en Columbia University-. 
 
            En esa conferencia, Ignacio les explica a los americanos no lo que es un natural, un derechazo o una verónica, sino como ve él el significado cultural profundo de la tauromaquia. Y lo sitúa, justamente, en el enfrentamiento de una cultura mediterránea con una cultura nórdica, del Norte.
            Él, eso lo ejemplifica en dos figuras: en D.Quijote y Sancho Panza. Y dice que D.Quijote ha sido el primer torero de la historia y que Sancho Panza, exagera por supuesto, representa el pancismo, el utilitarismo, el egoísmo de la gente del Norte.
            ¿Qué es lo que representa D.Quijote entonces, éste primer torero para Ignacio Sánchez Mejías?. Sencillamente la moral del esfuerzo. No la moral del éxito cueste lo que cueste, la moral del esfuerzo, se triunfe o no.
            Hay una hermosísima frase de D.Quijote que en un momento determinado dice: “Podrán los encantadores quitarme el éxito, pero el esfuerzo jamás”. Esa virtud, esa ética, es la ética del Mediterráneo.
Dice el extraordinario crítico taurino Paco Aguado que “El toro, en su oscura animalidad y en su ciega fiereza, representa la inquietante intriga de la naturaleza, ese mismo problema esencial que el hombre hubo de afrontar cuando apareció sobre la faz de la tierra. Por eso el toreo es la gran metáfora de la vida: la representación escenificada, organizada y evidente de la lucha eterna entre el hombre y la naturaleza; una exaltación del vitalismo, un triunfo habitual de la razón sobre la fuerza y de la vida sobre la muerte. Ese juego natural de la vida y de la muerte que nos hace reconocernos a nosotros mismos como lo que somos, que nos devuelve a nuestra realidad en un mundo que, precisamente ahora, tiende a deshumanizarse, a alejarse delas pautas que lo rigieron durante varios milenios; de un mundo que aísla al anciano y al enfermo, que esconde la muerte y el dolor, que sólo exalta la pasajera y, a veces, estúpida belleza de una juventud artificialmente prolongada por la moda, y que proclama triunfador al insolidario, al agresivo y al soberbio. Una sociedad que, como otras culturas antiguas, también adora a un toro: al Becerro de Oro”.
     
Las corridas de toros, el toreo a pie, decía Ortega y Gasset, que nace la primera vez que el pueblo español se decide a vivir de su sustancia, es lo primero que hace como pueblo. ¿Cómo es esto?. ¿Qué pasa en la sociedad española para que el pueblo desplace al noble del caballo?
 
En los siglos XVII, y XVIII no había nadie de la nobleza con carisma, con autoridad sobre el pueblo. Y como tampoco había clase media, ocurre un fenómeno singular, una de las más típicas subversiones históricas: la aristocracia carente de valores propios que la distingan que la reconozcan, mira al pueblo porque quizás piense que conserva lo genuinamente español, y comienza a imitar, sin autenticidad pero con pasión, lo que dice y lo que hace el pueblo. Y el pueblo impone sus costumbres al mismo tiempo que la nobleza se aplebeya y, abandonando sus hábitos aristocráticos encuentra satisfacción en las diversiones y costumbres más desgarradas y busca los ambientes más bajos y turbios.    
 
El pueblo tiene un ascendente innegable sobre la aristocracia. En ese momento concreto surge la corrida de toros. El toreo a pie es producto del alma española, del pueblo. En rigor las cosas sucedieron así:
En Europa, efectivamente, las clases superiores miran al pueblo con curiosidad, con simpatía, con afán proteccionista, pero en España se produce un fenómeno extrañísimo que no se da en ningún otro país: el entusiasmo por lo popular en la vida cotidiana prende en las clases superiores, pero no con simpatía sino con vehemencia, con pasión. Esa es la diferencia esencial: En el resto de Europa hay una mirada de los noble, de las clases altas hacia el pueblo de forma filantrópica, simpática, proteccionista, pero sin arrebato; en España esa mirada es apasionada.
Esa manera de mirar del europeo es lo que se llama “populismo” o “casticismo”. El fenómeno que se produce en España, esa pasión por las cosas del pueblo es lo que se llama plebeyismo”.
¿Qué diferencia hay?:
            Para explicarlo vamos a apoyarnos en la ciencia lingüística: aparecen en el lenguaje con mucha frecuencia dos palabras que significan lo mismo, de las cuales una tiene un origen culto y la otra ha sido formada por el pronunciamiento y el uso popular. Pues bien, la tendencia en todo el pueblo a preferir la forma popular a la culta es lo que se llama “plebeyismo. Esa tendencia es normal en todas las lenguas.
            Pero, esa tendencia trasladada a la vida entera: a los trajes, las danzas, los cantares, los gestos, las diversiones de la plebe, a la historia general de la nación, y trasladada, además, con pasión sin límites, con frenesí, fue el motor más enérgico de la vida española en la segunda mitad del siglo XVIII. El plebeyismo movió la vida española durante más de dos siglos (desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta los primeros años del pasado siglo).
            En ningún pueblo ha ocurrido nada igual. Lo normal ha sido que las clases inferiores miren con admiración las formas de vida de la aristocracia y procuren imitarla. En España se da el fenómeno contrario, el pueblo vivía a su manera con entusiasmo, sin mirar para nada a la aristocracia. Por su parte, la aristocracia sólo se sentía feliz cuando abandonaba sus propias costumbres y se saturaba de plebeyismo. Ahí está la historia de España. Ahí esta el origen del toreo a pie, de las corridas de toros:
            Y todo se hace con pasión. El pueblo no se contenta con ir a los toros o al teatro, sino que el resto de día apenas habla de otra cosa. Pero, lo que es más importante, esto pasa en todas las clases sociales. Voy a poner dos ejemplos, uno de cada una de las actividades que más apasionaban a los españoles: el teatro y los toros.
            Cuando la Tirana, actriz de teatro viene a  Madrid desde Barcelona, no se trae sus trajes. La Duquesa de Alba, ferviente partidaria suya, le proporciona vestidos y todo lo que necesita. Inmediatamente, la duquesa de Osuna, rival de la de Alba, hace lo mismo con su actriz preferida: la Pepa Figueras. El conde de Carpio, en una carta que le escribe a la marquesa de la Solana le dice, refiriéndose a la Duquesa de Alba: “emplea el tiempo…en cantar tiranas y envidiar a las majas”.
            Iriarte, un intelectual de la época, escribe a un amigo suyo y le pone: Riase usted de los bandos. Acá nos comemos vivos entre Costillaristas y Romeristas. No oye uno otra conversación, desde los dorados artesonados hasta las humildes chozas, y desde que se santigua por la mañana hasta que se pone el gorro de dormir. El furor de los partidarios durante el espectáculo llega a términos de venir a las manos...”
Pero hay un fenómeno curioso: tan arraigadas estaban las costumbres populares, que incluso los intelectuales que criticaban esas costumbres castizas, utilizaban el lenguaje popular. Lo que demuestra la gran penetración de ese plebeyismo en toda la sociedad española.
            El idioma lo crea el pueblo, y no hay nada que haya llenado más el idioma español que lo taurino. La riquísima gama de términos taurinos con la que nos expresamos, seamos a no aficionados a los toros, sólo se explica por el profundo arraigo diario y sentido, casi como una pasión, que tuvieron los toros. Incluso es posible saber por la etimología de la palabra en que momento de la corrida nació.
Los españoles y muchos extranjeros empleamos casi sin darnos cuenta una gran cantidad de frases taurinas. Voy a poner unos cuantos ejemplos: Hacer el Tancredo: en referencia a ser inmovilista. Este fue un personaje que apareció a principios de siglo –el 30 de diciembre de 1900-  que salía a las plazas vestido de blanco, se colocaba en el centro de la Plaza subido en un pedestal, inmóvil y allí espera las embestidas del toro que nunca se producían. El toro al llegar a él dejaba de verlo por la peculiar disposición de los ojos del toro y no le embestía. Por cierto que la mirada del toro en la que se basaba D. Tancredo, puede ser objeto de una próxima reunión porque en ella está gran parte de la evolución del toreo; coger al toro por los cuernos, hacer un quite o un quiebro a alguien, querencia, emplazarse, tomar el olivo, vergüenza torera, dar capotazos, ¡Torero!, ¡Torero!, gritado como demostración de las excelencias de una persona., el ¡olé! que se oye en cualquier campo de fútbol de cualquier país del mundo como manifestación de superioridad de un equipo sobre otro.
En fin, hay en nuestro lenguaje una gran cantidad de expresiones taurinas, expresiones que formó el pueblo cuando los toros eran su gran pasión.
           
El proceso de transformación no es de golpe, hay algunas etapas de transición. Son muchas las descripciones que se conservan de las Fiestas de toros, de los espectáculos en los que eran protagonistas la nobleza. Hay uno, de 1700 durante el reinado de Felipe V el primer Borbón, recogido de “Viajes por España” de José García Mercadal, en el que ya se observan las transformaciones de que antes he hablado, que dice así:
            “La fiesta se celebraba en la Plaza Mayor de Madrid. Dicen que esa plaza aloja a más de 4.000 personas, y que los días de toros contiene 6.000. Es constante  que es una gran afluencia del pueblo y que lo hay en esos días hasta en los tejados; pero no puedo creer que haya exageración en ese número… Todos los empleados de los Consejos y de la Casa Real tienen allí sus puestos gratis. Es preciso confesar que ese espectáculo tiene algo de grande, y que es agradable ver en todos esos balcones esa gran cantidad de gentes, estando todo engalanado y adornado con bellos tapices.
No habiendo galán ese día que no se haga un punto de honor en colocar bien a su dama, en hacer llevar a su balcón o a su asiento, helados, confituras y lo que la estación  ofrece mejor.”.
            Vemos que era un acontecimiento social. Hoy en muchas ciudades y pueblos perviven esos hábitos, por ejemplo la merienda de nuestra Plaza de Toros.
            Y sigue: ”Un cuarto de hora después de que el Rey hubo llegado hizo una señal con el pañuelo –lo mismo que hoy los Presidentes de las corridas- para que hiciesen el despejo de plaza”…”.” Los toreadores entraron en la plaza montados sobre hermosísimos caballos, con gran número de criados…”. “Hay también gentes del pueblo que llevando en la mano una especie de media pica, se planta delante del toril y en esa postura aguardan al toro, y cuando esa fiera va a lanzarse sobre ellos y se ven muy apurados, le arrojan su capa sobre la cabeza, o tendiéndose en el suelo boca abajo, evitan de esa manera la furia del toro”
            Vemos como, al margen de la corrida, unos héroes anónimos, gente del pueblo con un toreo distinto, fiados de sus propios recursos dan el primer aldabonazo hacia el toreo a pie. El pueblo, los peones, son al principio mero acompañamiento, pero mantienen una pugna sorda, tenaz, por alcanzar la plaza de lidiador. No hay que engañarse, a lo que estamos asistiendo  a un auténtico levantamiento popular.
Cuando aparecen las primeras figuras con la muleta: Pedro Romero, Costillares y Pepe Hillo, el pueblo se decanta, definitivamente por los de a pie.  Esa forma de torear al toro, cala tan hondo en el pueblo español, que ya nada le hará más feliz.
¿Pero tan feliz fue el pueblo español con las corridas de toros?. No voy  a ser exhaustivos, una vuelta por la sociedad española de distintas épocas bastarán para sacar conclusiones:

        1ª mitad del siglo XVIII(1743): Campillo que fue ministro de Felipe V, hace un dictamen sobre las corridas de toros en el que se muestra desesperado porque le han hecho saber que en Zaragoza los hombres del pueblo empeñan la camisa para poder ir a los toros.
        Último tercio del siglo XIX (1876): Frascuelo llega a su casa de Madrid para recuperarse de una cogida que había sufrido en Valencia. La expectación por saber la evolución de la cogida es tal, que los médicos que le atienden colocan sobre la fachada de la casa del torero varios partes todos los días, que se leen aguardando colas.
        Primer tercio del siglo XX: Cuenta Juan Belmonte: “Cuando fui soldado en Sevilla, el general de la división estaba obsesionado con la idea de que se me tratara en el cuartel con demasiadas consideraciones. ¿Por qué no iba yo, como los demás al campo de instrucción?. El coronel transmitió una orden enérgica. Yo formaría como todos los reclutas e  iría con el regimiento al campo de instrucción. Y recuerdo aquella mañana en que, cuando desfilaba por las calles de Sevilla, la gente que me descubría en las filas seguía el paso marcial de las tropas llamándome cariñosamente “¡Juan! ¡Juan!”. Al regreso la noticia había prendido, y un gentío denso aguardaba el desfile para aplaudirme. También el general esperaba el paso del regimiento para tener la certidumbre de que yo había ido al campo de instrucción y fue testigo de cómo la gente se abalanzó alrededor de mi persona, rompió las filas, intentó conducirme en hombros y desbarató la formación. Aquel mismo día, el general dio la orden de que el recluta Juan Belmonte no saliera más con el regimiento”. 
Son sólo unos ejemplos, la vida española está llena de ellos.
     
¿Pero y el pueblo, influía en el desarrollo de las corridas?. En los toros, el pueblo siempre ha dominado, sus gustos han impuesto desde la manera de torear hasta el toro que había que torear.
Cuando aparece el varilarguero, el tipo de toro que gustaba era el que iba al caballo con fiereza, era la época de un tipo de toro, fundamentalmente el toro procedente de Castilla. Al tomar el pueblo partido por los recortadores, hacía falta un toro de gran movilidad, ya no importaba tanto lo que hiciera en el caballo, era más importante que diera espectáculo, que se moviera delante del recortador, y se pone de moda el toro navarro: ágil, pequeño y revoltoso.
            Los gustos del pueblo, al inclinarse por el toreo con los engaños: capa y muleta, hacen que se necesite un nuevo tipo de toro, un toro que se desplace siguiendo los engaños, que tenga más nobleza: aparece el toro andaluz, un toro con recorrido, que era bravo en el caballo y la muleta.
            El descubrimiento del toro andaluz causó conmoción en Madrid. En el cartel de la cuarta corrida de 1791 se decía: “Como no se omite trabajo ni dispendio en solicitud de dar al público gusto, siendo notable el que demostró tener con los toros de Andalucía el año pasado, se han acopiado para éste 119 (de los que han llegado ya 111), de las vacadas más acreditadas de aquel Reino. El público decidirá las que más merezcan su aprobación, y, servirá de regla para hacer los acopios venideros”.
            Era una época de variedad, el público mandaba en la Fiesta y se permitía dirigir los destinos de su diversión preferida. Como muestra basta un botón: Es un bando del Corregidor de Madrid (con Fernando VII) publicado el 17 de junio de 1815:
            Así como el gobierno tiene una particular satisfacción en permitir ciertas diversiones que, sin oponerse a las buenas costumbres, proporcionan un recreo decente al público; así también pone al más particular cuidado en precaver que aquellas sean perturbadas por parte de algunos concurrentes a quien la malicia o la poca reflexión suele inducir a excederse de los límites que prescribe el buen orden. En la última función se fomentaron en la Plaza alguna apuestas y disputas acaloradas entre varios sujetos en pro y en contra del mérito de las respectivas vacadas que se corrieron aquel día…
            Para evitar la continuación de semejantes desórdenes…MANDO:
1º.- Que en la Plaza de toros ni en otros sitios públicos, no se hagan apuestas ni se susciten disputas imprudentes en razón a las mejores o peores castas de dicho ganado
2º.- Cualquiera individuo que contravenga a lo que prescribe el artículo anterior, además de perder el importe de la apuesta…será tratado de perturbador del buen orden público, y castigado con proporción a su exceso.
            En definitiva, toda la historia de España está llena de hechos que prueban que, como afirmaba Ortega, las corridas de toros son producto del alma del pueblo español, y que nada nunca ha hecho tan feliz a ese pueblo que las corridas de toros



APARTADO VI: CUESTIONES QUODLIBETALES


JUAN JOSE DE TORRES LÓPEZ

LOS TOROS. UNA FIESTA DEL PUEBLO

Los toros. Una fiesta del pueblo

El toro de Osborne



No se trata aquí de defender sin más las corridas de toros sino de contar algo que es desconocido incluso por los propios aficionados.

Y es que, como decía D. Enrique Tierno Galván: “Ser indiferente ante un acontecimiento social de tal índole supone la total extrañeza respeto del subsuelo psicológico común. Al coso asiste la mayoría del pueblo, sin que falte ningún estrato social. La plaza de toros resulta el lugar físico, social y psicológico en que la totalidad del pueblo convive intensamente una misma situación psicológica en que las actitudes profundas son substancialmente análogas”. Y añade: ¿Con qué otro acontecimiento ocurre esto?
Se trata, por tanto, de acercarse a la Fiesta de los toros desde un punto de vista intelectual y descubrir que debajo late el alma de un pueblo.

Decía Ortega y Gasset, quizás el más grande pensador de este siglo, que no se podía entender la historia de España desde 1650 en adelante sin el estudio de las corridas de toros. Afirma Ortega que: “la historia de las corridas de toros revela algunos de los secretos más recónditos de la vida nacional española durante casi tres siglos. Y no se trata de vagas apreciaciones, sino que de otro modo no se puede definir con precisión la peculiar estructura social de nuestro pueblo durante esos siglos.”. “Lo que llamamos corridas de toros apenas tiene nada que ver con la antigua tradición de las fiestas de toros en que actuaba la nobleza. Precisamente es en esos momentos  del siglo  XVIII cuando el pueblo español se decide por primera vez a vivir de su sustancia, cuando aparece el vocablo “torero”. Es en la cuarta década del siglo cuando aparecen las primeras cuadrillas de hombres que recorren villas y aldeas. El efecto que esto produjo en España fue fulminante y avasallador. Pocas cosas a lo largo de nuestra historia han apasionado tanto y han hecho tan feliz a nuestro nación como esta fiesta. Ricos y pobres, hombres y mujeres dedican una buena porción de cada jornada a prepararse para la corrida, a ir a ella, a hablar de ella y de sus héroes. Y no se olvide que el espectáculo taurino es sólo la faz o presencia momentánea de todo un mundo que vive oculto tras él y que incluye desde las dehesas donde se crían las reses hasta las botillerías y tabernas donde se reúnen las tertulias de toreros y aficionados.”

A comienzos de los años 30, Ignacio Sánchez Mejías va a New York a buscar a Federico García Lorca para que le ayude en un espectáculo que preparaba para la “Argentinita” que se llamará “Las calles de Cádiz”. Federico le ayuda y a cambio consigue que Ignacio de una conferencia en la Universidad de New York –en Columbia University-. 
 
            En esa conferencia, Ignacio les explica a los americanos no lo que es un natural, un derechazo o una verónica, sino como ve él el significado cultural profundo de la tauromaquia. Y lo sitúa, justamente, en el enfrentamiento de una cultura mediterránea con una cultura nórdica, del Norte.
            Él, eso lo ejemplifica en dos figuras: en D.Quijote y Sancho Panza. Y dice que D.Quijote ha sido el primer torero de la historia y que Sancho Panza, exagera por supuesto, representa el pancismo, el utilitarismo, el egoísmo de la gente del Norte.
            ¿Qué es lo que representa D.Quijote entonces, éste primer torero para Ignacio Sánchez Mejías?. Sencillamente la moral del esfuerzo. No la moral del éxito cueste lo que cueste, la moral del esfuerzo, se triunfe o no.
            Hay una hermosísima frase de D.Quijote que en un momento determinado dice: “Podrán los encantadores quitarme el éxito, pero el esfuerzo jamás”. Esa virtud, esa ética, es la ética del Mediterráneo.

Dice el extraordinario crítico taurino Paco Aguado que “El toro, en su oscura animalidad y en su ciega fiereza, representa la inquietante intriga de la naturaleza, ese mismo problema esencial que el hombre hubo de afrontar cuando apareció sobre la faz de la tierra. Por eso el toreo es la gran metáfora de la vida: la representación escenificada, organizada y evidente de la lucha eterna entre el hombre y la naturaleza; una exaltación del vitalismo, un triunfo habitual de la razón sobre la fuerza y de la vida sobre la muerte. Ese juego natural de la vida y de la muerte que nos hace reconocernos a nosotros mismos como lo que somos, que nos devuelve a nuestra realidad en un mundo que, precisamente ahora, tiende a deshumanizarse, a alejarse delas pautas que lo rigieron durante varios milenios; de un mundo que aísla al anciano y al enfermo, que esconde la muerte y el dolor, que sólo exalta la pasajera y, a veces, estúpida belleza de una juventud artificialmente prolongada por la moda, y que proclama triunfador al insolidario, al agresivo y al soberbio. Una sociedad que, como otras culturas antiguas, también adora a un toro: al Becerro de Oro”.
     
Las corridas de toros, el toreo a pie, decía Ortega y Gasset, que nace la primera vez que el pueblo español se decide a vivir de su sustancia, es lo primero que hace como pueblo. ¿Cómo es esto?. ¿Qué pasa en la sociedad española para que el pueblo desplace al noble del caballo?
 
En los siglos XVII, y XVIII no había nadie de la nobleza con carisma, con autoridad sobre el pueblo. Y como tampoco había clase media, ocurre un fenómeno singular, una de las más típicas subversiones históricas: la aristocracia carente de valores propios que la distingan que la reconozcan, mira al pueblo porque quizás piense que conserva lo genuinamente español, y comienza a imitar, sin autenticidad pero con pasión, lo que dice y lo que hace el pueblo. Y el pueblo impone sus costumbres al mismo tiempo que la nobleza se aplebeya y, abandonando sus hábitos aristocráticos encuentra satisfacción en las diversiones y costumbres más desgarradas y busca los ambientes más bajos y turbios.    
 
El pueblo tiene un ascendente innegable sobre la aristocracia. En ese momento concreto surge la corrida de toros. El toreo a pie es producto del alma española, del pueblo. En rigor las cosas sucedieron así:

En Europa, efectivamente, las clases superiores miran al pueblo con curiosidad, con simpatía, con afán proteccionista, pero en España se produce un fenómeno extrañísimo que no se da en ningún otro país: el entusiasmo por lo popular en la vida cotidiana prende en las clases superiores, pero no con simpatía sino con vehemencia, con pasión. Esa es la diferencia esencial: En el resto de Europa hay una mirada de los noble, de las clases altas hacia el pueblo de forma filantrópica, simpática, proteccionista, pero sin arrebato; en España esa mirada es apasionada.
Esa manera de mirar del europeo es lo que se llama “populismo” o “casticismo”. El fenómeno que se produce en España, esa pasión por las cosas del pueblo es lo que se llama plebeyismo”.

¿Qué diferencia hay?:

            Para explicarlo vamos a apoyarnos en la ciencia lingüística: aparecen en el lenguaje con mucha frecuencia dos palabras que significan lo mismo, de las cuales una tiene un origen culto y la otra ha sido formada por el pronunciamiento y el uso popular. Pues bien, la tendencia en todo el pueblo a preferir la forma popular a la culta es lo que se llama “plebeyismo. Esa tendencia es normal en todas las lenguas.
            Pero, esa tendencia trasladada a la vida entera: a los trajes, las danzas, los cantares, los gestos, las diversiones de la plebe, a la historia general de la nación, y trasladada, además, con pasión sin límites, con frenesí, fue el motor más enérgico de la vida española en la segunda mitad del siglo XVIII. El plebeyismo movió la vida española durante más de dos siglos (desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta los primeros años del pasado siglo).
            En ningún pueblo ha ocurrido nada igual. Lo normal ha sido que las clases inferiores miren con admiración las formas de vida de la aristocracia y procuren imitarla. En España se da el fenómeno contrario, el pueblo vivía a su manera con entusiasmo, sin mirar para nada a la aristocracia. Por su parte, la aristocracia sólo se sentía feliz cuando abandonaba sus propias costumbres y se saturaba de plebeyismo. Ahí está la historia de España. Ahí esta el origen del toreo a pie, de las corridas de toros:
            Y todo se hace con pasión. El pueblo no se contenta con ir a los toros o al teatro, sino que el resto de día apenas habla de otra cosa. Pero, lo que es más importante, esto pasa en todas las clases sociales. Voy a poner dos ejemplos, uno de cada una de las actividades que más apasionaban a los españoles: el teatro y los toros.
            Cuando la Tirana, actriz de teatro viene a  Madrid desde Barcelona, no se trae sus trajes. La Duquesa de Alba, ferviente partidaria suya, le proporciona vestidos y todo lo que necesita. Inmediatamente, la duquesa de Osuna, rival de la de Alba, hace lo mismo con su actriz preferida: la Pepa Figueras. El conde de Carpio, en una carta que le escribe a la marquesa de la Solana le dice, refiriéndose a la Duquesa de Alba: “emplea el tiempo…en cantar tiranas y envidiar a las majas”.
            Iriarte, un intelectual de la época, escribe a un amigo suyo y le pone: Riase usted de los bandos. Acá nos comemos vivos entre Costillaristas y Romeristas. No oye uno otra conversación, desde los dorados artesonados hasta las humildes chozas, y desde que se santigua por la mañana hasta que se pone el gorro de dormir. El furor de los partidarios durante el espectáculo llega a términos de venir a las manos...”

Pero hay un fenómeno curioso: tan arraigadas estaban las costumbres populares, que incluso los intelectuales que criticaban esas costumbres castizas, utilizaban el lenguaje popular. Lo que demuestra la gran penetración de ese plebeyismo en toda la sociedad española.

            El idioma lo crea el pueblo, y no hay nada que haya llenado más el idioma español que lo taurino. La riquísima gama de términos taurinos con la que nos expresamos, seamos a no aficionados a los toros, sólo se explica por el profundo arraigo diario y sentido, casi como una pasión, que tuvieron los toros. Incluso es posible saber por la etimología de la palabra en que momento de la corrida nació.
Los españoles y muchos extranjeros empleamos casi sin darnos cuenta una gran cantidad de frases taurinas. Voy a poner unos cuantos ejemplos: Hacer el Tancredo: en referencia a ser inmovilista. Este fue un personaje que apareció a principios de siglo –el 30 de diciembre de 1900-  que salía a las plazas vestido de blanco, se colocaba en el centro de la Plaza subido en un pedestal, inmóvil y allí espera las embestidas del toro que nunca se producían. El toro al llegar a él dejaba de verlo por la peculiar disposición de los ojos del toro y no le embestía. Por cierto que la mirada del toro en la que se basaba D. Tancredo, puede ser objeto de una próxima reunión porque en ella está gran parte de la evolución del toreo; coger al toro por los cuernos, hacer un quite o un quiebro a alguien, querencia, emplazarse, tomar el olivo, vergüenza torera, dar capotazos, ¡Torero!, ¡Torero!, gritado como demostración de las excelencias de una persona., el ¡olé! que se oye en cualquier campo de fútbol de cualquier país del mundo como manifestación de superioridad de un equipo sobre otro.

En fin, hay en nuestro lenguaje una gran cantidad de expresiones taurinas, expresiones que formó el pueblo cuando los toros eran su gran pasión.
           
El proceso de transformación no es de golpe, hay algunas etapas de transición. Son muchas las descripciones que se conservan de las Fiestas de toros, de los espectáculos en los que eran protagonistas la nobleza. Hay uno, de 1700 durante el reinado de Felipe V el primer Borbón, recogido de “Viajes por España” de José García Mercadal, en el que ya se observan las transformaciones de que antes he hablado, que dice así:
            “La fiesta se celebraba en la Plaza Mayor de Madrid. Dicen que esa plaza aloja a más de 4.000 personas, y que los días de toros contiene 6.000. Es constante  que es una gran afluencia del pueblo y que lo hay en esos días hasta en los tejados; pero no puedo creer que haya exageración en ese número… Todos los empleados de los Consejos y de la Casa Real tienen allí sus puestos gratis. Es preciso confesar que ese espectáculo tiene algo de grande, y que es agradable ver en todos esos balcones esa gran cantidad de gentes, estando todo engalanado y adornado con bellos tapices.
No habiendo galán ese día que no se haga un punto de honor en colocar bien a su dama, en hacer llevar a su balcón o a su asiento, helados, confituras y lo que la estación  ofrece mejor.”.
            Vemos que era un acontecimiento social. Hoy en muchas ciudades y pueblos perviven esos hábitos, por ejemplo la merienda de nuestra Plaza de Toros.
            Y sigue: ”Un cuarto de hora después de que el Rey hubo llegado hizo una señal con el pañuelo –lo mismo que hoy los Presidentes de las corridas- para que hiciesen el despejo de plaza”…”.” Los toreadores entraron en la plaza montados sobre hermosísimos caballos, con gran número de criados…”. “Hay también gentes del pueblo que llevando en la mano una especie de media pica, se planta delante del toril y en esa postura aguardan al toro, y cuando esa fiera va a lanzarse sobre ellos y se ven muy apurados, le arrojan su capa sobre la cabeza, o tendiéndose en el suelo boca abajo, evitan de esa manera la furia del toro”

            Vemos como, al margen de la corrida, unos héroes anónimos, gente del pueblo con un toreo distinto, fiados de sus propios recursos dan el primer aldabonazo hacia el toreo a pie. El pueblo, los peones, son al principio mero acompañamiento, pero mantienen una pugna sorda, tenaz, por alcanzar la plaza de lidiador. No hay que engañarse, a lo que estamos asistiendo  a un auténtico levantamiento popular.
Cuando aparecen las primeras figuras con la muleta: Pedro Romero, Costillares y Pepe Hillo, el pueblo se decanta, definitivamente por los de a pie.  Esa forma de torear al toro, cala tan hondo en el pueblo español, que ya nada le hará más feliz.

¿Pero tan feliz fue el pueblo español con las corridas de toros?. No voy  a ser exhaustivos, una vuelta por la sociedad española de distintas épocas bastarán para sacar conclusiones:

        1ª mitad del siglo XVIII(1743): Campillo que fue ministro de Felipe V, hace un dictamen sobre las corridas de toros en el que se muestra desesperado porque le han hecho saber que en Zaragoza los hombres del pueblo empeñan la camisa para poder ir a los toros.
        Último tercio del siglo XIX (1876): Frascuelo llega a su casa de Madrid para recuperarse de una cogida que había sufrido en Valencia. La expectación por saber la evolución de la cogida es tal, que los médicos que le atienden colocan sobre la fachada de la casa del torero varios partes todos los días, que se leen aguardando colas.
        Primer tercio del siglo XX: Cuenta Juan Belmonte: “Cuando fui soldado en Sevilla, el general de la división estaba obsesionado con la idea de que se me tratara en el cuartel con demasiadas consideraciones. ¿Por qué no iba yo, como los demás al campo de instrucción?. El coronel transmitió una orden enérgica. Yo formaría como todos los reclutas e  iría con el regimiento al campo de instrucción. Y recuerdo aquella mañana en que, cuando desfilaba por las calles de Sevilla, la gente que me descubría en las filas seguía el paso marcial de las tropas llamándome cariñosamente “¡Juan! ¡Juan!”. Al regreso la noticia había prendido, y un gentío denso aguardaba el desfile para aplaudirme. También el general esperaba el paso del regimiento para tener la certidumbre de que yo había ido al campo de instrucción y fue testigo de cómo la gente se abalanzó alrededor de mi persona, rompió las filas, intentó conducirme en hombros y desbarató la formación. Aquel mismo día, el general dio la orden de que el recluta Juan Belmonte no saliera más con el regimiento”. 

Son sólo unos ejemplos, la vida española está llena de ellos.
     
¿Pero y el pueblo, influía en el desarrollo de las corridas?. En los toros, el pueblo siempre ha dominado, sus gustos han impuesto desde la manera de torear hasta el toro que había que torear.
Cuando aparece el varilarguero, el tipo de toro que gustaba era el que iba al caballo con fiereza, era la época de un tipo de toro, fundamentalmente el toro procedente de Castilla. Al tomar el pueblo partido por los recortadores, hacía falta un toro de gran movilidad, ya no importaba tanto lo que hiciera en el caballo, era más importante que diera espectáculo, que se moviera delante del recortador, y se pone de moda el toro navarro: ágil, pequeño y revoltoso.
            Los gustos del pueblo, al inclinarse por el toreo con los engaños: capa y muleta, hacen que se necesite un nuevo tipo de toro, un toro que se desplace siguiendo los engaños, que tenga más nobleza: aparece el toro andaluz, un toro con recorrido, que era bravo en el caballo y la muleta.
            El descubrimiento del toro andaluz causó conmoción en Madrid. En el cartel de la cuarta corrida de 1791 se decía: “Como no se omite trabajo ni dispendio en solicitud de dar al público gusto, siendo notable el que demostró tener con los toros de Andalucía el año pasado, se han acopiado para éste 119 (de los que han llegado ya 111), de las vacadas más acreditadas de aquel Reino. El público decidirá las que más merezcan su aprobación, y, servirá de regla para hacer los acopios venideros”.
            Era una época de variedad, el público mandaba en la Fiesta y se permitía dirigir los destinos de su diversión preferida. Como muestra basta un botón: Es un bando del Corregidor de Madrid (con Fernando VII) publicado el 17 de junio de 1815:
            Así como el gobierno tiene una particular satisfacción en permitir ciertas diversiones que, sin oponerse a las buenas costumbres, proporcionan un recreo decente al público; así también pone al más particular cuidado en precaver que aquellas sean perturbadas por parte de algunos concurrentes a quien la malicia o la poca reflexión suele inducir a excederse de los límites que prescribe el buen orden. En la última función se fomentaron en la Plaza alguna apuestas y disputas acaloradas entre varios sujetos en pro y en contra del mérito de las respectivas vacadas que se corrieron aquel día…
            Para evitar la continuación de semejantes desórdenes…MANDO:
1º.- Que en la Plaza de toros ni en otros sitios públicos, no se hagan apuestas ni se susciten disputas imprudentes en razón a las mejores o peores castas de dicho ganado
2º.- Cualquiera individuo que contravenga a lo que prescribe el artículo anterior, además de perder el importe de la apuesta…será tratado de perturbador del buen orden público, y castigado con proporción a su exceso.

            En definitiva, toda la historia de España está llena de hechos que prueban que, como afirmaba Ortega, las corridas de toros son producto del alma del pueblo español, y que nada nunca ha hecho tan feliz a ese pueblo que las corridas de toros



APARTADO VI: CUESTIONES QUODLIBETALES


JUAN JOSE DE TORRES LÓPEZ

LOS TOROS. UNA FIESTA DEL PUEBLO

Flores de Amor. José Luis Muñoz Colomer


De aquellos libros que pueden considerarse curiosos en una biblioteca, el título de este artículo corresponde a uno de ellos. Opinión tal vez rebatible por persona más culta y entendida que quien esto escribe, pero por estar este libro entre los que componen mi modesta biblioteca, entre otros que tal vez vayamos sacando a la palestra, me ha parecido interesante darlo a conocer, sobre todo teniendo en cuenta que es parte de la historia de Almería, no en un sentido épico de gloriosas glosas locales, sino, como hemos dicho al principio, de los que componen, de una forma menos llamativa históricamente, el otro mundo de las anécdotas y curiosidades, que al fin y al cabo, también hacen historia.


El libro tiene 218 páginas, más unos “Pensamientos”, pudiéramos decir como colofón, sumando en total 264 páginas. Estos “Pensamientos” recogen citas del “Eclesiastés”, de Jesucristo, del “Kempis”, del “Krishna”, del “Apocalipsis”, de Dante, de Shakespeare, de Teodoro Roosevelt, de Víctor Hugo, de Pitágoras, de Walter Scott, de Rubén Darío, por citar aquellos que son más conocidos, y no hacer interminable la lista de todos los que vienen recogidos.


El libro está editado en enero del año 1934. Y dice así: “Comunicaciones recibidas en el Centro Espiritista AMOR Y CIENCIA de Almería, por conducto del Médium Escribiente A.F.L., dictadas por el Espíritu Luz desde el 12 de octubre de 1.932 al 26 de diciembre de 1.933”. Son en total ochenta comunicaciones.


Como realmente lo que vamos a hacer es transcribir entresacando algunas de esas comunicaciones, sin embargo, consideramos interesante insertar íntegro el “Prólogo”, que dice así: “Flores de amor, destellos de luz, trinos de un alma, son mis dictados. Ellos van envueltos en mi amor y llevan parte de mi propio ser: son distintos estados de un mismo sentimiento; manifestaciones constantes de un sentido afecto, de un amor puro y elevado lleno de inefables emociones y de aspiraciones sublimes. Estas expansiones mías tan sentimentales, debieron quedar reducidas en la esfera de vuestro sentir y no mostrarlas a las curiosas miradas profanas; pero he de convenir con vosotros en la necesidad de que los demás sean también partícipes de todo puro sentimiento, a fin de que tenido en cuenta, pueda por si mismo, por la virtualidad de su pureza, engendrar el elevado afán de mejoramiento y la bella esperanza de la regeneración. Pido a Dios que mis ideas sirvan a muchos de estímulo para mejorar su conducta; a otros les den motivos de confianza; y a todos hagan meditar con sereno y certero juicio para que puedan vislumbrar la divina ley de Amor que rige el mundo. Ruego a todo lector que sea indulgente en su libre juicio en lo accidental y fije su atención en el trascendental sentido de muchas de mis afirmaciones y en la fundamental razón de mis dictados, hechos todos con un elevado fin: exaltar el Amor y dignificar tan bello sentimiento. Por último, a todos ruego que cuando abráis este libro elevéis vuestro pensamiento a Dios, Foco de Amor Universal, Fuente de todo Bien, Raíz de toda Justicia, Inteligencia Absoluta, Soberana que todo lo llena con su Magnificencia, Meta de toda perfección. Y cuando lo hayáis leído, no lo dejéis sin dedicar un amoroso pensamiento de admiración a la Naturaleza, esa obra, Divina expresión de Su Grandeza y Sabiduría, cuyas portentosas bellezas nos dan una pálida idea de la Bondad Sublime del Padre que ha creado Mundos, Soles y Espacios para

que con nuestro propio esfuerzo en constante ascensión, vayamos conquistando la dicha de poder contemplar, admirar y poseer esas sublimes maravillas que constituyen nuestro patrimonio espiritual. Paz a todos los seres. LUZ.”


La 1ª Comunicación empieza así: “Aquí tenéis a un ser que sufrió en la Tierra los mayores rigores de la desgracia pero tuve siempre mucha fe en la misericordia divina y supe llevar con paciencia las dolorosas pruebas a que fui sometida para pagar mis faltas de anteriores existencias”.


“Con el mayor de los respetos; con la mayor admiración vengo a vosotros. La virtud excelsa sin duda, es la Caridad. ¡Qué grandes beneficios reporta; qué bellas sensaciones produce; qué dulces recuerdos deja!”.(Comunicación VI).- “Flores de Amor. He aquí el nombre que bien pudieran llevar mis pensamientos. Divina esencia que con tus dulces emanaciones embelleces y embalsamas el ambiente. Aura resplandeciente que perfumas el alma y vitalizas la existencia. ¿Cómo no llamar flores a mis amorosos pensamientos si en realidad brotan del Jardín del Amor?“. (Comunicación XX).- “Como cascada de piedras preciosas de cambiantes colores, brota la luz en los espacios del infinito. Luz divina, cuyos destellos llevan al alma sensaciones inefables de gozo y de belleza”.(Comunicación XXXVIII).- “Amáis el estudio porque es necesario para adquirir la ciencia; y yo, alentado por otros seres y cumpliendo con anhelo mis propios propósitos, quiero instruiros y busco temas de importancia para vosotros. He hablando del Pensamiento; de su poder con relación a los seres y a las cosas; y vuelvo sobre este tema para deciros: que cuando hacéis, pensáis o ejecutáis algo de una positiva realidad, forjáis imágenes, construís cosas, realizáis asuntos, en una palabra”.(Comunicación XLIV)


“Cuando pensáis, emitís ondas al Espacio, que son más o menos creadoras, según su intensidad”. (Comunicación LXXV).- “En el vacío, que es quietud, frialdad, inercia, actúa la Energía, que es vibración, fuerza, calor, luz, vida, inteligencia, voluntad; y de este choque surge el movimiento, promotor del gran mecanismo Universal”. (Comunicación LXXVI)


La última Comunicación, la número ochenta, dice así: “Como el labrador contempla su obra lleno de satisfactoria esperanza, después de su penosa tarea de esparcir en los surcos la simiente que un día florecerá llevando a su Alma la satisfacción de la recompensa merecida por el esfuerzo realizado; así yo contemplo mi Obra, satisfecha y esperanzada en que llegue pronto el día de su floración espiritual. Si esta simiente mía, prende en vuestros corazones; si con mis palabras consigo llevar consuelo al que sufre, aliento al que desfallece, y esperanza al desvalido, mi tarea será recompensada y mi satisfacción inmensa porque habré conseguido mi propósito y realizado la misión que me proponía. Pido a Dios que mi esfuerzo no sea estéril; que mi trabajo de el codiciado fruto, para que yo pueda mirar, satisfecha mi obra. Estoy convencida de que esta mi simpatía hacia vosotros ha sido bien acogida por vuestros corazones y he de agradeceros el gran afecto y el sumo interés con que habeis acogido mis escritos. Y por último: quiero hacer constar antes de despedirme, mi gratitud y merecido reconocimiento hacia el Médium, que ha prodigado siempre su desinteresado concurso, prestándose con toda fe a servirme de Instrumento y que ha sabido captar fielmente, casi siempre, las ondas enviadas por mi pensamiento. Y nada más. Que el Amor a Dios y al prójimo sea el Guía de vuestras acciones y que la Felicidad os acompañe, os desea a todos.- Luz”.- “FIN DE LOS DICTADOS”


Y como colofón a las ochenta Comunicaciones dictadas por el Espíritu Luz viene inserta la siguiente

“ADVERTENCIA”


“Transcritas las anteriores Comunicaciones dictadas por el Espíritu “Luz” al Médium intuitivo de este Centro, A.F.L., hemos de advertir que no se ha hecho en ellas ninguna corrección; que se publican íntegramente, como el Médium las ha escrito: sólo se han subsanado algunas faltas de ortografía, pues se trata de un obrero que, aunque adornado de cualidades morales excelentes, su modesta situación social le obliga a dedicar todo su tiempo al trabajo para poder atender las necesidades de su numerosa familia.


Las cuestiones explanadas en estos temas, son de tan diversas y profundas disciplinas, que se hace muy difícil considerar que exista persona alguna, capacitada para discurrir sobre variedad tal de conocimientos.


Espiritismo, Teosofía, Moral, Ocultismo, Filosofía, Ciencias Físicas y Naturales; y tantas otras cuestiones, expuestas todas con precisión, claridad, fluidez, elegancia, bien decir; y adornadas por sentimientos de ternura y amor tales, que obligan a trascender la esfera de lo humano para buscar en el Mundo Espiritual y en sus Alturas, un Ser que por su elevado estado evolutivo, lleve en sí tales excelsos atributos.


Abrigamos confianza en que, quien aún por curiosidad o con ánimo sectario de crítica, lea este libro, lo reelerá; y los menos benévolos, si no son libres, le rendirán al menos en su conciencia, tributo sincero de agradecimiento, en holocausto al beneficio, que de alguna índole habrán obtenido de su lectura.


Respecto de los hermanos en Fe, no hemos de indicarles más, que servirá de deleite a la Personalidad y de evolución progresiva al Espíritu.


¡¡¡ Que se cumpla La Voluntad del Padre !!!”


“El Centro Espiritista “Amor y Ciencia”, de Almería”


 
APARTADO II: OCURRIÓ, OCURRE EN ALMERÍA


“FLORES DE AMOR”


José Luis Muñoz Colomer



Cuchillos sin filo y grifos sin agua. Carlos Samaniego Villasante

Vivimos rodeados de objetos “inútiles” y de servicios que no funcionan bien. Cuando nos reunimos algunos amigos en el restaurante del barrio para pasar una velada agradable, las cosas con frecuencia se nos ponen difíciles por el humo, el bullicio de la gente, los camareros corriendo, y algunos niños jugando al escondite entre las mesas. Al cabo de un rato terminamos gritándonos unos a otros para hablar, porque las mesas están tan cerca unas de otras, que nos enteramos de la conversación de los vecinos pero no escuchamos bien al que tenemos enfrente. Es en ese momento cuando uno se da cuenta de lo bien que podríamos estar en la cocina de casa, preparando unos Huevos Fritos con Patatas, ante una botella recién descorchada de tinto de la Ribera.


Si en el postre intentas cortar la naranja con el cuchillo de postre que te han puesto, descubres que es imposible porque carece de filo. Por tanto, tienes que pelarla a mano, mientras contemplas incrédulo el cuchillo una y otra vez -obra maestra del diseño industrial de nuestros días-, y te surgen algunos interrogantes. ¿Para que se fabricarán cuchillos como este, que no sirven para nada? ¿Han intentado ustedes cortar un trozo de melón o de sandía con esos utensilios alguna vez? ¿Recuerdan como acabaron?: en el lavabo y con la ropa sucia. Entonces ¿Quién los encarga y para que? ¿Qué empresas los fabrican? ¿Qué ingenieros los diseñan?


Y es que hay dispositivos que usamos a diario, que se supone que están ahí para hacernos la vida fácil y agradable, pero que ni funcionan ni cumplen el cometido para el cual se crearon, complicándonos la vida, porque pagamos por ellos un servicio que no recibimos, lo que a fin de cuentas constituye un fraude. Pero estos problemas no suceden únicamente en los restaurantes, acaecen también en otros muchos momentos y lugares, pero como estamos habituados a recibir constantemente servicios deficientes, apenas si nos damos cuenta.


Para salir de esta espiral de chapuzas e insensibilidad, necesitamos ir incorporando una nueva conciencia ciudadana, una nueva manera de ver las cosas, para mejorar las actuales. Viajar a otras regiones y países con culturas diferentes a la nuestra, donde hacen las cosas de otra manera, es una buena solución. Otra es prestar más atención a las actividades cotidianas que realizamos diariamente, sin darnos cuenta plenamente de lo que sucede. Pues bien, en esta segunda opción, voy a dar algunas pistas para que capten con mas detalle lo que quiero decirles.


En las zapaterías mientras esperas a que el dependiente te traiga, desde el almacén, los diversos modelos de zapatos, no te ponen ninguna alfombra donde apoyar los pies cuando te quitas tus zapatos, por lo que debes hacerlo directamente sobre el suelo que está frío y sucio. A los de la zapatería eso no les importa nada. Te ofrecen, eso sí, un comodísimo asiento de diseño y una excelente música ambiental, pero cuando sales tienes los pies helados. ¿Es eso un buen servicio al cliente?


En los probadores de las tiendas de ropa, no siempre hay una alfombra, o moqueta, donde apoyar los pies cuando té descalzas, y escasas veces dispondrás de un pequeño asiento para sentarte con comodidad, mientras te desvistes y vuelves a vestirte. En esos probadores se está incómodo, se pasa frío, y a veces hay que tirar las prendas al suelo, cuando el único colgador disponible lo llenas enseguida de ropa.


En las gasolineras de carretera, si tienes que lavarte las manos después de repostar combustible, es común que te encuentres ante un flamante lavabo, pero con la jabonera vacía. En el momento de pulsar el grifo te enfrentas a misterios insondables, pues puede pasar de todo; desde que no salga agua, a que salga tanta y tan deprisa que el chorro te salpique de arriba abajo. Otras veces, debes pulsar cada pocos segundos, porque el caudal se corta sin darte tiempo a nada, ya que el dueño ha implantado un estricto programa de ahorro de agua, con el que no contabas, y no hay manera de desenjabonarse si no pides socorro a alguien para que te apriete el grifo constantemente mientras tu terminas de lavarte.


Si uno ha superado con éxito todas estas etapas, y finalmente consigue lavarse las manos, ahora surge otra dificultad no menos peliaguda: la de secarse, porque entra en escena el invento más higiénico de los últimos años: ¡el secador de aire caliente! Ya no hay toallas, ni siquiera de papel, ahora tienes que acercar las manos a la boca de un tubo para que se active automáticamente el motor, o bien tienes que apretar un pulsador con las manos húmedas (para comprobar con alivio que esta vez no acabas electrocutado). Pero si no hay pulsador la cosa se complica, porque una vez en marcha ya no puedes retirar las manos de la tobera de aire, porque se apaga al instante, como el grifo del dueño ahorrador. Por eso yo recomiendo no perder tiempo y “colgarse” del tubo de escape aunque te abrases, o mover brazos y manos a toda velocidad para despistar al sensor. Así, tras un buen rato de gimnasia, consigues secarte mezclando aire frió y caliente, y de paso haces ejercicios aeróbicos. Claro que si es invierno y está lloviendo, maldita la gracia que te hace descubrir que se ha roto el calentador y que el aire sale completamente helado. Desesperado entras en el water de Señoras buscando papel higiénico para secarte, pero compruebas que no hay. Sabes que ya no te quedan salidas, descartas ir a preguntarle al Encargado, pues te responderá que la gente se lleva el papel higiénico, y que esta misma mañana puso él último rollo que le quedaba. Por eso caes en la cuenta de que “un poco de aire fresquito sienta muy bien, pues despeja y aclara las ideas”, y si en ese momento alguien te recuerda la Teoría de la Disonancia Cognitiva de Festinger, tu alegas ignorancia.


Un truco muy eficaz, es llevar siempre una toalla limpia en el maletero del coche, que puedes usar para secarte las manos en cualquier coyuntura fortuita, o llevarla contigo bajo el brazo cuando vas a comprarte unos zapatos.


Pero sii en algún momento tienes una urgencia intestinal imprevista y has de usar el water que tengas más a mano de un establecimiento público, debes actuar en todo momento con mucha sangre fría, porque ahora si tienes un verdadero problema. En primer lugar, para localizar el interruptor de la luz, puedes emplear varios minutos, dando vueltas y vueltas por fuera y por dentro, sin localizarlo, y, a veces, tienes que reconocer tu fracaso y pedir ayuda e indicaciones técnicas al personal de la casa. Otras veces, la puerta está cerrada, y has de acercarte de nuevo a la barra, para que el camarero (con cierta reticencia) te de una llave con la que, por fin, conseguirás abrir. Una vez dentro, siempre hay sorpresas, ya que la distribución del mobiliario sanitario no siempre es el punto fuerte de estos lugares, ni tampoco su tamaño, lo que te obligará a efectuar algunas contorsiones peligrosas para llegar a tu destino, con riesgo de golpearte en alguna esquina.


A veces no hay espacio material para quitarse la chaqueta, y no digamos el abrigo. Pero un atajo que algunas veces da buenos resultados (dependiendo de la solidez de los materiales), es quitarse estas prendas de pie, sobre el inodoro. Pero entonces, aparecen nuevos problemas imprevistos. ¿Dónde cuelgo ahora el abrigo y la chaqueta? Porque si alguna vez hubo algún colgador, ahora ya no está. Inicias una búsqueda frenética de salientes, ante la alternativa de tener que tirar estas prendas al suelo. Pero de repente, y con alegría, descubres que la palanca de la cadena puede ser la solución y hacía allí te encaramas gozoso con tu chaqueta. Pero atención, la innovación tecnológica ha suprimido las tradicionales cadenas “de las que se tira”, por discretos pulsadores (que casi siempre funcionan peor). Si tienes la mala suerte de estar ante uno de estos modernos dispositivos, no te alarmes. Haz un paquete con el abrigo y la chaqueta. Apriétalo fuertemente con la corbata y el cinturón, y te lo pones en la cabeza, permaneciendo todo lo inmóvil que puedas, para no perder el equilibrio.


Luego ya con mas calma en la mesa del restaurante, podrás usar de nuevo el cuchillo del postre como espejo de mano, para peinarte un poco, porque en el servicio de Caballeros normalmente no hay espejos. Y bueno, el cuchillo cortar, lo que se dice cortar, no corta nada, pero puede servirte de espejo y para otras emergencias desconocidas.


Cuando salimos con nuestros amigos a celebrar cualquier acontecimiento, o vamos de compras, pagamos sin protestar el dinero que nos piden, pero a cambio debemos recibir, como mínimo, un servicio básico. Que las sillas sean cómodas, que los cuchillos corten, que los grifos tengan agua, que te puedas secar las manos, y que se pueda mantener una conversación sin tener que gritar ¿Es esto mucho pedir? ¿Es esto un lujo caro elitista? Y es que si se puede comer satisfactoriamente por 3000 pesetas, en un restaurante medio, ¿por qué cuando celebramos un acontecimiento en grupo tenemos que pagar mas del doble para recibir el mismo servicio, cuando la empresa consigue más beneficios con un grupo que con un individuo? La respuesta a esto y a otros ejemplos similares, es que necesitamos nuevas organizaciones que respondan mejor a nuestras necesidades vitales, tanto en la actividad profesional y en los negocios, como en nuestra vida social y cultural.


Yo me conformaría, para empezar, con que nos enteráramos un poco más de lo que pasa a nuestro alrededor. Que nos diéramos cuenta de todos los cuchillos de postre que no cortan, y que usamos a diario como si sirvieran para algo. No pido que, desde mañana, exijamos el Libro de Reclamaciones por cualquier cosa que nos pase, porque todos los problemas no se resuelven protestando por un mal servicio puntual (¿o sí?). Pero en todo caso, deberíamos empezar a pensar en un plan de choque para cambiar este estado de cosas, ¿Usted en concreto que haría con los cuchillos de postre sin filo?


APARTADO V: Miscelánea

Carlos Samaniego Villasante: Cuchillos sin filo y grifos sin agua  pág. 118

Relatos de la existencia y de la vigilia. Ángel de Utrera

Ángel de Utrera

De “Relatos de la existencia y de la vigilia”:
‘El amigo y los frutos del árbol de Occidente’
‘Hecatombes perfectas’

De “Las Horas Purpúreas”
‘Tu sacrificio fue por mi amor’

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RELATOS DE LA EXISTENCIA Y DE LA VIGILIA
ÁNGEL DE UTRERA


‘El amigo y los frutos del árbol de Occidente’

EN MEMORIA DE ANTONIO FERNÁNDEZ SÁEZ


Su corazón latía esperando la hora de encontrar al amigo. Recordó un antiguo proverbio chino: “Cuando esperes a un amigo no confundas los latidos de tu corazón con los cascos de su caballo”. Todavía no eran las tres de la tarde. El esplendente día de Enero estaba lleno de luz y de canto de pájaros. Había en su corazón una felicidad tan vasta que en ella la existencia se hacía ilesa en todos los seres. El Sol habitaba en los silenciosos patios de todas las casas y en las solitarias y soñolientas calles por las que él caminaba teniendo a sus espaldas el presentimiento del mar color de vino que hacía que la piel de su nuca y sus flancos se estremecieran al ser advertido que a pesar de aquel celeste día primaveral aún se encontraban en pleno invierno.
La casa del amigo era para él como un gesto familiar que le hacía aquella calle situada en un extremo de la ciudad. Su amigo, que, al contrario que él mismo y los miembros de su propia familia, vivía en un ocio en el que confluían indelebles signos de actividad espiritual, estaba rodeado siempre de cosas bellas y de conversaciones disertas. Él, que creía ingenuamente que debía justificar el ocio de su amigo, recordaba que su amigo hablaba con frecuencia y de un modo para él enigmático de la activa pasividad del espíritu; y los libros profundos y difíciles que aquél le prestaba lo decían igual: “El espíritu es activamente pasivo”. Mientras caminaba se imaginaba por anticipado la dicha que le esperaba al cruzar junto al docto amigo los campos llenos de ocio y silencio grávidos de pensamientos. Herborizaban en los valles y en los bosques de pinos reconociendo las plantas silvestres que el amigo sabía señalar nombrándolas por su taxonomía latina; las diferentes especies aparecían entonces ordenadas en un ámbito magnificente, emblemático, mitad mágico, mitad científico, como pertenecientes a un armorio vegetal que hubiera recogido la heráldica hermética en las praderas silenciosas de la Edad de Oro. La musgosa fuente de piedra donde beberían estaba ornada por ranúnculos (Ranunculus heredaceus, según el sabio amigo) y la caledonia (Chelinonia majius) ascendía por las paredes de rocas por las que se derramaba el agua; más arriba, en las grietas de las rocas, se descolgaba el Sarcocapnos enneaphylla con su fascinación blanca. Él reconocía que ahora todo el campo que antes se presentaba ante sus ojos como algo caótico hasta que se ponía a dibujarlo en su cuaderno, se había transformado en un mapa espiritual en el que se hallaban presentes sus autores desde Dioscórides a Linneo y en el que uno parecía encontrar la dirección de su hogar en lo que aquel indicaba como presente, aquel presente que poseía junto al amigo. Luego, sobre ellos, brillaría el Sol de la tarde y al ponerse ésta aún les sería posible prolongar su estancia en el campo recogiendo ramas para encender una hoguera cuyas llamas iluminarían sus rostros expandiendo a la vez la fragancia del romero quemado; y mientras atardecía verían levantarse un espectro azul tachonado de estrellas que cubriría toda la bóveda celeste y del cual descendería el frío a la tierra; y estaría presente el silencio del campo y el crepitar del fuego – “El mismo de los campamentos aqueos en las llanuras de Ilión”, diría el amigo una vez más -, y la misma luna ascendería en el silencio sobre el sigilo de milenios. El tiempo en aquellas ruinas celtas que solían visitar. Y todos los tiempos parecerían confundidos allí. Y luego, el retorno a casa, y la grave alegría de la sosegada charla junto a las copas. De pronto, él se preguntó cuánto tiempo había estado ausente y se dio cuenta de que no hubiera podido precisarlo con certeza ya que el tiempo parecía haber perdido para él todo significado, como si no estuviera en el mundo o al menos no estuviera en un mundo donde el tiempo contara. Recordó débilmente que Homero había dicho que los muertos se convierten en sombras y que acaban perdiendo la memoria. Sentía que había desaparecido el deseo de encontrar al amigo bien amado; comprendió al ir a coger una flor que crecía en el prado de asfódelos y que permaneció incólume, que se había también él transformado en una sombra como el amigo muerto hacía ya muchos años; comprendió que buscaba el don del instante de los días felices cuyo poder ahora reconocía. Sabía que nadie conocía sus recuerdos y que era posible que algún día él mismo los olvidara como había olvidado ya el rostro amado del amigo. Sintió que le decía su memoria que a la sombra del árbol de occidente maduraban los frutos de la eternidad y supo que su destino era desde entonces vagar para siempre por los silenciosos prados del estío.

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‘Hecatombes perfectas’

Al Dr. D. ENRIQUE PÉREZ PARRA

Sobre el sombrío y amenazador cielo apareció una inmensa bandada de pájaros negros que en la remota lejanía del horizonte parecían una infestación de insectos diabólicos. Grunelius, pese a lo avanzado de su edad, nunca había contemplado semejante fenómeno. Vivía, habitaba, en una colina que dominaba la ciudad, y desde su vieja buhardilla podía contemplar el cielo y leer sus señales. Caía la tarde y con ella se sumía la estancia en sombras, cuando el anciano que practicaba la guarda del corazón encendió la vela con la que se alumbraba. El viento otoñal agitaba los árboles de su jardín filosófico y estremecía los cristales de su ventana. En aquella hora experimentaba una particular dulzura. Hacía tantos años que habitaba allí, sumido en la única tarea de contemplar noche y día el fogón sobre el que estaba la filosófica cocción, que ya había perdido la noción del paso del tiempo y no podía recordar el tiempo consumido en aquel menester. No podía apartar la vista del vaso alquímico, translúcido, que se doraba regido por el imperio de la llama y adquiría matices serenos dulcificados en la áurea paz del alma del mundo, pareciendo que súbitamente se iban a desvelar los misterios sagrados de la ciencia del mercurio. En la eminencia de la colina estaban las torres templarias que a veces él se asomaba a contemplar. Era ya muy anciano y había meditado largamente sobre la vejez sin llegar, no obstante, a profundizar en el sentido de ésta, ya que había tomado la longevidad por una especie de muerte diferida que le permitía o le habría de permitir alcanzar la culminación de la obra, de la Magnum Opus. Veía enrojecer el carbón que alimentaba el atanor y, entretanto, era poseído a veces por fugaces ensoñaciones humanas que desaparecían instantáneamente al despertar y encontrarse en su buhardilla tapizada de libros en hileras que se elevaban hasta el techo que parecían sostener colocados en sólidas y enérgicas estanterías de madera de roble barnizadas de un tono sombrío. Cuando pasaba la vista por los lomos engofrados con bellos hierros de aquellos volúmenes que habían conseguido hacerlo su deudor, a la vez que habían hecho que su Welstanschaung se pareciera a un limpio cristal de roca cuyas faces poliédricas espejearan siempre el silencioso fragor elemental del árbol invertido, experimentaba una sensación de vértigo, ya que entre ellos y él mismo, y de algún modo presente, se encontraba el tiempo de su juventud consumida en el estudio.

Había asimilado libros tan arduos, que tenía ante sí, como el De Signatura Rerum, el De Misteriis Aegyptiorum de Jámblico, el De Consideratione de San Bernardo, las obras de Nicéforo el Solitario, y aquellos otros que trataban del tiempo cíclico en la gnosis ismaelita. Había llegado a comprender que nada es sino por participación de los principios universales y en las ideas eternas contenidas en el Intelecto Divino que las virtudes representan de modo personal en su orden de existencia; de este modo, y considerándolo como un fenómeno que tenía en sí su principio de razón suficiente, había dejado de agitarse por un sueño que proveniendo de su vida anterior, cuando él era joven e ignorante, le asaltaba como una corriente fresca, etérea y celeste, atravesaba su sueño sin imágenes de anciano, y en la cual como en una diáfana fulguración veía a la mujer que había amado cuando tenía dieciseis años, y en esos momentos, la fragancia de la juventud le rozaba con fresco aliento turbador que poseía la belleza y la honda comprensión que ésta otorga. Ella pasaba coronada de rosas y lo llamaba tras sí. Ella, que hacía tantos años que había muerto. A veces quería ir tras la mujer, pero se sentía desfalleciente ya que comprendía que no podía recuperarla en la corriente del tiempo. Era entonces cuando el anciano se despertaba estremecido, y se podía decir en un sentido mundano, que el anciano volvía a encontrar junto a sí la abstracta existencia que por un instante se le hacía irreconocible, extraña, ajena, ininteligible, hasta que la matriz plástica de su súbita anagnórisis sensible la identificaba con los fenómenos y con el propio hábito de éstos. Se daba cuenta entonces que el huevo en el atanor había adquirido un color sangriento, de púrpura tiria. “Es la sangre derramada sobre la piedra de un altar”, se decia. Sabía que era una roja tormenta silenciosa en el vaso de la vida, mientras él creía aproximarse a la posesión de los estados transcendentales del ser. Y comprendía que aquel sueño que lo había turbado un instante había sido únicamente una modificación irreal del ser único “en el que todos los seres en todos los estados son uno”. Entonces bajo su contemplación el huevo se volvía del color del ópalo, lechoso, turbio y poco a poco pasaba a una gama de matices azules, de un incierto azul verdoso pasaba a un bellísimo y suntuoso azul esmeralda iluminado por una serena llama dorada. En el exterior soplaba el viento y la tarde tenía una pesante melancolía otoñal. El cielo era gris acero y las sombras de las cosas corrían errabundas hacia el horizonte. Grunelius, al que los niños del barrio apedreaban llamándolo loco, carecía de descendencia. Tanto sus familiares como su amigos hacían ya muchos años que habían muerto. El anciano se encontraba solo y aislado por su propia superioridad. Sólo deseaba del mundo que lo olvidara como él había olvidado al mundo; y solía repetirse para su propia edificación las fases de la ascesis según el maestro en la ciencia de los santos Ibrahin Ibn Adham: “Primero, renunciar al mundo; segundo, renunciar a la felicidad de saber que se ha renunciado; y, tercero, comprobar tan absolutamente la falta de importancia del mundo como para ni siquiera tenerlo en cuenta”. Aunque hacía tiempo que otras cosas ocupaban sus pensamientos. Observó que la bandada de pájaros se había posado sobre la áspera inmovilidad de las almenas de las torres templarias. El anciano filósofo, a la luz de su vela, quería leer una vez más, ya que en ocasiones le asaltaban inexplicables dudas, acerca de la materia prima de la obra. “Se trata del alma – se dijo – Sobre eso no hay duda” Se levantó, fue a buscar un libro, lo tomó de la biblioteca abrumada por tanto peso y sosteniéndolo entre sus manos leyó: “Vista como árbol la materia prima es fundamentalmente lo mismo que el árbol del universo cuyos frutos son el Sol, la Luna y los planetas. El árbol que crece en los países de Occidente”. No cabía duda, era la proyección del ser puro y únicamente por éste podía ser percibida, pero el alma no se revela del todo hasta que no se produce el casamiento alquímico con el espíritu simbolizado por el matrimonio entre el rey y la reina, el azufre y el mercurio. En el reposo del alma en calma el espíritu puro se refleja a través de símbolos en la materia prima. Y esa corriente diáfana, noética, celeste en la que un momento antes había visto en sueños a Gretchen cuando ésta tenía dieciséis años y él la amaba, comprendió que era su propia alma esperando la pureza del ser, el eterno presente del uno manifestándose en la corriente de las formas, una fuente cristalina en el centro de su jardín filosófico. Una imagen consoladora. Su alma que aún no lo había abandonado se preparaba para el jubiloso sacrificio nupcial. Altas llamaradas salían ahora del fogón. Un cuervo se posó en el alféizar trayendo un pan en el pico mientras todos los demás graznaban desde las torres templarias. El huevo fue iluminado por un halo de luz inmaterial y brilló convertido en un germen de oro. Los libros tan amados podían ya ser entregados a las llamas.
Las torres templarias continúan desmoronándose lentamente sobre la colina; en la ciudad que se extiende a sus pies nadie sabe si todavía existen, ni que en otros tiempos fueron guardados por ellas. La habitación del viejo artista hermético ya no existe. La casa fue derribada hace ya mucho tiempo. Como él mismo pretendía al fin todos lo han olvidado. Permanece sin embargo el espíritu que alentó la invisible obra, y su sello se haya impreso tal vez en una demorada paciencia en un lugar donde lo único que pueda revelarlo sea la devoción que custodia lo sagrado.
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De “Las Horas Purpúreas”
‘Tu sacrificio fue por mi amor’


La huella de la tarde
en el eterno caudal de tu recuerdo
soñó con tu mirada mi alma.
Aquí, donde no se ven los árboles
ni apenas el recuerdo de tu cuerpo es preciso,
te lloro por tu ausencia.
Desde la tierra deshabitada
donde ahora
golpean los frutos el suelo
o la hierba mojada;
donde en un sollozo
mi amor recogerá estos días
que soplaron
sobre mil tardes tras tu pie.

Una vocación cualquiera. Eulalia Gázquez



Siempre sentí una singular atracción por lo que la sociedad, de forma grandilocuente, ha llamado \”el mundo de la cultura\”, y yo redefiní más tarde, simplemente, con la palabra \’Humanidades\’, sustantivo que introduje como declaración de principios y saberes en mis tarjetas de presentación.
Recuerdo la infancia. Mientras a la salida del colegio los compañeros jugaban a las guerrillas, distribuIdos en bandos según el barrio al que pertenecieran, yo me quedaba en la pobre biblioteca de la escuela y miraba extasiado los libros de los estantes, cuando no pasaba con ansiedad los dedos sobre sus tapas. \”José, vete a jugar con los demás, voy a cerrar\”, gritaba el maestro. Y entonces pensaba en el momento oportuno en que los abriría y devoraría todos sus vedados secretos.
Con el paso del tiempo terminé los estudios primarios. Mis padres, aparceros con pocas propiedades, a duras penas podían mantener a su numerosa prole, y menos satisfacer el capricho de un hijo empeñado en estudiar, y para el cual el trabajo del campo le quedaba holgado. Así, después de mucho meditar, encontré la solución, y con esa decisión que siempre me caracterizó, avancé con determinación hacía la chimenea donde mi padre abrasaba sus callosas manos aquella noche.
– Padre quiero hacerme sacerdote.
Tal fue la sorpresa, que enmudeció, y yo di por otorgada su aprobación. Por su parte, mi madre, cuando por el pueblo se cruzaba con alguien, o en la soledad del hogar, representó una de sus más logradas escenas histriónicas; pasaba del gimoteo por la pérdida de un hijo a irradiar toda ella paz al pensar en el futuro Santo nacido de su seno.
Aquel mismo otoño me trasladé al seminario más cercano, donde transcurrieron siete años de mi vida. Nunca llegué a integrarme; sin embargo, mis compañeros y los Padres apreciaron en mí una gran sociabilidad. Fue el único instrumento que tenía al alcance para lograr mis propósitos. Estudié latín, griego, filosofía, teología y otras asignaturas perdidas en el extraordinario laberinto de mi memoria. ¡De cuánto me sirvió en el devenir de mis relaciones futuras! Sobre todo, el prestigio que adquirí. La concurrencia te mira aturdida cuando ve dominar de forma grácil, sutil, seria, depende del momento, un idioma culto y bien muerto como el latín.
Antes de ordenarme sacerdote, dejé el seminario y me trasladé a Madrid. Por fin, todo iba a comenzar. A través de mis amistades eclesiásticas conseguí dar clases por la mañana en un colegio de frailes situado en el centro del barrio de Salamanca. Cuatro horas diarias mal pagadas, pero lo suficiente para habitar un cuartucho en La Latina. Mis verdaderas horas de estudio comenzaban a partir de las ocho de la tarde: pantalones ajados, chaqueta con coderas, bufanda al cuello, pelo largo y enmarañado. Por la calle desprendía ese aire bohemio que con tanto afán busqué y tan pronto dominé. Cerraba el círculo perfecto del atuendo varios libros y periódicos bajo el brazo. Entraba, salía, revoloteaba de tertulia en tertulia. Vampirizaba todo lo que manaba de aquella marea de escritores, pintores… hombres que representaban el mundo venidero, cuya cancela estaría pronto abierta para mí, … y arrojado al Olimpo de los inmortales.
Un libro. Otro libro. Y así, mi bagaje cultural crecía, se ampliaba. Recitaba de memoria capítulos enteros. Por aquel entonces, la pintura era la luz de mi existencia creativa. El ensayo fue breve. Mis nimias aptitudes me hicieron comprender que la esperada gloria nunca vendría por el camino de los pinceles. ¿Qué hacer? El primer paso ya estaba dado: me había hecho imprescindible en todas las reuniones gracias a mi vivaz e ingeniosa conversación. Además, mis excentricidades me crearon una peculiar aura y, para cualquier asuntillo que llevaran entre manos, comenzaban a requerir mi constante presencia. Una tarde veía caer la lluvia espesa sobre el negro asfalto, y a los hombres vulgares y grises como el día esquivar las salpicaduras del agua producidas por los coches en sus frenéticas carreras. Yo, detrás de los cristales, seguía haciéndome la inevitable pregunta: ¿qué hacer? Calculé fríamente el conjunto de posibilidades con que contaba: pintar, sabía de sobra que Dios no me había llamado por esa senda; escribir, sin duda esa era mi gran destreza, ¿acaso no me publicaban artículos en diferentes publicaciones, cuyos contenidos se leían y discutían con apasionado interés en los restringidos círculos dictaminadores de la moda cultural del momento?. Pero ¡ay!, en este punto la pereza me abrazaba. Mi espíritu se ha resistido siempre a la mordaza, a la opresión de interminables horas de laborioso trabajo poco gratificante, y cada vez que lo he puesto en dicha tesitura, un gran abatimiento se ha adueñado de él. Así, de descarte en descarte llegué a dar con la respuesta: sería crítico de arte.
Con el transcurrir de los años me convertí en el más afamado de las Españas, de las Américas. Mi sabiduría y conocimiento de multitud de temas me hizo insustituible en cualquier debate. Mi pluma era perseguida por los mejores periódicos. Los programas de televisión en los que mi estrafalaria y cuidada imagen aparecía, adquirían un inusitado prestigio. Fui el Rey de las conferencias. Pese a todo, nada era tan gratificante como ver amontonarse las tarjetas de invitación a las exposiciones. Los pintores de reconocida notoriedad ansiaban que ensalzara su obra en público, y los jóvenes no temían al ridículo con tal de conseguir mi apreciada asistencia. Recuerdo la implorante búsqueda, el recoger las migajas desperdigadas de mis enjuiciamientos sobre sus pinturas. Si eran negativos se hundían poco a poco en la certidumbre de un fracaso rotundo. Si, por el contrario, eran positivos se pavoneaban: ¡eh, miradme, observad, si el resplandor os deja ver al autentico prototipo del genio! Sin vacilación alguna fue la mejor época. Mis opiniones manejaban los hilos de unos pobres muñecos, y hasta los inmortales se sentían atrapados en ellas.
Como testimonio fehaciente de mis palabras guardo, en un archivador, numerosos recortes. Extraigo al azar dos. Uno: \”El prestigioso premio \’Villa de Madrid\’, dotado con cinco millones de pesetas, ha recaído este año en el conocido crítico de arte José Asunción por sus amplios conocimientos sobre nuestra ciudad…\”. Dos. \”La conferencia ofrecida ayer en el Gran Casino por el ilustre humanista José Asunción, recorrió el mundo del toro con esa versatilidad que le caracteriza. Obtuvo un clamoroso éxito…\”
Pero, últimamente, hechos extraños a la capacidad digital y memorística de mi portentoso cerebro me inquietan. Todo comenzó hace apenas tres meses, durante el almuerzo en un céntrico restaurante donde suelo ir a menudo con los colegas de los medios de comunicación. El camarero se disponía a tomar nota del menú, cuando, de repente, y sin poder controlarme, le recité un pasaje del Quijote relacionado con los manjares que se sirvieron en las bodas de Camacho. Ni la concurrencia ni el hombre de corbata negra que nos servía se sorprendieron, pues sabían de sobra con quien se las veían y rieron mi excentricidad. Yo me turbé, pues mi conciencia era ajena al suceso. A lo largo de los días estos episodios al principio esporádicos, se han sucedido con mayor asiduidad.
Tengo miedo. Comienzo a llamar la atención.
Con gran esfuerzo salí de casa. Hacía días que sólo me sustentaba con leche y galletas y me encontraba en una situación de agotamiento extremo. El único recurso era hacerme pasar por mudo. Pero hasta cuándo, por cuánto tiempo podría resistir. ¡Yo, el mejor conferenciante, el mejor crítico de arte!
Llaman por teléfono, un musgo viscoso me brota de los poros y me recubre enseguida toda la piel. Tengo que cogerlo. Controlo. Descuelgo el auricular despacio, lento, con la certeza de que también esta vez se va a repetir la misma obscenidad.
– ¿Sí?
– Pepe, soy Rodrigo. ¿Qué tal estás? Que cara vendes tu presencia. Cuéntame ¿en qué estás trabajando?
– Estoy… bien… Aquí caen todas las barreras espaciales; pues así como el hombre puede representarse en el mundo, lo pequeño es representable en lo grande, lo lejano en lo próximo y, por lo tanto, son idénticos. De lo cual deduzco: que hay una anatomía mágica propia, en la que determinadas partes del cuerpo humano se equiparan a determinadas partes del mundo, de esta suerte me deslizo hacia la cosmogonía…
– ¿Quién es? ¿Eres tú, Pepe?
Con furia arranqué el teléfono del cable, del único lazo que llegaba directamente de la calle, del aire, de la vida. Mí yo estaba ya muerto. Grandes lágrimas de impotencia arrasaron mis ojos. Las décimas de segundo comenzaban a serme descontadas vertiginosamente. Tenía que pensar con rapidez. Ir a un psiquiatra era absurdo, qué le diría. ¿Creería alguien que la garganta, que las cuerdas vocales, que la lengua, que una parte de mis órganos se habían independizado y rebelado contra mi mente, que no obedecían a los mandatos del cerebro? No; nunca mi boca podrá contar lo que realmente me sucede: me tomarían por loco y me encerrarían en una habitación de blancas paredes y negros barrotes, atrapado en un cuerpo extraño.
Tengo miedo.
Estoy al final del camino, lo sé. No puedo escribir más, no puedo evitar el empuje de esta anomalía que, momento a momento, gana terreno. Antes de que la mano no me responda, dejo la estilográfica; para qué seguir, no quiero dar pena; eso jamás.
¿De qué sirve la voluntad del ser consciente sin un esqueleto en el cual cobijarse? ¿De qué sirve un pensamiento sin identidad? ¿El conocimiento por si mismo, sin palabras? Y esta separación impúdica del lenguaje y los actos, me lleva a la certidumbre de la muerte. Y tengo miedo, miedo por lo no vivido.
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Madrid, once de enero de 1987

El comisario Pancorbo odiaba los cadáveres; sobre todo los cadáveres malolientes que flotan en charcos de sangre; y había tenido la mala suerte de tropezarse con uno al comenzar la jornada. \”¡Maldita sea! -pensó- ahora tendré todo el día torcido\”. El comisario Pancorbo era supersticioso en grado extremo, además de histérico, y creía que cuanto más se lavara las manos y pusiera una gran distancia entre él y el muerto, más estaría a salvo de su maleficio. Así que, nada más llegar al escenario del terrible suceso, el sargento Medina delegó el caso en él y desapareció. Ya en su despacho el teléfono no paró de sonar, y sólo se pudo lavar las manos unas cuatro o cinco veces. \”¿Quién demonios era este Asunción, que no podía quitárselo de encima?\”. Hasta el ministro de cultura se había interesado por los detalles y pedía celeridad en el \’esclarecimiento de los hechos\’. Para cuando llamó el alcalde ya sabía que el día estaba perdido sin remisión.
Era noche cerrada, cuando el sargento Medina dejó caer su grueso cuerpo en uno de los cincuenta sillones estilo plástico Corbusier que el Ministerio del Interior había comprado para dar un cierto aire de modernidad más a tono con los nuevos tiempos.
-¡Cuidado!, después no vas a poder levantarte. – dijo el comisario Pancorbo, y reía a grandes carcajadas su propio chiste.
\”¡Capullo!\”, pensó el sargento Medina.
– ¿Tienes el informe del forense?
Con esta pregunta el comisario dio por zanjada la broma y se centró en el tema, que inútilmente había tratado de esquivar a lo largo del día.
– Sí, suicidio. Se ha cortado la vena de la muñeca izquierda con un cuchillo jamonero. Además, el cuerpo presentaba un alto grado de desnutrición.
– Prepara los datos que tengas y pásalos al gabinete de prensa, hay que dar un comunicado. Ese hombre era toda una celebridad.
– Me he puesto en contacto con la familia y mañana vendrán, para llevarse el cuerpo, con una representación del Ayuntamiento de … – el sargento entornó los ojos, y buscó un instante dentro de su cabeza el nombre del pueblo – … Bonjar, sí, así se llama. Lo han declarado hijo predilecto y quieren hacerle un solemne entierro, allá en su tierra. Le entregaré a los hermanos una especie de diario, papeles personales que estaban al lado del cadáver.
– ¿Esos papeles no son importantes para la investigación del caso?
-¿Qué caso? Ha sido un suicidio y punto. La familia, que haga con ellos lo que quiera.
Y el sargento Medina pensó: \”Encima de gandul, pejiguero\”
Eulalia Gázquez

“Una vocación cualquiera”
(Memorias apócrifas del erudito y crítico de arte José Asunción)

EL TRANCO II, pág. 25-30

El Conde de Villamediana. Ángel Simón Collado

Ángel Simón Collado


Vagando por la biblioteca en esas horas muertas de los domingos, cuando miramos sin rumbo fijo los lomos de los libros alineados, en un intento de sorprendernos con algún título o autor olvidado que despierte un poco el letargo del aburrimiento, he dado con Juan de Tassis y Peralta, Conde de Villamediana (1582-1622), autor algo desconocido para el gran público, cuando su vida y personalidad merecen la atención de aquellos que gusten biografías de hombre ‘fuertes’. Como impresión general, aquí está el resumen perfecto del prologuista y responsable de la edición que manejo, Juan Manuel Rozas: 

“Su tragedia cotidiana se llama fracaso en todos los órdenes de la vida. Heredó un título y una familia que había venido subiendo sin parar desde la Edad Media, y él estrelló su prestigio y solidez social, falleciendo sin descendencia, muertos sus hijos prematuramente. Ocupó importantes cargos cortesanos y más de una vez tuvo que cambiarlos por el destierro. Ganó mucho dinero con las postas, tuvo altas rentas, y vivió colgado de infinitos pleitos hasta perder la administración de sus bienes. Coleccionó pinturas, libros, diamantes y caballos, y todo se dispersó en almoneda, no dejando el tiempo ni su propio retrato. Tuvo enterramiento familiar en la Capilla de San Agustín en Valladolid, y no sabemos dónde yace su cuerpo. Escribió toda su vida, y sus autógrafos han desaparecido; y sus textos, sin limar, se editaron póstumos porque eran un negocio editorial. Concibió poemas de alta ambición y le faltó calidad e intensidad suficientes para mantener su vuelo poético. Empezó cantando la monarquía española con sentido mesiánico, y acabó creando la sátira política más plebeya. Fue un hombre con profundo sentido providencialista y llegó, como Prometeo, a quejarse de Júpiter en sus versos. Buscó el placer por todos los medios y topó con un marasmo quietista y un cansancio de la vida. Su cadáver fue trasladado a Valladolid en un ataúd de ahorcado.”


Un sumario repaso a los hechos que jalonan la vida del autor:

– Ascendencia antigua e ilustre italiana, desde los tiempos de San Ambrosio. La más próxima en el tiempo controló las postas de los emperadores. Correo Mayor por Maximiliano; Maestros de Hostes y Postas, por Carlos V; Correo Mayor en Flandes, etc..

– El primero de la familia que se asienta en España fue Raimundo de Tassis, casado con Doña Catalina de Acuña, de noble familia, Correo Mayor en tiempos del emperador. El primogénito, D. Juan es el padre de nuestro poeta.

– D. Juan de Tassis y Acuña, nacido en Valladolid, donde se había afincado la familia, entró al servicio del Príncipe D. Carlos, hijo de Felipe II, participó en la Guerra de Granada, en las expediciones a la Galera y Orán, acompañó al Duque de Alba, como Correo Mayor, cargo que heredó de su padre, en la entrada en Lisboa de 1581. Allí nace su único hijo D. Juan de Tassis y Peralta en 1.582. Regresan a Madrid, junto con el rey en 1.583. En 1.603, con ocasión de su habilidad diplomática en Londres, Felipe III lo nombra Conde de Villamediana y confirma el cargo de Correo Mayor General de todos sus estados. Muere en 1.607, y es enterrado en la capilla familiar del convento de San Agustín en Valladolid.

– El poeta se crió en contacto con Palacio. Se piensa que tuvo como maestro al humanista Bartolomé Jiménez Patón porque éste le dedica su Mercurius Trimegistus y el Conde lo nombró más adelante Correo Mayor de Villanueva de los Infantes, donde moriría Quevedo. Sí está confirmado que fue alumno del Licenciado Tribaldos de Toledo, el que sería Cronista de Indias y Bibliotecario del Conde-Duque de Olivares, que lo llamó, años después de su muerte, “mi discípulo, el mal logrado”. Parece que estuvo en Alcalá de Henares, pero si así fuera debió de ser por muy poco tiempo, pues empieza su vida intensa de Corte muy pronto, en 1599, en que acompaña al joven monarca Felipe III al Reino de Valencia a recibir a Margarita de Austria, y el rey lo nombra Gentilhombre de su casa y boca.

– ¿Qué hace hasta 1611, año en que marcha a Italia? Contrae matrimonio en 1601 con Doña Ana de Mendoza, renunciando los Tassi a la dote y tras rechazar varias familias sus pretensiones. ¿Por qué? Las noticias hablan de aparatosa ostentación en las fiestas palaciegas, fama de conquistador, gastos en joyas, regalos, consumado jugador de naipes en las veladas de la Corte…, lo bastante para conocer las intimidades de Palacio e iniciar a su tiempo estrofas satíricas feroces. En 1605 se conoce su comportamiento iracundo con la Marquesa del Valle y que dotó a un tal Juan Sánchez para su casamiento, asunto sospechoso de homosexualidad, castigado entonces con la hoguera. Al parecer, viaja en el mismo año a Paris y Flandes. ¿Huyendo del escándalo? El padre muere en 1607, heredando el título de Conde y el cargo de Correo Mayor. Destierro de la Corte en 1608 por jugador, de una Corte que se había convertido en un timbal continuo y ruinoso, en el que participan el Rey, la reina, el privado, los cortesanos, las damas…

– En 1611 viaja a Italia. Participa como Maestre de Campo en las guerras de Lombardía. En Nápoles, en torno al virrey, el Conde de Lemos, se reúne la Academia de los Ociosos de la que forma parte. Conoce personalmente a Manso, a Marino, a quien traduce. Debió leer el Polifemo, convirtiéndose en poeta gongorino. Coleciona cuadros, esculturas, armas, objetos de valor, caballos, diamantes que hace engastar en plomo, haciéndose popular entre los napolitanos. Gastos, dispendios fabulosos, que acarrean deudas y pleitos. Pero también lector asiduo y conocedor de clásicos y modernos.

– Vuelve a España, cargado de juicios interminables, y comienza una crítica feroz a los abusos de la administración regia, no perdonando a nadie, alto o bajo, en los que pudiera ejercer su habilidad:

Las indias se están rindiendo
el oro y plata a montones,
y España con sus millones,
aunque la van destruyendo;
cada día están vendiendo
cien mil oficios, Señor:
usan muy grande rigor
en destruir vuestra tierra,
gastóse aquesto en la guerra…,
o en Lerma diré mejor.
Cien mil moriscos salieron
y cien mil casas dejaron;
las haciendas que se hallaron
¿en qué se distribuyeron?
La moneda que subieron,
causa es de pena y lloro,
y subir también el oro
con tan poco fundamento;
arbitrio, en fin, de avariento
para aumentar su tesoro…

También poesía de mera burla o libelo, por ejemplo al aguacil de Corte Pedro Vergel, al que dedicó más de una sátira calificándolo siempre de cornudo:
¡Qué galán entró Vergel
con cintillo de diamantes!
¡Diamantes que fueron antes
de amantes de su mujer!
O la dedicada al Conde de Salazar y su mujer, ambos feísimos:
Al de Salazar ayer
mirarse a un espejo ví;
perdiéndose el miedo en sí
para mirar su mujer.


– 1618.- Verdadero año nefasto para el poeta. Vende el cargo de Correo Mayor de Aragón a un hijo de Leonardo Lupercio de Argensola. Pierde la administración de sus bienes. Los documentos citan por última vez a su mujer, por lo que debió morir por esas fechas. Sus hijos han muerto prematuramente. Y, para colmo, enemistado con los poderosos validos, es desterrado en un proceso secreto por difamador. Tres años vive apartado en las orillas del Henares, donde sus versos cobran un tinte amargo y desengañado. No es de extrañar que escribiera en una composición:
Estoy tan en el profundo
que idolatrara el castigo
si es que se hundiera conmigo
cuanto me cansa en el mundo.

– 1621/1622.- Ascenso fulminante del Conde, que como Ícaro, sube hasta las proximidades del Sol, y provoca su caída. El 3 de Marzo muere Felipe III. A los trece días del nuevo reinado de Felipe IV, le es levantado el destierro. Se le repone como Correo Mayor y se le nombra Gentilhombre de la Reina, Isabel de Borbón, joven, hermosa, con talento. Escribe poesías conjuntas con el monarca, poeta aficionado. Haciendo de celestino escribe versos a la dama del rey, cayendo en tercería. Y, según todos los indicios, se enamora de la Reina. Lo proclaman los hombres de su época, lo apuntan sus poemas, sus osadías y las anécdotas conocidas. En una de las fiestas, se presenta adornado con reales de plata que acababan de ponerse en circulación y el lema: “Son mis amores reales”. Imprudencia, tras imprudencia en este hombre apasionado que no conoce la mesura. Sigue atacando a todos los poderosos caídos, al mismo rey muerto, sin descanso ni cuartel. En 1622, con ocasión del cumpleaños de Felipe IV, se monta en Aranjuez una representación de aficionados, una invención. El texto es encargado al Conde, “La Gloria de Niquea”, primera representación operística en España. Todo gira en torno al montaje, espléndido y complicado. 

El decorado y las ¡Qué galán entró Vergel

con cintillo de diamantes!
¡Diamantes que fueron antes
de amantes de su mujer!
o la dedicada al Conde de Salazar y su mujer, ambos feísimos:
Al de Salazar ayer
mirarse a un espejo ví;
perdiéndose el miedo en sí
para mirar su mujer.

– 1618.- Verdadero año nefasto para el poeta. Vende el cargo de Correo Mayor de Aragón a un hijo de Leonardo Lupercio de Argensola. Pierde la administración de sus bienes. Los documentos citan por última vez a su mujer, por lo que debió morir por esas fechas. Sus hijos han muerto prematuramente. Y, para colmo, enemistado con los poderosos validos, es desterrado en un proceso secreto por difamador. Tres años vive apartado en las orillas del Henares, donde sus versos cobran un tinte amargo y desengañado. No es de extrañar que escribiera en una composición:
Estoy tan en el profundo
que idolatrara el castigo
si es que se hundiera conmigo
cuanto me cansa en el mundo.

– 1621/1622.- Ascenso fulminante del Conde, que como Ícaro, sube hasta las proximidades del Sol, y provoca su caída. El 3 de Marzo muere Felipe III. A los trece días del nuevo reinado de Felipe IV, le es levantado el destierro. Se le repone como Correo Mayor y se le nombra Gentilhombre de la Reina, Isabel de Borbón, joven, hermosa, con talento. Escribe poesías conjuntas con el monarca, poeta aficionado. Haciendo de celestino escribe versos a la dama del rey, cayendo en tercería. Y, según todos los indicios, se enamora de la Reina. Lo proclaman los hombres de su época, lo apuntan sus poemas, sus osadías y las anécdotas conocidas. En una de las fiestas, se presenta adornado con reales de plata que acababan de ponerse en circulación y el lema: “Son mis amores reales”. Imprudencia, tras imprudencia en este hombre apasionado que no conoce la mesura. Sigue atacando a todos los poderosos caídos, al mismo rey muerto, sin descanso ni cuartel. En 1622, con ocasión del cumpleaños de Felipe IV, se monta en Aranjuez una representación de aficionados, una invención. El texto es encargado al Conde, “La Gloria de Niquea”, primera representación operística en España. Todo gira en torno al montaje, espléndido y complicado. El decorado y las maquinarias para las mutaciones escénicas ocupan el centro de la representación: teatro ornamental, coreográfico, visual, con texto para recitar, culterano. Todos los personajes fueron representados por damas de la Corte, incluida la Reina. Pues bien, en medio de la obra, se produce un incendio. El Conde salta al escenario, toma en sus brazos a Doña Isabel de Borbón, y la rescata del peligro. Se corrió la voz de que el incidente fue provocado por el poeta. Que el rey estuviera ya sobre aviso, lo mismo que el Conde-Duque de Olivares, y los políticos profesionales de su entorno, lo sabemos por varias fuentes. En una fiesta de toros, Villamediana, hábil alanceador, tuvo una soberbia actuación ante los monarcas. La reina se dirige a Felipe IV y comenta: “¡Qué bien pica el Conde!”; a lo que él responde: “Pica bien, pero pica alto”. Todo parece indicar un desastre inminente. Y, por si fuera poco, se había iniciado, de parte de la Inquisición, un proceso secreto por un círculo de sodomía en su mansión, “lo que está probado”: hubo condenados a la hoguera.

– 21 de Agosto de 1.622, Domingo por la tarde. El Conde regresa en coche a su casa, acompañado por el hijo del Marqués del Carpio. Había desechado el aviso del confesor de la reina Zuñiga de que se tramaba su muerte. En la calle Mayor, a cara descubierta, sabiéndose impune, alguien sube al estribo “y con alguna arma fuerte y que hería de golpe, por si llevaba defensa, se le dio tan cruel, que rompiéndole las costillas no le dio más lugar que para decir ‘Jesús, esto es hecho’ y luego murió” Los restos de este Des Esseintes vital, recio y vigoroso, se trasladaron a Valladolid, como dijimos, en un ataúd de ahorcados. Nunca se supo de los culpables.


Varios autores del momento escribieron sobre su muerte.


ANTONIO MIRA DE AMESCUA:

¡Golpe fatal, cruel hecho
que en bárbara impiedad toca!
Que por cerrarme la boca
me la abrieron por el pecho;
y aunque este lugar estrecho
me oprime y muerto me ven,
no es bien seguro estén
de mi lengua, porque es tal,
que hablará de muchos mal
si ellos no vivieren bien

JUAN RUIZ DE ALARCÓN:

Aquí yace un maldiciente
que hasta de sí dijo mal,
cuya ceniza mortal
sepulcro ocupa decente.
Memoria dejó a la gente
del bien y del mal vivir;
con hierro vino a morir
dando todos a entender
cómo pudo un mal hacer
acabar su mal-decir.

ANTONIO HURTADO:

Ya sabéis que era Don Juan
dado al juego y los placeres;
amábanlo las mujeres
por discreto y por galán.
Valiente como Roldán
y más mordaz que valiente
… más pulido que Medoro
y en el vestir sin segundo,
causaban asombro al mundo
sus trajes bordados de oro…
Muy diestro en rejonear,
muy amigo de reñir,
muy ganoso de servir,
muy desprendido en el dar.
Tal fama llegó a alcanzar
en toda la Corte entera
que no hubo dentro ni fuera
grande que lo contrastara,
mujer que no lo adorara,
hombre que no lo temiera…

LUÍS DE GÓNGORA:

Mentidero de Madrid,
decidnos: ¿Quién mató al Conde?
No se sabe ni se esconde:
sin discurso discurrid.
-Dicen que lo mató el Cid
por ser el Conde Lozano.
¡Disparate chabacano!
La verdad del caso ha sido
que el matador fue Bellido
y el impulso soberano.


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CUATRO SONETOS DE Ángel Simón Collado

1) Una acusación desengañada a la época:
Debe tan poco al tiempo el que ha nacido
en la estéril región de nuestros años
que premiada la culpa y los engaños,
el mérito se encoge escarnecido.
Ser un inútil anhelar perdido,
y natural remedio a los extraños;
avisar las ofensas con los daños,
y haber de agradecer el ofendido.
Máquina de ambición, aplauso de ira,
donde sólo es verdad el justo miedo
del que percibe el daño y se retira.
Violenta adulación, mañoso enredo,
en fe violada han puesto a la mentira
fuerza de ley y sombra de denuedo.

2) Un lamento de amor en la encrucijada entre la osadía y el encogimiento; en la frontera que, traspuesta, el remedio es ya castigo:

Tal vez la más sublime esfera toco
de los orbes de Amor, do pruebo y siento
un infeliz, cobarde encogimiento
con que a imperfecta lástima provoco.
A mucho se dispone y vuela poco
mi osado y rendido pensamiento,
muy temeroso para atrevimiento,
y para no atrevido ya muy loco.
¡Oh laberinto, oh confusión, oh engaño,
en que estoy, la que sufro y el que sigo,
sin fe el remedio y sin aviso el daño!
Donde el hado, infelizmente enemigo,
es oráculo ya de un desengaño
que quiso ser remedio y es castigo.

3) La osadía de subir a alturas tales que, como Ícaro, trasunto de sí mismo, está condenado al fracaso. La misma gloria del ascenso justifica el intento:

De cera son las alas cuyo vuelo
gobierna incautamente el albedrío,
y llevadas del propio desvarío,
con vana presunción suben al cielo.
No tiene ya el castigo, ni el recelo,
fuerza eficaz, ni sé de qué me fío
si prometido tiene el hado mío
hombre a la mar, como escarmiento al suelo.
Mas si a la pena, Amor, el gusto igualas
con aquel nunca visto atrevimiento
que basta a acreditar lo más perdido,
derrita el Sol las atrevidas alas,
que no podrá quitar al pensamiento
la gloria, con caer, de haber subido.

4) Con motivo del asesinato en plena calle del Conde de La Coruña, en el que responde a un religioso que afirmó que se había condenado, como una premonición a su propio caso:

Cuando yerve cual mar la adolescencia
en ondas de peligros y de engaños,
golpe de arrebatados desengaños
hizo efecto mayor de su violencia.
Sólo aquella Sublime Providencia,
sabe en un punto restaurar los daños
de la omisión y olvido de mil años,
en un acto interior de penitencia.
Digno auxilio, Señor, porque la culpa
nunca fue tal, ni el término tan breve,
que su misericordia no lo alcance.
Supla pues la piedad a la disculpa
donde no hay fin seguro ni horror leve.
¡Oh, ciega obstinación! ¡Oh, duro trance!

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UN HOMENAJE DE PABLO NERUDA AL CONDE DE VILLAMEDIANA

‘El desenterrado’

Cuando la tierra llena de párpados mojados
se haga ceniza y duro aire cernido,
y los terrones secos y las aguas,
los pozos, los metales,
por fin devuelvan sus gastados muertos,
quiero una oreja, un ojo,
un corazón herido dando tumbos,
un hueco de puñal hace ya un tiempo hundido
en un cuerpo hace tiempo exterminado y solo,
quiero una mano, una ciencia de uñas,
una boca de espanto y amapolas muriendo,
quiero ver levantarse del polvo inútil
un ronco árbol de venas sacudidas,
yo quiero de la tierra más amarga,
entre azufre y turquesa y olas rojas
y torbellinos de carbón callado,
quiero una carne despertar sus huesos
aullando llamas,
y un especial olfato correr en busca de algo,
y una vista cegada por la tierra
correr detrás de dos ojos oscuros,
y un oído, de pronto, como una ostra furiosa,
rabiosa, desmedida,
levantarse hacia el trueno,
y un trato puro, entre sales perdido,
salir tocando pechos y azucenas, de pronto.
¡Oh, día de los muertos! oh distancia hacia donde
la espiga muerta yace con su olor a relámpago,
oh galerías entregando un nido
y un pez y una mejilla y una espada,
todo molido entre las confusiones,
todo sin esperanza decaído,
todo en la sima seca alimentado
entre los dientes de la tierra dura.
Y la pluma a su pájaro suave,
y la luna a su cinta, y el perfume a su forma,
y, entre las rosas, el desenterrado,
el hombre lleno de algas minerales,
y a sus dos agujeros sus ojos retornando.
Está desnudo,
sus ropas no se encuentran en el polvo
y su armadura rota se ha deslizado al fondo del infierno,
y su barba ha crecido como el aire en otoño
y hasta su corazón quiere morder manzanas.
Cuelgan de sus rodillas y sus ojos
adherencias de olvido, hebras del suelo,
zonas de vidrio roto y aluminio,
cáscaras de cadáveres amargos,
bolsillos de agua convertida en hierro,
y reuniones de terribles bocas
derramadas y azules,
y ramas de coral acongojado
hacen corona a su cabeza verde
y tristes vegetales fallecidos
y maderas nocturnas lo rodean,
y en él aún duermen palomas entreabiertas
con ojos de cemento subterráneo.
Conde dulce, en la niebla,
0h recién despertado de las minas,
oh recién seco del agua sin río,
0n recién sin arañas.
Crujen minutos en tu pie naciendo,
tu sexo asesinado se incorpora,
y levanta las manos en donde vive
todavía el secreto de la espuma.

El tranco II. pág. 19-21

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