Vieja nueva estampa. Mayte Ruíz Ceballos

Ahí está. La cabeza sobre el pliegue de la falda; testigo de mis idas y venidas. Siempre en el mismo ángulo como una bola, acurrucada. No conoce las noches ni los días, los meses, las semanas: Se detiene el tiempo y le arrastra la vida. Tez morena, nariz afilada, ojos verdes como el oro de mi tierra. A penas puedo contemplar su rostro cuando de nuevo baja su mirada. Allí ha encontrado refugio en lo más íntimo de su falda. Algún día tengo que tocar ese tejido confidente y compañero, aliado del pasado enmarañado de recuerdos. Con qué rapidez pasa el tiempo cuando mira atrás y pone nombre a esas caras tan queridas y entrañables. Parece como si fuera ayer, incluso, ahora mismo. Levanta su mano para acariciarlas. La realidad le devuelve a la conocida estampa. Atrás quedaron sudores, amarguras, sueños y desencantos. Su tierra, su gente y su pasado de añoranzas. Es entonces cuando contemplo su mirada. El brillo en sus ojos, algún secreto de ayer con el que jugaba y soñaba. Y la ilusión le devuelve la vida arrastrada. Qué suerte la mía. Aprovecho el minuto fugaz que me regala. Y me pregunto por qué llegó a adueñarse del ángulo que no conoce de días, meses y semanas. No se sabe. Una de esas historias que abundan en la nada de una tierra rica y tan tristemente explotada. Sacó su pequeño hato y emprendió el vuelo, como tantos otros, sin rumbo, ni horizontes ni dinero. Qué tristeza levantarse cada día sin las caras de la gente amada; sin el blanco de las paredes encaladas; sin el calor que a su piel alimentaba. Y se detiene: tanto esfuerzo y sacrificio sin recompensa pagada. María baja su mirada.

Toca tierra y mira a los que pasan. Todos corren y con prisas bajan. El rutinario trasiego de la vida misma al pie de su falda. Cuántos pasos ha contado desde su rincón acurrucada. Pasos que marcan la soledad de su mirada. Rostros desconocidos que la interpelan desde el anonimato. Y no se cansa. Es el vaivén de las olas de su tierra. En la arena van quedando esas pisadas marcadas. El mar las arrastra, las borra sin piedad. Pero ahí quedan, en lo profundo de su alma. No sabe quién es el que pasa. Se turnan. Un niño,un joven, una anciana. Es lo mismo. El que trabaja, la que estudia o el que canta. Todos bajan y descienden a lo profundo de la mísera entraña. Allí se encuentran con las prisas, el agobio y las tardanzas. Nadie habla y se cruzan las miradas. Es el mundo de abajo. Otro mundo, otra estampa. Y una imagen solidaria. Todos esperando, en la misma barca. Puertos buscados o encontrados, alguna vez deseados. Ella mientras tanto, sigue arriba como una bola, ajena a lo que pasa. No conoce el trasiego allá donde ya no llega su mirada. No sabe lo que por allá abajo pasa. Se ha extendido una línea entre dos mundos. Son dos abismos diferentes el de arriba y el de abajo. Una línea que marca y que se pacta. Nada es gratis. Ella también paga: en su mundo no hay agobio ni trasiego ni tardanza. Su vida resulta de un estar ahí acurrucada. Una y otra vez cuenta. Cuántos pasos, cuántas miradas. Cuántas historias y todas calladas. Un suspiro, toma aire, ahí está: una sonrisa amable y cercana. Y el deseo de que vuelva mañana. María baja de nuevo su mirada.

Y mi testigo calla. Y calla cuando observa a los que surgen de la entraña. Y de nuevo la estampa. Rostros y pasos y huellas y miradas. Todos suben sacudiéndose el lastre de la nada. Abajo quedan el agobio, las prisas y la barca. Aromas inconfundibles que dejan su huella cansada. La vida misma al pie de su falda. La lucha continua por encima de la ralla. No hay línea en tierra llana. Se sabe alma gemela, los mismos deseos, las mismas esperanzas y el paso del tiempo que borra y no perdona. Qué diferente se contempla todo desde arriba, a pesar de estar en un rincón parada. La tierra, el sol, los árboles, la casa encalada que en su imaginación se estampa. Y sin prisas. Ella no sabe lo que es el tiempo, se ha parado su reloj y su vida transcurre marcada por el trasiego de los que suben y bajan. Un lugar privilegiado desde el que contempla el vaivén de las olas. Se aproxima a la orilla y a las huellas de sus propias pisadas. Sabe que esa estación no es nueva. La eligió desde su llegada. Allí se atrincheró con la esperanza puesta en su mañana. Con la mirada de ilusión de quien se levanta y comienza, una senda, un camino, una etapa. No pretende cambiar de vía. Allí arriba. Un lugar céntrico. Su falda vuela con la brisa que mece suavemente su orilla. Hace frío. Al menos lo siente. Las estaciones también vuelan. Y sus huesos se resienten. Pronto empezará el invierno. Los cartones, las castañas, las bufandas y el abrigo. María suspira. Está en el centro. Una ciudad inmensa e infinita. Su historia, su presente y lo que queda por vivir corre la misma suerte que el lugar que la acogió y la mimó durante tantos años. Por hoy lo deja. Mañana estará de nuevo ahí atrincherada en el rincón de Sevilla. María levanta la cabeza y busca con su mirada un apoyo, una mano amiga. Se descubre de nuevo sola. El nombre de la estación la acompaña. Y guarda en su memoria la estampa: el metro de Madrid. Regresa a casa, las luces de la ciudad la orientan. María levanta su mirada

Variaciones sobre el origen de la libertad en el hombre. José Simón Marín

ÍNDICE

1. LA MORALIDAD Y LA LIBERTAD EN KANT

2. EL ORIGEN BIOLÓGICO DE LA LIBERTAD: UN RAZÓN ANTROPOLÓGICA

3. EL ORIGEN METAFÍSICO DE LA LIBERTAD: UNA REFLEXIÓN EN TORNO A HEIDEGGER Y LEVINAS

3.1. LA METAFÍSICA DE LA ALTERIDAD

3.2. LIBERTAD COMO CONSECUENCIA DE LA “NADA”

1. La moralidad y la libertad en Kant


Este primer apartado pretende dar a conocer al lector en qué consiste el pensamiento moral de Kant, atendiendo especialmente a las ideas que pueblan las nociones kantianas de libertad y de autonomía. Es preciso señalar que este primer capítulo no será una mera descripción introductoria de la moral kantiana, pues también pretende indagar e interpretar, de una forma más o menos subjetiva, en los contenidos de dicha moral. Esta tarea interpretativa resulta necesaria, pues sólo a través de ella podremos dar conocer ese anhelado origen de la libertad que, con mayor o menor credibilidad, encontramos en los autores que se estudian en este trabajo. Por tanto, me he visto en la obligación de introducir primeramente a Kant, para luego dar un mayor protagonismo a la antropología y biología, así como a las doctrinas metafísicas de Levinas y Heidegger. Pero reitero que estos últimos autores sólo podrán ser estudiados a la luz del análisis moral kantiano, única forma de adentrarse en el aparentemente inaccesible marco de lo suprasensible.


Así pues, es menester empezar la exposición de este primer apartado adentrándonos en la idea de voluntad kantiana que, unida a la noción del deber, servirán como introducción a su concepción de libertad. En un primer momento, debemos atender a lo que Kant llama buena voluntad. Kant parte de un factum indudable: la existencia de lo práctico. La existencia de las leyes prácticas no necesita siquiera una demostración, puesto que es algo inherente a toda experiencia moral. Teniendo en cuenta la naturaleza moral del hombre, esa experiencia la encontramos en todo sujeto humano y, junto a ella, la leyes que la determinan. En palabras de Kant: “Este supuesto (que existan leyes prácticas) puede asumirlo razonablemente, no sólo acudiendo a las demás demostraciones de los moralistas más ilustres, sino al juicio ético de todo hombre que quiera concebir esa ley con claridad”. A partir de este razonamiento, podemos deducir que Kant piensa en la moral y en sus leyes como una propiedad esencialmente humana. También podemos presagiar hacia dónde lleva el pensamiento moral kantiano y qué problemas o vacíos plantea. Me refiero a la persistencia de Kant en pensar una moral que simplemente adviene, una reglamentación que simplemente hallamos unida a nuestro ser, y cuyo comienzo se nos escapa por completo. La ley moral conmueve de tal forma a nuestro autor que se torna un ámbito metafísico cuyo origen se presenta tan enigmático y sublime como el del propio cosmos: “Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre nuevos y crecientes, cuando con más frecuencia y aplicación se ocupa de ellas la reflexión: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí…” (C.R.P).


Dejando a un lado esta última consideración, y retomando la idea de buena voluntad, hay que señalar que Kant nos presenta esta noción como el criterio último para juzgar los actos humanos. Es el valor absoluto de la moralidad, pues el único bien en sí. El fin último del hombre es alcanzar la moralidad y la buena voluntad. Kant no considera la felicidad como el bien primordial. De hecho, el hombre, a diferencia del animal, se le ha dotado de una capacidad racional que va más allá de la búsqueda de una felicidad en la satisfacción inmediata. Desde de mi punto de vista, entramos en otro aspecto importante que determina la existencia de la libertad en un ser racional. La razón no puede dirigir sus esfuerzos en alcanzar una felicidad que se le presenta al instinto como una empresa mucho más factible y necesaria. La razón implica autonomía, y ésta contrasta fácilmente con la heteronomía propia de la naturaleza. Por tanto, se trata de una segunda naturaleza que se impone leyes de índole muy diferente. No obstante, todo esto queda mejor plasmado en la concepción kantiana del deber, muy unida a la mencionada idea de buena voluntad. El deber nos sirve para fundamentar una moral que no atiende a una búsqueda de la felicidad inmediata. Se trata de una voluntad donde prima el debersobre cualquier inclinación. Hay que basar la moral en la obligación, y debemos hacer el bien, no por inclinación sino por el deber. Vemos otro elemento que nos separa de lo natural en pos de lo racional, y nos acerca al pensamiento de Levinas, tal y como veremos en el tercer punto del presente trabajo. Se trata de actuar moralmente no atendiendo a fines particulares, es decir, absteniéndose de un sentimiento ulteriormente beneficioso o de un fin preestablecido, sino una moral que se rija por la acción desinteresada nacida de un sentimiento de respeto a la ley moral: Una acción realizada por deber tiene, empero, que excluir por completo el influjo de la inclinación, y con esta todo objeto de la voluntad no queda, pues, otra cosa que pueda determinar la voluntad, si no es, objetivamente, la ley y, subjetivamente, el respeto puro a esa ley, y, por tanto, la máxima de obedecer siempre a esa ley, aun con perjuicio de todas las inclinaciones. (F.M.C.) Se trata del deber considerado como una obediencia a la ley. Sólo un ser racional puede obrar según la representación de las leyes, y eso es lo que nos difiere de lo no-humano: la voluntad. La voluntad es la razón pura práctica, nuestra capacidad de actuar según principios. Y ha de haber una norma universal que, sin atender a los efectos que de ella se espera, determine a dicha voluntad. Norma que encontramos en el imperativo categórico: “obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal”. Detrás de esta norma que la razón misma se impone se esconde toda una serie de implicaciones que culminan en la patencia de una autonomía moral determinante y ,con ella, la constatación de la libertad como una propiedad esencial del hombre.


Así pues, la razón crea para sí misma una ley. La racionalidad de la ley es lo que caracteriza a la autonomía. La voluntad es autónoma en tanto que puede crear la ley que ella misma se impone, convirtiéndose así en legisladora de una ley universal a la que se somete. La voluntad es autónoma y, por ende libre, no por ausencia de leyes sino, muy al contrario, por regirse según una ley racional que ella misma crea. Pero si lo determinante en la moral son las reglas y teniendo en cuenta que las reglas son, de por sí, coercitivas… ¿qué lugar ocupa aquí la libertad?¿tiene siquiera cabida?. Pues bien, la libertad no sólo ocupa un lugar destacado, sino que se presenta como el fundamento de toda la moralidad. De hecho, Kant pretende demostrar la realidad de la moralidad a través de la demostración previa de la existencia de la libertad. Necesita también de la libertad para precisar el sentido real de la noción de autonomía, una autonomía que se nos presenta como la autodeterminación de la voluntad.


¿En qué consiste la libertad de la voluntad?. La voluntad es libre en tanto que autónoma. Su libertad, por tanto, consiste en la propiedad de ser una ley para sí misma. Es libre debido a que tiene la posibilidad de crear e imponerse una ley. Pero esto, en un primer momento, puede parecernos contradictorio. Es evidente que una ley implica siempre determinismo y, en consecuencia, ausencia de libertad, y si la voluntad está determinada por leyes, parece, entonces que, de ningún modo podría ser libre. Pero precisamente la autonomía es la que logra salvar este escollo, en apariencia grave. La libertad se presenta como una capacidad autónoma, de una voluntad que puede determinarse así misma. No necesita obrar atendiendo a estímulos sensibles u otras causas externas, no necesita obedecer a la causalidad natural. Al contrario, ahora encontramos otro tipo de causalidad, la causalidad por libertad, exclusiva del ser racional. En palabras de Kant: “Pues bien, yo afirmo: que a todo ser racional que tiene una voluntad debemos concederle necesariamente también la idea de libertad, únicamente bajo la cual obra (…) , tenemos que atribuir a todo ser dotado de razón y voluntad esta propiedad de determinarse a obrar bajo la idea de su libertad”(F.M.C.)


Por tanto, Kant se ve obligado, como ya he señalado antes, a demostrar la realidad de la libertad para luego inferir la validez del principio supremo de la moralidad. Libertad y moralidad se complementan, y no podemos utilizar uno de ellos para justificar el otro, pues caeríamos en un círculo vicioso. Kant propone otra solución: deducir ambas de nuestra naturaleza inteligible. El hombre se encuentra inevitablemente inmerso entre dos ámbitos bien diferenciados: lo nouménico o mundo inteligible y lo fenoménico o mundo sensible. Se trata del eterno debate de un ser trascendental empíricamente determinado. Efectivamente, desde mi punto de vista, la libertad del hombre nace de ese conflicto. Se trata de un ser biológicamente determinado pero con una facultad que le encomienda a trascender. Esa facultad, cómo no, la encontramos en la razón, única fuente de la moralidad. La razón, tal y como nos demuestra el propio Kant, posee un uso teórico pero también un uso práctico. La moral es una experiencia que nace también de la razón. Nadie niega que no necesitemos del sentimiento, pero sólo como condición de posibilidad de una moral nacida en la dignísima facultad racional del hombre. Nos compadecemos porque comprendemosla situación marginal del otro. Por tanto, todo es producto de una situación peculiar donde el ser racional ha de juzgar las acciones de sus semejantes y las suyas propias. Está obligado a ello, y es ahí donde radica su libertad. Es uno de los síntomas propios de un ser que ha superado el nivel de lo instintivo, y se ha demarcado de unas leyes de la naturaleza en pos de unas leyes propias. Un ser metafísico con doble naturaleza, la biológica y la cultural. En este trabajo pretendo demostrar que la libertad se origina en tres niveles: uno antropológico, donde la dimensión cultural del hombre nace de una evolución biológica que nos libera de lo instintivo, el nivel de la alteridad, la libertad como un producto que surge en la interrelación humana, y otro plenamente metafísico, donde se produce la gran escisión entre el ser trascendental y el ser cotidiano.


La temática que sigue está dirigida a solucionar uno de los interrogantes que deja Kant en su obra: explicar cómo la libertad es posible. No podemos conocer la libertad, pues es sólo una idea que no se nos muestra en la experiencia empírica. Se trata de una razón que está obligada a ser autónoma, a ser moral, a crear reglas, pero que no puede dar cuenta de dónde procede dicha capacidad. Supongo que se trata de una empresa demasiado difícil y arriesgada, más si tenemos en cuenta que a la razón, por esencia libre, se le puede presentar como contraproducente el preguntar por el origen de esa capacidad. No obstante, voy a hacer un esfuerzo, con todos los respetos hacia el propio Kant, por hallar cuál puede ser la raíz de una razón que se conoce libre, y que trasciende de tal forma que su naturaleza se presenta como distante, es decir, como contraria a la ley natural. Somos el gran error de la naturaleza, pues ella nos ha dado la capacidad de determinar nuestra voluntad según nuestra propia ley, nos ha creado libres. Ahora se trata de dar respuesta a ese gran interrogante: ¿de dónde nace nuestra libertad?.



2.El origen biológico de la libertad: una razón antropológica


El siguiente fragmento puede servir de inicio y a la vez de tesis central de este segundo capítulo: “La existencia humana empieza cuando el grado de fijación instintiva de la conducta es inferior a cierto límite; cuando la adaptación a la naturaleza deja de tener carácter coercitivo; cuando la manera de obrar ya no es fijada por mecanismos hereditarios. En otras palabras, la existencia humana y la libertad son inseparables desde un principio. La noción de libertad se emplea no en el sentido positivo de libertad para, sino en el sentido negativo de libertad de, es decir liberación de la determinación instintiva del obrar”. (E.Fromm, “el miedo a la libertad”).


El ser humano, en su esencia, comienza cuando se produce la incursión de la libertad en la naturaleza. La razón es libre de la determinación biológica propia del instinto. Si contemplamos el resto de los seres vivos nos será fácil percatarnos de la armonía que se manifiesta entre sus vidas y el entorno natural. Sin embargo, el hombre, gracias a la facultad racional, es libre en el sentido negativo de la palabra libertad: es libre del estado armonioso y feliz que se da en el medio natural. Por eso dice Kant que la moral no puede tener como objeto la obtención de la felicidad, pues está se nos escapa por nuestra propia esencia. Somos demasiado conscientes de nuestra realidad, somos demasiado únicos, tenemos una autonomía que nos define. En definitiva, somos libres. Pero reitero una vez más la pregunta: ¿cómo hemos llegado a ser libres?. La evolución biológica, en un determinado momento, creó una especie con una facultad racional distintiva. Un ser desprovisto de la determinación instintiva, pero dotado de una conciencia plena de su ser y de su mundo. Se trata de una especie que carece de un aparato instintivo típico, lo cual repercute desde su nacimiento en una debilidad: depende de sus padres durante un tiempo más largo que cualquier otro animal y sus reacciones al medio ambiente son menos rápidas y menos eficientes que las reacciones automáticamente reguladas por el instinto. Pero, como bien señala Fromm, la debilidad biológica del hombre es la condición de la cultura humana. El hombre, y con él esa segunda naturaleza que llamamos cultura (donde también encontramos el ámbito de la moral), irrumpen en el mundo y se convierten en elementos de choque, en fuerzas disarmónicas. La razón se convierte en un elemento claro de trascendencia, y debido a esa condición, también se torna una fuerza trasgresora. Esa trasgresión la encontramos, junto a otros caracteres culturales, en la moral.


La moral nos distancia del animal, es una clara condición de posibilidad de lo humano. Donde haya un hombre, en él existirá la moral, como una consecuencia lógica de su situación de libertad. El animal carece de esa dimensión moral, pues no tiene capacidad intelectiva capaz de determinar una buena o mala acción. De hecho, ni siquiera es libre en la acción, pues no puede actuar según una determinación de su propia voluntad. La voluntad, tal y como la concibe Kant, requiere de un espíritu que sea capaz de determinarse según principios. La voluntad del animal es la voluntad de la propia naturaleza. Sus acciones no son más que una cadena ininterrumpida que se inicia con un estímulo y termina con un tipo de conducta más o menos determinado, que elimina la tensión creada por el estímulo. En este sentido, Schopenhauer se nos presenta como un pensador muy clarividente al respecto, con su teoría de una única voluntad animal, la voluntad de vivir: “hay una tendencia exagerada a perpetuar y a conservar la vida que no se deriva de un conocimiento objetivo del valor de la vida, el impulso no se debe a ningún conocimiento o fin, sino que parece que todos los seres son movidos por una energía invisible” (A.Schopenhauer, “el mundo como voluntad y representación”).


Efectivamente, todos los seres se rigen por una especie de ley invisibleque le lleva a obrar sólo para su supervivencia. Todos, excepto el ser racional. Es en esta última modalidad de ser donde encontramos una autonomía en la voluntad, una capacidad para determinar sus propias leyes. De ahí que el hombre, en un acto que nos conduce a lo sublime y, con él, a lo suprasensible, pueda ser consciente de las implicaciones éticas de su acto. Puede darse el caso, como de hecho se ha dado, de que un determinado sujeto juzgue una determinada acción suya tan negativamente que llegue a suicidarse para pagar la deuda que tiene consigo mismo. El hombre ha roto la cadena que encontrábamos en el animal, y el suicidio es una buena prueba de ello. Sus acciones no tienen que ir obligatoriamente encaminadas a su supervivencia, y puede llegar a primar determinados aspectos (de índole cultural y moral) por encima de su propia vida. No persigue una ley pre-establecida, sino que racionalmente puede ir más allá de las condiciones que impone el marco de lo sensible, podemos trascender los impulsos de la sensibilidad a través de leyes creadas desde y para la razón, y es ahí donde radica verdaderamente la libertad.


Pero con este último razonamiento, únicamente hemos delimitado lo que nos separa del género animal y de la propia naturaleza. También hemos realizado una analogía entre libertad y razón. Pero ambas surgen, en un primer momento, de una evolución biológica. Somos un error de la naturaleza, pues no vamos en consonancia con ella. De hecho, la hemos trascendido claramente. La cuestión ahora es: ¿cómo se produjo ese error?.


Partimos del hombre como último eslabón en la cadena evolutiva de determinado linaje, eslabón del que cabe decir que, con él, la evolución orgánica se trasciende a sí misma, dando lugar a la evolución cultural. Por tanto, el estudio del evolucionismo biológico nos permitirá comprender mejor nuestra dimensión antropológica, donde se inserta irremediablemente la moral como un rasgo distintivo y trasgresor. Hay dos acontecimientos que nos permiten comprender la emergencia de la razón como la consecuencia de una evolución biológica: la teoría de la evolución darwiniana y el desarrollo de la genética. Recientemente, se ha dado una convergencia entre ambos, originando así la teoría sintética de la evolución. Se ha demostrado científicamente que las variantes genéticas (mutaciones) pueden ser hereditarias. A este suceso hay que añadirle otro acontecimiento que encontramos patente en la naturaleza: la selección natural, un proceso que, tras la aparición de las mencionadas variantes, opera con fuerza de necesidad promoviendo la multiplicación de unas y la eliminación de otras, según sean sus efectos adaptativos en los organismos de que se trate. Dejando a un lado los detalles, podemos afirmar con rotundidad que esta teoría de la evolución ha supuesto toda una nueva visión del hombre y del concepto que nosotros tenemos del mismo. Se trata de toda una revolución, tanto o más importante que la revolución copernicana. Es revolución darwiniana nos ha abierto nuevos horizontes en nuestro afán de comprendernos a nosotros mismos, de la misma forma que la revolución copernicana permitía comprender el funcionamiento del universo en el que habitamos. Darwin nos ha aportado una nueva visión, la del hombre y la razón como un producto más o menos azaroso, condicionado por leyes naturales que permiten la supervivencia a aquellos que arbitrariamente han sido mejor adaptados. Y qué mejor adaptación que una razón consciente de su existencia y, por ende, tan transgresora que puede llegar a manejar o manipular el entorno que le rodea. Un ser al que se le ha dado, como resultado de un desarrollo biológico natural, la capacidad de crear su propia forma de comunicación abstracta, sus propios dioses, su propia cultura, y su propia moral. He ahí la razón que ha llevado a Habermas ha insistir reiteradamente en la necesidad de armonizar o hacer compatibles a Kant y Darwin. Sin embargo, he de admitir mi recelo a esa necesidad de complementariedad que nos plantea Habermas.


Esta última discrepancia puede parecer incoherente, más si tenemos en cuenta que he intentado una y otra vez determinar un origen natural o biológico de la razón y la libertad humanas. El problema que ahora planteo parte de una amenaza que se cierne sobre el hombre moderno: el reduccionismo biológico acorde con el cientificismo determinista propio de nuestra época. Se trata de la conciencia reducida a cerebro, de la desaparición del hombre como espíritu o de cualquiera otra consideración que invoque un sobrenaturalismo. No podemos negar la evidencia: todo lo que es el hombre, en su esencia, proviene de una raíz biológica. Ni siquiera la dimensión cultural humana está exenta de una explicación biológica, como gran exponente de una gran desarrollo natural que ha dado lugar a una facultad racional muy superior a la instintiva. Pero, ¿acaso no se está hablando aquí de un cerebro complejísimo, que ha propiciado la existencia de una razón que, pese a esa determinación fisiológica, ha llegado a trascender de tal forma que supera ampliamente el marco de lo físico? ¿¿no es esa precisamente la tragedia en la que el hombre se ve inevitablemente inmerso? ¿no consiste su libertad precisamente en este hecho?.


Darwin nos ha proporcionado las bases para determinar cuál es el origen de nuestra condición humana, el motivo real que originó en una especie muy peculiar el sentimiento de ser rechazados por la madre naturaleza. “La naturaleza es madre en el nacimiento, pero madrastra en el querer”, dijo Lompardi. La razón, ese don natural, adquirió una oscura conciencia de sí mismo como de algo que no se identifica con la naturaleza. Como afirma Fromm, “Cae en la cuenta de que le ha tocado un destino trágico: ser parte de la naturaleza y sin embargo trascenderla”. En es en ese momento, cuando la razón se conoce como libre, y se determina a sí misma. Esa es precisamente la idea de libertad kantiana. Ya no es la naturaleza la que dictamina el comportamiento, como lo hace con el resto de seres naturales, sino que la naturaleza racional del hombre se impone y crea sus propias leyes. El hombre, tal y como lo concibe Kant, se sitúa entre dos polos, entre dos mundos diferenciados: el sensible y el inteligible. Y de esa separación, de la tragedia de un ser cuya condición metafísica nace de lo físico, surge la libertad: “Pues ahora ya vemos que, cuando nos pensamos como libres, nos incluimos en el mundo inteligible, como miembros de él, y conocemos la autonomía de la voluntad con su consecuencia, que es la moralidad; pero, si nos pensamos como obligados, nos consideramos como pertenecientes al mundo sensible y, sin embargo, al mismo tiempo, al mundo inteligible también”. (F.M.C)


A través de toda esta reflexión en torno a la raíz biológica de la libertad y la moral, se nos presenta otra cuestión que no debemos desdeñar. La evolución nos has proporcionado los mecanismos que nos permiten identificarnos como seres libres. Desde la perspectiva kantiana, la libertad supone una capacidad autónoma de determinar nuestra propia voluntad a través de leyes que ella misma crea. Nuestra libertad consiste en imponernos nuestras propias restricciones. Sin embargo, esa capacidad de la que nos habla Kant, esa autonomía y esa libertad, ¿están ya impresas en los mecanismos que nos proporciona la evolución?. Si es así,¿cómo se manifiesta?. La razón necesita de una dimensión cultural, de una lingüística y una abstracción conceptual que sólo encontramos en el marco de esa segunda naturaleza: la cultura. Ella es la que sitúa a la razón en un plano metafísico. Si, como hemos señalado, la razón es el resultado de un proceso evolutivo, y esa razón está unida a un plano trascendental, ¿existe la posibilidad de un origen metafísico de la libertad?. A esa pregunta es a la que pretendo responder en el siguiente y último apartado.



3. El origen metafísico de la libertad. Una reflexión en torno a Heidegger y Levinas.


En el anterior capítulo he incidido en el desarrollo biológico como una condición de posibilidad que permite la emergencia de la libertad tal y como la conoce Kant. Pero, como ya he dicho antes, el problema de la libertad va más allá de un mero reduccionismo biológico. La explicación evolutiva, desde mi punto de vista, es una condición necesaria pero no suficiente. Kant considera que el mero hecho de preguntar de dónde surge la libertad es, de por sí, una cuestión contraproducente. Sencillamente, Kant la considera indemostrable, pese a admitirla como una suposición necesaria. Así pues, no podemos pretender hacer un análisis meramente científico de la libertad, atendiendo sólo a la facultad que la hace posible. Es conveniente recordar que la idea kantiana de libertad va asociada a un ámbito claramente moral, y que esa moral es una creación propiamente humana. La moral y todas las connotaciones que a ella van asociadas (la compasión, el deber, el arrepentimiento, el enjuiciamiento de las acciones, etc.) pertenecen a esa segunda naturaleza que, aunque nazca de la primera, la trasciende y se reconoce como distinta. Esa segunda naturaleza es la razón, tal y como la concibe Kant. Es el hombre el que posee esa naturaleza inteligible, obedeciendo a leyes autónomas basadas únicamente en la razón. Pero el propio Kant reconoce que el hombre también pertenece al mundo sensible, lo que le obliga también a acatar las leyes de la naturaleza. Sólo si el ser humano es capaz de aprehender a la vez su “yo” como inteligencia y como sensibilidad, podrá, entonces, considerarse libre y sentirse obligado por leyes morales. Así pues, la libertad surge cuando el hombre toma conciencia de su condición, cuando se ve a sí mismo como un ser trascendental en disonancia con una naturaleza a la que trágicamente se halla encadenado. En una sola frase: la libertad es la idea que surge de un razonamiento metafísico.


Desde esta nueva teoría, quiero dar a conocer dos posiciones que, si bien no nos aportan una solución definitiva, sí que nos proporcionan una cierta explicación al impactante nacimiento de la libertad en el ser. El problema es que, más que una solución, puede parecer una complejización, más si tenemos en cuenta que trata de dar respuestas metafísicas. No obstante, y en defensa de estos autores, podemos recurrir a razonamientos como el de Gádamer: “Lo racional de tales experiencias es justamente que en ellas se logra una comprensión de sí mismo. Y se pregunta si la razón no es mucho más racional cuando logra esa autocomprensión en algo que excede a la misma razón”. (Mito y Logos, 1981)


3. 1. La metafísica de la alteridad


El pensamiento de Levinas se centra en la relación que el “yo” se establece con lo “otro”, siendo éste último la causa de aquel. Dicha relación contiene implícitamente una cantidad notable de implicaciones ontológicas a las que no atenderé en este trabajo por razones obvias. Lo menester ahora es concretizar y extraer únicamente un contenido filosófico que, en torno a la idea moral de alteridad, permita determinar cómo acaece la libertad en el hombre.


Levinas fue un pensador cuyas raíces judías estaban muy presenten en toda su concepción filosófica del mundo. El judaísmo es una corriente que privilegia la ética como un valor fundamental, convirtiéndola en el eje central de toda su sabiduría. En Levinas, encontramos esa defensa ferviente de la moral como un principio justificador de la existencia. Es en la relación donde encontramos el sentido de la racionalización y, por tanto, el propio sentido de lo humano. Es el “otro” el que hace surgir en el “yo” la conciencia que, de entrada, es ya moral. “lo humano” surge como una obligación y compromiso con el otro que despierta la conciencia, ya moral, en el yo. En cierto modo, aquí se está hablando de una de las modalidades del imperativo categórico: “obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, como un fin al mismo tiempo, y nunca como un medio”(F.M.C.). Lo que nos averigua Levinas es que esa ley que la voluntad se construye para sí misma nace de una situación fáctica. Se trata del cara-a-caracon el otro, del acontecimiento metafísico de la alteridad. En tanto que existe el “otro” que me interpela, existe la moral y existe mi libertad. Yo actúo por el deber moral porque de hecho soy un ser racional existente que se conoce a sí mismo a través del “otro”. Hemos llegado otra vez a la explicación dual kantiana. Soy de una naturaleza racional, pero pertenezco a un entorno sensible, y es en ese entorno donde accedo fácticamente al “otro”. El “ego” (yo) es libre en tanto que existe un “alter ego”(otro yo). Por tanto, y en comparación con el argumento evolutivo, hemos dado un paso más, un salto cultural y filosófico. Ahora nuestra responsabilidad con el otro, que es un acontecer apriorístico, se torna anterior a la libertad. Es a priori puesto que surge antes de toda reflexión, como seres socialmente determinados desde el nacimiento. Es el otro el que marca la pauta de nuestra existencia, dejando de ser un medio de supervivencia, como ocurre en el resto de los seres vivos. Nuestra identidad la configura nuestra relación con los otros. Estamos obligados a seguir pautas morales y a determinar las consecuencias de las acciones ajenas. Somos capaces de considerar al otro un fin, es decir, podemos admitir su subjetividad particular y actuar por él mismo sin atender a nuestros propios intereses.


Kant estableció un nexo importante entre libertad y autonomía. Existe, como ya se dijo al principio del trabajo, una causalidad por libertad, exclusiva de la voluntad de los seres razonables. Se trata de una legalidad que la razón misma crea para sí. Ahora bien, Levinas establece una condición para que pueda darse ese fenómeno: la exhortación moral que proviene del “otro”. El “otro” representa un espejo sin el cual no hay una imagen reflejada de nuestro ser. Sin la motivación del alter ego jamás seríamos libres. Es más, ni siquiera podríamos conceptualizar nuestra realidad ni aportar sentido alguno a la misma. En palabras del propio Levinas: “El recibimiento del “otro” es el comienzo de la conciencia moral. Su existencia justificada es el hecho primero, el sinónimo de su perfección misma. Y el “otro” puede investirme e investir mi libertad por sí misma arbitraria, es porque yo mismo puedo sentirme, a fin de cuentas, como el “otro” del “otro”. (E. Levinas,“Totalidad e infinito” )


3.2. Libertad como una consecuencia de la “nada”.


En este último capítulo voy a comentar unas cuantas ideas heideggerianas a propósito de la libertad, que él plantea como una consecuencia necesaria de la patencia en el ser de la “nada”. Aunque se trata de una teoría metafísica interesante, ésta está dotada de un grado de dificultad elevado, más si tenemos en cuenta el inusual estilo con el que Heiddeger expone sus tesis. Por tanto, me centraré, sin ahondar demasiado, en un ensayo titulado “Qué es metafísica” y en su obra central “Ser y tiempo”.


Para Heidegger, todo arranca de la nada, y la nada está en el corazón del ser. Pero, ¿de dónde surge en el ser la pregunta por la nada, es decir, cuando se concibe así mismo como una nada?. Surge del sentimiento de la angustia: “en la angustia nos sale al paso la nada a una con el ente en total”. La nada surge en la angustia, un sentimiento que se manifiesta en el ser cuando éste toma conciencia de la caducidad del ente. Y ese fenómeno, esa angustia conlleva en el ser una sensación extrañamiento. Volvemos al razonamiento que encontrábamos en el segundo capítulo de este trabajo: el ser, con su distinción racional, toma distancia con respecto a la naturaleza, sintiéndose un ser ajeno, extrañamente diferenciado y consciente de sí mismo. Es en ese momento cuando se origina la trascendencia del ser, con lo que éste se torna autónomo y nace la libertad.


El problema ahora es que Heidegger no hace uso de un argumento científico, es más, lo rechaza tajantemente: “la ciencia abandona la nada con indiferencia desde su altura como aquello que no hay”. La moral, y con ella la libertad, tal vez tengan un origen biológico, tal y como antes intentaba demostrar, pero eso no basta para explicar su advenimiento. Es necesario dar un paso más, percatarnos de nuestra privilegiada condición, y dejar paso a la angustia propia de un ser autónomamente reglado. Según Heidegger, para comprendernos y sentirnos libres necesitamos la experiencia interna de la “nada”: “sin la originaria patencia de la nada no hay mismidad ni hay libertad”. El ser se comprende a sí mismo como único, y reconoce en los otros sus respectivas identidades. Ante esa situación, ha de crear una moral y una ética, pues se trata juzgar a seres demasiado inteligentes, tanto que no sólo poseen un miedo instintivo ante la muerte, sino que son capaces de comprender el proceso y reconocerse como entes caducos. Otra vez tenemos aquí también la dualidad: el ser es nada, pero además la razón puede acceder a esa verdad, sintiéndose por ello “angustiosamente” libre. La moral es precisamente el ámbito donde encontramos esa confrontación, donde la razón se alza sobre lo empírico. Pero, como descubrió Kant, ese acto de trascendencia consiste en hallar la fórmula correcta para actuar precisamente en el mundo empírico. En eso consiste realmente la libertad, y todo lo dicho hasta aquí son sólo vagos intentos de explicar ese hecho claramente palpable.

José Ramón Cantalejo Testa. La corsaria de Pechina

(De cómo el diccionario puede condicionar el título de un trabajo)

No podemos titular la historia de Malika Fadel ben Salvador (1302-¿135..?) como “La Pirata” pues no existe al día, para nuestros académicos, el término en femenino.

Hubiera sido lo propio porque Malika nunca tuvo ni necesitó patente de corso para robar en el mar demostrando una valentía temeraria y una absoluta falta de escrúpulos para el abordaje, la captura y el expolio..

También es verdad que en su época todos los navegantes de Pechina , antiguo núcleo sobre el que Abd al-Rahmán III fijó la capital marina del Califato Cordobés en el siglo X, estaban autorizados para el saqueo por los Reyes Nazaritas que, ahora, controlaban la política en el antiguo Portus Magnus romano, en el extremo sureste de la península ibérica.

Sin embargo a lo largo de la historia y pese a nuestros académicos ha habido mujeres piratas diestras en la maniobra marina, en el atemperar tripulaciones brutales y en el acecho y saqueo de cuanto se presentara a su navegación, como Mary Read, cuya carrera se encontró hacia 1720 con una horca española en Santiago de la Vega (Jamaica), o Anne Bonney, irlandesa y pelirroja, que también terminó con la soga al cuello, eso sí, acompañada de su amante el Capitán John Rackman. Borges , que la cita en su “Historia Universal de la Infamia”, pone en sus labios, ante la horca y expresada de forma despectiva, una variante de la reconvención de Aixa a Boabdil: “Si te hubieras batido como un hombre no te ahorcarían como a un perro”.

Nuestra digna precursora fue hija del esplendoroso Emirato Marino Independiente de Pechina, formado sobre una población de razas colonizadoras llegadas por mar del oriente y sedimentadas en el crisol de la desembocadura del Rio Andarax durante los tres mil años anteriores al desembarco del Islam en la Península Ibérica.

Con la llegada de la civilización árabe y sus incomparables técnicas de regadío y agrícola, la vega de Almería alcanzó una fase esplendorosa . La población consiguió en poco tiempo una floreciente vida política, religiosa y económica pero la preeminencia siguió en manos de “Los Marinos”, que obedecían el poder central de Córdoba.

Desde el siglo noveno y mientras duró el califato hasta 1014, en que se independiza el Reino de Almería en Taifa bajo el poder del liberto eslavo Jayran, transcurre una época de gran esplendor y tolerancia en la convivencia de musulmanes, mozárabes y judíos junto con multitud de extranjeros que arriban a la ciudad portuaria califal, que se había convertido en el mayor centro comercial del occidente mediterráneo, además de sede de la armada y atarazanas cordobesas.

Almería mantuvo relaciones mercantiles abundantes, tanto con otros enclaves islámicos como con el mundo cristiano. Se importaba del norte de África oro sudanés y esclavos, del Próximo Oriente especias, hachís y objetos de lujo, y de la Europa Cristiana, pieles, metales, armas y esclavos. En contrapartida por Almería se exportaba básicamente aceite, tejidos, esclavos castrados, (la castración de esclavos fue una especialidad almeriense muy celebrada en la época que se realizaba con gran acierto en el entorno de los judíos almerienses), y manufacturas en general.

Finalmente la sociedad , como consecuencia de la mejora de la enseñanza y del nivel de vida, se islamizó conservando una gran tolerancia debido a la preponderancia de muladíes frente a los escasos árabes orientales que constituyen el fondo demográfico del Califato Cordobés.

La estirpe de la que nació nuestra protagonista Fadel Malika ben Salvador estaba bien asentada entre la vega del río y el mar, aunque todavía deberían pasar casi tres siglos para que la encontremos jugueteando en la cubierta de uno de los barcos de su familia en la Rambla de La Chanca.

Tres siglos marcados por el Reino de Taifas edificado sobre eunucos libertos eslavos huidos de Córdoba, la hegemonía liberal almorávide, la ocupación y destrucción de 1147 por los reinos cristianos mediterráneos (especialmente la flota genovesa y 16 navíos catalanes al mando del Conde de Barcelona y Rey consorte de Aragón Ramón Berenguer IV que se llevó como trofeo una de las puertas de la ciudad) unidos en cruzada al mando del Rey Castellano Alfonso VII, el fundamentalismo intransigente Almohade posterior a la reconquista de la ciudad de manos de los Genoveses que quedaron en la ciudad durante diez años, y un último periodo de tranquilidad y recuperación con el Reino Nazarí de Granada , convertido en el último bastión islámico en la Península Ibérica.

Cuando Malika nació en la casa familiar, cercana a las antiguas Atarazanas Califales, no se preveía que los Reinos de Castilla y Aragón que ahora, en el año del señor de 1308 se ponían de acuerdo para atacar y conquistar al año siguiente Almería de la órbita nazarí, se verían envueltos entre ellos en una guerra larga y sangrienta como consecuencia de la intervención de una marinera corsaria pechinera que retrasó el paso de Almería a la cristiandad hasta la entrada de los Reyes Católicos en 1489, un siglo y medio después .

Huérfana desde los dos años, al sobrevivir a su familia en el asedio sobre Almería de Jaime II de Aragón en 1309, había quedado con su abuelo en el barco mientras sus padres y hermanos varones viajaban a Granada para negociar el alquiler de una flota almeriense a los castellanos.

Pese a la largueza del asedio, casi seis meses, la ciudad resistió, pero la familia de Malika fue pasada a cuchillo a la altura del actual Cortijo Blanco, antigua alquería cercana de las fuentes y baños de Sierra Alhamilla, donde intentaron refugiarse de las partidas que pasaban por las armas a todo musulmán que se cruzaba en su camino.

El abuelo, viejo y respetado marino de ancestro mediterráneo, se esforzó en proveer a la ciudad sitiada, esquivando las galeras que pretendían el bloqueo marítimo de la vieja Bayyana, aportando desde Orán hombres y batimento, sin olvidar su tráfico normal de hachís rifeño, mientras procuraba la mayor ternura a su nieta Malika.

Ibn-Fadel, el abuelo, traficaba con hachís no solo del Rif, también arribaba hasta Siria en busca del preciado dorado libanés, al mando de sus tres bajeles . Los viajes eran aprovechados, si se terciaba, para practicar el viejo deporte del acoso y derribo de las naves cristianas, sobre las que caer de improviso, cargando botín y prisioneros con los que proveer el lucrativo mercado de esclavos que se celebraba por entonces en Almería.

Su nieta Malika apenas salía del barco y su abuelo impedía a todos sus acólitos, seleccionados entre los mas bravos y viles supervivientes de mil querellas, acercarse a ella. De hecho la tomó como su propia esposa, delegando con el tiempo en ella cuentas y repartos, descargándose del gobierno y derrota de la flota.

La Corsaria se libró de la peste negra que, como consecuencia de las hambrunas ya por entonces frecuentes en la decadencia, asoló Almería en 1329, enfermedad sin perdón para su abuelo Ibn que, careciendo de cualquier otra familia, impuso en su lecho de muerte a los hombres de la partida a su nieta de 22 años como capitana y propietaria de los destinos y bienes de la horda pechinera.

Muchos quisieron obtener los favores de Malika, mujer menuda y descuidada aunque atlética y de bellos ojos turquesa, pero jamás se separaba de un enorme eunuco negro obtenido como botín por la jauría pechinera en el abordaje de una nave catalana que su abuelo le obsequió para su seguridad.

Se sabe que adoptó, pagando su rescate, una tierna joven a la que libró de la ablación en Alejandría y de cuya belleza fueron testigos los vecinos de la Puerta del Mar, que daba acceso a la antigua medina almeriense, fortificada mediando el siglo X por el tercer Abd ar-Rahman, en la que Malika construyó un palacio para su egipcia en el que invirtió el producto de sus correrías .

Ya desde los albores del siglo XIV el Mar de Alborán había dejado de ser un lago de los marinos almerienses para convertirse en un peligroso lugar de paso en el que cazar o ser cazado era la regla del juego.

La flota de Malika Ben Salvador se perdió a manos del almirante franco-catalán Moreau de Perellós en una refriega que dio lugar a la nueva guerra entre Castilla y Aragón que comenzó después, a partir de 1356.

Quiso el destino que don Pedro I de Castilla y de León, conocido por “El Cruel”, decidiera dedicarse en ese año al descanso, y para ello nada le pareció mejor que preparar una galera y salir al mar con el fin de contemplar la pesca del atún. Embarcó pues en Sevilla para dirigirse a Sanlúcar de Barrameda. En el mismo instante en que don Pedro entraba en la bahía, hacían también su entrada diez galeras catalanas al mando del citado Perellós. Estas galeras, aunque pertenecientes al Rey de Aragón, de momento habían sido cedidas al Rey de Francia, con el fin de ayudarle en su lucha contra los ingleses, pero se desviaron de su objetivo para cazar a la jauría pechinera, incómoda y famosa por su capitana y tropelías, que venían cargadas con un apetecible botín de hachís.

Perellós no tuvo en cuenta las mas elementales reglas del derecho del mar y se apoderó de ellas, a pesar de que dichas naves enarbolaron pabellón castellano al entrar en el puerto, que era amigo por la tregua que mantenía Castilla con el reino Nazarí.

Don Pedro envió con amenazas delegados al Almirante Catalán, advirtiéndole que estaba infringiendo las reglas de la mar y el respeto debido al soberano de Castilla, pero Perellós contestó a estos delegados que él no tenía que dar cuenta de sus actos mas que a su señor natural, el Rey de Aragón.

Don Pedro, al no disponer de fuerzas, hubo de conformarse y por ello no llegó a conocer a Malika Ben Salvador, “La Corsaria Almeriense”, y su princesa, que con ella navegaba en aquel viaje.

Por si fuera poco Perellós remontó el Guadalquivir con su precioso botín, causando daños en las riberas hasta su vuelta para Francia. Don Pedro, como era de esperar, cumplió con sus amenazas e hizo encarcelar a todos los comerciantes catalanes que residían en Sevilla, haciéndose con todas sus propiedades y vendiendo cuantas mercancías encontró en su poder. (“Las penas con pan son menos”).

Curiosamente, tras este incidente, se desencadenó la primera guerra entre Pedro I y Pedro IV, los dos reyes mas jóvenes de la península, ambos ambiciosos guerreros, impetuosos e incapaces de solucionar por vías mas o menos pacíficas y prudentes sus cuestiones. Los embajadores del reino de Castilla se presentaron en Barcelona, donde a la sazón tenía su corte Pedro IV. Ante él expusieron una serie de condiciones que Pedro I imponía para el restablecimiento de la efímera armonía frustrada. Entre otras la restitución de las tripulaciones de las naves almerienses. Como sabemos no hubo devolución y sí guerra.

No sabemos nada mas de Malika Fadel, su princesa egipcia y su flota, salvo que gracias a esta guerra se retrasó el acoso de Almería, que estaba en el punto de mira de los dos Pedros, hasta su entrega a los Reyes Católicos en 1489, mas de un siglo después, en el que hizo su entrada en la ciudad el Rey Fernando, el 23 de diciembre, y la Reina Isabel, que había hecho una ruta distinta, el día siguiente, en cuya noche fue celebrado el nacimiento de Cristo en la Alcazaba Califal, dominando Bayyana.

Por José Ramón CANTALEJO TESTA

JESÚS DE PERCEVAL. Josefina Escobar Niebla

Si subes a la segunda planta, del geométrico y metálico auditorio roquetero, te encuentras con la mirada penetrante de Perceval, un autorretrato…el pintor en su estudio, trabaja con una paleta un tanto extraña en sus manos, a los pies una gallina, unos pinceles, algo parecido a una bala de cañón…sus ojos, su contemplación, se ve a sí mismo, a través de su lienzo…este hombre tenía algo que decir, dice cosas hoy .

“La degollación de los Inocentes”, Jesús de Perceval…!Qué cuadro! (exclaman junto a mí), miro, pienso: esto es una gran obra: hay un realismo de cuerpos , de sangre de infantes, de dolor; pero aquí hay algo más, es amplio, no dejes un rincón por analizar, las fotos de reproducción no captan estos detalles. Hay un choque de civilizaciones, de imperios, la crueldad siempre es la misma, siempre fue la misma…el dolor, el sufrimiento sin paliativos, la crudeza de la degollación, la atrocidad del poder…Hay unos soportales, con unos observadores, mudos, no ciegos , pero sí ajenos al dolor, no a la imagen sangrienta, visten ropas contemporáneas al pintor, a la creación. El cielo, abriéndose con unos ángeles que quieren prestar una ayuda, que no llega, y hasta un avión cruzando por encima de la barbarie…que lección, de historia, de filosofía, de teología, existió el percevalismo en las tertulias, de café y discusión, prevaleció Jesús de Perceval entre los indalianos, otros le van a la zaga, pero este cuadro es muy fuerte, le llevó a las mismísimas puertas de la fama, de donde nunca debió moverse.

Sáez de la Rosa. José Antonio Garrido Cárdenas

Cuando los Sáez de la Rosa llegaron a Tablas de Madil, con el escaso bagaje de un pasado que olvidar y unos pocos objetos que cabían todos en un zurrón de piel de oveja, el pueblo les recibió con la frialdad con la que se reciben las noticias presentidas. Hoy, varias generaciones después y merced al buen ojo mercantil de Ernesto Sáez de la Rosa –además de a su total ausencia de escrúpulos-, se habían hecho con un nombre respetable y una fortuna considerable que parecía custodiada con celo tras la enorme verja de hierro de “La poderosa”.


La noche cubría prácticamente la ciudad y la luz del ordenador centelleaba en el dormitorio. A Jaime le gustaba trabajar de noche y ella, Mónica, se había acostumbrado a dormirse con el teclear convulso de su marido como canción de fondo. Estaba a punto de finalizar su último libro, y asumía la llegada de otra noche con la apatía que su protocolo invariable le infundaba. Mientras, ella envolvía su cuerpo como un ovillo sobre la sábana de la cama, acomodándose a cada recodo de su soledad.


Por fin había acabado la guerra, y la vuelta de Roberto Sáez de la Rosa, el primogénito de la cuarta generación asentada en el pueblo, estaba anunciada para aquel día de junio, donde un sol que cuarteaba la piel de Damián, abuelo y ahora patriarca de la familia, parecía brillar en honor de un regreso triunfal. Damián se despertó temprano, mucho antes de que aquél sol de justicia gobernara el cielo para su familia, y se vistió con su traje blanco. “Te hace parecer más joven” recordaba que le decía Lucía mientras se abotonaba la camisa y sentía el dolor de los años en su zona lumbar. A regañadientes había desayunado algo (el rabioso aguardiente que venía tomando cada mañana desde que su padre le dijera que le pondría voz de hombre), y desde bien temprano había tomado lugar en la mecedora que gobernaba el balaustrado porche de madera.


Enfrentarse cada noche a la página en blanco no era fácil a pesar de su experiencia, y una especie de ansiedad contenida se le agarraba a la altura de la garganta, como las ocho patas de una araña que le estrangulara, hasta que había sido capaz de escribir los primeros cuatro o cinco párrafos. Después, como quien clasifica tornillos, todo parecía dispuesto por la rutina, y las páginas fluían con la constancia con la crece la hierba en la cuneta de la carretera.


A eso de las doce del mediodía, cuando el sol amenazaba con quebrantar la intimidad de “La poderosa”, cuyas puertas permanecían abiertas de par en par, como muestra de desafío al mundo, vio Damián perfilarse a lo lejos la figura de su nieto mayor. Le pareció gobernado por un andar anárquico y despreocupado impropio de un héroe de guerra, aunque seguramente el calor también había de afectarle al mismísimo triunfador de mil y una batallas. El anciano se puso de pie y fingiendo un gesto de alta nobleza que llevaba tiempo ensayando, se dibujó apoyado en una de las columnas del porche como la estatua de un César desmejorado.


Ella había asumido su papel en su matrimonio y había sido capaz de aceptar, para afuera, su ministerio con la fe de un monje tibetano. Pero en sus adentros, cuando le tocaba enfrentarse consigo misma, cuando su despiadada soledad le exigía rendir cuentas con una vida que se le escapaba entre las manos como una pastilla de jabón, en ese momento sólo sabía compadecerse.


Le hubiera gustado gritar que ya estaba allí Roberto, que su nieto preferido había vuelto de la guerra. Pero su papel de hombre sin sentimientos, inventado hacia ya demasiados años, le impedía mostrar el estremecimiento que la visión de éste, como la de un fantasma plañidero, había causado en su lastimado estómago. “Hijo mío, me siento muy orgulloso de ti. Bienvenido a casa”, le dijo mientras lo abrazaba sin excesiva efusividad. Roberto, que no esperaba mayores muestras de afectividad, se asió al cuerpo de su abuelo (bastante más corpulento que el suyo), más por la necesidad de no sucumbir que por cariño.


Zape, el gato persa que comprara Mónica para disimulo de su soledad, también le había fallado. Éste había adquirido hábitos nocturno, y mientras pasaba el día arrinconado en un colchón ovalado convertido en su refugio, la noche la consumía arrastrándose entre las piernas de Jaime, buscando el roce de sus vaqueros o el tacto amable de la pelusa de sus piernas. Al principio el dormitorio había sido un territorio vetado para él, pero con el tiempo y puesto que se había convertido el animal en el extraño lazo que unía al matrimonio en sus diferentes soledades, había hecho de aquél su particular guarida al caer el día.


Ya está aquí Roberto”, anunció mientras entraba a la casa, rompiendo el aire de misterio y recogimiento en la que ésta parecía sumida y dando paso a un tiempo de alegría y vehemencia. De repente, todos los Sáez de la Rosa y buena parte del servicio, como las hormigas dislocadas ante la sorpresa de la tormenta, parecían recorrer el mismo camino que llevaba inequívocamente a los brazos del triunfal combatiente. “Qué alegría hijo mío”. “Bienvenido hermano”. Repetían unos y otros como con miedo a romper un guión impuesto por un director obsesivo. “¿Y tú no piensas decirme nada?”, le preguntó a la joven Ana Isabel mientras la cogía por la cintura y la besaba como sólo se besa a una amante.


Jaime se servía, cada noche, un Jack Daniels en vaso ancho, de cristal persa con rugosidad ribeteante en su base y con una docena de pequeños hielos con forma de pez. Ésta era una costumbre que adquiriera al principio para mantener la vigilia, pero con el tiempo se había convertido en una ceremonia ineludible mientras cobraba vida la pantalla del monitor. Jaime consumía con parsimonia su brebaje establecido, y observaba en cada sorbo cómo los pececitos empequeñecían con la noche. Al final de ésta, los restos acuosos del último trago tenían un extraño sabor clorótico que era indicio para su paladar de la llegada de la madrugada.


Ana Isabel le correspondió con la mayor ilusión que fue capaz de fingir. “Te he echado mucho de menos”, le dijo ante la expresión de ternura impostada del resto de la familia. “Seguro que no más que yo a ti”, contestó él, dejando reposar en el aire la dicotomía interpretativa de aquella afirmación. “Fabián, lleva la maleta al cuarto de Roberto y Ana Isabel. Dorita, prepárale a mi nieto un baño caliente. Ramona, ve preparando la mesa…, y saca la cubertería nueva. Esto hay que celebrarlo”, disponía Damián como si fueran los miembros del servicio las piezas monocrómicas de un ajedrez que dominara con total resolución.


Mónica se revolvió entre sueños, y esto llamó la atención de su marido. Él la observó, como se observa un mar embravecido, con una mezcla de miedo y admiración, y por un segundo se sorprendió queriéndola. Pero ya nada era igual… Jaime era consciente de que había descuidado su matrimonio, y que éste había quedado reducido últimamente al cumplimiento de unas normas básicas de comportamiento y poco más. “Cuando acabe con esto prometo dedicarte más tiempo” le repetía cíclicamente ante las periódicas reclamas de ella.


Durante todo el día centró Roberto la atención de “La poderosa”, asistiendo todos con complacencia al baño de gloria del que éste disfrutaba. Damián lo organizaba todo como el maestro de ceremonias a cuyo papel se había acostumbrado, mientras Vicente, su hijo, y a la sazón padre del heroico pródigo, observaba con sumisión a la espera de la alternativa que la vitalidad del patriarca parecía negarle. Pero al llegar la noche, en esos momentos en que los quehaceres maritales le exigían rendir cuentas con su querida Ana Isabel, las trincheras y las primeras líneas de fuego de poco le valieron.


Jaime se deslizó suavemente sobre las ruedas de la silla de su escritorio y se acercó a la cama. Reparó en que llevaba Mónica las uñas de los pies pintadas y la imaginó dedicada, mientras él dormía, al cuidado de una imagen en la que ya no se fijaba. Observó sus tobillos finos y la caña pulimentada de su espinilla. Le pareció una imagen tremendamente literaria y lamentó que ya no le resultara sensual. Ni siquiera era capaz de acordarse de la última vez que hicieron el amor y le entraron ganas, probablemente por demostrarse que aún era capaz, de poseerla con pasión mientras la acariciaba en sus sueños, pero había algo irrecuperable en su relación y ya no tenían sentido arrebatos como aquél.


Ellos se habían casado, a la espera de que los lazos legales sustituyeran a los sentimentales (a los que nacen del roce), en cuanto fue consciente de que debía alistarse en el frente. Ni siquiera las influencias del abuelo le valieron para evadirse de unas obligaciones patrióticas que no entendían de amiguismos intencionados ni de intereses subversivos. “Te esperaré”, le dijo Ana Isabel el día que tuvo que enrolarse a sabiendas que no le sería posible cumplir su palabra. Damián no le dijo nada y dejó que el silencio y el último beso que le diera desde su corazón (a menudo pensaba que también el primero…) sustituyera a reclamos amatorios frente a los que ella no sabría corresponder.


Así que se limitó a acariciarla como se acaricia lo desconocido. Jaime cerró los ojos y deslizó su mano suavemente (no sabría cómo reaccionar si ella se despertaba) por la piel extraña de su mujer. Ella lo recibió, en su inconsciencia, como se recibe el roce de un extraño en el vagón de metro, y rehizo con delicadeza su postura alejándose de su alcance. Él se preguntó si habría sido su reacción la misma ante su roce extemporáneo de haber estado despierta y prefirió no contestarse.


Ana Isabel se había convencido de que lo mejor sería hacer el amor fingiendo un deseo que había desaparecido el mismo día que anunció su regreso, y dibujar en el aire suspiros y quejidos con sabor a otra boca. Él no le reclamó durante todo el acto el amor que no fue capaz de ver en sus ojos y se dejó llevar por su más puro instinto animal para golpear con fuerza, con menos medida que pasión, las caderas usadas de su mujer. Al finalizar, como el cadáver del hombre con el que se casó, él quedó tendido en la cama, junto a Ana Isabel, dejando que el aire de la habitación, testigo de traiciones pasadas, inundara el silencio queriendo testificar en su contra.


Jaime volvió a colocarse bajo la falda de su teclado, las únicas que ya era capaz de vencer, y retomó la escritura. Le ponía nervioso el parpadeo constante del cursor en la pantalla y prefería buscar la inspiración en la decoración de su alcoba. La ventana quedaba justo a su altura, y la abrió mientras encendía el penúltimo cigarro (siempre era el penúltimo). Aspiró con fuerza dos veces ante la llama del encendedor y sintió cómo el ascua enrojecía parte de su cara reflejada en el monitor. Sabía que a Mónica no le gustaba que fumara en el dormitorio, pero hacía tiempo que no tenían en consideración lo que al otro pudieran importarle sus actos.


Te quiero” le dijo, disfrazando de desfachatez una actitud que apenas conseguía engañarla siquiera a ella misma. Roberto quedó en silencio, desvelando con su mutismo lo que ella trataba de ocultar con sus palabras. “Te quiero”, le volvió a decir. Tras unos segundos, Roberto le replicó: “¿Quién es él? ¿Jonás, mi hermano?”. Ana Isabel se puso en pie, guiada por la vergüenza, y se anudó con calma la bata a su cintura púber, dando la espalda a la cama donde todavía él reposaba. Tras unos segundos, durante los cuales no fue capaz de mirarle a la cara, ella se dirigió a la puerta, cumpliendo el rito para el que tres años de infidelidad le habían preparado, y abandonó la habitación en dirección a la de Jonás.


Estaba a punto de acabar pero no encontraba la inspiración. Esas caprichosas musas de las que él renunciaba y a las que quería ocultar a menudo con el oficio, no obstante, debían ocultarse en algún lugar de la casa. Jaime se levantó y abrió la puerta del frigorífico; la madrugada despertaba su apetito. La luz cansada del interior le respondió dubitativa, y cobraron vida docenas de piezas de fruta y la extensa gama de vegetales que conformaban la dieta de su mujer. Cada vez que se enfrentaba a aquel espejismo de su cocina tenía la misma sensación de extraña saciedad y acababa decidiendo volver a intentarlo más tarde.


Ana Isabel se detuvo a mitad del pasillo, como intentando sopesar en su soledad el precio que tendría que pagar por dejarse llevar por sus instintos, y estuvo a punto de regresar a la habitación. Después de todo, seguía siendo su esposa y Roberto era un hombre comprensivo. Quizá si le dijera que aún lo amaba y que el refugio de los brazos de su hermano no había hecho sino acrecentar el amor que hacia él sentía, fuera capaz de olvidarlo todo… ¡Pero qué demonios! ¡Por qué tenía que seguir engañando a todo el mundo y jugando a desempeñar el papel de esposa ideal! Cuando arrancó decidida a sucumbir a los brazos de Jonás, un golpe seco, como de mueble cayendo al suelo, vino desde la alcoba en la que acaba de fingir lo infingible. Al entrar, Roberto yacía sin vida, sin pena y sin dolor, con una bala incrustada en la cabeza y con un gesto amable dibujado en sus labios.


Esa extraña sensación óptica de la madrugada en la que los objetos tienen forma pero carecen de color, se empezaba a diluir con los primeros fulgores del amanecer. El reloj marcaba las siete y cuatro minutos y Jaime empezaba a sentir el peso del trabajo entre la nuca y la espalda. Pero esta vez aquella sensación era diferente. Como le había prometido a su editor acabaría aquel último capítulo esa misma noche, y un gozo lánguido le estremecía como una caricia; como la caricia que ya no tenía. Mónica aún dormía sobre una cama demasiado grande para una sola persona, ajena al tímido placer de su marido, mientras otra noche moría en los huecos de su habitación.


Autor: José Antonio Garrido Cárdenas

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